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EL TRONCO ****
En un lugar remoto de la Argentina - que podría ser Lago Viedma - en la
cordillera de los Andes del sur, vivía Don Genaro en su cabaña, bien
acondicionada y abastecida como para pasar todo el invierno.
Era un hombre de mediana edad, bastante rudo y de buen
corazón. Y le encantaba vivir en medio de la naturaleza. Por eso dejó la ciudad
y se fue a vivir al sur. Las incomodidades de la lejanía de la civilización no
lo molestaban. En su cabaña construida con grandes trozos de granito, se sentía
feliz. Tenía una gran despensa, una amplia cocina; un cómodo dormitorio y un
enorme recinto con el más variado equipo de taller mecánico. De tener que
arreglar algo, se daba maña.
Uno de sus pasatiempos predilectos era fabricar estufas del
tipo salamandra. El mismo hacía en su taller los modelos de madera y los
mandaba a la fundición más cercana. Cada mes le traían en camión las
fundiciones y se llevaban las estufas hechas. Su fama cundió en la región y ya
la mayoría de sus vecinos cercanos (y ya muchos lejanos) tenían su "estufa
Genaro". Sin darse cuenta, comenzó a ganar bastante dinero, más que
suficiente como para no tener que ir más a Buenos Aires, al que odiaba por su
contaminación.
Así se quedó definitivamente en el bosque, entre las
montañas, en un lugar que los seres viciados por la ciudaditis aguda no
conocen. Era feliz solo; con tres matrimonios fracasados en su haber, no
deseaba volver a casarse por un tiempo. Y si un día la soledad lo llegara a
incomodar, pues había en la zona más de una soltera o viuda que suspiraba al
verlo.
Uno de sus problemas - que hasta lo divertía - era la
necesidad de salir cada tanto al bosque a juntar leña. Era fuerte y no le
resultaba grave hacerlo, pero a veces se decía que la leña en la estufa
calienta por segunda vez; porque la primera vez es cuando se la corta. Tenía
serrucho a motor, pero los troncos cilíndricos los cortaba con hacha.
Disfrutaba los primeros 50 kilos de leña cortada, pero luego ya no le hacía
gracia cansarse con el hacha. Por nada del mundo iba a usar una calefacción que
no fuera en una de sus salamandras y con leña cortada por él mismo.
Un día un visitante de la ciudad le trajo de regalo una de
esas gripes que dejan a un humano en peores condiciones que un trapo de piso
con que lavaron la cubierta de un barco-factoría de balleneros. Tuvo suerte que
la semana anterior juntó suficiente leña para no congelarse - era julio - hasta
que pasó la etapa de fiebre alta.
Cuando ya pudo salir de la casa, notó con gran enojo que no
tenía leña. Salió, pues, a traer de afuera. Algo mareado, sacó la camioneta y
fue al bosque. Cuando puso en marcha la motosierra, se sintió muy débil. Eligió
un árbol y lo cortó. Tuvo que sentarse por el esfuerzo realizado.
- Pucha, ¡qué débil me siento! ¡Maldita gripe!
Quiso comenzar a cortar en troncos menores al árbol, pero al
tratar de cortar las ramas laterales casi se desmaya. Con sus manos temblando,
puso la motosierra en la camioneta y subió al asiento, jadeando.
- No puedo. Tendré que quemar en casa lo que encuentre...
En este momento, apareció al lado de la camioneta un hombre
con un aspecto poco común. Una cara inexpresiva, vestido con un overall gris
metálico, le dijo con voz clara y lenta:
- USE...ESTE ... TRONCO - y puso en el asiento del
acompañante un tronco de como cinco kilos. Luego agregó:
- PERO ... NO ... LO ... DIXKRAKE.
Y el hombre se fue.
Don Genero vio unos destellos de luz azulada detrás de los
árboles y creyó ver una mancha de luz que se elevaba y desaparecía.
Ya en casa, Don Genaro meneaba la cabeza.
- ¿Qué quiere decir..."dixcraque"? lo buscó en el
diccionario sin éxito. Luego, puso el tronco en la salamandra, en que ya
solamente había pocas brasas. El tronco comenzó a arder muy bien. Y Don Genaro
fue al taller a buscar residuos de madera para quemar. Cuando volvió, supuso
que el tronco estaría reducido hasta la mitad, pero aún estaba entero y
ardiendo con fuerza. Daba un calor confortable.
- Hmmm. El gringo ese me dio un tronco bien concentrado.
¿Será quebracho colorado? Pero..¿de dónde vino? Hmmm...
Don Genaro pensó un rato. Pero era un hombre práctico y no
era ningún miedoso. Por lo tanto, se sentó en el sillón al lado de la salamandra
y se durmió enseguida. Estaba extenuado por el esfuerzo debido a la gripe tipo
aplanadora que tuvo...
Durmió cerca de cuatro horas. Se despertó con una sed fuerte
y transpirando de calor. La salamandra estaba casi al rojo porque tenía la toma
de aire totalmente abierta.
Don Genaro miró atónico la salamandra: era el mismo tronco
que aún ardía y estaba entero. No se consumió nada.
Ahora sí que comenzó a preocuparse. El nunca vio un tronco
así. No hay troncos así. Pero está dentro de la estufa...
Cerró la toma de aire y el fuego lentamente disminuyó hasta
un nivel mínimo. Pero no hacía NINGUN HUMO.
Eso sí que era raro. Más Don Genaro no se asustaba con
facilidad. Era de mente muy práctica. Sea lo que sea el tronco, arde y da
calor. Esto es lo importante. Si es importado, sí es extraterrestre, si es
brujería, da lo mismo: calienta y con eso basta. El que se lo regaló no debe
ser tan malo porque lo hizo en el momento propicio: Don Genaro no habría tenido
fuerzas ni para cortar un escarbadientes. Y se habría congelado, ya que afuera
había 10 grados bajo cero.
Así que se dispuso a disfrutarlo. Descubrió que si le echa
agua, se apaga del todo, pero con pequeñas brasas debajo vuelve a encenderse.
Así, una vez lo hacía arder en su sala de estar y otra vez en la salamandra de
su taller.
Pensó en lo bueno que sería si tuviera dos de estos troncos
mágicos y no tendría que apagar y encender de nuevo cada vez. Pero tenía uno
solo. Era esperar demasiado.
Ya restablecido - y ya en agosto - Don Genaro salió al
bosque con la esperanza de encontrar al extraño benefactor de los engripados.
Claro que no tuvo éxito. Se conformó pronto.
A fines de agosto vino un frío inesperado. Don Genaro tenía
el tronco en la salamandra del comedor y a la del taller la alimentaba en forma
convencional. Mientras cortaba leña, se le ocurrió un idea. El ya varias veces
examinó el excéntrico tronco y le pareció un tronco común de algún tipo de
quebracho muy duro. Parecía, después de todo, un tronco como la gente y, según
Don Genaro, no habría nada raro en partirlo en dos: una mitad para el comedor y
otra mitad para el taller.
Le tiró agua, tomó el tronco y el hacha grande y salió al
patio. Colocó el tronco sobre otro grande, alzó el hacha...
Los vecinos vieron un resplandor pulsante y multicolor entre
las montañas, seguido por un prolongado y profundo tronar; el suelo tembló
ligeramente y se declaró un incendio forestal considerable. Cuando llegaron los
bomberos hasta la cabaña de Don Genaro, en su lugar encontraron un agujero
cónico de como 40 metros de diámetro y 10 de profundo. Era obviamente el
epicentro de todo lo que pasó. Luego vinieron expertos de Energía Atómica, pero
la radioactividad que encontraron era despreciable. No había rastros químicos
identificables. Y no había rastros de Don Genaro y de su cabaña...
Nadie ni nada es perfecto. En una cierta computadora de
traducción, una de las correcciones en uno de los idiomas del tercer planeta
del sistema solar HELIOS fue ROMPER en vez del término inexistente DIXKRAKAR...