EL TRAUMA DEL
*** SEMÁFORO EN ROJO ***
En la calle, nuestro amigo Rubén era un hombre muy irrespetuoso. Pero no por eso debemos pensar que era un
hombre peleador o insolente. No. Al entrar
en un negocio cualquiera, o al tratar con la gente, era muy educado, hasta
amable. Pero cuando se sentaba al
volante de su coche se convertía en una fiera.
Su novia Emma lo llamaba "el anarquista del tránsito". Rubén conocía los trucos para eludir la
mirada del "zorro gris", se sentía "piola" al cruzar por
donde no debía... Emma evitaba salir en auto con él, pero no siempre le era
posible negarse a acompañar a su novio... Sin embargo, Rubén no podía imaginar
un paseo con su novia caminando. Prácticamente vivía al volante de su coche.
Cierta noche en que salió a divertirse con Emma, Rubén hizo cuanto pudo
para asustarla o impresionarla. Cometió
todas las transgresiones posibles: entró en contramano, cruzó varias veces el
semáforo en rojo, y ante las exclamaciones de horror de su novia se limitaba a
decir: "¡Je!
Yo no tengo el trauma del semáforo en rojo".
Así sucedió, también, que la suerte compinche que hasta ese momento lo
había acampanado, le dio la espalda. En una calle bastante mal iluminada entró
en contramano con una velocidad increíble (le encantaba doblar así, casi como
para volcar el coche), y justamente por esa razón le fue imposible frenar al
ver un transeúnte que cruzaba la calle.
El impacto fue terrible; cuando Rubén frenó con un chirrido espantoso,
solamente vio al hombre ensangrentado sobre el pavimento, y a su novia
desmayada en el asiento, a su lado.
Sólo después de cierto tiempo se formó un círculo de gente alrededor de
la víctima. No había muchas personas en
la calle; eran las 23 horas y unos pocos minutos. Rubén, al contemplar el rostro de su víctima,
sintió un escalofrío.
Era un hombre de mediana edad, de unos 50 años. Un rostro cansado, pero muy expresivo; los
ojos, abiertos, de un color gris acero, tenían una mirada curiosa. Si bien su cuerpo estaba todo magullado, por
algún milagro su rostro había quedado intacto.
Rubén terminó en la comisaría, donde prestó una declaración muy
confusa. No podía apartar de su mente
ese rostro tan peculiar; los cabellos canosos y sucios de barro.
¿Quién era?... Pues no tardo en saberlo.
Era un hombre de origen extranjero que vivía solo, en la misma calle
donde Rubén lo había atropellado. No tenía parientes. No tenía a nadie.
Al otro día, a la luz del sol, Rubén ya se sentía más tranquilo. "Total, ¿quién me vio? Nadie.
Diré lo que me dé la gana. Diré
que toqué bocina, que no pude frenar, que él no se detuvo; qué sé yo. Mentiré".
Emma, su novia, se sentía muy impresionada por el accidente, pero el
impacto la había hecho desmayar y por lo tanto no era apta para declarar. Menos mal; con toda seguridad ella iba a
declarar en contra de su novio. Emma
aborrecía la mentira y la injusticia.
No hubo, pues, quien atestiguase en contra de Rubén. El hecho de haber entrado en una calle a
contramano, lo justificó con la mala iluminación, alegando no haber visto la
flecha que la señalaba. En realidad,
éste era uno de los detalles que más lo trastornaban: en sueños, en los días
siguientes, veía continuamente esa flecha, indicando hacia la avenida, o sea
hacia él.
No obstante, Rubén no tenía conciencia.
Lo ocurrido, según él, había sido una desgracia; tenía que olvidarlo lo
antes posible. ¿Que hubo una víctima?... Pues él no era ningún asesino. ¿Por
qué estaba allí el hombre?
Después de pagar una fuerte multa, Rubén estaba otra vez libre para
correr a su antojo.
Pasó un mes y ya no se acordaba del accidente. Pero un día sorprendió a
Emma leyendo una carta con expresión curiosa.
Ella sí había solicitado informes sobre la víctima y había hecho oficiar
una misa por su alma. Según le
informaron, parece que era un señor muy respetado, algo misterioso. Pertenecía a un culto o a una agrupación
esotérica donde se realizaban investigaciones parapsicológicas. Todo esto era para Rubén como chino básico;
él nunca se había interesado por nada que no fuese tangible, comible o
gastable.
Al cumplirse dos meses del accidente, Rubén invitó a su novia a cenar en
-
No voy - dijo Emma - hoy hace dos meses que sucedió ese... ese accidente.
-
¡Hay que festejarlo! - se rió Rubén.
Emma se levantó horrorizada y a la vez enojada. Se fue sin despedirse.
Rubén seguía riéndose, pensando que su novia pronto olvidaría el
incidente. Decidió ir de parranda solo.
Era de noche; las luces de
Cuando sacaron su cuerpo y el coche destrozado del río, hubo un
comentario curioso de una pareja de enamorados, que había presenciado el
accidente desde su auto, estacionado junto a la acera.
-
¿Qué le habrá ocurrido, pobre hombre?
Casi no había tránsito, estaba prácticamente solo; de pronto, dobló
hacia el río... ¡Debe haber sido un suicidio!
Pero todos los que han conocido a Rubén saben perfectamente que él no
tenía motivos para matarse. No era
hombre de tener traumas. Ni conciencia.