*** LAS TRAMPAS DE
SATANAS ***
Detrás de las rejas herrumbradas estaba la
casa, desvencijada y vacía o por lo menos emanaba un vacío casi tangible que
llegaba hasta José, hiriéndolo. Sin
embargo, no era una casa deshabitada.
Vivía en ella una mujer, una mujer vieja, de rostro y manos arrugados,
increíblemente vieja, como si en ella se hubiera materializado el espíritu de
la vejez.
José la conocía de vista solamente. Cada vez que la veía se apoderaba de él un
inexplicable rencor, tan grande e intenso que no le dejaba remordimiento
alguno. A veces sentía vivos deseos de
matarla o por lo menos fastidiarla, sacudirla e insultarla. Al buscar razones
en su mente y al no encontrar ninguna - la mujer nunca le hablaba y parecía
ignorarlo - se encolerizaba todavía más con ella. ¡Cuántas veces golpeaba
aquellas rejas herrumbradas con una barra de metal, impotente y rabioso! Los
golpes producían un sonido casi armonioso
- ¡hasta eso! - en vez de un ruido molesto; metal, contra metal, sonido
de campana moribunda, donde una melodía quería nacer y morir a la vez.
No es que José haya sido un resentido, ni
de mal carácter; era un muchacho simpático de diecisiete años, de pelo rubio y
de ojos celestes que a veces parecían grises, un cielo gris antes de la
tormenta... Unas pecas rebeldes desparramadas alrededor de su nariz roma y una
boca muy bien dibujada. Mentón fuerte y
varonil, sí, su gran orgullo, su mentón ponderado por las chicas.
¿Por qué no podía vencer ese rencor contra
aquella anciana, ese rencor que a veces surgía en los momentos más bellos de su
existencia? Cuando miraba una mariposa,
cuando soñaba con la chica, sí, con aquella chica que en su imaginación no
tenía ni cuerpo ni cara todavía... Sólo era un deseo vago pero cada día más
imperioso. ¡Habiendo tantas chicas bonitas en el barrio! José gustaba de todas y de ninguna.
La casa estaba en la mitad de la cuadra; la
cuadra misma se perdía en un terreno baldío donde crecían árboles y yuyos;
durante el verano, todo aquello se convertía en una maleza, asimismo la casa
detrás de las rejas. Crecía alrededor
todo lo que crece rápido en una tierra descuidada. La anciana no tenía
jardinero, al parecer.
Algo fascinaba a José allí; su odio era
como un imán que lo arrastraba diariamente hasta aquellas rejas herrumbradas.
¿Odio? ¿Rencor? ¿Miedo?
La anciana aparecía allí por la tarde, a la
hora de la siesta. Todo dormitaba
alrededor; los chicos de la cuadra desaparecían para tomar el chocolate en la
casa de doña Tomasa, una maestra jubilada que no podía vivir sin el alboroto de
los chiquillos. La maleza en el jardín
de la casa exhalaba un perfume salvaje y fuerte. La figura de aquella mujer increíblemente vieja - alta y huesuda
- tenía algo de la muerte, esquelética, seca.
José, curiosamente, nunca pudo verle el rostro ni averiguar su nombre.
Ese extraño sentimiento de odio iba a
convertirse para José en una verdadera tortura. Durante la misa del domingo el padre Martín habló de los
rinconcitos recónditos del alma humana, que a veces eran como "pozos de
agua podrida", de odio y rencores inexplicables que podían minar el
corazón humano. Trampas de Satanás,
decía el padre Martín; trampas puestas en lo más hondo de cada uno de los seres
humanos. Las palabras del cura parecían
dirigidas directamente a él. ¡Trampas de Satanás!
No obstante ello, al día siguiente volvió a
ver de nuevo la casa. Durante su
caminata imaginó diferentes métodos de insultos y vejámenes, claro está, sin el
valor de llevarlos a cabo.
No, eso no podía continuar así... Algo debía
ocurrir, se decía quién sabe cuántas veces, algo debía ocurrir, debía de hacer
algo... 0 con la anciana: matarla, aniquilarla, borrarla de la faz de la
Tierra... ¡Eso sí! Eso era lo que
realmente deseaba: borrarla para que no existiera, borrar su recuerdo, su cara,
su casa, las rejas, todo.
Hizo una promesa: no ir más hasta allí, no
ver más la casa, no alimentar su odio.
Ese odio que a veces parecía... Oh, sí: ¡parecía o era miedo!
"No iré más....... No iré"
Durante tres días no fue. Hizo todo lo posible para no pensar en el
asunto, pero sólo lograba torturarse más.
En el tercer día, de pronto, le vino una idea, una idea extraña, que
parecía sugerida por una mente ajena, extraña, como la idea misma.
Iba a ir, sí, pero no en la misma hora. ¿Por
qué no alterar el tiempo? Iría al anochecer.
Se estremecía al pensar siquiera en ello
pero, poco a poco, la idea iba a tomar cuerpo en su mente, como formada por una
fuerza exterior. ¡Iba a ir, sí!
Al anochecer se vistió de prisa y dando
cualquier pretexto salió de casa. Sus
padres no parecían notar nada raro; ¡tanto mejor! La sola idea de que iban a interrogarle sobre el asunto lo
aterrorizaba.
El Sol brillaba aún, muriéndose, lanzando
sus últimos rayos; pronto la casa estaría a oscuras y la mujer... Pero al
llegar hasta la casa retrocedió con sorpresa.
Las verjas... Las verjas no estaban herrumbradas y la maleza que había
alrededor de la casa, desapareció. En
vez de ella brillaba un césped primorosamente cuidado y desfilaban unos naranjos
en flor - ¿cómo no los había visto hasta ahora? - seguramente los tapaba la
maleza... Claro, pensó José, alguien alquiló la casa mientras él no la
visitaba. ¡Si tres días habían transcurrido desde entonces!
Sin embargo, había muchas cosas
inexplicables para José. Por ejemplo,
la casa misma. Las paredes relucientes
y el dintel de la puerta primorosamente labrado, ostentando un escudo extraño;
ya no había suficiente luz para distinguir la figura.
De pronto se abrió la puerta y apareció en
ella una joven. José detuvo su
respiración... En aquella puerta de pronto tomó forma su vago sueño de aquella
muchacha imaginada durante tantas noches de insomnio... Una figura esbelta,
llena de gracia; sus piernas parecían esconder el secreto del vuelo... Su talla
de niña en flor, la adolescente más bella que escultor alguno haya podido
imaginar. Y su rostro...
¿Qué era aquella fuerza misteriosa que
emanaba de su rostro de óvalo perfecto, de cutis opalino? Los ojos...
Magnéticos y profundos, negros como el misterio, mirada que emanaba una
terrible y enfermiza ternura, que se apoderó del alma de José en el mismo
instante... Ojos de extraña luz, luz de muerte que era como el fatídico canto
de las sirenas, arrastrando, arrastrando todo hacia ella, todo lo que se le
acercara...
José trataba de trepar por la verja; mas no
podía ni moverse. Quería hablar, pero
su garganta no le obedecía. Miraba a la
joven, petrificado por un sentimiento extraño, nunca experimentado, y a la vez
muy conocido... ¿Miedo? ¿Amor? ¿Odio?
La joven posó su mirada en él y
sonrió. José extendió sus manos hacia
ella en un gesto de súplica. Ella, por
un momento indecisa, lo contemplaba; había en su mirada algo del tigre que
contempla su próxima víctima. Después,
con pasos increíblemente livianos - parecía flotar en vez de caminar - se
acercó a José.
- ¿Quién eres?
Su voz era cantarina, pero tenía algo de
los tañidos lastimeros de una campana, un tanto grave y melodioso. De su cabellera renegrida y ondulada emanaba
un perfume salvaje, como la maleza que antes rodeaba la casa. ¿Antes?... José
sentía una gran confusión en su mente, una confusión extraña; sus ideas se
enmarañaban, como hilos de plata, perdiendo su brillo.
- ¿Quién eres?
- Me llamó José.
Ella acercó su cara a la de él a través de
la verja.
- Te pregunté quién eres, no te pregunté tu
nombre.
José trataba de ordenar sus pensamientos
con un desesperado esfuerzo. Algo en su
ser, muy hondo, tal vez cerca de las "trampas de Satanás", alzaba el
deseo de agradarle a ella, parecerle hombre y hacerse querer.
- Soy un muchacho de la otra cuadra, vivo
cerca de tu casa.
- Tampoco te pregunté dónde vivías -
susurró ella. José vio de pronto algo
que llegó a turbarlo: la joven llevaba un vestido muy escotado arriba, que
dejaba en descubierto su blanca piel, dejando adivinar la forma perfecta de sus
senos. Pero el largo de la falda era
desacostumbrado. De un lado le llegaba hasta los tobillos y en el otro, la
falda, recogida en el cinturón, dejaba descubiertas sus piernas. Parecía una aldeanita de algún cuadro
famoso, visto por José en alguna parte - ¿dónde? - un cuadro del siglo pasado,
tal vez de antes... Del cuello de ella pendía, de una cinta negra, un camafeo.
- ¿Qué es lo que quieres saber sobre mí?
- Ya no necesito preguntarte. Eres un
hombre.
José sintió una vaga satisfacción.
- Eso creo yo.
Ella seguía examinándolo con la mirada.
- Eres un hombre - repitió - prisionero del
tiempo y el espacio.
José la miró extrañado, sin
comprender. Aquellas palabras
escuchadas o leídas tal vez en un libro de matemáticas o de física, no eran
apropiadas de una boca así, hecha de jade rosado, perfecta y femenina.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Eso es lo que les interesa siempre. El nombre de las cosas. "¿Cómo se llama?" "¿Hasta cuándo dura?" "¿De qué está hecho?" Tiempo y
espacio... Eres un hombre.
José la miró con desesperación.
- ¿No te gusto? ¿Ni un poquito?
En los ojos de ella había algo de burla y
también de lástima.
- Me gustas, sí. Tienes hermosos colores; tu desesperación es gris violeta y tu
miedo tiene un tinte perlado. En tu
interior se alza una columna roja al mirar mi cuello. No sé si deseas matarme o poseerme. Suerte tuya que eso no es posible; ni lo uno, ni lo otro. Los barrotes impiden tu entrada.
- Tú me ves... ¿Me ves esos colores? Es curioso, así me siento. Con un miedo gris perla y desesperación con
destellos de violeta... Y mi deseo hacia ti entremezclado con el deseo de
matar.
- Ahora me dijiste quién eres.
-
¿Cómo lo dije?
- Con tus colores.
José se aferró a los barrotes con
desesperación.
-No te aferres a la verja - susurró ella -
solías golpearla hasta hacerla cantar.
José se estremeció.
-¡Hasta eso lo sabes! Entonces tú... tú vives aquí cerca...
¡Siempre vivías aquí, escondida, espiándome!
- Es verdad. Yo siempre viví aquí.
- Pero, ¿dónde?
- Aquí.
José sintió unas ganas locas de sacudirla -
oh, sí, sacudirla y golpearla y también besarla, ¡exigirle que confesara todo,
todo, todo...! Pero estaba la verja; la verja reluciente y recién pintada donde
la vieja capa de herrumbre eran tan sólo un recuerdo. ¿Cómo pudieron
transformar la casa así en tres días?
- Es rojo, rojo, - dijo ella de pronto.
- ¿Qué es rojo?
- La ira y el amor.. Rojo. No hay mucha diferencia.. Amor, así es como
lo llaman. Posesión. A la vez destrucción e ira. Rojo, rojo. Quema. Al acercarme se torna más rojo todavía, como
el fuego cuando sopla el viento... Ah, la brasa, la madera incandescente, pero ella
sólo tiene el fuego y después muere.
- ¿Qué cosas estás diciendo?
- No lo comprendes, no. Eres un hombre.
- Hablas como si nunca hubieras visto un
hombre de cerca.
- Así es.
José la miró extrañado.
- Esto sí que es raro. Una muchacha como
tú. Eres muy hermosa y no veo a nadie
que te cuide tanto. Tu modo de hablar dista de ser tímido.
- No es eso. Los hombres me tienen miedo.
- ¿Miedo?
- Sí, miedo. Mis alas son verdes y no tienen otro color.
- Hablas como un poeta, parece que tu
imaginación es algo excepcional. Eres una muchacha muy rara.
Ella se acercó entonces más al muchacho; su
mejilla llego a rozar la cara de él.
Sus ojos - muy cerca de los de José - brillaban más y más, emanando algo
terrible y extraño, algo de muerte y vida, una forma de vida extraña, que tenía
sabor a muerte.
-¿Tú no ves que mis alas son verdes? -
susurró y sonrió.
- ¡Dime por lo menos tu nombre! - gimió
José - Tan solo tu nombre, con lo que
te nombraré en sueños o no sé dónde. Te
seguiré nombrando siempre, siempre, aunque nunca te volviera a ver.
- Me seguirás nombrando siempre, siempre;
pero volverás a verme, sí. Y me
nombrarás y no podrás dejar de nombrarme; por eso te doy un nombre como mío.
- ¿Cuál es? ¡Dímelo pronto!
- Angélica es mi nombre.
- ¡Angélica! ¡Angélica! Eres un ángel negro, un ángel negro de
rostro de nácar... ¡Te amo, Angélica!
- Tu rojo se aclara, parece púrpura; se
extiende en ti para invadirte. Tus otros colores desaparecen. Eres muy extraño y bello.. Pero mis alas son
verdes y el verde no busca el rojo humano.
- Eres poetisa mala, mala, no como poetisa,
sino como mujer. Me torturas con tus
palabras; ¡te quiero desde siempre, te quiero, te adoro!
De pronto, el óvalo del rostro empezó a borrarse;
los ojos negros y magnéticos se apagaron y José estaba ante una columna de humo
blancuzco; el mundo parecía elevarse muy alto ¿o él era quien se hundía en una
profundidad?...
Se despertó rodeado de caras angustiosas.
- ¿Qué te pasa? Ultimamente estás muy raro, José, hijo, mío. Te desvaneciste ante
la casa vieja y tu amigo Carlos te trajo a casa con su coche. Iba en su auto y te vio caer. Por suerte, te
vio.
- ¿Ante la casa vieja?...
- Sí, José. Estás estudiando demasiado
últimamente, te falta distracción. Está
bien. que salgas a pasear, pero no solo. ¿Por qué no te buscas una compañía?
... ¿Compañía? ¿De mujeres acaso? ¿Quién
podría parecerse siquiera a Angélica?
- Sí, papá - gimió - creo que tienes razón.
Se incorporó de pronto. Se sentía débil. Se frotó la cara con las manos.
- Así que me desmayé... Delante de la casa
vieja.
- Sí, delante de la casa de doña Angélica.
Entonces ocurrió que José empezó a gritar
enloquecido y salió corriendo de la casa, dibujado en su rostro el espanto más
terrible que haya habido en rostro humano alguno. Y seguía nombrándola, gritando su nombre sin cesar.
Corría y corría hacia la casa de las verjas
herrumbradas, la maleza, la casa desvencijada... y las verjas brillaban ante
sus ojos, ya desde lejos.. Y al llegar hasta las rejas, allí estaba la mujer
increíblemente vieja, pero ahora se dio vuelta para mirar al muchacho frente a
frente.
José se agarraba de la verja y, atraído por
algo poderoso hacia ella, la miró. Y al
verla lanzó un alarido desgarrador, de espanto.
La mujer lo miraba fijamente con su
horrible rostro que era la vejez en persona; su boca desfigurada era una
cavidad negra que emanaba oscuridad... Y los ojos - grandes y negros,
magnéticos, profundos - emanaban una enfermiza ternura y una fuerza
increíblemente maligna... José sintió que se apoderaban de él, de todo su ser,
hasta el fondo, donde resplandecían las trampas del Satanás como charquitos
negros de lisa superficie...
El médico diagnosticó un sincope cardíaco.
En el entierro de José todos se hicieron
presentes; también doña Angélica, colocándole una corona muy bella, hecha de
flores silvestres, tal vez recogidas en la maleza, ya que emanaban el mismo
perfume salvaje. Pero en la cinta había
una inscripción absolutamente imposible, sin ningún sentido, que decía: “Mis
alas son verdes y no tengo otro color”. Nadie entendió, pudo haber sido una
cinta de alguna obra literaria. La anciana permaneció un rato en el velatorio,
sin hablar con nadie: después se encaminó hacia su casa con pasos livianos,
jugando distraídamente con su camafeo que pendía de una cinta negra en su ajado
cuello.