*** EL
TESSERACT ***
Eso de abrir puertas hacia la cuarta
dimensión, era el eterno tema de mi profesor de física, a quien yo detestaba
con toda mi alma.
Las razones de mi odio: este repugnante
individuo jamás se daba cuanta de mi belleza, y de mi condición de mujer. Por
más que haya ensayado poses de vedette con escotes generosos, este hombre
directamente me ignoraba. Sólo existía
para él durante los exámenes, cuando con una refinada crueldad, indagaba sobre
fórmulas y parámetros que, por supuesto, yo ignoraba.
Mi hermano Moncho, quien ya se recibió bajo
las mismas manos y tiranía del profesor, no se cansaba en repetirme que el
profesor tenía razón, y que era excelente, y además era casado; y que no valía
la pena soñar con él.
Mi profesor se llamaba Rahn. Era inventor
de muchos ingeniosos artefactos pero lo que jamás logró en su vida: ganar lo
suficiente de cualesquiera de ellos. La mala suerte lo perseguía y cuando yo me
enteré de ciertos detalles de su vida, le tenía más fastidio aún.
Cómo
para no tenerle fastidio, si era casado.
- Señorita Florencia - escuché,
despertándome de mi ensueño durante la clase - ¿Podría aterrizar por un momento
desde sus nubes rosadas y decirme qué es un tesseract?
Gracias a mi hermano Moncho, quien tampoco
hablaba de otra cosa en casa, esa palabra asquerosa se me quedó “pegada” entre
mis neuronas.
- El tesseract - dije orgullosa - es un
cubo de cuatro dimensiones.
El profesor Rahn esbozó su antipática
sonrisa.
- ¡Felicitaciones, señorita Florencia! Aquí
está el fin del mundo; usted pudo responder a una pregunta por primera vez en
este trimestre. Así es. Un cubo de cuatro dimensiones.
Yo, fingiendo inocencia, balbuceé:
- Lástima que no existe.
- ¿Está muy segura, señorita, de que no existe?...
Pues los invito al laboratorio y verán que sí existe.
En un tropel desordenado se precipitó toda
la clase hacia la puerta, siguiendo al profesor. Yo, con mi aire incrédulo, los seguí lentamente.
Pronto se me borró la sonrisa cuando entrarnos
en el laboratorio. Sobre la gran mesa vi una figura extraña, luminosa, que
parecía un cubo transparente y entreverado, con aristas y lados
entrefundiéndose. Mí mente rechazaba la
visión, o directamente no lo podía entender del todo, pero había un detalle
desconcertante: el cubo parecía “perderse” de un lado, o más bien daba la
sensación de estar en el umbral de la nada.
Sus aristas tenían cierta luminiscencia de un color verdoso; era
transparente y a la vez daba la sensación de ser sólido y tangible.
- ¡Demonios! ¿Cómo lo hizo, profesor? -
exclamó Arturo, el mejor de la clase, (¡éste tampoco me hacía caso jamás!)
intentando acercarse más a la mesa, pero el profesor no lo permitió. Otros
también deseaban tocar el tesseract (o lo que sea), pero el profesor los
ahuyentó.
- ¿No es sólido acaso? - preguntó Arturo.
- Sí lo es. Pero antes de permitirles que
lo toquen, quiero hacer algunas pruebas con una pinza.
Agarró pues una gran pinza y con mucho
cuidado comenzó a toquetear el cubo. Este dio un curioso sonido, un tintineo
que se repetía, como eco de mil campanitas. Daba la extraña sensación de sonar
desde un mundo diferente, de muy lejos y a la vez muy claramente audible. Me recorrió un escalofrío y creo que yo no
era la única.
- Este cubo se extiende hacia la cuarta
dimensión - pontificó el profesor y su voz solemne aumentó nuestra
consternación - Lo logré después de muchas noches de insomnio.
- Pero... ¿Cómo?
- Valiéndome de un cubo cualquiera,
colocándolo en diversos ángulos respecto a la cuarta dimensión. No se lo debe mover; ésta es su precisa
posición; está en la “puerta” de la tercera dimensión hacia la cuarta. He logrado "torcer" la tercera
dimensión dentro de la cuarta y lograr una conexión entre los dos.
Me acordaba vagamente de los juegos de mi
hermano Moncho: la cinta de Moebius, la teoría de torcer el mundo de dos
dimensiones en la tercera, acercando así dos superficies de dos dimensiones
mediante de la torcedura. ¿Cómo diablos pudo haberlo logrado el profesor,
torciendo el espacio de tres dimensiones dentro de la cuarta que ni conocemos?
- Señorita Florencia - escuché la voz del
profesor - noto en su rostro una expresión hasta ahora totalmente desconocida:
el entendimiento y el interés.
- Pues sí, profesor. Pero no lo entiendo.
¿Qué piensa lograr con eso?
- Pregunta netamente femenina y utilitaria.
Qué puedo lograr. Pues puedo atravesar
a la cuarta dimensión.
- ¿Y puede meter la mano allí? ¿Cuando ni
sabe lo que hay allí?
¿Y si alguien le muerde
la mano?
El profesor me miró con ironía.
- Si meto la mano allí y si se supone que
nadie me muerde, al retirarla, tendré en mi mano todo al revés, según la
teoría.
- ¿Y por qué no lo intenta? A lo mejor tendrá sus huesos afuera y la
piel, adentro.
Hubo una gran algarabía, donde mis
observaciones ya es perdían. Todos estaban ya alrededor del profesor,
acribillándolo con preguntas que a mí ni me interesaban, ni las comprendía.
Lentamente me encaminé hacia afuera, esperando que todos salgan del laboratorio.
Por último salió el profesor con el rostro
triunfante y ni se percató de mi presencia.
Por cierto que iba a patentar su
descubrimiento, como lo hizo con los otros inventos. ¡El tesseract!
El, como un nuevo Einstein, marcador de una
época, henchido de orgullo... Paseando a esa odiosa mujer, su Agata, por todas
partes, como a una reina...
¡Pues no le iba a permitir tal cosa!
Cuando es despejó por completo la antesala
del laboratorio, volví sigilosamente.
Abrí la puerta con mucho cuidado y... me encontré, frente al luminoso
tesseract.
Allí estaba la pinza. Podía agarrarla y dar
un empujoncito a esta cosa, para que vuelva al seno de la cuarta dimensión.
Vacilé un poco. ¿No estaba haciendo algo
muy feo, yo?...
De un arranque de ira agarré pues la pinza
y di un empujón al tesseract, con una fuerza no calculada.
Hubo un destello encima del cubo, y parecía
abrirse algo, como cuando se descorre una cortina luminosa. Vi una rendija
oscura, oscurísima, y por un instante muy corto me pareció ver el espacio
exterior, con estrellas fulgurantes.
De pronto vi algo que me hizo helar la
sangre.
A través de la rendija se extendió una
mano. Una mano de seis dedos, cubierto de escamas rojas y los dedos provistos
de formidables garras, que parecían retractiles.
La mano asió el cubo y lo arrastró hacia la
rendija...
Un instante y todo desapareció: la rendija,
la mano, y el cubo también. Salí corriendo del laboratorio, gritando, presa de
un ataque de histeria, y creo que me desmayé.
Otro día me enteré de que hubo un gran
escándalo en la Facultad por culpa del profesor Rahn, que intentó embaucar el
alumnado con un truco nada digno de su reputación.
Por más que él juró y perjuró que se
trataba de algo real, su alumnado, a pesar de haber visto el tesseract, se
convenció de que se trataba de una proyección holográfica.
¿Qué les parece si yo voy a testimoniar lo
que vi?...
Pues no lo haré. Me tildarían de loca.
Y además, el profesor no lo merece.