***   TANAGARA   ***

 

 

    La paleontología es una ciencia que la mayoría imagina se practica en medio de grandes dinosaurios domesticados que se pasean en los museos.  Los menos ingenuos imaginan hombres de las cavernas combatiendo con dinosaurios.  Los más versados en la materia saben que entre el último dinosaurio primitivo y el primer ser humano hay por lo menos 60 millones de años de distancia.  Finalmente, están los mismos paleontólogos que saben la realidad de su ciencia.

   El paleontólogo debe ser antes que nada, geólogo y biólogo.  Y debe tener muy buenos músculos, no para combatir con los dinosaurios, sino para poder trepar montañas y precipicios.  Los fósiles que se encuentran entre las rocas son también rocas, pero se formaron de modo muy diferente que las demás.  Resulta que cuando el animal murió, cayó al pantano, su carne se descompuso y sus huesos se hundieron en el lodo blando; durante años y años el material del hueso fue lentamente sustituido por sustancias como el carbonato de calcio u otras; así, ha quedado un molde de hueso, copia exacta del original, pero que ya nada tiene de hueso. Es solo roca, con la forma exacta del hueso, hasta los detalles microscópicos, pero es roca al fin.  El paleontólogo debe "pelar" esa roca, que a veces solo se distingue de las rocas adyacentes por una tenue diferencia de color.  Es un trabajo que necesita una gran paciencia.

   Así fue como un grupo de estos pacientes faquires de la ciencia estaban trabajando en un precipicio.  Era una falla, donde las presiones del interior del planeta habían roto las capas sedimentadas durante millones de años, poniendo al descubierto capas de edades  sucesivas. Tales fallas son el paraíso de los paleontólogos.  En medio de la falla, había una gran intrusión volcánica, cuya furia eruptiva culminó por allá  en la era precámbrica, hace más de 800 millones de años.

   - Si llegamos a encontrar fósiles precámbricos, nos consagraremos - dijo el jefe del grupo, un avezado trepador de rocas; flaco y musculoso, su curtida piel contrastaba con su pelo y barba casi blancos - pero no creo que tengamos éxito en esta búsqueda.

   - No se desanime, Dr. Tron, - dijo uno de los miembros jóvenes - aunque no encontremos nada, esto es fascinante.

   El grupo estaba compuesto por el Dr. Tron y tres estudiantes.

   - Ustedes son jóvenes entusiastas e idealistas.  Yo ya soy viejo.  Me pasé la mayor parte de mi vida trabajando para compañías petroleras.  Les aseguro que si no fuera por la búsqueda de oro negro, nadie votaría por los presupuestos de investigación paleontológica.

   Patricia, la más vistosa de los estudiantes, raspaba con entusiasmo la pared del farallón.

   - Creo que me tope con la roca volcánica - dijo y todos la miraron.  No porque la roca volcánica fuera tan esperada sino porque Patricia era la que lo dijo.  Los otros dos estudiantes, Emilio y Colin, becados de Argentina y Australia respectivamente, estaban ya hace tiempo tras de Patricia, también becada de Argentina.

   - ¿Seguro que es roca volcánica? - dijo Colin.

   - Y... por lo duro que es, debe ser... - dijo con una sonrisa.

   Patricia siguió escarbando con el punzón., Los dos jóvenes estaban muy entretenidos, observando a Patricia que vestía poca ropa debido al calor pero el Dr. Tron, ya menos vulnerable a esta clase de tentaciones, vio algo poco usual para sus ojos de experto.  Se fijó mejor.

   Lo que Patricia descubrió con el punzón no parecía una roca volcánica; tenía una forma algo rara, como una semiesfera.

   - ¿Me dejan ver? - dijo Tron y comenzó a examinarlo.  Era una roca mucho más dura que la roca sedimentaria que la rodeaba, cuyos pedazos se desprendían con relativa facilidad.  Al cabo de media hora, quedó al descubierto algo que se parecía bizarramente a una cabeza humana, de forma algo alargada y con detalles protuberantes grotescos.  Esto no era algo extraordinario, pudo ser un capricho de la naturaleza, durante la colada de lava.  Hay rocas de formas parecidas a caras humanas, a animales y muchas otras cosas.  De modo que no les resultó demasiado interesante.  Hasta pensaron abandonar el trabajo de desenterrarlo, ya que la lava no puede contener fósiles.

   Al otro día, Patricia sintió unas desconocidas ganas de sacar esa piedra del costado del precipicio.  No sabía por qué, pero era como si tuviera la obligación de seguir.  Ni bien desayunaron, siguió afanosamente con el punzón, que pronto tuvo que sustituir por el taladro-láser porque la roca que lo rodeaba se ponía más dura al penetrar en la pared.  Trabajó todo el día, pese a los reproches de Tron por monopolizar el taladro-láser, pero parece que el Dr. Tron no era aún tan viejo como para no caer en absoluto ante el poder de los encantos de Patricia.  Digan lo que digan, en las decisiones que se suponen serias e importantes, este factor es a veces decisivo.

   A la noche, el grupo de cuatro paleontólogos tuvo ante sus ojos algo que justificaba el esfuerzo.  A medida que lo iban limpiando, aumentaba el asombro: era una estatua de casi treinta centímetros de alto, de forma humanoide, cuyos detalles y conjunto daban una sensación jamás experimentada entre apasionante, grotesca y fantástica.

   - Una tanagra precámbrica - dijo Emilio - Esto es más que hallar un fósil.  Es posible que no nos crean.

   - Le haremos los análisis de proporciones isotópicas para determinar su edad - dijo Tron, más tranquilo - no se dejen llevar por la imaginación antes de tener pruebas.

   Un mes más tarde, en el laboratorio nuclear salió el veredicto.  El hallazgo era algo más de lo que esperaban.

   - No es una estatua - explicaba Tron a un grupo de expertos - Es un fósil, ya que está  lleno de detalles internos que solamente pueden aparecer en un organismo biológico.  Pero la contextura interna no tiene nada que ver con los organismos que nosotros conocemos.  La edad es definitivamente de 780 millones de años por las rocas que lo rodeaban, pero bueno, es algo increíble: el fósil, en sí, da una cifra que puede ser un error del laboratorio de análisis, ya que es de 4500 millones de años.  Un absurdo, señores, un absurdo.  En esa época, las rocas de la Tierra estaban aún fundidas, era un mundo de lava, con toda el agua en forma de vapor en las capas atmosféricas.  No tiene sentido...

   No, no tenía sentido, pero estaba allí, sobre la mesa, en varios pedazos.  El corte mostraba una infinidad de detalles de cómo debió ser el organismo originalmente.  Había una explicación.  Que en la era precámbrica una nave espacial de un mundo más antiguo que el nuestro se estrellara y sus tripulantes se fosilizaran.  Las proporciones isotópicas daban ese resultado por ser consideradas como de la Tierra, pero en realidad pertenecía a un mundo donde dichas proporciones son diferentes.

   Esta explicación fallaba en el hecho de que las partes del organismo sustituidas por los minerales debieron desaparecer hace 780 millones de años y esa forma de piedra que se tenía para analizar era de materiales terrestres.  Por lo tanto, la composición isotópica debía corresponder a la misma edad.

   Repitieron los análisis varias veces con el mismo resultado: 4500 millones de años.  Entonces surgió la idea de buscar otras de estas "tanagras" en el mismo lugar.  El resultado superó lo esperado.  No encontraron solamente pocas más, sino miles.  Miles de estas cosas que parecían tanagras, pero sin la gracia que le dieran los griegos a sus verdaderas tanagras; en vez de eso, poseían un poder de fascinación casi hipnótico, una especie de horror causado al mirar a través de los miles de millones de años. ¿Será  así sentir el mundo primitivo de lava fundida en los albores de la Tierra como planeta?  Había de todos los tipos, en todas las posturas imaginables.  Eran de forma humana, sí, pero solamente en cuanto a la cabeza, tronco, brazos y piernas.  En esto terminaba toda semejanza con los humanos.  Pocas personas resistían mirar la cara de estas cosas durante mucho tiempo.  Muchos tuvieron pesadillas al verlas en forma directa.  Sin embargo, en fotografía solo parecían esculturas surrealistas de artistas poco talentosos.

De todos modos, el grupo del Dr. Tron recibió muchos elogios por el descubrimiento.  Tuvo que acostumbrarse al asedio de los periodistas y comenzó a conocer las incomodidades de la fama, ya que no lo dejaban tranquilo y tenía innumerables compromisos que cumplir.

   Sin embargo, Tron solía quedase solo en el laboratorio del sótano del museo de ciencias naturales y observaba las tanagras.  El depósito estaba lleno de ellas.

   - Pronto empezarán a comprarlas a altos precios. - pensaba irónicamente - Esto se convertirá en un comercio.  Hmmm.  Recién me informaron sobre el hallazgo de varios miles más en la veta.  Si esto sigue así, los usarán como decoración en arquitectura.

   Por el otro lado, Patricia tenía sus ideas de decoración propias.  Como había tantas, se llevó a su casa una de las tanagras del museo.  Probablemente se la habrían dado si la pedía; pero no quiso arriesgarse a un rechazo.  Así que se llevó una, la que le pareció más linda.  Después de todo, ella las había descubierto, tenía derecho a una por lo menos. Y si llegaban a decretar que la posesión privada de las tanagras era ilegal, la devolvería de mala gana.

   Patricia vivía en la casa de unos parientes acaudalados.  Uno de sus tíos a quien le fue bien en los negocios y que pagaba sus estudios, también le instaló un equipo avanzado de procesamiento de cerámica, especialmente los hornos más modernos.

   Así que Patricia, aficionada a la cerámica, tenía un tallercito bastante bien equipado.

Puso la tanagra sobre la mesa de modelado rotativo. La giró para contemplarla desde distintos ángulos.

   - Qué fea... - se dijo, hablando sola - pero qué bien hecha está. ¿Cómo habrá sido cuando vivía? ¿Tendría voz?  Ah, mi monstruo arcaico.  Pensar que es de los mismos materiales que las rocas magmáticas. ¿Cómo diablos se produjo esta fosilización?  Ni Tron lo entiende...

    De pronto, golpearon a la puerta.  De afuera, llegó la voz de Emilio.

   - El comisario viene a verte. - dijo con voz firme.  Se había enterado de la travesura de Patricia y quiso asustarla.

   Y ella se asustó. Tomó la tanagra y la escondió en el horno eléctrico cerrando la puerta.  Rápidamente, programó el horno para que no buscaran ahí, ya que la puerta del mismo no debía ser abierta durante un horneado de cerámica.  Pero como estaba asustada, sin querer, fijó una temperatura inusual para cerámica.  El programa era llegar hasta 1900 grados en cinco horas y bajar en diez horas, con una extensión de tres horas entre 530 y 450 grados, como si fuera vidrio.

   Emilio entró con una gran carcajada.

   - Já , ja, ja, ja.  Te asusté, ¿no? - y festejaba su broma.

   Patricia le dio un buen cachetazo.  Empezaron a forcejear, a tirarse objetos pequeños y la batalla campal terminó con un apasionado beso y la paz con todas sus consecuencias lógicas y conocidas.  Esto ya era de esperar hacía tiempo, pero recién ahí llegó la ocasión.

   Emilio la llevó al cine, luego fueron a divertirse.

   El horno estaba programado: llegar en cinco horas a 1900 grados.  Durante la noche, se alcanzó esta temperatura, en la que el cuarzo es ya fluido como la miel fresca.  La tanagra comenzó a brillar con una luz poco común, aunque ningún ojo humano la vio.  Luego, se cambió de postura y finalmente empezó a moverse convulsivamente.  Más tarde, las convulsiones cesaron y la figurita de treinta centímetros se convirtió en una figura casi perfecta de mujer, con las manos y los pies transparentes, el cuerpo esbelto, los cabellos de finísimos hilos de alumino-silicatos y los ojos brillantes de una intensa luz violeta; miraba con una expresión de sorpresa y de espanto el mundo hostil y frío que la rodeaba.  No pensaba nada aún, solo sentía sorpresa y desesperación.  Se levantó sobre la base del horno a 1900 grados y ahora su expresión, pese a una distancia de 4500 millones de años, era humana y expresaba: "¡Tengo frío, tengo frío, tengo frío!"

Al otro día, el horno estaba frío. Cuando Patricia lo abrió, pegó un grito.  La figura de mujer, inmóvil ahora, sin luces, estaba con las manos agarrándose los hombros, como si tuviera frío; miraba en forma estática con sus grandes ojos violáceos, enseñando ligeramente los dientes con una inconfundible expresión de estar a punto de congelarse.  La expresión estaba plenamente justificada porque estaba, efectivamente, congelada.  Aunque se hallaba aún a 70 grados sobre cero.

   - Fa... ¡fantástico! - dijo Emilio con una expresión alegre. No sabía que eras una escultora tan maravillosa.  Esto es más de lo que pueden hacer los de Murano. Te consagraste, nena. ¡Qué delicadeza de expresión!

   - Emilio... - dijo Patricia a punto de llorar.  Emilio no se fijó en ella, siguió fascinado por la figurita.

   - ¡Esas formas, esos detalles!  Y esa expresión tan elocuente. Yo la llamaría “la doncella congelada”. - Emilio no sabía que había acertado con mucha mayor precisión de lo que imaginaba. - ...y, sobre todo no sé cómo lo lograste. No sé cómo pudiste darle ese no sé qué,  ese aire que emana vida.  Bah, vida.  Una vida que parece ser ya no como de otro mundo, sino de otro campo de existencia en tiempo y espacio. Parece como si esa tanagra te hubiera inspirado y...

   - Emilio.. - Patricia lloraba - ¡Emilio, escúchame!

   Emilio recién reparó en el llanto de Patricia.

   - ¿Qué te pasa? ¿Te ofendí con algo?

   Patricia boqueó un poco, luego logró serenarse.

   - Es que no la modelé yo; es una tanagra que olvidé en el horno.

   Esta vez le tocó a Emilio quedarse mudo.

   - Llegó como a 1900 grados... - continuó Patricia - y resultó esto...

   Poco a poco Emilio recobró el equilibrio emocional.  Después de contemplar la figurita un rato, alargó las manos para retirarla del horno. Se dio cuenta de que aún quemaba y la sacó con un guante de asbesto.  La colocó sobre la mesa.  Recién ahora notó que en sus manos que parecían de vidrio, en forma apenas perceptible, se notaban los huesos, los vasos sanguíneos (?), los músculos, pero había que prestar mucha atención para verlos.  Y en el cuerpo, mucho menos transparente, del mismo modo tenue y apenas perceptible se notaban órganos bastante parecidos a los de un ser humano, pero había varios totalmente desconocidos. Ya desde medio metro de distancia no se podía ver nada de la estructura interna.  El color del cuerpo ahora era de un azul oscuro.

   Emilio pensó durante algunos minutos examinando la maravilla que tenía sobre la mesa de trabajo.

   - Acabas de hacer el segundo descubrimiento fantástico sobre las tanagras: que horneándolas se aclaran los detalles.

   Patricia, con desesperación de persona no comprendida, atrapó el brazo de Emilio.

   - ¡Escúchame!  Cuando la puse en el horno, tenía los brazos extendidos hacia ARRIBA.  Y ahora los tiene alrededor del cuerpo, Y tenía las piernas en posición recta; ahora está  con las rodillas semidobladas.

   Emilio la miró sorprendido.

   - No me querrás decir que se movió. Hmmm. Quizás se ablandó con la temperatura y cambió de postura... - dijo Emilio como para convencerse a sí mismo, pero una creciente sensación desagradable comenzó a sentir en su estómago.

   Al otro día en el laboratorio del museo pasaron varias tanagras al horno eléctrico. Pasó exactamente lo mismo que con la primera.  Solo que la mitad de las tanagras resultaron ser figuras masculinas y la otra mitad, femeninas.  Tron miraba atónito la gente que se movía en el interior del horno.  Usaba una gran antiparra de vidrio oscuro antitérmico como lo que se usa para soldar con arco, ya que a 1900 grados la luz enceguece y la radiación es insoportable si se mira en forma directa y causa graves quemaduras.  Veía los rostros sorprendidos que lo miraban a él; Tron sabía que no lo podían ver por la antiparra, pero era evidente que los de adentro sabían que los estaban observando. Todos miraban hacia la ventana del horno.  Algunos toqueteaban las paredes.  Uno de ellos puso la mano sobre el agujero del termómetro de radiación. Tron se sorprendió cuando el ayudante le dijo que el indicador de temperatura saltó a 2300 grados.  Y cuando el ser ígneo retiró la mano, el indicador volvió a 1900 grados.

   - Son mucho más calientes que el horno. Deben tener frío ahí adentro.

   - Más frío tendrían aquí afuera... - dijo el ayudante - se congelarían enseguida; quizás se romperían en mil pedazos como el vidrio al enfriarse demasiado rápido.  Como si nosotros saltáramos en una pileta con nitrógeno líquido.

   Luego, bajaron la temperatura del horno lentamente y todos se quedaron inmóviles como si tuvieran mucho frío mirando con expresión acusadora hacia la ventana.  Y así quedaron.  Al sacarlos del horno, los examinaron y se maravillaron al ver los órganos internos.  Recién ahora descubrían que en el lugar del estómago había algo diferente, más grande; apenas tenían intestinos.  Había dos corazones y en vez de pulmones había una estructura desconocida.

   - Al menos tienen tubo digestivo.  Probablemente comieran granito fundido. 0 quizás comían organismos similares a ellos. En este caso morirán de hambre, a menos que se coman entre sí... - dijo Colin.

   - No sé... - añadió Tron tironeándose la barba - no sé.  Deben haber evolucionado en la era en que la corteza estaba fundida. Probablemente en aquellos tiempos la corteza estaría a 2OOO grados y una nube de fino polvo de vapor de sílice evitaba que se enfriara la Tierra por radiación.  Luego, parece que vino la catástrofe en forma bastante rápida cuando esta nube se eliminó por algún motivo y la corteza se enfrió con rapidez, al permitir que por radiación el calor se escapara.  Y entonces se congelaron, quedando atrapados en la lava.  Parece que este grupo se salvó por vaya uno a saber qué milagro.  El resto debió disolverse en el magma. Si es que se disolvieron los que llegaron más profundo. Y los que quedaron en la superficie, probablemente perecerían por algún efecto de erosión química a largo plazo; quién sabe...

   De todos modos, siguieron con los experimentos.  Hicieron para la "gente de sílice" un horno grande en que "revivieron" a más de cien de ellos.  Con vidrios térmicos adecuados, podían verlos moverse, tocarse entre ellos.  Eran sorprendentemente humanos.

   - Hay entre ellos y nosotros una diferencia de tamaño de seis veces, una diferencia de temperatura de 2000 grados y... una diferencia de 4500 millones de años. - dijo Colin.

   - ... ¡y una diferencia de casi mil Roentgen de radiactividad! - dijo Tron e inmediatamente ordenó que se alejaran del horno. ¡Estaban infernalmente radiactivos!  

   ¿Qué pasó? Desapareció de sus pequeños rostros la expresión de frío.  Parece que lo que tenían en el estómago era una especie de reactor nuclear que sí podía mantener el calor de sus cuerpos.  Lo encendieron y ahora ya sí podían salir del horno.

   Y lo que se temía sucedió. Comenzaron a salir del horno, simplemente rompiendo las paredes.  Tenían una fuerza fantástica. Al salir, a sus pasos comenzaron a fundir el suelo en medio de chisporroteos, mientras se iban hundiendo en la tierra.  Tron los miraba desesperado.

   - Tienen todo el material necesario para alimentarse. ¡Observen!  Van en parejas.  Serán diferentes de nosotros, pero creo que van a reproducirse; y de un modo bastante parecido a nosotros.

   Y se hundieron en la tierra.  Parece que al cabo de 4500 millones de años, desaparecieron las condiciones originales de su vida, pero tenían una capacidad de adaptación tan extraordinaria que desarrollaron un reactor nuclear biológico. ¿O lo tenían siempre?  Ya daba lo mismo.  Parece que el plano del cuerpo humano es mucho más antiguo en el universo de lo que los terráqueos imaginan. Y mucho más variado también.  "No solo de carbón se forma el hombre." Ese dicho, aunque recién nacido, era muy adecuado. ¿Qué harán bajo tierra? Seguramente formarán cavernas en las que la temperatura no será muy confortable para sus congéneres cósmicos de carbón. ¿Cómo convivirán las dos razas humanas? ¿Competirán? ¿Se ignorarán entre sí? ¿Se eliminarán? ¿Ganarán los silíceos o los carboníferos?

   No se sabe.  Pero hay algo seguro.  Los humanos de carbón han encontrado una semilla que hicieron germinar sin querer.  Encendieron la mecha de una bomba nuclear.  Ahora solamente resta esperar que suceda lo que sucederá.