**** LA MANCHA ****
La descubrió Paulita, al volver del colegio. Era una
pequeña mancha en el cielorraso, apenas visible.
- ¡Mira, mamá, qué feo!
Mamá la miró y encogió los hombros. La
casa era vieja, agrietada, pero acogedora, "Habría que pintar esas
paredes", pensó. Hace mucho tiempo no pensaron en la casa, en su aspecto.
Había otros asuntos más importantes. Siempre había asuntos más Importantes.
- Mira mamá, una mancha. - el segundo
en verla era Marcelito, de cinco años.
-¡Qué mancha extraña! - dijo papá y
después se olvidaron de ella, sumergiéndose en el río caudaloso de los
acontecimientos del día.
Llegó la noche y la mancha seguía
allí, en el cielorraso de la sala de estar, silenciosamente, sin despertar el
interés de persona alguna. Todos se fueron a dormir.
Al otro día Paulita
la buscó, pero no la encontró más.
- Mamá, ¿borraron la mancha del
cielorraso?
Y mamá miró y vio el cielorraso liso,
limpio, sin el menor rastro de la mancha.
"Que extraño" - pensó. -
"Si todos la vimos allí. Seguramente Pablo se levantó de noche y la
limpió".
Durante el almuerzo miró con ternura a
su esposo y éste se sintió algo extrañado.
- ¿Qué ocurre, Analía?
- Nada en particular, querido. Sólo
que me siento muy feliz con un marido tan bueno como vos.
- ¿?
- Te quiero agradecer por lo que has
hecho.
- ¿Pero qué fue lo que hice?
- Eso de levantarte de noche, mientras
la familia dormía, para limpiar esa fea mancha del cielorraso.
Pablo, el marido, la miró extrañado.
- Analla; yo
no hice tal cosa. Algún otro debe haber sido. Yo no.
Se posó un silencio muy pesado sobre
ellos. Paulita, de siete años, Pablito
de cinco, Analía y Pablo. Una pequeña comunidad
terrestre. Una familia.
Nadie indagó, nadie quiso saber nada.
Una quinta entidad se corporizó en el comedor; casi tangible, casi visible: el
miedo.
Aquel día los chicos no fueron al
colegio. Paulita se quedó en casa; Pablito tampoco fue al jardín. Pablo llamó a su oficina,
alegando un repentino malestar. Nadie quiso salir de la casa.
- Sí estuvo allí - rompió el silencio
Paulita - y si nadie la borró, es que va y viene por
propia voluntad.
- ¡No digas estupideces!
- Puede caminar - siguió imperturbable
Paulita, con la inocente crueldad de los niños - y no
le gustó nuestra casa. Se fue. No le gustaron los comentarios que hicimos.
- ¡Que lástima! - agregó Pablito - Era una mancha muy linda.
Analía se
levantó de la mesa.
- ¡Basta de bromas! ¿Quién de ustedes
la borró?
La pregunta estaba de más. En la casa
no había escalera para realizar tal hazaña. Había, sí, una en el galpón, pero
demasiado grande para que niños como Paulita y Pablito pudieran moverla. Para limpiar la mancha tendrían
que haber trepado hasta allí. No había tampoco huellas de trapo mojado. Nada.
El cielorraso seguía tan blanco como antes.
Todos se fueron a dormir con un
malestar, especialmente Analía.
No pudo dormir, en realidad. Durante
la noche se levantó varias veces para fijarse en todos los detalles, escuchar
todos los ruidos de la casa. Los conocía a todos; habla nacido en ella, igual
que sus padres. La casa tenía sus crujidos familiares, la dilatación de la
madera del piso, los marcos gastados de las ventanas, el ulular del viento en
las noches tormentosas al filtrarse en una rendija. Pero también había voces
sin explicaciones físicas. De vez en cuando un golpe, un suspiro, el tañido de
una lira, pasos en el pasillo. Analía los conocía y
hasta los amaba. Pero esta vez todos estos ruidos le parecían insoportables.
De pronto, alrededor de las cinco de
la mañana, sintió un poderoso impulso de levantarse y mirar.
Prendió la luz en el comedor. Y vio
que la mancha estaba, otra vez estaba, pero no en el mismo lugar donde la
vieron antes. Esta vez estaba en la pared lateral, no en el cielorraso. Analía trató de descifrar sus figuras, su significado, sin
éxito.
Cuando la familia se despertó, Analía había borrado la mancha con un trapo mojado.
Los demás miembros de la familia
parecían haberse olvidado del incidente. Así pasaron tres días sin novedades.
Al cuarto día Pablito descubrió con júbilo la misma
mancha en la pared de la cocina. La saludó, como a un amigo perdido y
recuperado.
- ¿Viste mamá? No nos puede abandonar.
A mí me parece un ser viviente.
- Creo que es un ser viviente. -
agregó Paulita - Fíjate, mamá, que es una cara. Es
una cara humana.
Analía la
contempló y de pronto sintió un estremecimiento. Era una cara humana; como un
rostro borroneado, un dibujo diluido. Las cuencas de sus ojos, una boca
convulsiva... una nariz apenas reconocible.
Llegó Pablo y también dio su opinión.
- Es una cara de mujer. De mujer
vieja. Parece un dibujo algo mal hecho, pero reconocible. ¿Quién de ustedes lo
hizo?
Analía lo
fulminó con su mirada.
- Ninguno de los cuatro sabemos
dibujar.
Con una gran energía tomó el trapo de
la cocina. Volcó detergente sobre el paño y comenzó a borrar la mancha con una
furia inexplicable. Y la mancha se borró obedientemente, irónicamente.
Terminaron el día malhumorados. Los
chicos se sentaron para mirar televisión. Analía y
Pablo se sentaron también junto a ellos, tal vez para no tener que conversar.
Los cuatro parecían estar absortos en
el programa, pero ninguno de ellos podía concentrarse en las imágenes. Era un
silencio compartido, como entre cómplices de un crimen extraño.
En el medio del silencio Paulita alzó su voz.
- Era la cara de la abuelita. La que
está en España.
Analía se
sobresaltó.
- ¿Cómo lo sabes? Si nunca la viste.
- Sí que la vi. Siempre la veo.
- ¿Dónde?
- En mis sueños.
Pablo apagó el televisor.
- Hija mía; cuando abuelita nos visitó
aquí en
- Si no me crees, anda a observar
mejor la mancha.
Pablo se levantó, como un sonámbulo.
Salió a la cocina y prendió la luz.
La mancha estaba allí y ya no era una
mancha en realidad. Era un retrato perfectamente dibujado, el retrato de una
anciana con un rictus de intenso sufrimiento.
- ¡Es mi madre!
El grito de Pablo los hizo reunir ante
el fenómeno. Analía dejó escapar un grito de terror.
- ¡Hola, abuelita! - dijo Paulita.
Al otro día llegó el telegrama. Pablo
abrió el sobre, sabiendo ya su contenido. Allí decía efectivamente, que Doña Adelma de Menéndez Alcalá había fallecido, a los 78 años
después de una corta agonía.