*** LA REINA COQUETA DE
UR ***
La coquetería femenina debe de haber nacido
con la misma humanidad.
En esas películas que pretenden mostrarnos
la vida prehistórica, se ven mujeres con cabellera desgreñada, con la cara
manchada de tierra, cubiertas apenas con un trozo de piel gastado y sucio
también.
Decididamente, no creemos que haya sido
así. También en la Prehistoria existían tranquilos lagos que podían reflejar la
imagen. La mujer de las cavernas podía
mirarse allí. Y si lo hacía, podía
darse cuenta de su rostro, de cómo eran sus cabellos y cómo tenían que ser.
¿Qué no? Pues, actualmente, no encontramos
en la vasta Tierra lugar alguno, por más primitivo que sea, donde la mujer no
se aciccala en la juventud. Los bosquimanos de Africa tienen sus mujeres
ociosas en primavera; no trabajan en otra cosa que en embellecerse. Las mujeres
en las selvas del Amazonas, aunque sus esposos jíbaros estén ocupados en
achicar las cabezas de sus enemigos, ellas inventan peinados, pinturas,
vestimentas atractivas.
Creo
que la mujer lo ha hecho desde siempre.
En las excavaciones de la ciudad de Ur, en
Sumer, el arqueólogo Leonard Woolley encontró una sepultura. Esta pertenecía a una reina llamada Subad. La época era algo difícil de fijar;
alrededor de tres mil años antes de Jesucristo, o sea cinco mil años atrás.
Su primera impresión ha
sido el espanto; alrededor del féretro había muchos muertos. La corte de la reina había sido sacrificada
al morir ésta.
Allí estaban las doncellas, los guardias,
los servidores; cerca de la reina estaban las nueve doncellas favoritas y un
hombre; en sus manos descarnadas descansaba el "lílissu" o arpa
sumeria.
El sepulcro, una amplia estancia, estaba
prácticamente lleno de adornos y joyas.
La misma corona de la reina Subad era una maravilla del arte sumerio;
montada sobre una peluca había una triple hilera de lapislázuli y cornalina
roja; en la última pendían aros de oro.
Flores de oro coronaban la cabeza y de los lóbulos de las orejas
colgaban gruesos aros de oro.
La estatua de cerámica, pintada de vivos
colores, daba idea de la increíble belleza de la reina Subad.
Una carita ovalada, más bien redondeada, con
labios preciosos y sensuales, la nariz perfecta y los ojos oscuros, seductores,
con brillo de diamante negro. No hay
nada hierático en esa estatuilla; toda ella vive y parece respirar, esperando a
su amante secreto, aun en la rigidez de la muerte.
¿Quién era la reina Subad? ¿Por qué tenían
que morir tantas personas al morir ella? ¿Lo han hecho voluntariamente? ¿O
fueron sacrificados por el rey, enamorado inconsolable de la reina? Nada sabemos. Lo que quedó de ella es una carita bellísima, unos labios
artísticamente pintados, ojos delineados a la manera actual. Pero también quedó una leyenda.
Esta leyenda dice que la reina Subad era
una mujer irresistible. Descendía de
los míticos navegantes de Naa, continente hundido, de donde había llegado un
día Utnapistin, el que se salvó del diluvio y que recogió cada par de animales,
para que éstos no se extinguiesen. Los
que llegaron con él, fundaron una dinastía en Ur. La reina Subad decía ser
descendiente del mismo dios Ea, quien, en la mitología sumeria, era el más
inteligente de los dioses, y el más apuesto también.
Ella era la única descendiente del rey Ninurta. Consentida por sus padres y por
el pueblo, hacía lo que
se le daba la gana. La expresión de la
estatuilla de cerámica lo dice claramente: los labios, algo desdeñosos, la
mirada, entre soñadora e imperativa, representa una mujer totalmente "liberada"
de todos los prejuicios posibles.
Su principal encanto era su voz. El testimonio está en su sepulcro: el arpa y
un hombre joven que la acompañaba con el instrumento. La reina hablaba poco y cantaba mucho. A veces expresaba sus deseos cantando. Y su padre, el rey Ninurta, se desvivía por satisfacer sus
caprichos.
Sólo que... había un pequeño problema: la
princesa Subad era muy reacia al matrimonio.
Entre sus numerosos pretendientes, no hubo
ni uno que le haya gustado por esposo.
Se divertía con cada uno durante un tiempo, permitiéndole alimentar
ciertas esperanzas; y después, sin escrúpulo alguno, le mostraba la puerta.
Se decía que su belleza permanente, su piel
dorada, el fulgor de sus ojos, se debía a eso: que vivía como a ella le gustaba
vivir. El amor verdadero no había
llegado hasta su corazón.
Un día llegó a la corte de Ninurta un joven
de extraño aspecto. Era alto y de tez
blanca; sus ojos eran como el cielo, y sus cabellos parecían hebras de oro.
¡Jamás habían visto semejante hombre los de "cabeza negra", que eran
los sumerios! Ellos así se llamaban a
sí mismos por su espesa cabellera negra y lisa. El hombre rubio era desconocido entre los Dos Ríos que eran el
Tigris y el Eufrates.
Lo que resultaba más extraño todavía, era la
vestimenta del hombre rubio: era de plata, ceñida a su cuerpo; no era en forma
de túnica, a la usanza de Ur.
La princesa Subad quedó embelesada... con
los cabellos rubios del visitante.
El joven era traedor de un mensaje al rey
Ninurta. Nadie supo nunca qué fue aquel
mensaje ni de dónde vino el joven rubio. ¿Tal vez había llegado desde una
estrella del cielo?
¿La princesa Subad se enamoró de él? ¿O
simplemente le envidiaba sus cabellos de oro? ¿Quién podría saberlo? Según la leyenda, se armó de todos sus
encantos para atraerlo. Docenas de
doncellas le ayudaban a pintarse, vestirse, maquillarse; ensayaba sus más
hermosas canciones y sus más hechiceras sonrisas. Pero el joven no pareció sentirse atraído hacia ella.
Recurrió entonces la princesa Subad a un
arma femenina milenaria: se acostó en su lecho recamado de piedras preciosas y
se hizo la enferma. El rey Ninurta se
asustó y proclamó su mensaje: quien lograra sanar a la princesa, recibirá un
gran premio.
No deben ustedes confundir realidad con
cuento. La leyenda es, lo más probable,
en gran parte, realidad. ¿Por qué esa suposición? Pues el rey Ninurta prometió un premio, pero no la mano de su
hija, como en los cuentos. Intentaron
todo: cánticos mágicos, bebidas milagrosas, que la princesa tiró por la
ventana, frutas consagradas a la diosa Innana, todo lo existente en aquel
mundo. Pero Subad no sanaba. Lloraba y cantaba a la vez. Y cuando la desesperación ya había llegado
al máximo, el joven rubio pidió permiso para ver a la princesa.
Tal vez nunca había sido tan hermosa la
princesa Subad, como allí, cuando yacía en su lecho, con sus cabellos
desparramados - muy cuidadosamente desparramados, por supuesto - y su túnica
semitransparente, en un estudiado descuido, permitía ver generosamente lo que
la Naturaleza le dio como principal encanto: sus hombros y su busto. El joven sonrió al detenerse a su lado.
- Sólo tu amor puede devolverme la vida,
gimió.
- Sólo mi amor puede darte muerte, dijo el
joven.
La princesa Subad abrió sus grandes ojos,
espantada.
- ¿Tú no me ves bella, adorable,
irresistible?
- Te veo la más hermosa entre las mujeres
de la Tierra.
Subad se incorporó de su lecho y se acercó
al joven. Este dio un paso atrás. No se
dejó tocar por ella, no la dejó acercar demasiado.
- ¿De dónde vienes? ¿En tu mundo las
mujeres son más hermosas que yo? ¡Si es así, te mostraré algo de las mujeres de
la Tierra que tal vez las de la tuya no tienen!
Tomó en sus manos el "lilissu" o
arpa dorada y comenzó a tocar. Después
de unos acordes dulces comenzó a cantar una melodía dulce, de increíble
belleza.
El joven rubio la escuchaba inmóvil. Pero sus ojos azules se humedecieron
visiblemente.
Terminada la canción, Subad se acercó en un
arrebato al joven y lo abrazó.
- ¡Bésame, aunque sea una sola vez! Un solo beso te pido y después podrás
retornar a tu país. ¡Quiero el recuerdo de este beso para el resto de mi vida!
¡No podrás negármelo!
...Y dice la leyenda que
el joven accedió, estremecido ante tanta belleza.
Subad creyó que con ese beso lo había
encadenado para siempre; que el joven no iba a abandonarla jamás. Se equivocó. Después del único beso, el joven se fue de Ur y nadie volvió a
verlo.
Al otro día, la princesa Subad notó algo
muy extraño en su cuerpo.
Su piel dorada se tornó
más resplandeciente que nunca; sus ojos fulguraban en una extraña luz. Jamás había sido tan encantadora. Al mirarse en un espejo de oro vio su imagen
increíble, que parecía una diosa.
Lo extraño era que su corte comenzó a
languidecer. Sus doncellas comenzaron a
morir. En el segundo día, murieron casi
todos los guardias y el joven arpista, que en secreto la amaba.
Y en el tercer día murió ella. Y en su lecho de muerte era mil veces más
hermosa de lo que habla sido en vida.
Toda su corte estaba ya muerta. Los sepultaron a todos junto a ella: sus
doncellas, sus guardias, el arpista.
Todos ellos parecían estar dormidos, dormidos después de haber sufrido
una terrible fatiga. Y como todos
parecían dormir, el rey Ninurta ordenó darles a cada uno una puñalada de gracia
para que no despertaran en el sepulcro ya sellado.
Murió así la princesa
Subad con una íntima satisfacción. Con
su belleza y su
increíble hechizo logró
seducir a un visitante de otro mundo.
Su belleza morena logró eclipsar por un momento en el corazón del
visitante el recuerdo de sus mujeres de cabellera dorada y de ojos azules. Y su canto dulce y de mágico sonido logró
hacerle olvidar el sonido de los vientos de su mundo, donde los hombres rubios
navegaban en sus discos plateados de planeta a planeta.
Lo fascinante de esa leyenda es lo
siguiente:
Muy cerca de las excavaciones de Ur y de
Lagash, donde han encontrado innumerables tablillas cuneiformes con escritura
sumeria, también han encontrado ciertos objetos desconcertantes y ciertas
piedras con escritura hasta hoy no descifrada.
Lo más fascinante aún es el hecho de que,
aproximadamente desde la misma fecha, ha comenzado en Sumeria una civilización
extraordinaria, con conocimientos astronómicos realmente sorprendentes.
¿Habrá visitado más veces el joven rubio al
rey Ninurta?
(Personajes y hechos sacados de la
realidad. figuran en las tablillas sumerias.
La estatua de Subad se encuentra en el British Museum.)