***   PROBLEMAS DE TRANSITO   ***

 

   Albert Rahn conoció a Agatha siendo aún estudiante en la facultad de Ciencias Exactas.  No es que ella haya estudiado lo mismo, sino que frecuentaba el mismo barcito donde Albert Rahn solía engullir su hamburguesa. No tenía dinero para ir a un restaurante, aunque esto era uno de sus más fervorosos deseos: comer bien, sentado al lado de una mesa primorosamente tendida, servido por tres mozos por lo menos. ¡Sueño jamás alcanzado! Pero el hambre lo acosaba al mediodía; durante el intervalo que era una hora y media, Albert saciaba su hambre en el barcito.

   Agatha Merlin (¡miren, qué apellido!) nada tenía que ver con ecuaciones, ni con átomos y moléculas; estudiaba pintura en el taller de un viejo pintor, ya que, habiendo abandonado sus estudios secundarios, no tenía acceso a la Facultad de Bellas Artes. Pero sí que era bonita: un tanto delgada para el gusto de Albert, pero eso se debía a ciertas privaciones; Agatha tampoco contaba con fondos monetarios.  Ganaba su pan posando como modelo para varios pintores, cosa Albert Rahn tardó mucho en descubrir. Pero eso ya es tema para otra narración.

   Albert Rahn, al verla por primera vez, dejó caer su hamburguesa al suelo.  Ella, con un gesto natural y tranquilo, se agachó, recogió la hamburguesa y se la comió ante los atónitos ojos de Albert Rahn.

   Por supuesto que se hicieron amigos y no tardaron en enamorarse.

   Al cabo de un año - Albert terminó sus estudios, Agatha no - resolvieron casarse, pero no pudieron realizar este

proyecto por falta de dinero.

   Así transcurrieron diez años, un noviazgo más o menos feliz con diversos altibajos; Agatha tenía bastante mal carácter, era caprichosa y discutidora; Albert Rahn, a su vez, era hasta burlón, pero en el fondo se querían.  Se complementaban muy bien; Albert Rahn detestaba las mujeres de su misma profesión; su ideal era la "mujer femenina y tonta".  Agatha deseaba admirar a alguien y con un poco de esfuerzo Albert podía responder a ese imagen.

   En el décimo año del noviazgo Albert Rahn resolvió conseguir dinero de cualquier modo.  Intentó vender un invento suyo, pero en el último momento fué rechazado.  Ese invento consistía en un juego para niños: nada menos que un cubo cuatridimensional, llamado "tesseract" por los matemáticos.  El fabricante no comprendió nada respecto al cubo y, entre lamentos de cortesía, acompañó a Rahn hasta la puerta.

   - Ve, querido amigo Rahn - dijo - ¡qué tremenda aglomeración en el tránsito! - y señalando a la calle, donde los coches formaban una alfombra multicolor y ondulante, añadió: - La persona que un día resuelve esto, será el inventor del siglo. Hay pocas calles y cada día más coches... Bueno, hasta cualquier momento, no se desanime.

   Albert no se desanimó.  Su mente ya estaba trabajando en algo muy especial. ¡Ese hombre tonto acababa de darle una idea genial!

Volvió a su casa y llamó a Agatha.

   Esta acudió de mala gana.  Al llegar, Albert notó que sus hermosos cabellos negros estaban bastante enmarañados por el viento y que llevaba tan solo un trajecito liviano.  Era noviembre y soplaban vientos bastante fríos.

   - ¿Qué hay? - preguntó entre curiosa y fastidiada.

   - Debes prestarme dinero, Agatha, si quieres que una vez por todas pudiéramos casarnos.

   - Ya te presté tantas otras veces y nunca me devolviste nada.

   - No tuve suerte.  Pero ahora sí la voy a tener.  Tengo una magnífica idea, pero necesito armar un traslator.

   - ¿Un qué?

   - No importa.  Nunca lo comprenderías.  Pero ganaremos tanto dinero que no podrás donde gastarlo.

   A Agatha comenzaron brillarle los ojos.  Tenía ojos verdes con cierto tinte amarillo, como los de una gata.

   - Está bien.  Es lo último que me queda.  El collar de rubíes que heredé de mi ... mi abuela. -

   - No te pregunté que de dónde lo heredaste.  Necesito tres mil dólares para empezar...

   Ágata, con su intuición femenina, sintió esta vez que Albert hablaba en serio.  Con un poco de rezongo le entregó el collar. Lo tenía consigo. Lo iba a empeñar de todos modos.  Dos días más y no tenían qué comer.

   Albert Rahn salió con el collar disparando, sin despedirse de ella.  Pero Agatha ya estaba acostumbrada.  Se sintió algo fastidiada y se fue también.  Tenía una cita con un pintor nuevo.

-----------------

   Al cabo de una semana el estudio de Albert - que a la vez era su dormitorio, comedor y sala de estar - se llenó de todo tipo de pequeños "caramelitos" como Agatha llamaba a las resistencias, diodos, condensadores.  Plaquitas de integrados, alambres en todas partes y los odiados instrumentos de Rahn, desparramados en todas partes: sobre la mesa, cama, estantes, suelo.  Agatha ya ni caminar pudo entre ellos.

   - ¡Esto es insoportable! - rezongaba, pero Albert ni la oía.  Estaba ensimismado en su trabajo de tal manera que hasta se olvidaba de comer, inaudito en él, siempre hambriento.

   Otra semana más, cuando Albert Rahn tiró triunfante su destornillador a la cama.

   - ¡Listo! ¡Está listo!  ¡Eureka!  ¡Vamos a ser ricos!

   Habría dado una vuelta con Agatha bailando, pero no había lugar.

   En medio de residuos, alambres, trozos de metales emergía un aparato de forma sicodélica.  En realidad apenas tenía forma por la multitud de       alambres, cablecitos que sobresalían de él.  En el medio parpadeaban luces de todos los colores alrededor de una diminuta pantalla de televisión.

   - ¿Qué es esa cosa horrible?

   - Esto, mi querida Agatha, es un traslator.

   - ¿Qué es un traslator?

   - Amorcito, si yo perdiera el tiempo valioso para explicártelo, jamás llegaría a mi meta.  Conténtate con que es un instrumento que traslada los problemas de personas ricas , mejor dicho los transforma en dinero para nosotros.

   La palabra "dinero" siempre tranquilizaba a Agatha.  Albert le dio un beso fugaz.

   - Me voy, muñeca.  Si tardo en llegar, piensa que cuánto más tardo, tanto más dinero ganaremos.

   Llevando su grueso portafolios lleno de planos y de otras cosas indescriptibles, se fue.

------------------------------

   Por sus antecedentes y por sus diversos inventos anteriores Albert Rahn no tuvo mayores dificultades para lograr una entrevista con el alcalde de la ciudad.

   - ¿Qué lo trae esta vez, querido Albert? - pregunto amablemente el alcalde.  Era un hombrecito regordete con una panza notable. Además de feo y gordo, era tremendamente intuitivo, por supuesto, cuando se trataba de alguna ventaja o ganancia extra.

   Albert Rahn fue directamente al grano.

   - Mire, señor alcalde.  Yo sé que aquí hay un problema fundamental: el tránsito.  Sé también que usted tiene que volver a su casa bien tarde por los embotellamientos frecuentes.  Y también sé muy bien que su señora arma escándalos por el mismo.

   - Es cierto rió el alcalde - Siempre me dice que por qué no salgo antes para llegar a tiempo para la cena.

   - Pues bien - susurró Albert Rahn - yo puedo solucionar su problema.  Pero es algo totalmente exclusivo, reservado solamente a ciertos privilegiados.

   - ¿Qué cosa será esta vez?

   - Es un traslator.  Mi invento.  Pero esta vez no lo voy a patentar.  Nadie podrá robármelo, por lo complicado.  Pero lo armé y funciona. ¡Vaya si funciona!

   - ¿Un "traslator”?

   - Sí, señor.  Usted conecta en su oficina este dispositivo - Rahn sacó una cajita de tamaño de un minicasette - y lo coloca en la guantera de su coche.  Está programado para una traslación hiperespacial.  Su viaje durará 5 minutos, en línea recta, sin semáforos, sin embotellamiento, sin otros coches en el camino.  Eso sí, tendrá que prender sus luces, ya que el camino es oscuro.

   - ¿Un camino por... por hiperespacio?

   Menos mal que el alcalde era adicto a ciertas novelas de ciencia ficción y conocía el término, pensó Albert Rahn.

   - Así es.  Sin complicaciones.  Nunca más tardanza.  Nunca más choques.  Y así usted puede utilizar esa horita que acostumbra tardar hasta llegar a su casa, para otra cosa. El alcalde guiñó sus ojos de cerdo.

   - Es usted un pillo, Albert.  Sabe muy bien lo que esa horita me significaría..

   - Ya lo sé.  Si quiere, puedo venderle otro dispositivo que abre un camino hiperespacial hasta la casa de Lulu.

   Era obvio que el alcalde aceptó inmediatamente la proposici6n.

   - ¿Cuánto me va a costar? - Le cobraré solo el costo y un poquito más.  Veinte mil dólares, y dos mil dólares por mes. -

El alcalde tragó, pero no retrocedió.  El nombre de Lulu obró sobre sus ánimos mágicamente.

   - Por supuesto, antes querrá una demostración.  No le cobro ahora nada por el primer viaje.  Hágalo con confianza y después hablaremos.

   Se despidieron y el alcalde , con el minicasette en el bolsillo, se apresuró para ir al garage de la oficina. Lo colocó en la guantera, tal como le indicó Albert Rahn.  Con cierta desconfianza arrancó para salir del garage ....

   ¡Cuál fue su sorpresa, cuando, al instante, se vio en un túnel totalmente oscuro!  Se sintió, como elevado por una descomunal fuerza, con coche y todo; un instante de vértigo, y todo desapareció.  Se encontró con su coche en su casa, ¡delante de su propio garage!

   Era cierto. ¡Ese pillo de Albert Rahn era un genio!

   Lo primero era llamarlo por teléfono y darle el feliz “sí" como una novia.  Citó a Albert al otro día a su despacho y, por supuesto, le compró también el "otro" minicasette, el que lo llevaba a la casa de Lulu.

   - No los confunda, señor alcalde.  Como verá, el que lo lleva a su casa, tiene una pequeña lucecita "led" verde.  Y el otro la tiene roja.

   El alcalde se puso algo nervioso.

   - No me gusta esa analogía con los semáforos...

   Pero Albert Rahn ya no lo oyó.  Al desembolsar sus dólares, salió casi disparando de la oficina.

   De allí no fue directamente a casa sino se puso a recorrer todos los personajes importantes y ricos de la ciudad.

   Fue a un alto jefe militar; le vendió dos dispositivos, por supuesto, muy parecidos a los del alcalde: uno para la casa, otro para un determinado teatro de tercera categoría, donde oficiaba una cantante famosa, no de su voz sino de su capacidad amatoria... El otro de sus clientes era el director de tránsito; éste le compró varios minicasettes, pero tuvo una duda.

   - ¿Qué sucedería, amigo mío, en el caso de cruzarse estos caminos hiperespaciales?

   Albert Rahn hizo una mueca despectiva.

   - Esto es imposible.  ¿Vio usted un tesseract?  ¿Vio los lados, las aristas? ¿Puede imaginar la infinidad de lugar que hay en el hiperespacio?

   El director de tránsito se tranquilizó un poco.  Por supuesto, pasó todo un día viajando, repitiendo sus idas y vueltas por lo menos veinte veces, sin problema alguno.

   Albert Rahn se sentía feliz y sus bolsillos estaban repletos de dólares.

   Así llegó a casa donde encontró a Agatha llorando.

   - ¿A @os qué te ocurre?

   - No ... no te importa lo que me ocurre. - De pronto se secó las lágrimas, viendo la expresión de Albert.  Durante los diez años de noviazgo aprendió a leer en su cara.

   - ¡No me digas que tienes dinero!

   Albert Rahn reaccionó en el último momento.  Si iba a confesar a Agatha todo, ¡adiós dinero!  Lo primero sería que ella le quita todo, hasta el último centavo, alegando sus múltiples préstamos, incluyendo el collar.

   - Y... algo tengo, pero no mucho.  Vamos a cenar por lo menos bien.  Es algo muy prometedor, pero hay ciertos arreglos que hacer.

   - ¿Te refieres a esta máquina inmunda?  No la puedo ver. Ocupa todo el lugar, ya no puedo ni planchar mi ropa aquí.  Yo no sé, adónde vamos a parar, un día voy a perder la paciencia. - Albert logró calmarla con un billete de 50 dólares.  Agatha, sin decir nada, salió a comprar comida.

   Así transcurrieron dos semanas.  Albert iba dando a cuentagotas su dinero, para que Agatha no sospechara.  Y ella no sospechó.  Estaba ocupada con su nuevo pintor... Que era un hombre muy apuesto y además muy generoso.

   Pero un día sucedió la catástrofe, tenía que suceder.

Albert, con cara de misterio, invitó a Agatha a sentarse con él en el sofá.

   - Amorcito, te voy a decir algo muy importante.

   - ¿Qué me vas a decir? - en los ojos de Agatha hubo un       brillo de miedo. ¿Habrá sospechado Albert algo del pintor?

   - Escucha, muñeca.  Vamos a casarnos.

   - ¿Quééé?

   - Así como lo oyes.  Nos casaremos mañana mismo.

   - ¿Cómo mañana mismo? - dijo Agatha, pero en este instante quiso la fatalidad que sonara el teléfono.

   Albert levantó el tubo y escuchó la voz del vicepresidente.  Este también solicitaba sus servicios con el traslator.

   - Amorcito, lo siento. Tengo que irme en ese instante.  Cuando vuelva, reanudaremos el tema.  ¿Está bien?

   El rostro de Agatha se oscureció y sus ojos de gata despidieron chispas.

   - ¡Siempre el mismo cretino!-

   Pero Albert ya no lo oyó.  Llenó sus bolsillos con los minicasettes y se fue.

   Pasó una media hora.  Agatha estaba sentada en el sofá. Intentó distraerse escuchando radio, (la televisión no funcionaba, ya que Albert necesitaba dispositivos para su traslator y lo había desarmado, acto que le valió unos cuantos arañazos de Agatha) después intentó caminar en la pequeña habitación, topándose con instrumentos, bobinas, diodos, integrados, y demás objetos odiados.

   Miró su reloj cada tanto, impaciente.  ¡Ya hace una hora y media y Albert ni llama, ni viene!

   De pronto se sintió con ganas de matar a Albert y romper todo en la habitación. Y como Albert no estaba presente, debió desquitarse con algo.

   Dio una feroz patada al traslator, con todo el alma.

   El aparato, que se hallaba descubierto y sin planchas protectoras, dio un extraño sonido; después hubo un leve chisporroteo en un costado.

   Al verlo, Agatha se dio cuenta lo que hizo.  Quiso arreglar su momentánea falta de control, arreglando el aparato.  Empezó a toquetearlo, intentando unir cables que se soltaron con la patada.  Y cuando recibió una considerable descarga eléctrica, se retiró de la máquina, frotando un largo tiempo su brazo dormido, lloriqueando.

   En el mismo instante de la patada en la ciudad ocurrieron hechos increíbles que, al parecer, carecían de explicación.

   En el medio de la reunión del vicepresidente, apareció, como salido de la tierra, un omnibus repleto de gente, atravesando el famoso "salón verde", orgullo de la señora del vicepresidente, rompiendo todos los cristales, tapizados y muebles que allí había.

   En otro punto de la ciudad, en medio de un mitín político, apareció, entre la multitud un enorme aparato perteneciente a la vialidad nacional, lo que se conoce con el nombre de "bulldozer", causando un griterío y desesperación, dispersando a todos, pero atrapando en su pala ancha el estrado del orador, con orador y todo.

   En la sala de la reunión de gala de la Plana Mayor,

desde lo alto, como del aire, apareció un camión recolector de basura con compresor hidráulico, pero en posición invertida, desgraciadamente con su carga completa.

   Ni mencionar los tres carros atmosféricos que chocaron con una inverosímil velocidad contra el edificio de la Bolsa de Valores, desparramando su precioso contenido, que habría servido como abono de tierras; mas en aquel terreno no ha podido fertilizar nada, solo perfumar el ambiente.

   El alcalde, el primer cliente de Albert, cayó con su coche justito en un frigorífico, entre un desparramo de longanizas y jamones, para la gran indignación del dueño del establecimiento.

   Albert Rahn, al enterarse, corrió hasta su casa, como un loco.

Allí encontró a Agatha llorando y el traslator humeando.  Por más que quiso reconectarlo, no lo logro; algo muy importante y muy caro se había quemado en él.

   Albert, sin hablar, se puso a meter sus pocas pertenencias en su maleta. Agatha hizo otro tanto.  Lo comprendió al

instante:         lo único que les quedaba era escapar de la ciudad.

   Por supuesto, que no por vía hiperespacial, aunque esta vez realmente lo habrían necesitado.

   No obstante a que media ciudad los estaba buscando, lograron escabullirse, escondiéndose en el subterráneo.

   Lo lograron, ya que en el medio de la vía subterránea había un montón de coches amontonados, obstruyendo el paso de los vagones, gracias al traslator de Rahn.

   - Esto es lo que un escritor llamaría "caminos entrecruzados" - suspiró Albert, ya en un pequeño restaurante en el puerto, entre marineros que bebían sin darse cuenta de la presencia de la pareja.