**** UN PROBLEMA DE
ECOLOGIA ****
Los terráqueos son una raza joven. Tanto en
tiempo como en madurez; la edad de la vida sobre el planeta es de, más o menos,
4.000 millones de años y la edad del ser humano no pasa de un millón. Si
representamos la edad de la vida terrestre con una vara de
Esto sucedió en el futuro, en el siglo
22. Al menos, en uno de los futuros posibles. Porque hay muchos futuros; hay
muchas líneas de tiempo secuencial, pero el estar en uno de ellos nos parece el
único. Exploremos uno de ellos.
Maximilian Chuntro era un biólogo que trabajaba en el Instituto de
Investigación de Alimentos Sintéticos. Una de las ramas del instituto trabajaba
en sintetizar comestibles; sus progresos eran magros. Pero Max
estaba en un proyecto que comenzaba a tener un éxito espectacular en la rama de
los cultivos de tejidos. No era una novedad, y menos en el siglo 21 que,
poniendo células vivas en un cultivo adecuado, éstas se reproducían sin límite
y producían biomasas enormes. Así, por ejemplo una gallina que mataron hace
treinta años y sacaron unas células de su miocardio, donó contra su voluntad
unos tejidos de su corazón; esas células seguían vivas aún, habiendo superado
ya la producción de diez toneladas de tejido. Las células se reproducían pero
no formaban ningún corazón sino una masa informe de tejido, de buena calidad y
sabroso. Esto no era una novedad; en el siglo 20 ya se había realizado estos
experimentos; los problemas eran del tipo prácticos. Por ejemplo, cómo dar
órdenes a la genética de la célula para que solo produzca un determinado tejido
y no otro. O el problema de evitar que determinados estafilococos invadan el
cultivo y hagan un desastre. Y muchas cosas parecidas que cada una tenía
solución práctica. Ya se fabricaba así toda clase de vegetales y tejidos
animales; Max siempre decía que estaban comiendo el
"churrasco sintético" a pesar de que era natural. Claro, el ternero
que donó un pedacito de su bola de lomo (apenas se dio cuenta del pinchazo del
trocar) ya estaba suministrando cientos de toneladas de un tejido que, si bien
en forma de pasta, tenía el gusto, la calidad y el poder nutritivo de la carne
faenada "a lo salvaje".
Max sentía
una atracción especial por el cultivo de carnes de diversos animales. Tuvo
éxito con pollos, pavos, faisanes, perdices. Más adelante se dedicó a los
mamíferos. Como un trabajo secundario, tuvo éxito en elevar la producción de
sangre sintética de cultivo; por poco le vale el Premio Nobel.
Pero se lo dieron a otro que completó la prótesis ocular intracerebral para
ciegos. "Sé que es un gran logro" decía "pero de nada serviría
si el operado, habiendo recuperado su vista totalmente, se muriera de
hambre".
Así que, sin enojarse por el apodo de "el científico de la morcilla
sintética", siguió trabajando en las carnes de cultivo.
- Bah - lo
dijo una vez a un amigo - no lo hago yo. Lo hace el programa genético de la
célula que es endomoniadamente complejo... yo solo
esclavizo a las células, pero nunca sabría fabricarlas.
Su amigo, un tal Juan Motub, de origen africano, estaba en el departamento de
electrónica del Laboratorio de Propulsión Subeléctrica
de
- ¿Sabes Juan, qué decían tus
antepasados? Que la carne de negro es mucho más sabrosa que la del blanco.
Juan retrocedió como quien no quiere
dejarse comer y Max hizo una mueca de hambre. Les
gustaba hacer esta clase de bromas.
- Debes tener razón. Cada vez que te
huelo, me repugna - contestó Juan. Todos los presentes se echaron a reír de
buena gana.
- Pero - replicó Max
- Voy a hacer una cosa que quizás no te guste... Necesito algunos meses para
poder prepararte una sorpresa. Será algo de lo que todos disfrutarán
físicamente, pero tú solamente podrás disfrutar intelectualmente.
Juan Motub
miró pensativo a Max. Sabía que le iba a preparar una
broma. Pero las bromas de Max, aunque Inofensivas
físicamente, solían ser muy sofisticadas en cuanto a la faz filosófica.
Pasaron tres meses. Max obtuvo varios premios por lanzar al mercado un nuevo
tejido de cultivo, de la variedad de las carnes. Pero él insistía en que su
obra maestra aún está a punto de salir y que la va a presentar en una cena
especial para su círculo de amistades. Todos le preguntaban sobre las nuevas
técnicas de clonización que hizo para obtener ese
nuevo tejido que resultó tan sabroso.
- Esperen mi obra maestra y opinen
después - decía.
La noche esperada llegó. La cena,
primorosamente servida, estaba sobre una larga mesa. En el centro, bajo una
gran bandeja de oro, la sorpresa. Todos adivinaban ya que se trataba de su
nueva carne sintética.
- Damas y caballeros - comenzó el
discurso - ya saben ustedes que al final del siglo 21 casi se muere de hambre
la humanidad. Y que gracias al cultivo en gran escala de tejidos, realizado en
caldos de base sintética realizados a partir del petróleo sintético y de
hidrocarburos sintetizados de bióxido de carbono y agua, nos salvó de esta
muerte de hambre. Hoy ya más del 95% de lo que comemos es de este origen. Las
grandes centrales eléctricas a turbinas de gravedad nos dan energía sin límite;
se producen todos los materiales para la industria y nuestra alimentación.
"Ya sabemos que no moriremos de
hambre. La producción es segura. Así que llegó el momento de la creación
artística en este campo. Ya no debemos preocuparnos del alimento en sí; ya
podemos permitirnos el lujo de hacer delicadezas en el terreno culinario; así
que yo he proporcionado un material básico para los gourmete
del mundo. Sugiero que prueben este manjar que les presento.
Y diciendo esto, levantó la tapa de la
bandeja de oro. Debajo había albóndigas. El aspecto no difería de otras muy
difundidas. A medida que las fueron probando, nacían los elogios y, salvo unos
pocos, la mayoría estaba de acuerdo con que era un manjar delicioso, una carne
que nunca antes han probado. Todos comieron y repitieron el plato.
- ¿Por qué no me dejas probar a mí? -
dijo Juan Motub, que era el invitado de honor, sin
saber por qué.
- Ahora lo sabrás - dijo Max. Se puso de pie en la cabecera de la mesa, al lado de
Juan, palmeteándole el hombro. Juan ya presentía algo como una broma muy
pesada. Finalmente, con una sonrisa de padre bueno, Max
se dirigió a Juan, pero hablando a todos, dijo:
- ¿Te acuerdas de aquella biopsia de
hace tres meses? Pues, debes saber que el director del hospital es mi amigo y
que... bueno, no destruimos ese tejido que te hemos sacado aquella vez... de tu
nalga derecha. En resumen, Juan: ERES SABROSISIMO...