*** EL PAPIRO EGIPCIO ***
Ocurrió en el año 145 antes de Jesucristo, en la suntuosa corte del
faraón Tutmosis III, al que la historia llamó después
“el Napoleón egipcio"...
Era un tibio atardecer del invierno.
Tebas, capital del gran reino, morada del
faraón, se aburría lentamente.
Mercaderes y esclavos se entremezclaban en las calles y en las
tabernas. Mujeres esbeltas como el junco
del Nilo hacían flamear sus cortas túnicas creando
así una ilusión del viento. Todo era
lento y sofocado: una ola de calor un tanto desacostumbrada, olores del Nilo, nada de viento... Algo pesado se percibía en al aire
y nadie sabía lo que era.
Frente al palacio real los guardianes también sentían esa extraña
pesadez. Su Majestad, Tutmosis III, hijo de Amón y de Ra,
del Cielo y de
Aquella tarde, en otro punto de Tebas, otras
personas también sentían la pesadez del aire.
En los límites de la ciudad emergía el palacio llamado "Casa de
Allí, en la gran antesala de
Se oía el murmullo de un cántico y de pronto emergió una figura de
mujer. Con la cara velada, pero visible
a través del fino velo dorado, se volvió hacia el sacerdote principal y habló:
-
¡Los he visto!
Se movió el círculo de sacerdotes y se produjo una gran agitación. Muy contrariamente a sus costumbres disciplinadas
todos trataban de hablar a la vez. El
Sumo Sacerdote los hizo callar con un gesto de la mano.
-
Yo también los he visto. Y el faraón
también los verá...
Su Majestad, el faraón Tutmosis III trataba de
divertirse con sus diez esposas y con sus escribas. Se le ocurrían frases poéticas dedicadas a
las beldades y los escribas anotaban sus frases en el papiro de ribetes
dorados. Esclavas jovencitas recorrían a
los presentes ofreciendo frutas frescas y leche.
De pronto se oyó un grito de mujer, ahogado y casi musical. Ankhmerit, la
esposa favorita, se desplomó y se desmayó.
Una bandada de esclavas corrió en su ayuda, pero en la mitad de su
camino se quedaron como petrificadas. El
cielo se oscureció de pronto y se oyó un extraño zumbido. Todos miraron arriba y los vieron. ¡Los
vieron! ¡eran
unos escudos brillantes que volaban!
Escudos enormes y luminosos, casi de una vara de ancho (una vara:
Tutmosis sintió miedo, aquel mismo miedo que siente el
animal ante el fuego o el que siente el hombre orgulloso ante el fuego que
procede del cielo:
-
¡Los dioses se hicieron presentes en
De pronto los escudos luminosos emprendieron la retirada hacia el
Sur. Volaban en bandadas de a tres, en
perfecto orden y su velocidad era increíble.
Unos segundos más y desaparecieron de la vista de los atónitos
servidores del faraón...
Tutmosis dio órdenes de anotar el fenómeno tal como
ocurrió. "¡Nada de mencionar dioses
y milagros!" Ordenó sahumar el lugar con palos aromáticos. Envió a la hermosa y todavía desmayada Ankhmerit al gineceo.
Se movía, hablaba, ordenaba. Pero
su en corazón sentía correr algo frío, terrible, imposible de arrancar
jamás. No eran, no podían ser
dioses. Entonces, ¿qué eran? Los sacerdotes de Amón tal vez lo
sabían. Sí, ellos tenían que
saberlo. Envió pues a sus mensajeros por
el Sumo Sacerdote.
En vez del Sumo Sacerdote se presentó
-
¿Cuál es tu pregunta, oh, Faraón? - Ella omitía el
protocolo y esto alivió la tensión de Tutmosis.
-
Los escudos luminosos. ¿De dónde vienen?
-
Tu pregunta es peligrosa. ¿Por qué pretendes saber algo que no podrías
comprender jamás?
Era de esperar que Su Majestad se molestara mucho con la
contestación. Mas su desagrado se quedó
en el fondo de su corazón, pues no era prudente manifestarlo. Sin embargo, la sacerdotisa podía leer su
mente:
-
No indagues y no preguntes. Pero de
todos modos satisfaré tu curiosidad.
Ya era de noche. La sacerdotisa,
tomando al faraón por el brazo, lo acercó a la ventana. Con su largo dedo índice, dedo fantasmal,
pintado de verde, señaló hacia un punto en el cielo.
-
De allí vienen. De aquella estrella. Los
cretenses la llaman Kentauri, Alfa Kentauri. Pero
ellos, ellos la llaman Wazn.
-
¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? - gritó el faraón fuera de sí, pero no obtuvo
respuesta. La sacerdotisa se había
retirado.
Ciertas crónicas recogidas de las antiguas escrituras egipcias afirman
que Tutmosis III, vencedor del desierto en tres
ocasiones, organizó una cuarta expedición.
El y su ejército iban en pos de la respuesta persiguiendo a un ejército
fantasma, a extraños seres que podían volar y quemar con rayos de luz. De esta expedición Tutmosis
volvió casi solo. Sus tres mil hombres
perecieron hasta el último.
Algunos peregrinos mencionaron cadáveres carbonizados en la arena del
desierto y juraron haber oído hablar de
El sobrenombre de Tutmosis III - "Napoleón
egipcio" - le ha sido adjudicado por su grandeza como general y estratega.
Por una rara coincidencia perdió su última batalla de una manera similar. Emprendió algo demasiado grande e imposible,
como Napoleón. Pero su frase predilecta
no ha sido esculpida en su tumba.
"Yo a nada temo y por eso todo el mundo me teme a mí". Tal vez aprendió a tener miedo en el
desierto, frente a los escudos luminosos y a los extraños seres de Wazn.
Cabe añadir que nuestra narración es apuntalada por rigurosos datos
históricos. El texto de un papiro
egipcio de la época de Tutmosis, traducido por el
egiptólogo Boris de Rachwiltz, dice así:
"En el año 22, tercer mes del invierno, a las seis horas del día,
los escribas de
El papiro está bastante estropeado.
Actualmente se encuentra en el Museo Británico, de Londres. Existe otro papiro, también en muy malas
condiciones, pero bastante legible todavía, que habla de la cuarta expedición y
de sus preparativos. Pero ningún papiro
quedó para narrar bien lo acontecido en el desierto. Sólo de sus resultados da testimonio la
historia del antiguo Egipto.