*** EL PAPIRO
EGIPCIO ***
Ocurrió en el año 145 antes de Jesucristo,
en la suntuosa corte del faraón Tutmosis III, al que la historia llamó después
“el Napoleón egipcio"...
Era un tibio atardecer del invierno. Tebas, capital del gran reino, morada del faraón,
se aburría lentamente. Mercaderes y
esclavos se entremezclaban en las calles y en las tabernas. Mujeres esbeltas como el junco del Nilo
hacían flamear sus cortas túnicas creando así una ilusión del viento. Todo era lento y sofocado: una ola de calor
un tanto desacostumbrada, olores del Nilo, nada de viento... Algo pesado se
percibía en al aire y nadie sabía lo que era.
Frente al palacio real los guardianes
también sentían esa extraña pesadez. Su
Majestad, Tutmosis III, hijo de Amón y de Ra, del Cielo y de la Profunda Noche,
acaba de salir a pasear por los jardines reales. Entre sus trescientas esposas lo acompañaban diez, las más
graciosas y las más jóvenes de su colección... Su Majestad era un verdadero
especialista en materia de mujeres. El mismo
era un joven apuesto, de unos treinta años, algo corto de estatura pero de muy
esbeltas formas. Ojos grandes, oscuros
y oblicuos, cabello renegrido y crespo testimoniaban su procedencia no
netamente egipcia, delatando antepasados orientales... Su mirada era dura y a
la vez apasionada. Sus labios un tanto
gruesos pero muy bien formados, siempre apretados - labios dominantes - tenían
un rictus de crueldad. "Yo nada temo y por eso todo el mundo me teme a mí".
¿Por qué su famosa frase no llegó a ser esculpida en su tumba?
Aquella tarde, en otro punto de Tebas,
otras personas también sentían la pesadez del aire. En los limites de la ciudad emergía el palacio llamado "Casa
de la Vida", morada de los sacerdotes de Amón, señores de la magia y del
misterio. Estos sacerdotes, temidos por
todo el mundo, venerados en Alto y Bajo Egipto, no hacían partícipe a nadie de
sus conocimientos; al faraón tampoco.
Tutmosis, si necesitaba información de cualquier índole, si se
encontraba con algún problema imposible de resolver, podía solicitar el consejo
o ayuda de estos hombres nada amables, vestidos de negro y dorado. Ellos contestaban siempre con palabras
parcas y de doble sentido. Tutmosis los
odiaba de todo corazón. En esta tarde,
sin embargo, sentía deseos de preguntarles: ¿Qué era esta indescriptible
sensación, angustiosa y sofocante? ¿A qué se debía?
Allí, en la gran antesala de la Casa de la
Vida, se reunían lentamente los sacerdotes y sacerdotisas de Amón. Formando un círculo se sentaron en el suelo,
un piso labrado de piedras preciosas, cuyos dibujos formaban un extraño círculo
dividido en doce arcos, señalado cada uno con extrañas figuras.
Se oía el murmullo de un cántico y de
pronto emergió una figura de mujer. Con
la cara velada, pero visible a través del fino velo dorado, se volvió hacia el
sacerdote principal y habló:
- ¡Los he visto!
Se movió el círculo de sacerdotes y se
produjo una gran agitación. Muy
contrariamente a sus costumbres disciplinadas todos trataban de hablar a la
vez. El Sumo Sacerdote los hizo callar
con un gesto dela mano.
- Yo también los he visto. Y el faraón también los verá...
Su Majestad, el faraón Tutmosis III trataba
de divertirse con sus diez esposas y con sus escribas. Se le ocurrían frases poéticas dedicadas a
las beldades y los escribas anotaban sus frases en el papiro de ribetes
dorados. Esclavas jovencitas recorrían
a los presentes ofreciendo frutas frescas y leche.
De pronto se oyó un grito de mujer, ahogado
y casi musical. Ankhmerit, la esposa
favorita, se desplomó y se desmayó. Una
bandada de esclavas corrió en su ayuda, pero en la mitad de su camino se
quedaron como petrificadas. El cielo se
oscureció de pronto y se oyó un extraño zumbido. Todos miraron arriba y los vieron. ¡Los vieron!
¡eran unos escudos
brillantes que volaban! Escudos enormes
y luminosos, casi de una vara de ancho (una vara: 5 metros) y también una vara
de largo... Primero aparecieron tres; después más y más, imposibles de contar,
todos luminosos, zumbando, sobrevolaban el palacio real, los jardines, la corte
asustada de Su Majestad. De pronto
notaron que los escudos dejaban caer algunas cosas pesadas. Un escriba levantó uno del suelo: ¡Era un
pez! Medía el largo del antebrazo de un
hombre y estaba totalmente quemado, despidiendo un hedor nada común. Los demás objetos también eran cadáveres de
distintos animales, todos carbonizados.
El Sol ya se había puesto, pero el cielo estaba luminoso, como en pleno
día. Volaban constantemente en círculo
sobre el palacio real.
Tutmosis sintió miedo, aquel mismo miedo que siente el animal ante el
fuego o el que siente el hombre orgulloso ante el fuego que procede del cielo:
- ¡Los dioses se hicieron presentes en la
Tierra! - gritaron las mujeres y los esclavos, cayendo de bruces. Sólo Tutmosis seguía parado, erguido,
petrificado. El no creía en los dioses.
¡El no creía en ningún dios!
De pronto los escudos luminosos
emprendieron la retirada hacia el Sur.
Volaban en bandadas de a tres, en perfecto orden y su velocidad era
increíble. Unos segundos más y
desaparecieron de la vista de los atónitos servidores del faraón...
Tutmosis dio órdenes de anotar el fenómeno
tal como ocurrió. "¡Nada de
mencionar dioses y milagros!" Ordenó sahumar el lugar con palos
aromáticos. Envió a la hermosa y
todavía desmayada Ankhmerit al gineceo.
Se movía, hablaba, ordenaba.
Pero su en corazón sentía correr algo frío, terrible, imposible de
arrancar jamás. No eran, no podían ser
dioses. Entonces, ¿qué eran? Los sacerdotes de Amón tal vez lo
sabían. Sí, ellos tenían que
saberlo. Envió pues a sus mensajeros
por el Sumo Sacerdote.
En vez del Sumo Sacerdote se presentó la
Sacerdotisa Suprema: la Cúspide -Sagrada del Triángulo. Dos hombres y una mujer eran siempre los
principales de la Casa de la Vida. El
Orden de los Tres, Guardianes de los Secretos del Pasado y del Futuro.
- ¿Cuál es tu pregunta, oh, Faraón? - Ella
omitía el protocolo y esto alivió la tensión de Tutmosis.
- Los escudos luminosos. ¿De dónde vienen?
- Tu pregunta es peligrosa. ¿Por qué
pretendes saber algo que no podrías comprender jamás?
Era de esperar que Su Majestad se molestara
mucho con la contestación. Mas su
desagrado se quedó en el fondo de su corazón, pues no era prudente
manifestarlo. Sin embargo, la
sacerdotisa podía leer su mente:
- No indagues y no preguntes. Pero de todos modos satisfaré tu curiosidad.
Ya era de noche. La sacerdotisa, tomando al faraón por el brazo, lo acercó a la
ventana. Con su largo dedo índice, dedo
fantasmal, pintado de verde, señaló hacia un punto en el cielo.
- De allí vienen. De aquella estrella. Los cretenses la llaman Kentauri, Alfa
Kentauri. Pero ellos, ellos la llaman
Wazn.
- ¿Ellos, ¿quiénes son ellos? - gritó el
faraón fuera de sí, pero no obtuvo respuesta.
La sacerdotisa se había retirado.
Ciertas crónicas recogidas de las antiguas
escrituras egipcias afirman que Tutmosis III, vencedor del desierto en tres
ocasiones, organizó una cuarta expedición.
El y su ejército iban en pos de la respuesta persiguiendo a un ejército
fantasma, a extraños seres que podían volar y quemar con rayos de luz. De esta expedición Tutmosis volvió casi
solo. Sus tres mil hombres perecieron
hasta el último.
Algunos peregrinos mencionaron cadáveres
carbonizados en la arena del desierto y juraron haber oído hablar de la
Esfinge, pero en un idioma completamente incomprensible. Otros afirmaban que muchos soldados del
faraón desertaron al ver al enemigo aun de lejos. Unos extraños seres no humanos, cubiertos de escamas verdes y
azules, con grandes ojos rojos luminosos... Tal vez fue la imaginación
afiebrada de esos peregrinos del desierto. ¿O fue la verdad?
El sobrenombre de Tutmosis III -
"Napoleón egipcio" - le ha sido adjudicado por su grandeza como
general y estratega. Por una rara coincidencia perdió su última batalla de una
manera similar. Emprendió algo
demasiado grande e imposible, como Napoleón.
Pero su frase predilecta no ha sido esculpida en su tumba. "Yo a nada temo y por eso todo el mundo
me teme a mí". Tal vez aprendió a
tener miedo en el desierto, frente a los escudos luminosos y a los extraños
seres de Wazn.
Cabe añadir que nuestra narración es
apuntada por rigurosos datos históricos.
El texto de un papiro egipcio de la época de Tutmosis, traducido por el
egiptólogo Boris de Rachwiltz, dice así:
"En el año 22, tercer mes del
invierno, a las seis horas del día, los escribas de la Casa de la Vida
advirtieron un círculo de fuego que descendía del cielo. Aunque no tenía cabeza, el aliento de su boca
tenía un fuerte olor. Su cuerpo medía
una vara de largo y una vara de ancho. No tenían voz. Sus corazones quedaron
confusos en su presencia. Entonces cayeron sobre su vientre. .. y fueron ante
el rey para informarle. Su Majestad ordenó... habiendo sido examinado... como
todo lo que está escrito en los rollos de papiro de la Casa de la Vida, Su
Majestad estuvo meditando sobre lo acontecido. Ahora, después de unos días de
acontecidas aquellas cosas, fueron mucho más numerosos que ninguna cosa...
Estaban brillando en el cielo más que el Sol, hasta los límites de los cuatro
soportes del Cielo... Poderosa era la posición de los Círculos de Fuego. El ejército del rey los miraba y el rey se
hallaba en medio de ellos. Esto era
después de la cena. Entonces ellos (los
Círculos de Fuego) se levantaron más alto en dirección del Sur. Peces y volátiles cayeron del cielo. Era una maravilla jamás ocurrida desde la
fundación de esta Tierra. Su Majestad
ordenó que se trajera incienso para pacificar el hogar y escribir lo acontecido
en el libro de la Casa de la Vida... (para ser recordado) para la
Eternidad."
El papiro está bastante estropeado. Actualmente se encuentra en el Museo
Británico, de Londres. Existe otro
papiro, también en muy malas condiciones, pero bastante legible todavía, que
habla de la cuarta expedición y de sus preparativos. Pero ningún papiro quedó para narrar bien lo acontecido en el
desierto. Sólo de sus resultados da
testimonio la historia del antiguo Egipto.