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Era de noche. El cielo estaba encapotado, de modo que las estrellas no
contribuían en nada para evitar que un pobre ser humano tropezara en la
oscuridad. En el barrio había un corte de corriente eléctrica. En medio de la calle
apareció un individuo con una linterna en la mano e iluminaba el camino delante
de sí. Al principio, sólo se divisaba el foco de luz.
- Mirá, Cacho, un posible cliente
- dijo uno de los tres asaltantes que estaban escondidos detrás de un camión estacionado.
Los tres comenzaron a examinar al hombre que se acercaba.
Era enjuto; caminaba en forma algo inestable. Al acercarse más, se notaba su
rostro delgado y su nariz prominente y estrecha, haciendo recordar a un fororaquio.
- No hagas nada; el "Trucho"
nos dio órdenes precisas de liquidar a Ming. (El tal Ming era el jefe de la banda enemiga y el dolor de cabeza
del "Trucho", el jefe de los tres malandras).
- ¡Vamos!¡No vas a desperdiciar una
oportunidad! Total, ¿qué puede pasar? - dijo el Flaco.
El tal Cacho, jefe temporario del
grupo, hizo una mueca de "bah, por mí..." y
dio la orden de atacar con un gesto de la mano. Los tres interceptaron el paso
del de la linterna.
- Esto es un asalto. Quedate en el
molde y no te va a pasar nada. Largá la guita - dijo el Flaco.
El hombre no parecía estar asustado. Más bien, estaba con
una expresión indiferente. Con voz seca dijo:
- Yo no tengo nada. ¿Quieren mi ropa?
Los tres se miraron. El pobre hombre inspiraba lástima. Tan
enjuto, encorvado y tan feo. "Un hombre así raras veces es un
triunfador" - pensaba el Cacho. ¿Qué le podrían sacar? El hombre vació sus
bolsillos. En ningún momento soltó la linterna. Parecía tan inofensivo y
desgraciado que los tres estaban de acuerdo en no perder más tiempo con él.
- Está bien, rajá que te perdonamos... total, ¿qué te
podríamos sacar?
Y lo dejaron ir. Tenían una misión más importante...
Al otro día, los tres estaban reunidos en la casa del "Trucho". Leían satisfechos la noticia en el diario:
"Un famoso malviviente,
apodado "Ming" fue acribillado a balazos,
probablemente por la banda enemiga...".
- Te lo perdiste, Trucho. Eso te
pasa por pescar gripe en plena temporada de trabajo - dijo el Flaco.
Luego le contaron lo del hombrecito con la linterna. El
"Trucho" se puso fuera de sí.
- ¡Estúpidos! ¡Seguro que estaban sin las máscaras! ¡Y lo
soltaron así, nomás! ¿No se dan cuenta de que anda suelto un testigo que los
podría identificar?
Esto no se les había ocurrido. Se asustaron y decidieron
agarrar al hombrecito de la linterna.
Al día siguiente los tres estaban esperando en la misma
calle. Los ladrones suelen tener una intuición bastante buena. Los que no la
tienen son rápidamente muertos o encarcelados y, por selección natural, quedan
los más eficientes e inspirados. El "olfato" es muy importante en
esta profesión. Y ese mismo olfato los guió a los tres, al menos para volver a
encontrar al hombrecito.
No había oscurecido aún y el hombre de la linterna apareció
en el medio de la calle, con su caminar algo tambaleante, su larga y afilada
nariz y su infaltable linterna.
- Hay que hacerlo rápido, Flaco. ¿Pusiste el silenciador?
- Sí, lo puse. Espero que no le
haya contado a sus amigos que ayer nos vio. Total, no nos conoce.
El Cacho salió al medio de la calle, de frente al hombrecito.
Lo apuntaba con la pistola de nueve milímetros con el silenciador que, por
ironía, era del mismo tamaño que la linterna de su candidato a víctima. Este, a
su vez, apuntaba al Cacho con la linterna. Los otros dos miraban la escena y se
les ocurrió la ridícula idea de un duelo de vaqueros del salvaje oeste.
- Por suerte, no hay nadie en la calle... -pensaba el Cacho.
Miró mejor a su víctima y se sorprendió mucho al ver que éste no se asustaba en
lo más mínimo, sino que seguía apuntándolo con la linterna. "Me querrá
matar de un luminazo" -pensó y se rió para sus
adentros. Ya sabía por experiencia que un hombre a punto de morir suele hacer
lo inesperado. Pero esto era ridículo. ¿O estaría tan desesperado el pobre
diablo que no le importaba morir en absoluto?
Ya estaban a menos de diez metros de distancia entre sí. Y
el hombre, firmemente, lo seguía apuntando con la linterna. Cacho se detuvo. El
hombre también. Luego, volvieron a caminar de costado, conservando la
distancia, hasta situarse en ambos cordones de la vereda, frente a frente.
"De esta distancia es imposible errar", pensó el Flaco, que miraba
atónito y listo para intervenir en ayuda de su compañero, con una metralleta
escondida bajo el saco.
Durante varios segundos, ambos permanecieron inmóviles.
Cacho se sorprendió ante su propia reacción. Esa intuición que tantas veces lo
había salvado le impedía tomar la iniciativa. Era ridículo. Una pistola nueve
milímetros contra una linterna. Era obvio cuál de las dos llevaba las de ganar.
Y, sin embargo, por un misterioso instinto, Cacho no disparaba.
- ¿Qué esperás, Cacho? -le dijo el
Flaco.
Realmente. ¿Qué esperaba? La voz de la lógica se impuso
sobre la intuición. Venciendo una sensación muy desagradable y aguda, Cacho se
dispuso a apretar el gatillo, con la mirada fija sobre el rostro del
hombrecito; y con esa inexplicable y repentina aversión por todas las linternas
del mundo...
Un monstruoso destello de luz invadió la calle. Era como un
enorme soldador eléctrico. El Flaco y su compañero se quedaron totalmente
enceguecidos. Un sonido chirriante como si se rompieran miles de tejidos de
seda y como si se aplastaran miles de vasos de vidrio casi los ensordeció.
Fue sólo un instante. Luego, el silencio y la oscuridad,
porque ninguno de los dos recuperó la vista hasta después de un buen rato. Para
entonces ya había aparecido la policía. Salieron a mirar los vecinos y hasta
llegó un reportero de televisión.
Los dos malandras fueron
arrestados; la metralleta del Flaco los perdió, ya que la policía los encontró
tanteando y con la "tartamuda" en la mano.
Al entrar en el coche patrullero, ya habían recuperado la
vista. Ambos miraron el lugar del duelo. Y ninguno de los dos olvidó la escena
por el resto de su vida.
El hombrecito de la linterna no estaba por ningún lado. Pero
Cacho estaba de espaldas en el suelo, con un agujero como de quince centímetros
en el pecho, de bordes chamuscados; y en la pared que estaba detrás de Cacho...
suerte que era la pared que ocultaba un terreno baldío. En esa pared había un
agujero de mayor diámetro, también de bordes chamuscados y en la parte de
abajo, un líquido que chorreó sobre la pared y se solidificó: ladrillo fundido.
Esto demuestra que lo obvio no siempre lo es. También
demuestra que nunca hay que despreciar al enemigo y, finalmente, que el mayor
error del ser humano es, cuando en una situación azarosa, desoye su intuición
por creerse muy inteligente...