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Que Cecilia no era una niña corriente no era ninguna novedad. Al cumplir
sus cinco años, su padre, para festejar el acontecimiento, compró un coche
nuevo. Cecilia contempló el auto flamante, lo toqueteo, y después se fue
corriendo al garaje para buscar el coche viejo.
-
El coche no está, Ceci – dijo papá -. Lo vendimos.
Cecilia abrió sus ojos azules y levantó la cabecita.
-
Eso ya ocurrió conmigo - dijo con una solemnidad poco usual en una niña de 5
años.
-
¿Cuándo ocurrió eso contigo? Si es la primera vez que cambiamos de coche desde
que naciste.
-
No. Con el coche no - dijo Cecilia - sino con mi cuerpo. Yo ya he sido grande
una vez, y cada día más vieja. Y después me cambiaron, ¿viste? Ahora otra vez soy niña.
Pedro, el papá, sintió que se le erizaban los pelos. A pesar de estar bastante acostumbrado a esa
clase de comentarios de su hija, esta vez perdió la serenidad.
-
¿Cómo es eso? ¿Quién te ha contado historias así? - le preguntó azorado.
-
Nadie, papá. Yo recuerdo todo. Pero ustedes no me creerían nunca.
Al comentar el episodio don Delia, la mamá de la niña, Pedro recibió un
suave reproche: "No se debe tomar en broma lo que Cecilia dice o
hace". Cecilia no era una niña cualquiera. Su coeficiente de inteligencia
era el triple de lo normal. Comenzó a hablar a los 7 meses. Aprendió a leer
sola. Y sus travesuras aterrorizaban a todo el vecindario. Eran travesuras
premeditadas y bien organizadas, donde integraba a los chicos del barrio… entre
los que había hasta un niño de doce años. Todos ellos reconocían
incondicionalmente a Cecilia como a su "líder" en ese, campo.
Así fue, pues, que Pedro, para no disgustar a su mujer, citó a Cecilia a
la mesa para que ella repitiera su extraño comentario.
-
Ustedes no me entienden. – dijo - Todo el mundo cambia
de cuerpo. El cuerpo se gasta, como el coche. No anda. Un día se para. Ahí es
donde ustedes dicen muerte. Que la persona muere. Pero no muere. Sólo que no, se ve. Ustedes no
lo ven. Pero Yo sí.
La cosa no era, pues, para tomarla en broma. La niña podía tener
percepciones extrasensoriales. Pero Pedro y Delia
eran religiosos militantes, muy respetuosos del catecismo y jamás habían leído
o escuchado algo de la reencarnación.
Cecilia, al ver que sus padres la escuchaban atentamente, se atrevió a
seguir explicando.
-
Todos lloran. Llevan el cuerpo a enterrarlo. Así hicieron conmigo también. Yo
quería decirles que no lloraran, porque yo estaba allí, pero sin cuerpo. Tenía
que ir a solicitar otro. Pero por el momento eso no era posible. Tenía que
esperar un poco. Estaba muy asustada por
eso de que nadie me llevaba el apunte. Pero después fui a... no me acuerdo
dónde. Allí me dijeron que mi otro cuerpo ya se estaba fabricando.
Delia se levantó de la mesa con un llanto ahogado.
-
Hubiera preferido una hija normal... - dijo, mordiendo su pañuelo estrujado.
Pedro la abrazó tiernamente. Cecilia, al verlos así, se enfureció.
-
¡Nunca me escuchan! ¡Nunca me comprenden! ¡Van a ir a parar a la sombra!
¡Adonde paran todos los que no saben!
Pedro se volvió hacia la niña.
-
¿De qué clase de sombra hablas? - le requirió, asustado.
-
Es... es una sombra muy, muy negra, mucho más negra que las otras. La sombra de
un árbol grande, grande. Nadie puede atravesarla. El que lo atraviesa, por no
verla, es tragado por ella. ¡Tragado para siempre!
"Esta niña es una futura escritora de cuentos de horror”, pensó
Pedro entre disgustado y divertido.
-
Está bien. Vete ya a jugar. Basta de tonterías. Mira, si hasta hiciste llorar a
tu madre con tus fantasías.
Cecilia se dio vuelta y salió corriendo.
-
Una sombra negra que traga a la gente... ¡Qué absurdo! – dijo Delia - ¿De dónde
habrá sacado esa idea Ceci?" - Se puso a buscar
entre sus libros, por si acaso encontraba uno con cuentos de horror, pero la
búsqueda no tuvo resultados. Delia era
archienemiga de esa literatura.
Ese día Pedro y Delia tuvieron que asistir a una reunión de amigos, todos
parejas que eran padres de hijos impedidos. Delia era dama patrocinadora de un
instituto de niños mogólicos. Pensó que todos la envidiaban por su hija, que
era una verdadera niña prodigio... En su corazón sintió un rechazo violento
contra su hija. Pensó en el diablo y en las huestes del infierno y en muchas
otras enseñanzas que ensombrecían su niñez. Ella sí vivía siempre con miedo,
miedo de la muerte. En el fondo de su corazón nunca pudo creer ni en el paraíso
eterno ni en el infierno. Como muchas personas aparentemente religiosas.
Delia, en realidad, era totalmente atea. La figura de Dios era, para ella algo
vago y temido, constantemente puesto en duda.
Antes de salir, Cecilia se plantó delante de ella.
-
Mamá, no vayas.
-
¿Por qué nos
-
No vayas. A la vuelta está la sombra. No vayas. ¡Tú no debes atravesarla! -
gritó la niña.
-
Si sigues con esa tontería te voy a dar un chirlo y te acostarás sin mirar
televisión. - la reprimió Delia.
-
La tele no me interesa. Tengo películas más interesantes, en mi cabeza. ¡No
vayas, mamá, hoy se proyecta la sombra! - volvió a advertir la pequeña.
-
¡Si lo dices otra vez, te voy a dar!
Pedro se hizo presente, cariacontecido.
-
Ceci, no debes tomar tan en serio tus propias
fantasías. Está muy bien lo que
inventas, pero nadie se va a asustar aquí.
Vete a la cama y acuéstate. Volveremos pronto.
Cecilia no lloraba nunca. Esa era una de sus extrañas y temibles
particularidades. Sólo se limitaba a mirar con sus hermosos ojos azules. En
ellos se reflejaba el terror, un terror sobrenatural.
-
Se queda abuelita contigo - dijo Pedro...
-
Yo no tengo miedo por mí. Tengo miedo por ustedes. Si se van, nunca volverán.
¡Nunca!
-
Basta – dijo Delia con voz fría, llena de ira contenida - vamos, no quieto
escuchar más a esta niña malvada.
La puerta se cerró detrás de ellos y Cecilia se fue la cama. Se tapó la
cara con la frazada murmurando palabras de una extraña plegaria.
La reunión se prolongó más de lo que se esperaba. Era medianoche cuando
Pedro puso en marcha de nuevo el coche. Al verlo reluciente, su tablero moderno
le recordó a su hija. "Tal vez tenga razón esa extraña criatura. Tal vez
la muerte es tan solo una transición y tan solo la pérdida de ese viejo coche
que es el cuerpo humano... Y tal vez en otro momento, ¿inmediatamente o mucho
más tarde?... El espíritu forma otro en el vientre de una mujer; será un cuerpo
nuevo, pero con el mismo dueño...”
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un grito de horror. Los faros del coche, al iluminar el camino,
producían una gran ráfaga de luz. Y en el medio de la calle estaba la sombra:
una gran franja negra que parecía la sombra de un árbol gigantesco. Pedro miró
a su alrededor, pero no había árbol alguno. El grito de horror de Delia hacía
un eco monstruoso en su corazón.
No obstante, trató de serenarse. Ese fenómeno tenía que ser algo
absolutamente natural. El árbol tenía que estar en alguna parte. O por lo menos
algo cuya sombra imitaba a la de un árbol.
No encontró nada. Alrededor había casas con jardines, con cercos muy
bien cortados; una casa de departamentos, una esquina, un semáforo. Pero la
sombra estaba en el medio de la calle. Y lo que más llamaba la atención era su
tremenda negrura, un negro casi palpable, tangible, insinuando otra dimensión,
otro tiempo, otro mundo con parámetros distintos, emanando una atracción
irresistible.
Con furia inusitada Pedro apretó el acelerador.
Nunca pudo nadie dar con el paradero de Pedro y Delia Montez. Hubo muchas
conjeturas: que se fugaron del país, que fueron secuestrados por delincuentes
comunes... Desaparecieron sin dejar rastro alguno. Sólo hubo un comentario de
Cecilia, un comentario sin llanto. "Qué extraños cuerpos van a
tener..."