DEL
Por
Versión para Internet del libro
LA BELLA DEL CRETACEO
Primera edición
@ 2001 Lenke Sullos
Diseño de tapa, dibujos y texto realizados por el autor.
Todos los derechos reservados por el autor.
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
Este libro no puede reproducirse total o parcialmente por ningún medio gráfico,
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constancia escrita del consentimiento del autor.
IMPRESO EN LA REPUBLICA ARGENTINA
PRINTED IN ARGENTINA
ISBN 987-43-4108-4
INTRODUCCION
Estamos en el siglo 23. Hay una vasta colonización de la Luna. Entre todos los complejos industriales, observatorios, bases militares, complejos de minería y demás instalaciones se destacan tres ciudades, cuyos nombres han sido tomados de la mitología griega, de la diosa de la Luna. Se llamaba Artemisa en Grecia y, posteriormente, Diana en Roma. En especial, la llamada “Diana triforme”, dividida en tres formas: Diana, la diosa lunar del día; Selene, la diosa lunar nocturna; y Hecate, la diosa lunar subterránea, esta vez sublunar, como ustedes verán.
Selenea es una gran ciudad en el lado visible de la Luna, centro de recreo, turismo y diversiones. Dianea es el gran complejo industrial-comercial y base de partida de los viajes interestelares. Y, finalmente, Hecatea, en el lado no visible de la Luna, emplazado bajo tierra, perdón, bajo la superficie lunar y en vastas cavernas artificiales dentro de una montaña sólida. Es el centro de alta tecnología terrestre del sistema solar, dirigido por Tom Snaker, un personaje singular de casi dos metros de estatura, de rasgos mongoles, flaco y fuerte, de ojos verdes casi luminosos, de cabello negro y lacio. Su inteligencia, capacidad práctica y astucia sobrepasan a todos los que lo rodean. Nadie conoce su origen, ni su edad. Algunos dicen que sus tatarabuelos lo conocían ya en el siglo 20...
En la Tierra ya no existen naciones separadas. Hay un gobierno planetario. Ya no hay guerras locales, pero no ciertamente porque los terráqueos aprendieron a ser civilizados, sino porque los primeros viajes interestelares del siglo 21 llamaron la atención de la Pirámide Negra. Esta es una gran raza que tiene el poder máximo en nuestra galaxia a nivel de viajes espaciales. Pirámide porque están en la cúspide de la pirámide de civilizaciones que evolucionaron. Y negra porque viven en el hiperespacio, que para los humanos es negro e incomprensible.
Obviamente, las civilizaciones belicosas se eliminaron entre sí, quedando únicamente las que no tenían intenciones de eliminarse, sino de colaborar y sumar sus conocimientos. Así surgió, ya hace miles de millones de años, la Pirámide Negra.
Los humanos descubrieron en el principio del siglo 21 la propulsión no-inercial y pudieron superar la velocidad de la luz. Así, comenzaron a volar a las estrellas vecinas con intención de conquistar. Entonces, la Pirámide Negra les mandó a los “lagartogatos”, seres de forma humanoide, mitad felino, mitad reptil, o más bien, dinosaurio. Estos sinuosos y hermosos seres son indestructibles y tienen un hambre terrible; pero se controlan, mejor dicho, los controla la Pirámide Negra. Su misión es simple: el terráqueo que se porta mal, es comido por ellos. Portarse mal incluye hacer guerras.
Por supuesto que, para compensar, la Pirámide Negra implementó una especie de “cultivo” biológico. Si alguien es comido por un lagartogato, éste debe llevar una “cachito” al cultivo, donde el humano se regenera, con su memoria íntegra, e inclusive se sana de cualquier enfermedad o lesión que haya tenido hasta entonces. Pero los que han pasado por este cultivo, salen muy enojados y sin ganas de volver a pasar.
En este ambiente están las tres ciudades de la Luna.
Resulta que alguien (se sospecha de Tom Snaker) tuvo la idea de recrear, en las inmediaciones de Selenea, la película “Jurassic Park”, clásica del siglo 20 de Steven Spielberg. Bajo una enorme cúpula de compactrón (material super resistente del siglo 23) se hizo el símil de la isla Nublar, con todos los detalles como en la película. Se creó un ambiente con gravedad artificial para que sea igual a la de la Tierra; atmósfera similar, temperatura como de un ambiente tropical, vegetación exuberante, y todo lo demás para que el visitante incluso llegue a dudar de que todo esto está en la Luna.
Luego se siguió con la isla Sorna...
Por supuesto, no podían faltar los dinosaurios..
AUREA
Sucedió que a mí, John Alder, de
profesión experto en minerales y astronáutica, me han designado a una temporada
en Hecatea, en la planta científica. Esa designación obedecía a razones
confusas y no era precisamente una beca. La estadía en Hekatea, que está
situada en el lado "oculto" de la Luna, es muy dura; uno tiene que
atenerse a la más odiosa disciplina. No
es que a uno le exijan demasiado, pero el "capo" de la planta, Tom
Snaker, es un tipo bastante insoportable. Habla poco, se limita a impartir
órdenes con su voz seca cargada de ironía. Uno se siente ante su vista como
traspasado por rayos Röntgen, totalmente transparente.
A mí me habría gustado mucho más una
breve pero placentera estadía en Selenea, en la Ciudad de Recreo; o me habría
contentado con una incursión a Dianea, que es la Estación Interestelar de la
Luna. Allí alunizan las naves, allí
está el aduana, cuyos alegres empleados siempre tienen un chiste nuevo que
contar... Pero no. Tenían que mandarme justito a la aburrida Hecatea donde,
fuera de los robots y el personal de Tom Snaker, no hay nadie. El
"personal" de Snaker consiste en dos "lagartogatas", estas
criaturas temibles que comen todo lo que es orgánico: nunca pude descifrar el
secreto con el que Tom Snaker las mantiene "hipnotizadas" para que
trabajen. Sí, así es:
"Opalina" y "Llamalía" trabajan para él, y ¡como trabajan!
Es bien sabido que esa temible raza es muy inteligente, pero... ¡vaya gusto
para trabajar con ellas!
Me preparé pues para el aburrimiento. Mi
tarea será supervisar los nuevos
robots que salen de la fabricación; aprendí bastante de su programación.
Después de esto puedo incursionar en el pequeño museo de minerales de Hekatea,
para estudiarlos. Nada de mujeres, nada de bebida, ni de diversión; tampoco hay
video-juegos tridimensionales, ni nada.
Tom Snaker no quiere distracciones.
Después de haber llegado a Dianea con la
nave espacial, tomé un "lunibus" volador para llegar a Hekatea. El
vuelo me distrajo bastante, contemplando las inhóspitas pero fulgurantes rocas
de la superficie lunar. Los contrastes de luz y sombra me encandilaron y cuando
avisté las torres de Hekatea, me sentí triste.
Al llegar me recibió Llamalía, a quien
dieron el nombre por su hermoso color llama de fuego, agitando sus crestas
amistosamente. Al atravesar un largo pasillo llegué al despacho exterior.
Tom Snaker ya me estaba esperando,
parado, mostrando su estatura de casi dos metros. En sus siniestros ojos verdes
de mongol refinado bailoteaba una extraña luz.
- Bienvenido, Johny. Ya te estaba
esperando. Me quedé sin ayudante y tengo mucho trabajo.
Yo balbuceé algo así como "me
siento honrado por trabajar con usted", ya que, en realidad, eso era un
privilegio para cualquiera. Apareció Opalina, queriendo indicarme el camino.
Pero Tom Snaker hizo un gesto de negativa.
-
Ya te acompañará Aurea.
Hizo un ademán hacia una puerta que se
abrió de par en par. Y como una aparición, ¡allí estaba la mujer más hermosa
del Universo! 0 por lo menos así la veía yo. De piel blanca como la nieve, de
cabellos que parecían realmente hebras de oro; su delicado rostro emulaba a un
corazón, y sus pequeños labios eran la delicia para cualquier hombre. ¡Y sus
ojos...! Eran azules, como los de una gata siamesa; y su nariz era tan solo un
suspiro, bellísima y pequeña. La piel daba la impresión de ser aterciopelada y
sedosa a la vez, con un brillo vital, enloquecedor. ¡Y para qué voy a describir
su cuerpo!... Vestía con una curiosa túnica verde que parecía de terciopelo y
calzaba sandalias del mismo color. Yo, enfundado en mi traje espacial, me
estremecí al ver sus pies desnudos, pensando que esta bella criatura podría
tener frío. Pero pronto me di cuenta de que en los recintos de la planta había
excelente calefacción. Aurea - ¡qué bien le quedaba este nombre! - me indicó
mis habitaciones y se despidió de mí.
- Espero que su estadía sea muy
placentera, Johny - me dijo con una voz que me pareció la música más hermosa.
Al otro día me di cuenta de que me
enamoré de ella como un loco.
Volví a verla en el almuerzo, y me atreví
a espetar la pregunta:
- ¿Quién es ella?
- Mi hija - contestó secamente Tom
Snaker.
Esto era perfectamente posible, ya que
Tom Snaker era, según las mujeres, un hombre subyugante e irresistible; ya es
sabido que las mujeres tienen el gusto retorcido. Basta que un hombre se
parezca un poco al Diablo, ya se enamoran de él. Pudo haber tenido esa hija de
una de sus aventuras, tal vez en la Tierra, en el extremo Norte, con una sueca,
o qué sé yo... Aurea no tenía, a la primera vista, rasgos orientales; pero más
tarde, al observarla mejor, noté que sus bellos ojos celestes eran ligeramente
oblicuos y sus pómulos un poquito salientes. Esto pudo haber sido el sello
genético de Tom Snaker... Pero ¿la madre?...
Al final, no me importaba; era ella
quien me importaba cada día más y más. Y ella parecía responder a mis
sentimientos. Me sonreía, a veces acudía a pasear conmigo fuera de la planta a
buscar minerales. Poseía una cultura sorprendente, entendía prácticamente de
todo, y parecía especialista en mineralogía.
- ¿En qué colegio estudiaste, Aurea? -
le pregunté en una de nuestras salidas. Ella bajó la cabeza.
- En ninguno, Johny. Mi padre me enseñó
todo lo que sé.
Esto era muy posible, ya que Tom Snaker
era un verdadero prodigio de conocimientos.
Un día - recuerdo que era justito el
momento cuando cayó un meteorito en el observatorio, perforando uno de los
tubos - me atreví a confesarle que la amaba.
Los momentos románticos fueron estropeados por Tom Snaker, de quien
nunca habría sospechado que sabe maldecir con tanto ingenio. Aurea se tapó los
oídos.
- ¿Qué estás haciendo?
- A mi padre no le gusta que lo escuche
cuando está enojado.
Con todo este episodio alcancé a
comunicarle que la amaba y que la iba a pedir en matrimonio. Ella dijo que
eligiera otro momento y pareció prudente hacerle caso. Esperé hasta que los
robots hayan reparado el tubo y me vestí en mis mejores galas. En la puerta de
mi habitación me esperaba la "lagartogata" Opalina.
- ¿A dónde vas?
- ¿A ti qué te importa? - dije enojado,
pero de pronto me acordé de que esta raza era telépata.
- No lo hagas - me dijo Opalina - no
vale la pena meterte en problemas. El
patrón no te la va a dar.
Me sentí indignado y a la vez admirado,
pero no acostumbro dejarme intimidar.
Me encaminé hacia el comedor para hablar con Tom Snaker. En la puerta
estaba Aurea, esperándome.
- ¿Qué es lo que piensas hacer?
- Pedirte de tu padre en matrimonio.
- Esto ya no se usa.
Me sorprendí realmente.
- Entonces... ¿De quién depende?
- De nadie. Olvídate de esto por ahora.
Dame tiempo.
- ¿No me amas???
- Te quiero mucho. Pero hay razones que
no conoces. Si quieres, habla con mi padre.
Me enojé. En este momento entró Tom
Snaker en la habitación.
- Opalina me lo dijo. Creo que tanto tú
como Aurea tienen que pensarlo mejor.
Sugiero que esperen. Además, hay un requisito... Pero de esto te
informarán en Selenea. Además... Hay otro detalle, Johny; tu estadía en Hekatea
acaba de vencer. Recibí el mensaje hoy que tu próxima estadía es en Selenea.
Tienes dos semanas de recreo y después puedes volver por tu propia voluntad.
Mientras estés en Selenea tendrás que someterte a un curso de perfeccionamiento
de "sicología robótica" que dictan allí.
No podía hacer otra cosa que despedirme
de Aurea. Total, iba a volver pronto y para entonces este asunto habrá
madurado. Tal vez Tom Snaker pretendía un esposo más perfeccionado para poder
utilizarlo en Hekatea... Ya me he familiarizado con la idea de vivir allí para
siempre, con Aurea, procreando hijos, y saliendo de cada tanto a Selenea o a la
Tierra misma, claro está, con aliviadores gavitatorios para ella. Habiendo
nacido en la Luna, nunca podrá adaptarse a la gravedad de la Tierra; para eso
eran los cinturones antigravitatorios graduables. Decidí comprar uno en
Selenea, en una de las grandes tiendas, pensando que iba a comprar el más
hermoso.
Aurea me dio un largo y apasionado beso
al despedirnos.
Al llegar yo a Selenea, me instalé
inmediatamente en el colegio donde daban el curso de "sicología
robótica". Me hice amigo de todos, y cuando se enteraron de que iba a
trabajar allí para siempre, me miraban con gran respeto.
El viejo profesor del curso me llamó un
día, convidándome con un neocafé. (Para los que no saben: el neocafé es algo
parecido al café terrestre, pero es sintético y ligeramente repugnante.)
- ¿Puedo preguntarte, hijo, - abordó el
tema - por qué diablos quieres enterrarte en Hekatea, siendo un joven brillante
y apuesto?
Sonreí, con cierto aire de misterio.
- Tengo una poderosa razón.
- ¿Cuál es esa razón?
- El amor. Voy a casarme con la hija de
Tom Snaker.
El profesor saltó de la mesa.
- ¿Con quién???
- Con Aurea - dije sorprendido - ¿qué
tiene de malo?
El viejo profesor se agarró la cabeza.
- ¡Tom Snaker no tiene ninguna hija!
Pero es el más grande de los genios, ¿comprendes? De los genios en robótica...
Nadie puede igualarlo. Con Aurea ganó el premio interestelar de Robots
Proteicos.
...Cuando volví en mí, mis compañeros me
rodeaban con cara de lástima. "Otra broma del mongol ese, hijo de
Satanás" - refunfuñó mi profesor y yo me desmayé de nuevo.
Y ahora estoy aquí en la Tierra, en el
Instituto de Mineralogía. Y si alguien pronuncia la palabra "Hekatea"
juro que le romperé la cara.
LA
BELLA DEL CRETACEO
El profesor Charriére, eminente
paleontólogo, profesor de la Universidad de Selenea, estaba preparándose para
viajar. Iba a visitar la planta de Hecatea que, como se sabe, está en el lado
no visible de la LUNA desde la Tierra.
Necesitaba consejos de Tom Snaker,
comandante de la planta, a quien ustedes ya conocen muy bien de mis anteriores
relatos. Soy John Adler, experto en
mineralogía, astronauta y a la vez víctima preferida de las bromas
diabólicas. Esta vez mi mala suerte hizo que me designaran de acompañante y
guardaespaldas al profesor Charriére, a quien yo apreciaba mucho.
No es que me haya gustado tanto la
paleontología, pero desde que vi en los viejos archivos aquella famosa película
que se titulaba "Jurassic Park", comenzó a divertirme el tema.
Respecto a la película, hecha en el remoto siglo XX., escuché extrañas referencias,
pero todo fue hace tanto tiempo que cualquier rumor podía ser mera invención.
¡Lo que me sorprendió mucho era que el profesor Charriere los tomara tan en
serio! Logró reunir toda una bibliografía al respecto. Esos rumores eran...
Pero mejor no me adelanto con el tema, ya que mi presente relato tiene mucho
que ver con el mismo.
Llegamos con el lunibus a la planta de
Hekatea que, a pesar de haber vivido yo allí durante meses, siempre me
impresiona. Después de mi aventura con Aurea, la androide más hermosa y
perfecta, a quien yo creí hija de Snaker, no deseaba retornar jamás allí,
pero... Ordenes son órdenes.
Las lúgubres cúpulas ni estaban iluminadas,
solo con los focos de emergencia; ¿qué diablos estaban haciendo allí otra vez?
No obstante a la oscuridad, el lunibus tocó suelo sin mayores problemas,
entrando en el túnel que conducía al interior.
El profesor saludó calurosamente a Tom
Snaker, mientras él fijó sus ojos en mí, mirando por encima de la cabeza del
profesor, ya que era mucho más alto que éste. Su mirada burlona me fastidió,
pero pronto tuve razones para olvidarme de él, y de su mirada.
- Bienvenido, profesor Charriére; ¿trajo
los huevos?
El profesor me dio una señal con la mano.
Recién me percaté de una valija bastante grande que el profesor arrastraba, con
bastante dificultad. Corrí a su ayuda y levanté la valija que pesaba demasiado
como para hombrecito delgado y viejo, que era el profesor Charriére. Resulta
que en toda la planta estaba conectada la gravedad artificial y los objetos
pesaban tanto como en la Tierra.
- Comandante Snaker; son mi tesoro, por
favor, búsquenme un lugar seguro para ellos.
Apareció la Chamusca, displicente,
lagartogata servicial. Al verme, me reconoció y me dedicó una ancha sonrisa,
relamiéndose. Levantó la valija como si fuera un objeto sin peso y nos abrió la
puerta de un recinto muy conocido por mí: era el laboratorio de Tom Snaker.
Colocó la valija con mucho cuidado sobre la
mesa y el profesor la abrió con manos temblorosas.
Allí, en la valija, colocados en mullidos
nidos de algodón, estaban los huevos.
Tom Snaker los contempló un rato y
sonrió.
- Felicitaciones, profesor. ¿Usted sabe lo
que son?
- No del todo, comandante. Pero no son de
pterodáctilos. En la Facultad nadie podía identificarlos. Pero yo tengo una
sospecha. Por eso estoy aquí.
- Por supuesto. Pero primero quisiera
escuchar: ¿qué es lo que usted piensa, profesor?
Yo, tercero en discordia, estaba allí, con
los cabellos erizados. Detrás del profesor y de Snaker, ensimismados en la
contemplación de los huevos, apareció una figura, abriendo la puerta del
laboratorio.
Si ustedes han tenido alguna vez pesadillas
después de una noche de juerga y de copas, fantaseando con el infierno y sus
habitantes, podrán tener alguna idea de lo que yo vi.
Era una cosa de dos metros de alto, con
facha de cocodrilo hambriento, pero su cuerpo ligeramente evocaba a un pájaro
enorme. En sus patas traseras avisté la famosa garra media que le dio el
nombre: "dynonichus", o sea: "el de la garra temible". El
famoso velocirraptor de aquella película que mencioné: el "Jurassic
Park."
Quise gritar, pero Tom Snaker esbozó una
sonrisa ancha al ver mi expresión.
- Ven para acá, Socorro - dijo con absoluta
calma y el ser se acercó obediente, mirándolo con una expresión inefable,
abriendo a medias sus fauces.
Al pobre profesor Charriére tuve que
sostenerlo para evitar que se desmayara.
- No tenga miedo, profesor; es
absolutamente tratable, tanto ella, como Dolores, su hermana. Por Rapiña no
respondo, porque no comió todavía. Por eso permanece encerrado.
- Pero... Pero, pero ¡Esto es grandioso!
¡Entonces es cierto! ¡Que no eran animales virtuales, creados con computadoras!
- exclamó el profesor y yo comprendí que aludía a la maldita película. - Así
que no eran rumores... ¡Era cierto!
- Los tuvimos en animación suspendida
durante los dos siglos que pasaron - explicó Snaker impávido - y los tenemos
aquí.
- ¿El tiranosaurio también?
- Sí, pero no lo hemos reanimado; aquí
pobrecito, no tendría campo de acción. Recién comenzamos la reanimación con los
dilophosaurios; creo que mañana ya podrá verlos vivitos y colendo. Eso sí: hay
que mantenerlos muy bien cebados. Ocurre que aquí no hay personal humano, solo
yo; la Opalina los cuida muy bien para que no se pongan pesaditos.
De pronto recordé que yo, John Adler, sí
que era humano y últimamente algo gordito también... Mis pelos comenzaron a
erizarse.
-
Bien, profesor; los huevos deben ser incubados y cuidados por la madre o
por lo menos por una hembra. Llévese pues a Socorro consigo a Selenea. Eso sí:
lleve consigo una buena cantidad de hígado, su comida preferida, para que no le
apetezca el suyo.
Los científicos son las más curiosas
criaturas de Dios; se olvidan del miedo cuando contemplan algo maravilloso,
claro, siempre que se pueda llamar "maravilloso" a un velocirraptor.
Del dicho al hecho, metieron en una jaula a
la señorita Socorro, junto a los huevos. El profesor y el comandante Snaker se
despidieron muy amablemente y el lunibus nos transportó de vuelta a Selenea,
derechito al laboratorio del profesor Charriere.
Me despedí y me fui a dormir, cosa que solo
pude lograr con dos grandes pastillas de Hypnea.
Otro día fui llamado, ya muy temprano al
laboratorio del profesor. Les juro que me alivié mucho al saber que vivía
todavía.
Allí lo encontré, pues, contemplando los
huevos, cuidando, arreglando la caja donde los colocó.
- Hace frío aquí - me arriesgué yo.
- Es cierto. Hace frío. Pero estos huevos no
los puedo meter en la incubadora. Ignoro la temperatura exacta que necesitan.
Y entonces... No me lo creerán jamás. Tal
vez no lo habría creído el mismo Spielberg, quien hizo aquella famosa película.
A mis oídos llegó una voz ronca, siseante, pero perfectamente entendible:
"Así no se hace, profe; no los toque, se incubarán solos."
El profesor quedó como petrificado, sin dar
crédito a sus oídos. Pero yo ya estaba curado de espanto.
- Oye Socorro, ¿vos sabes hablar?
Y la respuesta ronca y penetrante:
"¿Por qué no iba a saber hablar, estúpido?!"
Encima, mal educada, pensé yo. Eran pues
ciertos los rumores. Ahora, queda por descifrar el enigma: ¿dónde los consiguió
ese endemoniado Spielberg?
El profesor, una vez despabilado, cayó en
el otro extremo.
- Así que... ¡Sabe hablar! ¡Qué criatura
amorosa y divina! Le acarició la inmunda facha de cocodrilo y le metió un gran
trozo de hígado en la boca y la criatura, antes de tragarla, de acuerdo a su
costumbre, la sacudió bien, salpicando todo en el laboratorio.
Salí de allí para lavarme con fuertes
ganas de no volver más. Pero no podía abandonar al profesor ahora, justo ahora.
Su reputación tambaleó mucho últimamente, hasta lo tildaron de fantasioso y
chiflado.
Pensé que ahora tendrá con qué recuperar el
respeto de la gente, de sus colegas y de esa odiosa Decana llamada Argimetrusa,
de quien, les prometo, hablaré en mi siguiente relato. Esperé, pues,
ansiosamente el otro día, cuando el profesor iba a presentar a Socorro en la
gran sala de conferencias de la Universidad.
El acontecimiento fue registrado, filmado,
holografiado, etc, etc. y constituye hasta hoy el más sabroso y comentado
incidente, donde nadie quedó sin participación, voluntaria o no.
La sala estaba repleta de gente, la mayoría
escépticos, más los profesores, con sonrisas más irónicas que las de Tom
Snaker; la Decana con su tocado ridículo, con su sombrero triangular (¿esa
gente no evoluciona nunca con su vestimenta?); y también estaba presente Tutu
Mac’Intosh, que justito estaba de visita en la LUNA.
El profesor tardó; hubo un murmullo de
impaciencia. En el murmullo de la gente se mezcló un extraño ruido, como un
ronroneo o más bien un curreo prolongado como “Crrrrrrr”. Yo no quería saber lo
que era... Por fin se descorrió la gran cortina roja y apareció el Profesor
Charriére, conduciendo a una criatura increíble, por supuesto, por una cadena
de neutronio.
Hubo un "buuuh" sorprendido en el
público y Socorro, desde el escenario les contestó con un largo curreo; muchas
mujeres de la sala se levantaron corriendo.
- Este es, como ustedes ven, un dynonichus
de la era cretácea, incorrectamente llamado velocirraptor. Pueden acercarse y
convencerse de que es auténtico. Es una criatura hermosísima: ¡LA BELLA DEL
CRETACEO!
Se oyó una voz estentórea desde el público:
- ¡No es cierto!¡Es un muñeco
electrónico!¡Es un robot! ¡¡Lo trajo de Hekatea, donde son especialistas en
estas cosas!!
Los demás se adhirieron y comenzaron a
abuchear al profesor. Alguien, desde las primeras filas, tiró una cebolla
podrida al escenario y justito dio con la facha de Socorro.
Lo que siguió entonces, es un poco difícil
de narrar. Con la rapidez del rayo Socorro se echó encima del hombre, que era
un gordito casi redondo; se oyó en el aire un sonido insoportable como
"¡iiiiiiihhhiiii!" y después vimos a Socorro pegar un fiero golpe en
el suelo con la garra media de su pata, rajando la gruesa alfombra de plástico,
seguido de un “¡TRAC!” al cerrar la enorme boca en vacío a un centímetro de la
panza del gordito, que saltó hacia arriba de su asiento. La cadena de neutronio
detuvo a Socorro, vibrando como una cuerda, haciendo temblar la viga de hierro
a la que estaba sujeta con un candado. Entonces se dio vuelta con la velocidad
de un rayo y le propinó al gordito un coletazo que lo hizo volar dos metros. La
sana intención de Socorro era rasgarle la panza y sacarle el hígado...
Alguien salvó la situación, bajando la
cortina en la que Socorro felizmente se enredó; el hombre gordito fue llevado
al hospital con una formidable hematoma tipo “chorizo morado” que le iba desde
la cara hasta su panza, y los demás necesitaban urgentemente un baño por el
susto, evento trágico, ya que había solo dos en el edificio.
Cuando se calmó un poco el clima, la Decana
entró en el camarín del profesor. Allí encontró a Socorro, relamiéndose,
después de que le dieran un enorme trozo de hígado para calmarla. El profesor
estaba casi desmayado pero, increíble, muy feliz.
- ¿Qué clase de bestia es esa? - preguntó
Argimetrusa, pero recibió inmediatamente la respuesta de Socorro: "¡Más
bestia serás vos, asquerosa!".
No sé como terminó todo porque me fui, ya
no aguantaba más. Solo queda el comentario: el profesor recuperó su reputación
y la Decana se convirtió en asidua visitante a su casa. Ocurre que ella fuma
algo de olor horrible y Socorro odia los olores raros. Argimetrusa no corre
peligro, pero yo sí; no fumo, no bebo y me gusta estar siempre limpio. ¡Estos
dynonichus, por suerte, son muy quisquillosos!
LA
MORDIDA
Mi
presente relato será enviado al Centro de Investigaciones de Hechos Insólitos,
derechito a la oficina central de Dianea. No se trata de un relato científico;
de esto se encargará el profesor, para el deleite del comandante Snaker. Mi
relato es tal vez demasiado personal y... confieso, que no es del todo
imparcial.
Quiero aclararles, como ya mencioné en mi
anterior relato, que la Decana llamada Argimetrusa, habitante de Titán,
pertenece a una humanidad cuya química se basa en el metano y en el amoníaco;
por esta razón despide esta señora unos olores tan nauseabundos, que Socorro se
tapa su nariz cuando ésta se le acerca. Y la verdad es que se le acerca muy a
menudo.
No es que este hecho a mí me moleste
demasiado, pero esta señora, con su olorcito a pis de gato, es muy especial. Se
cree muy sabia; es posible que realmente lo sea, ya que ha sido elegida como
Decana de la Universidad Interplanetaria. Su especialidad es, además, la
paleo-biología. Por esta razón se entiende su gran adhesión y cariño (?) a la
señorita Socorro y a su hermana Dolores. Rapiña, el macho queda un poco atrás
en la escala de su simpatía.
Como recordarán de mi anterior relato,
aquella antigua y otrora famosa película, titulada "Jurassic Park",
despertó últimamente gran interés; la sospecha de que sus animales no eran virtuales sino auténticos, ha sido
ampliamente comprobada por el profesor Charriére; que se trataba de verdaderos
dinosaurios, a los que, terminada la película, pusieron en animación
suspendida. Al menos, ésa era la última versión.
Recordarán también que, además de los
velocirraptores o dynonichus, como Socorro y compañía, había también un T-Rex,
o sea, un tiranosaurio, con todo su carácter endemoniado; unos asquerosos
dilofosaurios, y la triceratops, pobrecita, medio enfermita. De los
braquiosaurios y hadrosaurios ni que hablar... Por supuesto, como ya todos lo
saben, en Selenea han reproducido la famosa Isla Nublar, con una perfección
escalofriante, y, por supuesto, la que dirigía estas operaciones era, nada menos,
que la Argimetrusa. Y ya estaban trabajando sobre la isla Sorna, mucho más
extensa.
Estas "metanas" son muy
especiales; desde cierta distancia parecen humanas, pero mirándolas un poco
mejor, se ve que tienen otras proporciones y sus movimientos son más sinuosos.
El rostro es también de una mujer, pero los ojos, nictálopes, muy grandes,
demasiado grandes para ser bellos, tienen una mirada muy inquietante. La piel
es amarilla verdosa y los ojos también, tal vez un poco más oscuros que el
cutis. En vez de cabellera sus cabezas ostentan un tocado, de forma muy
parecida a una cobra. La verdad es que no sé de qué son, que es un tocado o es
su envoltura natural; es también verdad que no tengo la más mínima gana de
averiguarlo. Creo que en este punto coincidimos con la señorita Socorro.
Pero será mejor que vaya directamente a los
hechos... Fue Argimetrusa quien presentó el proyecto de reproducir la Isla
Nublar; era también ella la que siguió hasta los últimos detalles los trabajos
al respecto. Cuando todo estaba hecho ya: el edificio, el camino protegido por
el cerco electrificado, etc., Argimetrusa llamó al profesor y, por supuesto, yo
tenía que acompañarlo. Huelga decir que mi trabajo era custodiar a los
raptores, que venían conmigo sin precaución alguna; yo tenía los pelos en
punta, ya que Argimetrusa, en vez de meterlos en jaulas, me los confió
directamente, diciendo que "eran animalitos muy inteligentes y que no me
harán daño". Yo tuve la precaución de untarme con un perfume asqueroso,
hecho que disgustó mucho a los raptores, pero por lo menos no me tocaron
durante el viaje. Se contentaron con insultarme, especialmente Socorro:
"Nunca olí un humano tan podrido", etc.
Al llegar, no pude menos que admirar la
obra: entramos en la famosa puerta, con los mismos jeeps que se vio en la
histórica película. En la entrada del edificio, nos esperaba Argimetrusa,
acompañada por el profesor.
- Es sorprendente - balbuceé y pronto
escuché detrás mío la voz ronca de Socorro: "Por fin estoy en casa".
Confieso que los pelos se me erizaron todos.
- Vengan pronto, pronto, tengo que
mostrarles algo extraordinario - dijo Argimetrusa - tenemos la isla completa.
- ¿Cómo completa? - pregunté yo con un mal
presentimiento.
- Completa, hijo; toda completa; ¡todos los
animales reanimados!
- ¿Todos?... ¿El tiranosaurio también?
Argimetrusa me dirigió una mirada
despectiva.
- Claro que sí. Tiri será la mayor
atracción.
- Esto no es cierto, la atracción somos
nosotros - se oyó la voz de Socorro, mientras Dolores mordisqueaba la hermosa
columna de madera, sacándole pedazos.
- No hagas eso Dolores; anda a pasear por la
isla.
- ¿No los van a encerrar en la fosa?
- Pero... Claro que no. Son animales
civilizados.
Me acerqué un poco a la Decana, fijando mis
ojos en los de ella.
- Dígame... ¿Ustedes en Titán tienen
animales?
- No, chico. No tenemos.
- Pues se nota. Usted será Decana,
paleo-bióloga y reina de belleza en Titán, pero de animales no sabe nada. Un
dynonicus jamás será un "animal civilizado."
- Eso no es cierto. Este animal habla. Tiene
ingenio.
- Y es más salvaje que un tigre rabioso. Si
usted no fuera de metano y amoníaco, ya la habrían comido.
Argimetrusa me dirigió la mirada más
indignada que yo haya visto jamás.
- Además de ser cobarde, eres mal educado,
poco caballero e ignorante.
- Gracias. Ya me va a dar la razón un día. -
Me di vuelta y salí del edificio. Me vi de pronto frente a un dilophosaurio,
que se contoneaba cerca de la puerta. Y de pronto escuché una vocecita de
mujer:
- ¿Vos quién sos? Me gustas mucho. - Casi me
caí al suelo, cuando me di cuenta de que fue la dilophosauria que me habló, ya
que indudablemente era hembra.
- Me llamo Esmeralda - dijo y yo pronto
saqué de mi bolsillo una bolsa de nylon y me lo puse en la cara.
- No te voy a escupir - dijo con un mohín
de coquetería y se deslizó entre los arbustos. Suspiré aliviado.
Argimetrusa me siguió. Se plantó a mi lado
esbozando una sonrisa, de la que me sentí peor.
- ¿Viste, Johny, qué linda es? ¡Y ni
siquiera extendió sus crestas!
- Claro, al extenderlas suele escupir.
Prefiero no verla nunca más.
Entramos en el edificio. Argimetrusa quiso
mostrarnos el comedor. Había allí una larga mesa con manjares apetitosos y una
hermosa, realmente hermosa cristalería.
- Es nuestro orgullo, nos costó mucho.
Insistí por tenerlos. Ya no se usan en ninguna parte, son piezas únicas. ¿Ves
este jarro de cristal? Es de la Tierra, de una parte que se llamaba Italia y el
pueblo, Murano. Y no existen. En el último cataclismo se hundió en el mar.
Esto yo lo sabía de las lecciones de
historia. Me quedé muy impresionado. Era un tesoro de inapreciable valor, igual
las otras piezas: increíbles figuras de vidrio transparente, cristales
iridiscentes formando figuras de bailarinas, animales, pequeños edificios,
maquetas de ciudades transparentes.
De pronto el profesor Charriére, que hasta
ahora no emitió palabra alguna, habló con voz temblorosa.
- Señora Decana; ¿dónde está Socorro?
La pregunta flotaba en el aire, como una nube
amenazadora.
¿Donde estaba Socorro?
Argimetrusa salió para mirar.
- Socorro, ¿dónde estás?
- Será mejor averiguarlo - dije yo.
Y en estos momentos se oyó un grito
horrible, penetrante, rompiendo nuestros oídos. Pero no era de ningún velocirraptor.
Estremecía todo alrededor nuestro, como si bramara la misma tierra. Agudos y
graves se mezclaban en este bramido, y también algo más, posiblemente un
ultrasonido.
Era el bramido del tiranosaurio. Y desde
muy cerca.
Pero al cesar el bramido, se oyeron otros
ruiditos, tipo plin-pilin-pulun como cuando un vidrio se rompe en mil pedazos.
La famosa colección de cristales, el gran tesoro de la Decana estaba allí,
hecho de miles de fragmentos, brillando en el suelo, en la mesa y en todas
partes. La Argimetrusa exhaló una gran bocanada de metano, pero no se desmayó.
(Parece que las mujeres de Titán no son tan histéricas como las nuestras.)
Y en este momento apareció en la puerta la
"Bella del Cretáceo", con toda su envergadura y con su facha de cocodrilo
satisfecho: la señorita Socorro.
- ¿A dónde te fuiste?
Socorro hizo un mohín indescriptible, que,
según mi suposición, puede ser tomado como coquetería entre raptores.
- Fui a morder la cola de Tiri - dijo y yo
habría jurado que sonreía, sí, sonreía feliz.
Hubo un gran silencio en la sala. La Decana
contempló un rato los fragmentos de aquel tesoro destruido y dijo:
- En fin. Los objetos frágiles llevan
dentro un reloj de cuenta regresiva. Cuando llega a cero, se rompen. ¿Qué le
vamos a hacer?
- "Lo que deben hacer es darme de
comer" - dijo Socorro y todos nos encaminamos hacia la cocina, mientras la
"Bella del Cretáceo" seguía comentando: "Qué bien que se rompió
ese vidrio donde había un raptor que imitaba mis movimientos". Ocurre que
Socorro, por más inteligente que sea, jamás pudo comprender lo que era un
espejo. Ni que fuera un espejo de Chippendale que valía un millón de
tutudolares, cuyos fragmentos se hallaban esparcidos en el comedor.
Estos fueron los acontecimientos y me despido
hasta la próxima entrega.
Postdata: muchos preguntaron que la
"Bella" por qué se llama Socorro. Tom Snaker le dio este nombre,
alegando que la persona que la ve por primera vez, solo puede gritar
"¡Socorro!" Asimismo aclaro que Dolores recibió su nombre por sus
mordiscos que duelen y Rapiña, bueno, por su naturaleza.
LOS DIENTES QUE HIEREN
Mi estadía en la Isla Nublar reproducida en
Selenea obedecía a ordenes recibidas directamente de Tom Snaker, a quien
ustedes ya conocen muy bien de mis anteriores relatos. Por si acaso hay alguien
que no lo conozca: él es el "jefe" supremo de la Estación Científica
en Hecatea, experto en cualquier cosa con la que se puede molestar, embromar o
asustar la humanidad. Claro está que esta es opinión mía y personal por razones
ya anteriormente narradas.
Aclaro esto por las siguientes razones:
primero, porque no me agrada la Isla Nublar y menos sus habitantes; segundo, no
puedo dormir tranquilo por los ruidos; tercero, porque no hay mujeres que
valgan la pena. Pero todo esto no viene al caso (o tal vez sí); mi trabajo es
observar y anotar todo lo que aquí ocurra.
Todo el proyecto y realización de la Isla
Nublar pudo haber sido un fracaso total sin el profuso y denso anisal que la
rodea. La plantación ha sido previamente elaborada y cultivada por la
Argimetrusa, la decana de la Universidad de paleo-biología. Esta plantación de
anís protege la isla de los lagartogatos, que no resisten su olor y, a la vez,
sirve de "cerco" para que los raptores no puedan escapar; ninguno de
ellos se atrevería a cruzarlo. Ocurre que ellos odian el anís, igual que los
lagartogatos.
Lo curioso, sin embargo, es que resulta muy
difícil mantener algo así tan complicado como la Isla Nublar reproducida, sin
ellos. Estos seres esbeltos y sinuosos, mitad lagartos y mitad gatos, poseen
unos conocimientos extraordinarios de todas las ramas de la ciencia. No en vano
Tom Snaker trabaja con ellos. Confieso que desde mi estadía en la Isla añoré a
menudo los consejos de la bella Opalina, o de la Chamusca, tan prudente y
sabia, esa que parece una gata siamesa. (Por supuesto que añoro mucho más la
compañía de Rosie, mi novia, pero ella jamás entraría por las puertas
electrizadas de la Isla Nublar; es más miedosa que una yegua primeriza.
"¡Qué boca sucia, Johnny!"
escuché estupefacto, descubriendo la desagradable presencia de Argimetrusa. Me
olvidé que, como los lagartogatos, las metanas también son telépatas.
Seguí mi camino hacia el Centro del Recreo,
donde me esperaba el profesor Charriére. Pensé hablar con él respecto a mis
dudas de una curiosa carta que llegó hoy a la madrugada, desde Hecatea, firmado
por Tom Snaker.
Leyendo el mensaje, salpicado con una serie
de observaciones irónicas que no pienso reproducir, me enteré de que la "Estrella
de la Isla Nublar" llamada Socorro, conocida también como la "Bella
del Cretáceo", la velocirraptora tan mimada de la Isla, tenía su
"verdadero nombre": Yakit. También su inefable hermana Dolores se
llamaba, en realidad, Yigga. Al leer la carta, dos ideas surgieron en mi
cabeza. De estas dos ideas querría yo platicar con el profesor.
Al llegar a la puerta de la sala del
Recreo, me recibió Socorro con su facha de cocodrilo. Me saludó con un largo
curreo.
- ¿Cómo te va, Yakit? - no pude con mi genio,
quería ver el efecto que producía en ella ese nombre.
- Oooia, conoces mi nombre verdadero - dijo
con su voz ronca - ¿Cómo te enteraste, asqueroso?
El epíteto me correspondía por el fuerte
perfume de anís, con lo que me unté.
- Eso no te importa - dije yo y entré
apresuradamente en la sala. Encontré al profesor Charriere con una expresión
sombría y preocupada. Le entregué la carta; la leyó, sonrió, pero después la
tiró sobre la mesa, con total indiferencia.
- Tenemos asuntos mucho más serios por qué
preocuparnos - dijo. Recién lo noté: tenía el brazo vendado.
- Siéntese, Profe - puse yo una silla, pero
él la rechazó.
- Por un tiempo no puedo sentarme, hijo.
- ¿Por qué no?
- Pues... Justito de esto quiero hablar.
Mientras tanto Socorro-Yakit metió su morro
cocodriliano por la puerta. En estos casos el Profe siempre la mandaba afuera,
amenazándola con algo maloliente, pero ahora ni se percató de su presencia.
- Voy a hablar parado y vos, Johnny estarás
escuchando, como un buen alumno en la escuela... No sé cómo están tus
conocimientos respecto a la era cretácea.
- Poco más que un cero. Fuera de la
"Bella" y su gente conozco muy poco.
- Pues bien. Has leído tal vez sobre una
criatura cretácea, muy parecida a nuestra Socorro, pero más pequeña: la raza de
los treodontes.
La palabra me resultó algo conocida,
pero... ¿Dónde, cuándo escuché yo la palabra "treodon"? El profesor
seguía su disertación con expresión dolorida.
- Estos bichos inmund... Mejor dicho estos
saurios eran más bien pequeños, más o menos un metro y algo de altos; pesaban
unos 50 kilos... En mayor parte carnívoros y... tremendamente inteligentes.
- ¿Más que nuestros raptores?
- Mucho más.
Se oyó un curreo indignado de parte de la
"Bella".
- ¡Cuénteselo a su abuela hija de chacal
sucio!
El Profe ni se indignó.
- Ya ajustaremos cuentas, Socorro, pero no
ahora. Más vale que escuches, Johnny, y con mucha atención. Estos animales
tenían el cerebro más desarrollado de todos los dinosaurios conocidos.
Encontramos un cráneo de treodon con las huellas de su cerebro que tenía
circunvalaciones. De esta raza pudo haber evolucionado el hombre, pero... Vaya
uno a saber por qué, optó por la vía de los mamíferos.
- O sea que se extinguieron con los demás
dinosaurios. - dije yo.
En este momento vi algo tan escalofriante y
a la vez tan increíble que me faltan palabras para describirlo.
Por la ventana asomó una cabeza.
Socorro soltó uno de sus gritos de guerra,
un ensordecedor "Iiiiiiii" y se lanzó tras la criatura. Pero ésta, en
vez de huir, optó por entrar por la otra ventana y... pudimos verla.
Se parecía mucho a Socorro, pero era mucho
más pequeña y su carita, de morro más corto, tenía... Sí, señores, tenía una
expresión casi humana... ¡Una expresión de burla! Al abrir sus fauces, dejó ver
una hilera de dientes triangulares, como el tiburón; se veía también que cada
diente era como un pequeño serrucho... De allí el nombre: "treodon",
o sea: "el de los dientes que hieren". Me parece que tenía la sana
intención de saltárseme encima y morderme. Me salvó la aparición de Dolores,
seguida por Rapiña, el macho; pensaban "triangular" al treodon, pero
éste era mucho más veloz que ellos. Dolores, al lanzarse contra él a toda
velocidad, solo logró chocar con la facha de Socorro que, indignada, intentó
morder a su hermana, mientras Rapiña le mordió la cola para calmarla. La escena
terminó en la acostumbrada batahola que suele armarse entre ellos cuando algo
sale mal. Terminó con la entrada de la Argimetrusa que les zampó un balde de
agua fría. Cuando los tres se calmaron por fin, el profesor Charriere señaló su
parte trasera.
- Este bicho inmundo me saltó, me mordió,
también me mordió el brazo; me sacó un pedazo de carne y después desapareció,
con una velocidad increíble. Esta es la costumbre de ellos: saltar, morder y
desaparecer. Al lado de ellos, Socorro
es una tortuga.
Esta observación indignó a Socorro de
sobremanera.
- ¡Será tortuga su abuelo! - siseó, pero
juraría que no con demasiada convicción.
- Profesor Charriére... Más razones tenemos
entonces por considerar lo que le voy a decir.
- ¿De qué se trata, hijo?
- Pues... Necesitaríamos ayuda.
- ¿Qué clase de ayuda?
- Lagartogatas. Por lo menos una. Podríamos
pedirla de Tom Snaker, aunque temporariamente. Yo pienso en la Chamusca.
El Profe me miró con una expresión de
estupor y Socorro se desesperó, diciendo:
- ¡Ay, nonono, no, a esa no, lagartogatas
no!!! - se adhirió también Yigga, o sea Dolores, y Rapiña soltó un curreo
indignado.
- Johnny tiene razón. - Milagro de los
milagros: era la Argimetrusa. Desde que estoy en la Isla, me da la razón por
primera vez. - Necesitamos por lo menos la presencia de una de ellas para
mantener a raya los treodons. - y después se dirigió a Socorro. - Escucha,
Yakit: ¿a vos no te mordieron todavía?
La "Bella" bajó su cabeza de
cocodrilo.
- ¡Sí que me mordieron!
- No tienen derecho de estar aquí - dijo la
Yigga o sea Dolores; ésta habla muy pocas veces, pero ahora parecía demasiado
alterada - No figuraban en la película "Jurassic Park".
Les confieso que me recorrió un
escalofrío... Estos raptores también eran demasiado inteligentes para mí...
Demasiado inteligentes para aceptar la versión de Crichton, el autor del
argumento de aquella película vieja. ¿De dónde habrán venido en realidad?...
El Profe se retiró muy dolorido, la
Argimetrusa lo siguió, arrastrando su cola de serpiente... ¿O era tan solo su
indumentaria? A ésta tampoco puedo ubicarla en mi mente.
- Cierre bien las ventanas, Profesor. Sería
prudente llevar consigo la Cocodrila, la hija de Socorro. Es muy dócil y tiene
excelente olfato.
- A la Cocodrila déjela donde está - gruñó
el Profe - me mordió la semana pasada.
Se cerró así la puerta tras la figura encorvada
del Profe y yo me quedé en la compañía de la Argimetrusa y de los raptores. Me
sentía muy solo y desamparado, cuando escuché de pronto la voz ronca de
Socorro:
- Vos necesitas una hembra.
Creo que terminaré admirando la sabiduría
de la "Bella", ya que nadie pudo acertar tanto respecto a mi estado
de ánimo de aquel momento. Cerré bien las puertas y las ventanas y bajé la
temperatura del recinto; no me atrevía a salir. Afuera ya comenzó la simulada
noche, que imitaba muy bien las noches tropicales terrestres. Me tendí en una
de las mantas gruesas, por supuesto sintéticas, imitando una gruesa piel de
oso. Los tres raptores se acomodaron a mi lado y Socorro puso su morro en uno
de mis brazos. La Argimetrusa también se acomodó en otra manta, en una posición
muy parecida a una boa-constrictor cuando duerme enroscada.
Estoy demasiado cansado. Les debo con la
explicación respecto a la carta de Tom Snaker, refiriéndose a los nombres de
los raptores... Intuyo que voy a tener tremendas pesadillas, donde figurará una
carita de saurio con dientes aserrados y con una expresión de burla... Mi
último pensamiento antes de dormirme: ¿cómo conocía la Agimetrusa el nombre
Yakit? ¿Lo leyó de mi mente? ¿O lo conocía desde siempre?...
Me despido pues por ahora. Hasta la próxima
entrega, si todavía sigo entero....
LA
TREODONA
Como ustedes recordarán, me dormí con los
raptores y con Socorro sobre uno de mis brazos, con serias dudas respecto a
despertar vivo al otro día, pero este milagro sucedió, gracias a Dios; todavía
estoy vivo.
Las pesadillas que tuve, no se lo deseo a
mi peor enemigo. Me vi rodeado de estos odiosos bichos llamados treodones; vi a
Socorro con la boca abierta casi a 180 grados frente a mí; después soñé que
caía en un abismo interminable... Pero al verme frente a una extraña criatura
sonriendo, mientras caía y caía, recordé... Pero no adelantemos los hechos.
Antes que nada: llegué a recordar el
momento y el lugar donde escuché por primera vez la palabra
"treodon".
No fue en la clase de paleontología, ni en
las disertaciones del profesor Charriére. Era en el día cuando tuve que
presentarme como "guardián de honor" a una huésped ilustre a quien
debía escoltar desde el platódromo de Selenea hasta la Universidad.
Tal personaje era una atractiva criatura,
casi humana. Parecía a una sinuosa y esbelta sauria (mejor dicho, la era), toda
verde-gris, con ojos grandes y boca bien ancha. La nariz, si se la podía llamar
así, era apenas perceptible. En vez de cabellera ostentaba una delicada cresta.
Pero sus extremidades, cuerpo, tenían casi las mismas proporciones que una
mujer humana. No podía comprender que tal criatura cómo podía despertar en mí
la admiración; toda ella emanaba delicadeza y coquetería femenina. Su
indumentaria era una capa verde plateada y su cuerpo parecía también enfundado
en un buzo plateado, muy ceñido.
El profesor se deshacía en amabilidades con
ella y yo también estaba muy impresionado.
- Sea muy bienvenida, querida Iktia - le oí
decir y yo no pude hacer otra cosa que reverenciarla.
- Gracias, queridos, gracias. - dijo con
una vocecita agradable, aunque... tal vez un poco siseante. Me asaltó un
pensamiento de lo más bizarro: esta criatura graciosa me hacía acordar, en una
forma muy embellecida, a nuestra amiga Socorro.
- La gente de la doctora Iktia - dijo el
profe - evolucionó de un dinosaurio más bien pequeño, al que conocemos por el
nombre de Tröodon, o Treodon que significa algo así como "diente que
hiere".
Fue entonces que la hermosa Iktia me sonrió
y yo casi me desmayo... Sus dientes eran triangulares, aserrados y brillantes,
como los de un tiburón.
No obstante, su temible sonrisa no llegó
disminuir el encanto que ella emanaba. Al comenzar a conversar con ella, me
convencí de que era muy preparada. Poseía conocimientos vastos de todo:
especialmente de paleontología y de historia interestelar. Era muy versada
también en literatura, y no tardamos en enterarnos de que sabía cualquier
cantidad de datos respecto a robótica, cuadros virtuales; manejaba al Cosminternet
con la facilidad de una experta o, me parece, era experta en ello. El
Cosminternet, como todos lo sabemos, evolucionó del Internet terráqueo, que es
nuestro medio de comunicación.
Al llegar a la Universidad, Iktia fue
agasajada con el equipo investigador. Uno de ellos le ofreció en una enorme
bandeja ovalada, un enorme pescado crudo, a la que la Hermosa devoró dentro de
unos minutos, ante nuestra atónita mirada. (Debe haberse granjeado su nombre
por su afición por el pescado.)
Así que... Estos bichos odiosos y veloces
que ahora deambulaban en la Isla, ¡eran los antecesores de ella!
Cuando Iktia comenzó a dictar sus clases de
paleobiología, para el gran deleite de la decana Argimetrusa, pude haber
aprendido mucho sobre esta raza, pero confieso que me interesaba poco. Mientras
ella hablaba, yo solía fantasear respecto a las costumbres amorosas de esta
extraña raza; pero cada vez que veía comer esa criatura, se me enfriaban las
ilusiones respecto a ella... Si ustedes están a punto de enamorarse de una
hermosa mujer y de pronto la ven comiendo como si fuera una piraña, creo que es
peor que una ducha helada en invierno...
Socorro también despertó y me miró con sus
ojos de color verde-oliva, con esas luces siniestras que tienen cuando ella tiene
hambre.
- Estoy untado con anís - le dije con voz
soñolienta - no se te ocurra hincarme tus dientes.
- No haré tal cosa - dijo y soltó un largo
curreo, despertando a Dolores, su hermana, quien, ensayando un bostezo, abrió
su temible fauce de cocodrilo, también hacia mí.
Y de pronto recordé.
El nombre Yakit y el nombre Yigga... Deben
haber sido sus nombres originales... Sus nombres, que datan de su verdadera
época: del cretáceo. ¿Quién les habrá dado estos nombres? No habiendo aparecido
el hombre en el Cretáceo, solo entidades no humanas podrían manipularse allí...
Y recordé con gran reverencia a mi escritor favorito: a H.P. Lovecraft.
Curiosamente, los nombres Yakit y Yigga figuran en sus relatos espeluznantes.
Este escritor, que vivió en el remoto siglo XX.,también sigue siendo un
misterio para mí. Al hablar de los "dioses primordiales" y de una
deidad diabólica, de muchos tentáculos, llamada Gathanotoa; de otros dioses
desterrados que siempre intentan volver a dominar la Tierra, y de muchos otros
más.
- Dime, Socorro: ¿cuántos años tienes?
- A vos qué te importa - siseó la
"Bella".
- Mucho. Quisiera saber, quién te dio el
nombre Yakit.
- No me acuerdo.
- Estás mintiendo.
- ¿Por qué no cierras el pico, estúpido? Mi
nombre Yakit es el "password" del profesor Charriere en el
Cosminternet. Te va a dar.
Me quedé alelado.
- ¿Qué era lo que dijiste???
Justito en este momento tenía que despertar
esa odiosa Argimetrusa.
- Apúrate chico, de alguna forma tenemos
que salir.
Esto era cierto. ¿Cómo vamos a trabajar y
desplazarnos libremente en la Isla, con los treodones correteando allí?
De pronto Socorro se irguió, levantando la
cola.
- Yo sé cómo.
- ¿Y...?
- Abran la puerta, pero antes metan algo en
sus oídos.
Ya me di cuenta. Puse en mis oídos los
protectores que todos teníamos que llevar. Abrí la puerta y Socorro, Dolores y
Rapiña comenzaron a gritar juntos.
El espantoso "Iííííí" hizo saltar
por lo menos veinte treodones que estaban esperándolos en la puerta. Pero a uno
de ellos lo agarró por la cola.
- Tendremos almuerzo - dijo, mordiendo el
cuello del treodon.
Yo pensé en la hermosa Iktia y no quise
mirar. Pero Dolores, o sea la Yigga, también agarró uno y Rapiña, el macho,
otro. "Así no se van a pelear" pensé yo, iluso, ya que no tardaron en
pelearse por el treodon de Rapiña, que era el más grande y gordo; la Yigga se
lo quiso quitar, pero Rapiña le asestó un mordisco; Socorro mordió la cola de
Dolores y terminaron en una batahola, como siempre. La Argimetrusa se levantó;
agarró a los treodones y comenzó a prepararlos para el almuerzo, sacándoles la
piel.
- No hay mejor carne en toda la isla - dijo
con fruición y yo buscaba la salida. Estaba totalmente descompuesto. Pero
afuera tuve una muy agradable sorpresa que, en otras oportunidades, en vez de
agradarme, me habría hecho huir.
Me vi frente a una carita muy conocida. Era
una pequeña lagartogata, llamada Tuppy, toda negra, con brillantes escamas como
azabache. A su lado estaba la Chamusca, a quien yo añoraba tanto en la Isla: la
más tranquila y sensata de las lagartogatas de Tom Snaker.
- El profesor Charriere mandó un mensaje
por e-mail por Cosminternet anoche.- dijo - Vamos a limpiar un poco la Isla.
Huelga decir que los treodones desaparecieron,
como tragados por la tierra, o mejor dicho, por el suelo lunar.
Nos encaminamos felices hacia el lago de
los braquiosaurios, donde Socorro tenía una amiga llamada Drummy, una gran
braquiosauria de muy buen carácter; hasta era capaz de perdonarle sus mordidas
en la punta de su cola. Hubo un pequeño incidente: de pronto nos sentíamos muy
pesados, y escuchamos desde cierta distancia un ruido como cuando un enorme
cuerpo cae con estrépito. La pobre tiranosauria cayó al suelo y yo también tuve
que sentarme.
- Alguien manipula con el regulador de la
gravedad - dijo la Argimetrusa y nos dimos cuenta de que Socorro no estaba con
nosotros...
Les pido perdón, no puedo seguir anotando,
la gravedad va aumen...tan..do, me siento... aplastado... Auxilio... Yakit,
maldita, ¿qué estás haciendo con el control? Ayayayay...
CUPIDO
CRETACEO
Desperté en la enfermería donde el profesor
Charriere estaba tomándome el pulso.
- No te preocupes, Johnny - escuché su voz,
que me pareció venir desde muy lejos - todos sufrimos el efecto de los 4 G, yo
también. A ti te afectó más por tu estado de ánimo.
- ¿De qué estado de ánimo me habla? - atiné
a contestarle, pero pronto recordé. Las manipulaciones en el control de
gravedad.
- ¿Cómo la agarraron?
El
profesor sonrió.
- La agarró la misma gravedad aumentada.
Encontramos a Socorro pegada al suelo, sin poder levantarse, con la boca
abierta. La Argimetrusa, usando su equipo de gravedad personal, pudo llegar
hasta los controles y los volvió a la normalidad. ¿Estás mejor?
Me incorporé en la cama y respiré hondo. Me
sentía un poco debilitado, pero mi cabeza ya funcionaba bastante bien. Recordé
todo con toda claridad. ¡Mi estado de ánimo! Creo que en aquel momento llegué
al límite de mi resistencia.
- Si
estás bien, apúrate; te necesitamos. Dentro de una hora llegarán visitantes
ilustres a la isla. Tendrás que recibirlos.
Me recorrió un escalofrío.
- Si se trata de la hermosa Iktia, no voy.
No podría soportar ninguna alimaña, por más seductora que sea. Y a Yakit no la
quiero ver por lo menos durante una semana.
- Crrrrrr, qué malo, yo ayudé al profe para
traerte aquí,¡desgraciado, desagradecido, asqueroso!
Me vi frente a la cara inefable de Socorro.
- Estuvo cuidándote durante todo este
tiempo - dijo el profesor - y te quería pedir perdón. Dice que se le zafó de
las garras el control y que solo quería aumentar un poco la gravedad para
molestar a Tiri.
¡Vaya, si logró molestarla! La pobre
tiranosauria se tumbó, dándose con el morro contra el suelo; se le rompieron
varios dientes.
- Ya se les crecerán; lo tiene merecido -
escuché a Socorro, luciendo sus habilidades telepáticas. Quise contestarle algo
muy feo, cuando entró la Argimetrusa y me dio algunas palmaditas.
- Muy bien, chico, veo que está mejor.
Levántate y prepárate. Tendrás una sorpresa muy agradable.
Me arreglé como pude. Salimos apurados de
la enfermería. Socorro-Yakit caminaba detrás mío, cosa que no me inspiró
confianza. En cualquier momento podía tirarme un tarascón. Varias veces miré
hacia atrás, pero, en vez de la intención de morderme, vi una curiosa expresión
en su facha cocodriliana, como quien guarda un secreto picaresco.
Al llegar hasta la Sala de Recreo, nos
encontramos frente a Yigga, o sea Dolores, la hermana de Socorro, haciéndose la
anfitriona. Rapiña, el macho, también estaba allí, con la cola levantada al
máximo, señal de saludo y alegría. (Aquí debería aclarar que yo no estoy de
acuerdo con esa interpretación, que pertenece a la Argimetrusa; más bien creo
que la cola levantada y la boca abierta significa "estar en asecho",
listo para atacar.)
De pronto se abrió la puerta principal,
haciendo aparecer dos personas cuya presencia casi me hace desmayar de nuevo.
La muy conocida figura alta de Tom Snaker, jefe de la Planta Científica de
Hekatea y a su lado... ¡Dioses! A su lado una mujer, la más hermosa del
Universo y la más aborrecida por mí: Aurea, la "hija" de Tom
Snaker... O sea: la mujer robot, de quien yo me enamoré aquel entonces en Hekatea,
cuando trabajaba allí; el famoso "robot proteico" con el que Tom
Snaker había ganado el Premio Intersistemario. Si alguien de ustedes no conoce
mi vergonzosa historia, le aclaro con pocas palabras: yo no me di cuenta de que
era robot; me enamoré de ella y la pedí en matrimonio de su "padre".
Durante meses fui el hazmerreír, el objeto de burlas en las tres ciudades
lunares. Y ahora... Estaba allí, delante de mis ojos; etérea, hermosa, más
hermosa que nunca... Saltaba a la vista que Tom Snaker hizo un cambio en ella;
la perfeccionó, dándole un toque increíblemente real.
Socorro-Yakit soltó un largo curreo y el
"profe" se apresuró a saludarlos. Yo estaba allí, inmóvil, sin poder
hablar. La Yigga me dio un empujón y reaccioné, saludándolos con palabras
convencionales.
- Veo que tragaste un palo, Johnny - dijo
Tom Snaker con su acostumbrado estilo - y te atemorizas frente a una bella
mujer. A lo mejor, ya tienes tu harén - y dirigió su mirada sonriendo hacia las
dos dynonicus hembras, o velocirraptoras, que eran Yakit y Yigga. Me puse rojo
morado de la indignación, pero el profesor soltó una carcajada.
- Anda, Johnny, haz el favor de acompañar a
la dama y mostrarle la isla, mientras yo atiendo al Comandante Snaker.
Con un gran esfuerzo vencí mis emociones y
me atreví a dirigirme a la mujer.
- Bienvenida, Aurea - dije, como en un
sueño y sentí que en mis incorregibles entrañas se encendía lentamente un fuego
peligroso. Robot o no, era una aparición seductora hasta lo increíble. Busqué
en su rostro los cambios que pudo haberle hecho Tom Snaker. Encontré unos
rasgos tal vez un poco más orientales; los ojos más verdes y la cabellera
dorada más larga. Lo que me llamó mucho la atención, era su rostro, su piel,
que parecía emanar vida. Su tez era un poco más olivácea, haciendo un extraño
contraste con sus cabellos dorados; sus cejas algo más levantadas y... su
mirada, húmeda, muy humana, muy tierna.
- ¿Tu eres Johnny Adler? - dijo y su voz
era la misma, pero con un extraño tinte personal que antes no tenía.
-
¿Ya no te acuerdas de mí? - pregunté fastidiado. Parece que Tom Snaker borró de
su memoria el episodio conmigo.
- Te conozco por boca de otros y del
Comandante Snaker.
No dijo "por mi padre". Curioso.
¿Qué estará tramando esta vez el diabólico Comandante?
- Yo soy - dijo lentamente - la profesora
de genética y paleobiología en la Universidad de Ukra, en Marte. Vine a ver esa
maravillosa obra que es el Parque Jurásico, basada en esa famosa película del
siglo 20.
- Cretáceo - corregí instintivamente.
- ¿Por qué Cretáceo?
- Por la Bella. Los dynonicus vivían en el
final del Cretáceo. También los treodons.
Vi en sus lindos ojos verdes una chispa de
susto.
- ¡No me digas que aquí hay treodones!
- No finjas miedo. A ti no te morderán.
Me miró indignada, sí, con una auténtica
indignación.
- ¿De dónde sacas eso?
- Vamos, Aurea. No me tomes el pelo. A una
robot no morderá ningún dinosaurio.
- ¿¡ROBOT!?
- ¿Y qué otra cosa eres?
Se sentó en un banco hermosamente tallado y
arruinado por los mordiscos de la Yigga, que tenía esa inveterada costumbre.
- Estás muy equivocado, Johnny. Yo no soy
robot. Yo fui la modelo para la famosa "Aurea" con lo que el
Comandante Snaker ganó el premio.
El primer impacto en mi corazón fue una
alegría, para apagarse inmediatamente. Esta es otra broma de Tom Snaker, pensé.
Esta vez quiere hacerme creer que esa criatura perfecta, perfecta en todo
sentido, es una mujer de carne y hueso. Muy bien... Si cree que caeré en esta
trampa, se equivoca.
- No te creo. Pero no importa. Mi deber es
mostrarte la Isla para que reúnas informaciones. Vamos.
La tomé por el brazo y mis dedos tocaban
una piel sedosa, caliente, demasiado real, pero bien conocía yo las habilidades
de su creador.
Dimos algunos pasos sin hablar, cuando
Socorro apareció de entre la maleza.
- ¡Ooooia, tienes una hembra!
Miré a Aurea y noté con gran sorpresa que
se sonrojó. No pude evitar mi admiración por ese odiado Tom Snaker. Hasta
sonrojarse puede. Increíble. Pero mi sorpresa fue mayor, cuando la escuché
gritar:
- ¡Andáte al diablo, pájaro con facha de
cocodrilo!
- Más pájaro serás vos, asquerosa dugonga,
con tu carne de lechón!
Esto era un tanto incoherente y falto de
lógica, pero como ofensa, era perfecta. Lo que no sé, cómo sabía Socorro lo que
significaba la palabra "dugongo".
- Está bien - dijo Aurea, un poco más
calmada - siendo lo que sos, no esperaba otra cosa. Tu inteligencia es
sorprendente.
- No se necesita ser inteligente para ver
que sos una hembra bien caliente - así Socorro.
Aurea miró a su alrededor; creo que buscaba
algo contundente con lo que dar un golpe en el morro de la Bella Yakit; ésta,
siendo telépata, optó por retirarse.
Volvimos al Centro de Recreo pronto; Aurea
dijo tener hambre; yo la escuché con una sonrisa despectiva... ¿Con ese
argumento pueril iba a convencerme? Los robots no comen... Pero pueden
simularlo.
Tom Snaker y el profesor nos esperaban con
una mesa suculenta, repleta de exquisiteces. Nos sentamos a la mesa (yo no
tenía hambre, pero comía por no ofenderlos.) Aurea se sentó a mi lado y los
raptores estaban a nuestras espaldas, esperando bocaditos que el profesor y la
Argimetrusa les estaban tirando de vez en cuando.
- ¿Qué es esa carne exquisita? - preguntó Aurea.
- Lo mejor: carne de treodon - dijo la
Argimetrusa. Aurea agarró su cuello como quien quiere vomitar.
- Puaff!... - y salió disparando de la
sala. Yo esbocé una sonrisa, mirando a Tom Snaker, como diciéndole: "muy
buena programación, felicitaciones, pero no me convencerá a mí
precisamente". Pero Tom Snaker devolvió la mirada con otra sonrisa; más
burlona que nunca.... En sus siniestros ojos verdes bailoteaba la risa. Detrás
de mí escuché la voz ronca de Socorro:
- Es una hembra verdadera, estúpido, ¿qué
esperas para aparearte? Ya te lo dije: te hace falta una hembra, ¡asqueroso!
"La estúpida sos vos; esta no es una
hembra verdadera" contesté mentalmente, pero inmediatamente llegó la
respuesta, también telepática:
"Sos un dugongo estúpido, sin olfato,
sin ojos, sin orejas, ¿Por qué no vas a aparearte con Tiri?"
Me di vuelta para darle una palmada en el
morro a nuestra "Bella del Cretáceo" cuando apareció la Aurea. Estaba
pálida y apretaba su estómago. Tom Snaker, solícito, le alcanzó un vaso de agua
con un polvito que acababa de echar en el líquido.
- Tome, Aurea, se le va a pasar. No se deje
impresionar así. Usted es profesora de paleobiología. No debe tener asco a los
dinosaurios.
- Yo no les tengo asco - dijo con voz
llorosa - pero no acostumbro comerlos...
- Pero nosotros sí, crrrrr - dijo la
"Bella Yakit", poniéndose a comer las sobras que Aurea dejó en el
plato. La Yigga metió su garra en mi plato. Dejé que se llevara el gran trozo
de carne y el hígado de gallimimus que me sirvieron. Aurea seguía pálida y yo,
contra mi convicción y voluntad, comencé a sentir lástima por ella.
¿Y si Socorro estuviera en lo cierto?....
Por ahora suficiente; estoy por
descomponerme. Hasta la próxima entrega. (¡Profesor, no deje que Socorro me
lleve a mi habitación!)
INSTINTO MATERNAL
Me encontraba solo en mi habitación, sumido
en la más profunda vergüenza.
Me di cuenta de que me comporté como un
niño asustado. Al final ¿de qué me asusté? Creo que de mí mismo. De mis sentimientos
imposibles que frenar.
Estaba enamorado, irremisiblemente,
enamorado hasta mis entrañas de esa criatura llamada Aurea, sea robot o no.
Una débil ráfaga de esperanza asomó en mi
corazón: ¿si esa insoportable Yakit está en lo cierto?.....
En este momento asomó su inefable facha de
cocodrilo por la ventana.
- Oye, estupidito, yo puedo probarte que
Aurea es una mujer humana.
- No veo, cómo - dije yo, algo ablandado
hacia ella. Increíble, pero me sentí reconfortado por el interés de esa velocirraptora
salvaje e incalculable, aunque en el fondo, siempre dudaba de sus intenciones.
En sus siniestros ojos yo era comida... Pero hasta ahora nunca me mordió.
- Viste asquerosito, que yo puedo ver lo
que la gente piensa.
- Y con eso, ¿qué?
- Yo puedo ver lo que ella piensa. Si fuera
una máquina, no podría. ¿Viste que no puede leer los pensamientos de la Dodeca?
Para la información del lector, DODECA es
la supercomputadora del profesor, o mejor dicho, del Parque. Su nombre deriva
de la palabra DODECAEDRO, por razones especiales; de eso ahora no tengo ganas
de hablar.
- Oye, Socorro-Yakit: ¿cómo puedo estar
seguro de eso? ¿Y si vos también me estás engañando?
- Nunca vi un dugongo tan estúpido como
vos. ¿Qué interés tendría en engañarte? Yo quiero que te aparearas con ella.
Así nacerían dugonguitos chiquitos, que después crecerían y yo los podría
comer.
El razonamiento era muy de acuerdo a la
mente de una dynonica. Descontando los epítetos ofensivos, que formaban parte
del vocabulario de Yakit, me pareció aceptable su oferta.
- Muy bien - dije - manos a la obra. ¿Cómo
piensas hacerlo?
Socorro bajó la cabeza, como cuando ve una
presa.
- Hoy a la noche, crrrr, después de comer,
nos encontraremos en el paseo de siempre, allí cerca de la guarida de Tiri.
- No me gusta el lugar.
- A vos no, pero a ella le fascina. Dice
que Tiri es una belleza entre los tiranosaurios. Tiene gusto bien podrido; por
eso pienso que está enamorada de vos.
- ¡Suficiente! Se me acabó la paciencia. -
Le iba a contestar algo muy feo, cuando apareció la cara barbuda del profesor
Charriére, toda enrojecida de furia.
- ¡Así que estás aquí, demonia del
Cretáceo! ¡Te voy a dar!
Socorro intentó escabullirse, pero el
"profe" la agarró por la cola. Se me heló la sangre: hacer semejante
cosa de coraje solo podía inspirarle una indignación muy grande. ¿Qué habrá
cometido otra vez la "bella Yakit"? Pensé que con la rapidez propia
de su raza pudo haberse dado vuelta para destrozar el cuello del profesor. Pero
no hizo nada de eso. Bajó la cabeza, como asustada.
- ¿Cómo pudiste hacer eso?
- La voy a educar. Por eso robé el huevo.
- ¡Una dynonicus educando un coritosaurio!
- Sauria - corrigió Socorro - Es nena.
Acaba de incubarse. La trataré como si fuera mi hija.
- Eso es imposible. Una velocirraptora,
depredadora por excelencia, educando "como a su hija" a una criatura
herbívora. ¿A quién piensas engañar? La educarás para tu estómago. ¿Cuántas
veces te prohibí cruzar el cerco donde viven los coritosaurios?
- Sus un hombre malo, profesor;
seguramente vos piensas comértelo.
En este momento creí que el profesor será
víctima de un ataque cardíaco. Quiso hablar, pero no salían palabras por su
boca, solo jadeos y palabras incoherentes. Socorro lo contempló un rato
(juraría que despreciativamente), pero, al final, decidió abandonarlo,
desapareciendo entre los arbustos.
- ¡Es indignante! ¡No soporto más a esa
criatura! Robó un huevo, el más precioso, de la Princesa, esa hermosa
coritosauria que tenemos. Es un ejemplar bellísimo, muy inteligente.
Del arbusto se oyó la voz siseante de
Yakit: "más ejemplar será usted, cara de simio con piel de cerdo, primate
sucio, sudoríparo y maloliente junto con toda su parentela". Tuve que
reírme, cosa que molestó bastante al profesor, pero al final terminó riéndose
también él.
Una vez que nos despabilamos un poco,
comenzó a interesarme el asunto. Un dynonicus hembra, educando a una
coritosauria pichón. Imposible. Los carnívoros devoran a los herbívoros; es una
ley inexorable. Aún creyendo en las buenas intenciones de Yakit, ¿cómo la
defenderá de los otros raptores?
Nos encaminamos al centro de recreo, donde
nos esperaba la Yigga (Dolores), hermana de Socorro-Yakit, cuya expresión
tampoco me inspiraba mucha confianza; ésta tenía la costumbre de olisquearme,
como un gato. Tenía ojos más aturquesados que Socorro, con la mirada no menos
siniestra. A su lado estaba Rapiña, el macho de la terna, con su expresión más
que feroz; me daba la sensación de que en cualquier momento me iba a saltar
encima. En la reposera descansaba Aurea, con toda su espléndida belleza;
llevaba una túnica color celeste-turquesa, ribeteada de oro. Y a su lado,
dioses, una criaturita dulce, del tamaño de un gato, pero con la famosa cresta-corona
en su cabecita y una colita bastante movediza; un pichón de coritosaurus, el
dinosaurio más vistoso del Cretáceo.
- Esa odiosa Yakit me la dio para que la
cuidara, mientras ella va de cacería.
La voz de Aurea me pareció una flauta
celestial. Toda ella emanaba belleza y seducción, por lo menos para mí.
Apareció la alta figura de Tom Snaker; éste se agachó para acariciar el pichón,
que le respondió con una débil vocecita que pudo ser de placer o de protesta.
- Pobrecita - dijo Aurea - no logré que
comiera. Debe extrañar a su mamá.
En este instante apareció Socorro en la
entrada.
¡Inconcebible! El saurito corrió hacia ella
alegremente. Socorro la levantó y el pequeño frotó su carita contra el morro de
la dynonica. Esta, no se sabe de dónde, sacó un trozo de durazno y lo metió en
la boca de la criatura, que lo degustó con fruición.
- Quise darle las mejores frutas - dijo
Aurea - pero no me las aceptó. Esperaba a su "mamá".
El profesor Charriére se tapó la cara.
- La que se enojará mucho - se oyó la voz
de la Argimetrusa que apareció también en la sala - es la verdadera mamá, la
Princesa.
- No es cierto - dijo Yakit - ya hablé con
ella. Me dio la Corita para que la educara.
"Corita"... Le quedaba muy bien el
nombre. Solo que era muy difícil creerle a Socorro-Yakit. Sentía ganas de ir
personalmente para preguntar a la Princesa, pero no estaba seguro de que podría
entenderme con una coritosauria.
- La educaré para que sepa todo lo que una
coritosauria tiene que saber: dar coletazos, correr, comer mucho. Y también le
enseñaré a ser raptor.
- Eso, ¿cómo?
- Le enseñaré a morder, a currear, y
quizás, a comer carne.
Tom Snaker soltó una carcajada.
- Es lo único que no podrás enseñarle; su
digestión y dentadura no están creadas para una dieta carnívora. Pero como te
conozco, Yakit, la usarás como cebo. Atraerás con ella a las demás criaturas
carnívoras y las agarrarás.
- Eso, cuando sea un poco más grande, pero
no ahora. Ahora es mi hija. Y todos ustedes son unos asquerosos que se meten
donde no los han llamado.
Así fue que la "Bella del
Cretáceo" tomó en sus temibles garras a la pequeña coritosauria y
desapareció con ella en la maleza.
Comenzaba a oscurecer y recordé que tenía
una cita con Socorro.
- Aurea - dije - ¿quieres venir conmigo a
pasear?
- Con mucho gusto - dijo sonriendo y se
deslizó de la reposera - ¿Adónde vamos?
- Cerca de la guarida de Tiri.
- ¿No tienes miedo?
- No creo que encontremos a Tiri con
hambre. Acaban de llevarle su comida.
Tomamos uno de los jeeps y al llegar al
lugar sugerido por Socorro, se me paralizaron un poco los pelos; Tiri soltó un
largo gruñido. Aurea me tranquilizó, diciendo que es tan solo un amable saludo
de ella. Bajamos del coche y nos sentamos en un banco, justito de espaldas a
Tiri; hasta pudimos sentir su respiración.
Quería decir algo hermoso e inspirado, pero
el miedo me quitó la voz y las ganas.
- Uuy, qué gallina que sos, así no vamos a
ir a ninguna parte - escuché la voz inconfundible de Socorro que apareció de
pronto, como de debajo de la tierra. (Siempre admiraré la habilidad de los
raptores para aparecer así, asustando la presa hasta el tuétano. Excelente modo
de cazar.)
Aurea se indignó.
- ¡Otra vez esa bestia insoportable,
molestando en todo momento!
- Crrrrr, más bestia serás vos, estúpida;
más vale que termines lo que ibas a decir: "esa bestia molestando cuando
quiero aparearme con Johnny".
Miré el hermoso rostro de Aurea, que se
tornó del color de una rosa roja.
- ¿Es cierto eso? - dije yo, tomándole la
mano - En palabras civilizadas: ¿te simpatizo un poco, Aurea?
Ella quiso hablar, pero sin éxito. No hacía
falta; Socorro habló por ella:
- Claro que sí, primate tonto, ¿qué esperas
para darle un beso? Quieres arruinar el apareamiento ya en el principio?"
Y esta vez le hice caso... Era un beso
largo y apasionado; Aurea rodeó mi cuello con sus hermosos brazos,
devolviéndome el beso. Yakit nos contempló con sus fauces entreabiertas,
embelesada; tal vez pensó en los "resultados" a los que iba a comer.
No nos importó. Ni nos importó el gran gruñido de Tiri, que parecía también de
satisfacción.
Al volver al Centro del Recreo, tomados de
la mano, notamos un gran alboroto.
Pero eso ya les narraré en mi próxima
entrega...
LA
BELLEZA ROJA
Como les prometí, sigo con los
acontecimientos. Llegamos, como les mencioné, al Centro del Recreo, donde
encontramos un alboroto infernal. Todos gritaban a la vez y me costó entender
de qué se trataba; felizmente todos se callaron cuando nuestra Yakit soltó un
chillido de guerra.
- ¿Qué ocurre?
Pero no necesitaba que alguien me
contestara. Allí estaba delante de mi vista el objeto... O, mejor dicho, la
causa del alboroto. Era un pichón de dynonicus, o, mejor dicho, no tan pichón;
más bien un adolescente. Lo que me llamó la atención era su color: era casi
rojo, ostentando listones negruzcos, y sus ojos siniestros también eran rojos.
Nos miraba con las fauces entreabiertas, pestañeando, cosa que no era costumbre
de los raptores, ya que no tenían pestañas.
- ¿De dónde salió esa criatura horrible? -
dijo Aurea.
- De un huevo, estúpida, ¿de dónde salen
los raptores? - contestó Socorro-Yakit con su acostumbrada insolencia, pero yo
noté en su tono algo así como la sombra del miedo.
El profesor Charriére estaba indignado,
como siempre, pero Tom Snaker traba de tranquilizar la gente.
- Aquí nacen raptores, ya que es la lógica
consecuencia donde hay parejas de ellos.
Una pregunta flotaba en el aire, pero
parece que nadie se atrevió a formularla. La hice yo, tal vez porque deseaba
lucirme ante Aurea.
- ¿De quién será esta criatura?
El profesor la examinó, claro que desde
cierta distancia, sin atreverse a tocarla.
- Es hembra. - dijo, aunque con cierta
inseguridad - Ellos cambian de color, pero siempre prevalece una determinada
coloración básica. Al ocultarse en la maleza, toman el color de la misma. Esta
criatura debe haber nacido en algún lugar abierto, donde sus colores originales
se adecuan al ambiente.
- Estás equivocado, profesor, como siempre
- intervino Socorro-Yakit - ésta nació aquí, pero es roja. Se llama Redy.
- ¿Cómo lo sabes?
Yakit se calló un poco, mirando hacia
Rapiña, el macho. Este era también de un color rojo oscuro; hasta ahora nadie
se percató en ello, ya que Rapiña tenía gran facilidad para cambiar su color.
- Es mi hija - dijo Yakit, con un hato de
vergüenza en su voz.
- ¿La tenías oculta?
- Es muy torpe... Pensé que la iba a educar
un poco, y recién entonces iba a presentarla.
Con movimientos apresurados, Yakit agarró a
la Corita, que apareció entre los arbustos. Redy abrió sus temibles fauces de
cocodrilo, mostrando una dentadura que a cualquiera de los presentes podía
causar las más espantosas pesadillas.
- ¡Si te atreves a tocar a la Corita, te
las verás conmigo! - siseó Yakit a su hija - y no te permití salir de tu
escondite.
El profesor Charriere agarró un palo grueso
por las dudas, amenazando a Redy.
- Ya hizo lo suyo. Rompió el espejo de la
sala, también la ventana; quiso saltarse encima mío, pero erró el saltó y se
cayó en la olla donde cocinaban la comida para los chanchos. Después salió
salpicando a todo el mundo y terminó atacando esa hermosa pintura que
representa al otrora presidente Billy Clinton, creyendo que era una persona
real.
- Con razón el alboroto infernal, cuando
llegamos...
- No cabe duda, que es hija de Yakit.
¡Heredó de ella el trauma del espejo!
...Y aquí debo retroceder en el tiempo unos
meses, a mis primeros días en la isla.
Socorro-Yakit en la sala principal del Centro, en el momento cuando la
Argimetrusa mandó a colocar unos grandes espejos en la pared.
Socorro se plantó furiosa delante del
espejo.
- ¿Qué es lo que te pasa? - le preguntamos
todos, viéndola toda erizada.
- ¡Es un raptor que me quiere atacar! -
chilló - ¡Es feo y estúpido, pero por más que me acerco, no lo puedo agarrar!
Ocurre que Socorro-Yakit, con toda su
inteligencia, jamás pudo comprender lo que era un espejo. Tal complejo le valió
de muchos disgustos y también de ventanas rotas y una vez la caída al estanque,
por haber visto allí, según ella, "ese raptor que la quería atacar".
En vano intentamos explicarle que ese raptor era ella misma, su reflejo en el
espejo; no lo entendía. Afirmaba, además, que ese raptor era feo, y que se
divertía imitándola, haciéndole muecas.
¡Pobre Redy! ¡Heredó el trauma de su mamá!
Solo la Argimetrusa se atrevió a acercarse
y acariciarla.
- Pobrecita. ¿Qué podemos hacer con ella?
Y entonces se oyó su voz, inconfundible,
muy parecida a la de Socorro-Yakit:
- Lo que tienen que hacer, es ¡darme de
comer!
Resignados, le alcanzaron un gran trozo de
hígado vacuno de biocultivo a la que la criatura, después de sacudirlo y
salpicarnos hasta la punta de nuestras cabezas, devoró con fruición.
Mientras tanto, Yakit desapareció,
llevándose la pequeña coritosauria consigo.
Redy, casi satisfecha, volvió su mirada
hacia mí. Con la boca entreabierta, luciendo sus enormes dientes, algo
desordenados, con sus ojos rojos y salvajes, parecía la caricatura de un
cocodrilo. También sus líneas, menos graciosas y menos esbeltas que las de su
mamá, daban la impresión de que entre raptores debía ser una criatura
decididamente fea. No obstante, emanaba de ella algo curiosamente atractivo: el
encanto de una persona torpe e inocente, que desea cariño a toda costa. La
curiosa costumbre de "pestañear" le daba un aire casi humano. Pensé
que cuando sea adulta, tendrá serias dificultades para formar una terna y tener
pareja. Entre raptores, las hembras tenían éxito de acuerdo a su destreza y de
su astucia. Si en esa elección entraba o no la importancia de la apariencia
física, seguirá siendo un verdadero misterio para mí.
- ¿La va a soltar, profesor?
- ¿Qué otro remedio me queda? No la voy a
enjaular. Ya se va a acostumbrar aquí y ustedes también tendrán que
acostumbrarse a ella.
¡Valientes perspectivas! Ella muy pronto se
acostumbrará y aprenderá a perseguirnos, saltársenos encima de algún árbol o
directamente atacarnos de frente, costumbre conocida de los dynonicus. Aurea
fue a la cocina y pronto apareció con un enorme cucharón.
Y entonces ocurrió algo que nadie hubiera
imaginado siquiera. Redy se acercó a Aurea y se tiró al suelo, como un gato
mimoso, ¡esperando que Aurea la acariciara!
Aurea, un tanto sorprendida, le dio algunas
palmaditas en la cabeza, gesto que Redy agradeció con un largo curreo
complacido.
- Se comprende - oyóse la voz seca de Tom
Snaker - teniendo una madre como Yakit. Esta criatura necesita un poco de
cariño.
Yo también intenté acariciarla, pero Redy
me mostró sus dientes, soltando un curreo muy diferente, juraría que de guerra.
La gente comenzó a dispersarse y yo también
sentí ganas de evaporarme lo más pronto posible. Y pensé que si Aurea adopta a
Redy como mascota, nuestros amores correrán serio peligro.
Ella se quedó con Redy y yo, al deambular
en la maleza, me topé con Socorro-Yakit. No me asusté de ella; estaba curado de
espanto.
- Así nunca podrás aparearte con ella -
siseó - parece que entre dugongos el macho es más cobarde que la hembra.
Tenía ganas de golpearle en el morro, pero
justito no tenía nada a mano.
Francamente, no sé cómo seguirá mi estadía
en la isla....
OPERACIÓN
COMANDO
Como habrán notado, mi noviazgo con la
bella Aurea tenía sus grandes inconvenientes.
El profesor Charriere afirma que ningún
dinosaurio sabe reírse de uno, pero yo tengo la absoluta certeza de que Yakit
se está matando de risa cuando ve mis sufrimientos. Creo que su
"risa" es un tipo de curreo muy particular que me pone los pelos en
punta. Se ve, además, en su facha de cocodrilo una expresión divertida y sus
ojos verdes brillan con una especial euforia. Y creo que tiene motivos de
reírse.
No sé si yo soy muy cobarde, o que la gente
que me rodea es muy valiente. Perdí mi capacidad de evaluar situaciones y
personas desde que estoy en la Isla.
Redy sigue "amando" a mi novia.
La sigue con ojos implorantes y ella le tira bocaditos, le acaricia el morro;
hasta tolera que Redy coloque la cabeza en su regazo....
Pero esto todavía podría tolerarse. Total,
Redy no está siempre en el campamento; tiene que cazar. Aurea me trata de un
modo entre despectivo y complaciente. Yakit y Yigga me siguen, como si temieran
perderme. Y con todo eso el Profesor me hace todo tipo de comentarios y
preguntas. Pero también ha llegado para él un motivo de preocuparse. Al verme
sonreír, Yakit me siseó con esa voz desagradable que tiene: "mal de otros
consuelo de tontos". (¿De donde habrá aprendido estas expresiones???)
Pues voy al grano: la Argimetrusa vino con
la noticia de que en el otro extremo del Parque aparecieron dos tiranosaurios:
uno macho y la otra, hembra, y son de muy mal talante. Nada que ver con la
pobre Tiri, que pasaba descansando su cómoda existencia. Eran más bien
salvajes, y por cierto, muy peligrosos, con una marcada afición a la carne
humana.
- ¡Qué carne humana! Nos comen también a
nosotros! - intervino la Yigga o sea Dolores, la hermana de Socorro-Yakit. Pero
ésta abrió la boca, mostrando su impresionante dentadura.
- ¡Mirá como tiemblo! Es la Tenaza y Rex,
el marido. Se pelean siempre. Yo le muerdo la cola a la Tenaza, cuando se me da
la gana.
- Cuidado, Yakit; no te confíes demasiado.
- dijo el Profesor muy afligido. ¡Este hombre es capaz de temer por la vida de
la dynonica esa! Además, la conversación comenzó a molestarme en serio. Esa
pareja de tiranosaurios andaba suelta, como todas las demás alimañas del Parque
(ni hablar de los treodones), y tenían excelente olfato.
- No tengan miedo, vos tampoco Profesor, a
ti no te comerán, tenés un olor asqueroso. A lo mejor la Tenaza olisqueará a
Johnny, que tiene un olor riquííísimo!
Tenía ganas de darle un cucharonazo en el
morro, cuando apareció Aurea, seguida por Redy.
- ¿Una pareja de T-rex? - preguntó
entusiasmada - Voy a visitarlos.
- Esto sí que no. Esta "pareja"
no te tendrá consideración, por más paleontóloga que seas. Para la Tenaza serás
un bocadito muy apetitoso. No permitiré que vayas a la...
Ni terminé la frase, Aurea ya se puso a
correr hacia la dirección peligrosa, para no perder detalles.
Yakit hizo entonces uno de estos gestos con
lo que logra ganar mi simpatía, a pesar de todo. Agarrando con sus tres dedos a
su hermana, se lanzó tras de Aurea para acompañarla. Yo también emprendí la
peligrosa caminata hacia estos dos monstruos, teniendo mi corazón en la boca.
El Profesor se quedó, alegando un fuerte dolor de piernas y la Argimetrusa
también encontró una tarea urgente en la sala de recreo.
Durante el camino se nos adhirió una
curiosa criatura. Era un treodon completamente negro, con unos ojos brillantes
de color rojizo. Instintivamente protegí mi traste, ya que estas criaturas
atacan siempre por atrás, pero el treodon me miró amistosamente.
- No tengas miedo - me dijo con su vocecita
de niña - nunca muerdo de día.
- ¿Cómo????
- Es que me dicen... que soy muy fea cuando
muerdo. Y no quiero que me vean fea.
Así que era una mujercita. Y bien vanidosa.
Menos mal.
- ¿No tienes miedo de los T-rex?
- No. Soy muy pequeña para despertar su
interés. Pero vengo para ayudar a mi amiga Yakit.
- ¿Yakit es tu amiga?
- Sí. Muchas veces salimos a cazar juntas.
Ya casi llegamos al matorral donde los
T-rex tenían su guarida.
- ¡Allí están, crrrr, ya veo a la Tenaza!
La muy loca de Yakit comenzó a correr hacia
la bestia que emergía de la maleza. Realmente; si ustedes han tenido una
pesadilla después de una noche de juerga, podrán imaginar el espectáculo. Era
una enorme tiranosauria hembra; su cabezota se movía lentamente olisqueando en
el aire. Se me erizaron todos mis pelos.
- ¡No se muevan! - quise decir yo, pero la
voz no salía de mi garganta.
- Quédense donde están, crrr, observando -
susurró Yakit - Yigga y la Parquita vayan corriendo para allí. - señaló con sus
temibles garras hacia la dirección contraria de la que nosotros nos dirigíamos.
Las dos emprendieron la corrida y la Tenaza giró sus ojos hacia ellos. Aurea
contuvo su aliento, pero sus ojos estaban llenos de entusiasmo:
- ¡Qué ejemplar hermoso! – dijo; y fue
entonces que Socorro-Yakit habló:
- ¡Ahora verán!
De pronto, como un demonio, echó a correr
entre la maleza, hacia la tiranosauria, dando una vuelta como para colocarse
detrás de ella. Esta no se dio cuenta; su intención era atacar a Yigga, quien
bailoteaba prácticamente delante de sus narices. La pequeña treodona se burlaba
desde un árbol, dejando oír unos sonidos irritantes. Pero... En este momento
abrió su bocaza, pero no para morder, sino para gritar.
Era un grito horripilante, un bramido que
estremecía la tierra, pero era un grito de dolor.
Al otro instante la Yigga ya desapareció en
la maleza junto con su amiguita y no tardó en aparecer Yakit con una expresión
triunfante.
- Así aprenderá a comportarse y a
respetarme - dijo, limpiándose con su lengua la sangre que le chorreaba. La
sangre de la Tenaza.
- Ocurre - explicó con aire de profesora -
que hay que saber donde morder. La segunda articulación es donde más le duele.
Que lo diga Tiri.
En otra circunstancia me habría reído, pero
en este momento solo sentía la imperiosa necesidad de alejarme de allí,
corriendo lo más rápido posible. Tomé de la mano a la Aurea y la arrastré entre
la maleza; detrás corrían las dos inefables hermanas con la treodoncita, que
daba alegres saltos y curreaba con su vocecita. Desde lejos escuchamos a la
Tenaza bramando y la sinvergüenza de Yakit se jactaba durante todo el camino:
- ¿Vieron, qué bruta es una tiranosauria?
Cuando ponga huevos, los robaré todos y me los comeré.
Llegamos al centro de recreo, por fin. Yo
me desplomé y la Argimetrusa, solícita, me trajo un vaso de agua.
- Qué cobarde que sos, Johnny - dijo la
Aurea y yo tuve que devolverle el cumplido:
- ¡Qué valiente, se nota que sos la robot y
no la verdadera Aurea.
Ella se puso a llorar y Redy por poco me
ataca por haber ofendido a su ama. Pero Yakit la tiró a un costado. La pequeña
treodona negra, llamada Parquita, (será por Parca en diminutivo) me dio una
lamida en la cara.
- No te preocupes, ya te morderé cuando se
oscurezca...
El profesor estaba ansioso de saber lo que
pasó. Yakit, en estos casos, acostumbraba narrar todo con lujo de detalles,
pero esta vez solo dijo:"¿por qué no vas a averiguar vos mismo,
Profesor?" La Argimetrusa intentó con la Yigga pero esta dio la espalda y
solo dijo que "¿No lo escuchaste, estúpida?" La Argimetrusa se enojó
e increpó al Profesor a que enseñara mejores modeles a los raptores.
Con todo esto Yakit le curreó a la Auera
para consolarla.
- No le hagas caso a Johnny, los machos
dugongos son todos cobardes. ¿No ves que hasta para aparearse necesitan ayuda?
La indignación me dejó mudo. Me encerré
bien en mi habitación y encendí todas las luces que podía, recordando la dulce
promesa de la Parquita...
DINITA
Estábamos preparándonos para nuestra boda
con Aurea.
Debo reconocer los méritos de la
Argimetrusa en todo. Consiguió los elementos para la fiesta, envió las
invitaciones, mandó limpiar la gran sala de recreo, y no sé cómo, logró
prohibir la entrada de todas las alimañas de la isla que acostumbraban dejar
bien sucia la sala.
Yo me sentía feliz, casi acostumbrado a
esta vida llena de sustos y sorpresas. Aurea se comportaba conmigo como una
verdadera novia enamorada. (Les juro que a veces dudaba si era la auténtica y
no la robot.)
La fecha que fijamos para la boda era el 23
de julio, cumpleaños de Socorro-Yakit. Lo hice en su honor, ya que esta bestia
era quien siempre me daba la duda respecto a mi novia. ("Ves, estúpido,
que es la dugonga? Yo puedo captar sus pensamientos y sus deseos de aparearse
contigo.") Claro está que, como ya mencioné en las anteriores entregas,
Yakit era telépata, igual que a cualquier raptor bajo el cielo... o más bien,
bajo la bóveda que simulaba el cielo. (De la Yigga ni que hablar...) Faltaba,
pues, un mes para la boda (estábamos a fines de junio) cuando ocurrió el
episodio, tema de mi presente entrega.
Estábamos sentados en el banco
"nuestro", al lado de la guarida de Tiri (ya me acostumbré) cuando
escuchamos un aullido escalofriante. Esta vez no era ni de la Tenaza, ni de
raptor alguno, sino... de ser humano. Y, si bien me acuerdo, era el grito de
Mobutu, nuestro ayudante negro, a quien todos apreciábamos por su valor y
fuerza física.
Me levanté del banco, como movido por un
resorte y, con un ademán de "quédate" a mi novia, eché a correr en la
dirección del aullido.
No tenía que correr mucho. Avisté a Mobutu
corriendo y para mi gran sorpresa vi que lo perseguía una hermosa mujer,
negrita ella, como una estatua de ébano. Lo que me llamó la atención, era que
la mujer, al verme, de pronto se convirtió en una hermosa rubia de ojos
celestes. Mobutu aprovechó el momento para desaparecer entre la maleza.
La joven, bellísima, me miró con ojos
provocativos.
- ¿Quién sos vos, que hueles tan bien?
Tenía una voz tan acariciadora y agradable,
pero esto de "hueles tan bien" no me gustó.
- Soy John Adler, ayudante del profesor
Carriere. Y ¿quien eres tú?
- Me llamo Dina Charriere.
- ¿Hija del profesor, acaso?
- Siii. Vine a buscar a mi mamá.
- Ajá. Y ¿Quien es tu mamá?
Ella me miró, como queriendo sondear mi
mente.
- Mi mamá es la más hermosa criatura de la
Isla.
De pronto me pareció que el color de sus
cabellos era más oscuro y sus ojos, menos azules. Escuché pasos femeninos a mi
lado; era Aurea.
- ¿De donde vienes vos, criatura?
Noté que Aurea tenía en sus manos un
cucharón enorme, en posición de ataque. Y en aquel instante la mujer se
convirtió... en una dynonica, sí, con ojos celestes, pero, muy parecida a
nuestra Yakit.
- Si te atreves a morder a mi novio, te voy
a dar con el cucharón.
En este instante aparecieron Yakit y Yigga,
seguidas por Rapiña, el macho. Detrás de ellos se acercaba con sus pasos
cansados el Profesor.
- ¡Dinita!
La criatura bajo su temible cabeza. Era un
poco más alta que su madre Yakit, "la más hermosa criatura de la
isla".
- Dinita nació con un don muy especial -
comenzó a explicar el Profesor - cuando salió del huevo, yo la alcé, creyendo
que era un bebé humano, una nenita hermosa. Lo primero que hizo fue morderme la
nariz.
- Dinita nació con la capacidad de
hipnotizar a cualquier dugongo estúpido - continuó Yakit con la explicación - y
aparecer en la forma que más le guste al primate. Por eso el profe la llevó a
la otra isla y le prohibió la entrada.
Lo único que faltaba. Ya estaba casi
terminado el segundo complejo, que recreaba la isla Sorna, de la película “Lost
World”, el Parque Jurásico II, del siglo 20. Y en las computadoras ya estaba el
proyecto de “Jurassic Park III”. Esa morbosa afición por recrear las antiguas
películas ya me tenía harto.
Apareció Mobutu con la mano vendada. Dinita
esta vez permaneció con su forma original y soltó un largo curreo complacido.
Aruea seguía con el cucharón, lista para asestarle un golpe, pero ella miró a
mi novia un largo rato. Y de pronto... ¡Que los dioses me asistan! Se convirtió
en una perfecta réplica de Aurea. Y las dos Aureas se miraban desafiante. Solo
que la verdadera se distinguía por el cucharón amenazante.
- ¡A esta alimaña no la quiero en la isla!
- grité indignado, pero me encontré frente a las fauces amenazantes de Yakit.
- Dejá a mi hija en paz, dugongo estúpido.
Con esa habilidad consigue ella su comida.
De pronto Dinita volvió a ser lo que era y
miró a mi novia con una expresión arrepentida.
- No me tengas miedo - dijo siseante - a ti
no te comeré, sos hembra.
Después se alejó con grandes saltos,
dejándonos realmente estupefactos. Pero faltaba aún otra sorpresa.
Nos encaminamos hacia la sala de recreo,
cuando avistamos la alta figura de Tom Snaker. Frente a él se contoneaba la
hermosa rubia de ojos celestes, provocativa. Pero Tom Snaker solo la miró un
rato y con su voz seca dijo:
- Andate Dinita al diablo. - y Dinita,
recuperando su forma original, saltó por la ventana.
- Su fuerza hipnótica no va con todos -
comentó con su tono irónico - solo obra sobre mentes primitivas.
Yo iba a replicar algo desagradable, pero
no me atreví. Tom Snaker era una persona demasiado importante y... con una
capacidad de replica aplastante. No me arriesgaba pasar vergüenza delante de mi
novia. Pero Tom Snaker no pudo con su genio.
- ¿No la querrás para tu boda como dama de
honor, Johnny? - dijo y se sentó a la mesa para tomar un refresco.
Mi novia se me acercó y me acarició la
cara.
- Ves, Johnny, yo la veo siempre como es.
Ella solo puede hipnotizar a los varones.
- Y cuando la viste como replica de Aurea,
esto significa que vos realmente deseas a Aurea para aparearte. - intervino
Yakit y por esa frase le perdoné toda una serie de maldades que ella cometía
últimamente.
ALICATA
Con la Dinita la vida se complicó un poco
en la Isla.
Cada tanto oímos los gritos de las
eventuales víctimas que cayeron en la trampa de sus encantos. Aurea se puso muy
nerviosa, ¡justo antes de la boda! Para mí era un gran engorro. Todo parecía
que la Dinita iba a arruinar nuestra
felicidad. Decidí hablar con Socorro-Yakit "en serio". (Ojalá
que nunca lo hubiera hecho.)
- Te comprendo, primate tonto. Así son
ustedes. En vez de divertirte, te haces problemas y te vuelves histérico, junto
con la hembra esa.
Me molestó un poco eso de la
"hembra", pero ya estaba acostumbrado a la terminología de la
"Bella".
- ¿Cómo quieres que me divierta al ver
tantas personas mordidas, sufriendo?
- Es que ¿con qué otra cosa se puede
divertir? - y soltó un largo curreo complacido.
- Mira, Yakit. ¿Somos amigos o no somos
amigos?
Mi pregunta pareció gustarle. Me contempló
largamente con sus ojos verdosos que era lo único realmente bello en su cara
horrible. Estos ojos denotaban una inteligencia temible, pero orientada, como
un rayo láser, hacia la comida. Y yo me sentí de pronto como
"comida". Pero esta vez me equivoqué.
- ¿Realmente quieres que te ayude?
Me sorprendió su tono casi humano. No me
atrevía a creer que esta bestia tenía corazón.
- Claro que me gustaría. Te lo pido. Haz
desaparecer a Dinita, por lo menos mientras yo me caso con Aurea.
- Lo que no comprendo en los dugongos es
eso de tanta ceremonia para aparearse.
No cabía la menor duda: era la Yakit de
siempre. Pero me di cuenta de que realmente quería ayudarme.
- Espera un poco, y verás.
- ¿Qué vas a hacer?
- Yo, nada. - y de pronto desapareció en la
maleza. Yo miré en pos de ella esperanzado y después volví a casa para estar
cerca de Aurea.
La encontré en la temible compañía de Tom
Snaker, quien la examinaba con su mirada, como cuando examinamos a una obra
maestra.
- Casi perfecta - dijo - casi perfecta.
Se me heló la sangre.
- No tengas miedo, Johnny. Tu novia está
afuera jugando con Redy. ¿Cuándo aprenderás a distinguirlas? ¿Tendrás que
contratar a Yakit para que te siga ayudando durante toda tu vida?
Me sentí indignado y salí de la habitación.
Efectivamente: allí encontré la Aurea, la verdadera, persiguiendo a Redy, la
"hija fea" de Socorro-Yakit con un cucharón; ésta corría desesperada
con un trozo de carne en la boca.
- ¡La muy maldita me robó el almuerzo! -
gritaba mi novia indignada, pero al final terminó riéndose.
Por suerte, sobraba comida. Los
bio-cultivos eran ya muy eficaces. Había “carne cultivada” de sobra. Nos sentamos
a la mesa, ya que el profesor Charriére también acababa de llegar, seguido por
la Corita, la pequeña coritosauria. Mi novia la tomó en sus brazos, metiendo en
su boca un gran trozo de zapallo. Pronto apareció la hermana de Yakit, la
Yigga, olisqueando a todos, según su costumbre. Al hacerlo conmigo, sentí que
mis pelos se erizaban. Esta me contemplaba con sus ojos color turquesa con una
extraña y estremecedora mirada, pero no me hizo nada. Llegó también Rapiña,
esta vez muy calladito, ya que detrás de él estaba la Argimetrusa con un
cucharón enorme, dispuesta a darle un golpe en la nariz al primer movimiento
sospechoso.
Llegó también Redy, con el morro hasta el
suelo, frotándolo contra la pierna de Aurea, como un gato. Mi novia le acarició
la horrible cabeza.
Todo el mundo estaba allí, menos mi
"amiga" Yakit.
Tampoco estaba Dinita.
El profesor se dio cuenta de ello primero.
- ¿Por qué no están aquí Socorro y su hija?
- ¿A quien le hacen falta? - preguntó
Mobutu, que apareció también con el brazo vendado.
- Mejor saber donde están - dije yo.
- Tengo hambre, chicos - dijo mi novia -
vamos a la mesa. Yakit aparecerá, si llega a sentir olor de comida.
Todos rodeamos la mesa, donde había de todo
lo que se podía imaginar: hígado de gallimimus, asado y condimentado, unas
carnes blancas y aromatizadas, que eran muslos de treodon; huevos pasados por
agua, grandes, eran de diplodocus y muchas otras delicias; de las frutas ni que
hablar. Aurea resultó ser una gran cocinera, al parecer, pero cuando comencé a
ponderar sus conocimientos culinarios, se sonrojó.
- Es que no cocinó ella sino su réplica. -
dijo Tom Snaker con su voz seca y cargada de burla - Aurea verdadera no sabe
cocinar.
Yo me sentía indignado, no sé si con Tom
Snaker, por humillar a mi novia, o por el hecho en sí: que ella no sabía
cocinar. ¡Lindo matrimonio será el nuestro! ¿Qué vamos pues a comer? Al
instante me sentí avergonzado de mi propio pensamiento. Ya hasta este punto
estaba influenciado por los raptores...
Pero... ¿Donde estaban estas dos hijas del
demonio?
¡Al fin! Entre los arbustos, como por arte
de magia, apareció Socorro-Yakit. Pero sola. Sin la Dinita.
- ¿Donde estuviste? ¿Donde está la Dinita?
- La Dinita se fue a la otra isla.
- ¿Cómo la convenciste?
- Yo no la convencí.- Yakit, les juro,
parecía casi avergonzada o miedosa, como quien oculta algo.
- Entonces ¿quien la convenció?
De pronto Socorro-Yakit perdió la calma.
Nos lanzó una mirada de rabia.
- ¿No es suficiente que no está? Déjenme en
paz.
- Bueno, esta bien - dijo Tom Snaker - siéntate
a la mesa y come este hígado.
Pero... ¡Milagro de los milagros! En vez de
abalanzarse a la mesa como acostumbraba hacer, sacudiendo y salpicando con la
comida, se quedó allí parada, meneando su larga cola y golpeteando
nerviosamente el suelo con su garra media.
- Es que... Traje una amiga.
- Y bueno. ¿Donde está tu amiga?
- Y... Mi amiga come mucho.
- ¿Más que vos?
- Algo más. ¿Puedo llamarla?
Comencé a sentirme muy mal.
- Dale, llámala, ¿qué esperas? - dijo Tom
Snaker. Y Yakit soltó un chillido, y después un curreo de llamada:
"¡Alicata!"
Y de pronto se nos proyectó una enorme
sombra. De la maleza emergió una figura infernal con una boca como un túnel
lleno de dientes enormes.
¡La amiga de Yakit era un alosaurio!
Lo que siguió, era de esperar. Salimos
disparando de allí, con una velocidad increíble. Tom Snaker también. Pero en un
momento dado se detuvo y sacó de no sé donde un catalejo, tipo pirata, para
contemplar el escenario.
La alosauria devoró en un instante toda la
comida y Yakit a su lado se adhirió al banquete. Parece que realmente eran
amigas. Y parece que... la Dinita no simpatizaba con ella. Posiblemente no
quería convertirse en su almuerzo.
Así son, al parecer, según Tom Snaker, los
dinosaurios. No todos simpatizan con todos. Y cuando se amigan, solo Dios (o
más bien el diablo) sabe, por qué.
Así nos libramos de la Dinita, pero... Creo
que la prefiero a ella en vez de la Alicata.
LA
BODA
Llegó el gran día: mi boda.
No me pregunten, como me siento.
Mi novia, feliz. Tom Snaker, el padrino. Y
la madrina... No lo van a creer. La madrina es la Bella Yakit.
Yo solicité a la Argimetrusa como madrina,
pero Socorro-Yakit me agarró el brazo, clavando su garra media en mi carne.
- ¿Así que de mí ya te olvidaste, simio
asqueroso?
No podía negarme. Lo que no pude imaginar,
era la misma ceremonia. Yo, conducido por ella al altar, donde mi novia iba a
ser conducida por Tom Snaker. ¡Qué vergüenza!
Después comencé a familiarizarme con la
idea. Al fin y al cabo, esta bestia resultó ser una gran amiga. Recordando
todos los detalles de mi estadía en la Isla, ella fue quien siempre me ayudó.
Y... ¡Jamás me mordió! "Tuve que hacer siempre un gran esfuerzo para no
morderte" siseó, respondiendo a mi pensamiento, ya que, como ustedes lo
recordarán, los raptores son telépatas excelentes.
El profesor Charriere estaba feliz, hasta
le perdonó a Yakit el incidente con la Alicata. Obvio mencionar que la Alicata
no ha sido invitada a la boda, ya que yo tuve que elegir entre la presencia de
ella y la de Dinita. Opté por la Dinita, ya que ella tenía dientes más pequeños
que la alosauria.
Seis pares de treodonas fueron elegidas
como el cortejo y se acicalaban allí, mirándome con sus grandes ojos
brillantes, y de cada tanto me esbozaban una sonrisa(?), mostrando sus dientes
de tiburón. Les juro que se me erizaban mis cabellos.
La Argimentrusa oficiaba como maestra de
ceremonia y la Princesa, la mamá de Corita, se ofreció a preparar la mesa, pero
la Yigga (Dolores, hermana de Yakit) la apartó con un coletazo. Princesa
respondió con otro tanto y la Yigga voló unos seis metros (los coritosaurios
adultos pasan las dos toneladas), cayendo sobre un árbol. Total, el árbol era
su lugar predilecto, del que acostumbraba saltar sobre sus víctimas.
Rapiña, galante, se ofreció a comer la
ración de su esposa Yakit, alegando que "la madrina no debe enchastrarse
con hígado crudo por lo menos durante la ceremonia". Como consecuencia, se
armó una pelea entre los dos, interviniendo la Yigga en defensa de su hermana.
Tom Snaker tuvo que intervenir, separándolos. (Yo no sé, qué extraño poder
demoníaco tiene sobre ellos.)
Después de recibir cada uno su ración de
hígado, se pusieron a limpiarse, preparándose para la ceremonia. Al cuello de
Rapiña la Argimetrusa puso una linda corbata roja de seda. Yakit tuvo que
aguantar una corona de jazmines en su cabeza (pueden ustedes imaginar, cómo le
quedaba), pero a los pocos minutos la hizo pedazos; no aguantaba el perfume.
Finalmente mi novia encontró la solución al traer una corona de rosas
artificiales, perfumadas con algo que me hacía acordar a la carne fresca. La
Yigga lucía su collar de turquesas que le quedaba muy bien con sus ojos de este
color, pero su mirada siniestra arruinaba el efecto... Las treodoncitas ya eran
más tolerables: cada una llevaba un moño de seda en el cuello y flores en su
cabecita; desde lejos casi se podía confundirlas con figuritas humanas.
Llegaron las dilofosaurias con la hermosa
cresta abierta, pero la Argimetrusa les prohibió abrir la boca para no arruinar
el efecto. Sin la boca abierta eran realmente hermosas y bailaban muy bien. El
baile pretendía ser una "danza nupcial", arrancando de Socorro-Yakit
el consabido comentario: "Nunca comprenderé a los dugongos con sus
costumbres estúpidas para aparearse". Esta vez fue la Princesa, la bella
coritosauria, la que le dio un leve coletazo para que se quede callada.
Cuando comenzamos a enfilarnos hacia la
pequeña capilla de la Isla, (el profesor, muy emocionado) escuchamos un largo
bramido lastimero.
- ¡Es la Tenaza! - dijo Socorro.
- No la habrás invitado, ¿no? - dijo el
Profe.
- No la invité, viene sola. Pero no para
asistir a la boda, sino para meter su cola en el lago.
- ¿Por qué?
- Es que... - Yakit miró sus garras algo
perturbada - yo le puse un petardo inteligente cerca de su guarida.
- ¿Qué es un petardo inteligente?
- Y bueno... Es una pequeña carga explosiva
con un aparato de identificación personal y detonación por cercanía.
Me quedé azorado.
- ¿Quién lo hizo? - pero pronto me di
cuenta de que mi pregunta era totalmente ridícula, viendo las caras que me
rodeaban. ¿Quién otra pudo ser?...
Seguimos pues nuestro camino hacia la
capilla, mientras escuchamos los gritos de la pobre tiranosauria con la cola
quemada.
- A mí me parece, Socorro, que eres mala.
- Y ¿eso qué es?
- Pues hacer daño con intención.
- Yo no lo hago con intención. Lo hago con
mis dientes o con mis ideas.
- "Con intención" quiere decir
que lo haces para disfrutar el sufrimiento de ella.
- Y ¿de qué otra manera se puede divertir?
¡Fantástico! Acabo de constatar la primera
cualidad humana en una dynonica. Al fin y al cabo, no son TAN diferentes de
nosotros. ¿O acaso nosotros, los humanos, llevamos algún gen de raptor?
Pensé que será mejor no seguir la
conversación. No quería violentarme antes de mi boda. Pero también pensé que
Socorro nunca hizo nada grave conmigo, aunque me embromó unas cuantas veces.
Por fin llegamos a la capilla. Pero... Para
mi gran indignación, el cura no estaba.
- Por Dios, ¿dónde está el Reverendo?
Un treodon negro apareció en la capilla.
- El reverendo se fue.
- ¿Por qué razón?
- Porque lo mordí.
El profe estaba indignado.
- ¡No te da vergüenza, atorrante! ¿Quién
casará ahora a Johny y a Aurea?
-
Y... No pude aguantarme... Tenía hambre. ¿Por qué tenían que llamar un
cura tan gordo?
La situación se tornó muy delicada. Aurea
comenzó a llorar, y Socorro agarró al treodon para retorcerle es pescuezo, pero
yo la agarré a tiempo.
- No le hagas daño. ¿Acaso tu no tiene
siempre hambre?
- Por eso lo quiero agarrar, para comerlo.
- ¡Yo también! - granzó Rapiña, esgrimiendo
su garra media. Quién sabe en qué iba a terminar la contienda, si Tom Snaker no
interviene.
- Calma, chicos. Yo, como comandante de la
Isla, tengo derecho de casarlos. A mí no me morderá ninguno. - recorrió con la
mirada de sus temibles ojos verdes y todos bajaron la cabeza, hasta Socorro.
...Y así sucedió que Tom Snaker nos casó en
la capilla de la Isla. La ceremonia fue sin mayores incidentes, solo que cuando
Socorro-Yakit entregó los anillos, tardó un poco por olisquear durante un
tiempo más largo de lo necesario. Ocurre que los anillos los tenía en la mano
Mobutu, el negro ayudante, cuyo "olor apetitoso" tanto fascinaba a
Socorro.
Al darnos el beso, ya como marido y mujer,
Socorro no pudo con su genio, diciendo: "Nunca comprenderé lo que es eso;
seguro que piensan comerse después del apareamiento, pero sus estúpidas leyes
no lo permiten". Y después de unos minutos de meditar, agarró a Rapiña,
diciéndole: "¿Me das un beso?" a lo que Rapiña contestó con un feroz
mordisco en la cola de ella. Casi se armó una batahola en la capilla, pero la
Argimetrusa hizo emerger de entre sus ropas amplias un enorme cucharón.
No obstante, la peor broma me la gastó otra
persona.
Al salir de la capilla, felices, veo una figura:
la Aurea, llorando a gritos:
- ¡Malvado! ¡Te casaste con la robot! Ya
sabía yo que no me querías...
Yo estaba desesperado, mirando a la que
estaba a mi lado como mi mujer, con quien acababa de casarme. Se me heló la
sangre... Aurea esta vez no me va a perdonar jamás.
- ¿No ves, estúpido, que Tom Snaker te
casó? ¡El creó la robot, de quién te enamoraste en Hecatea! ¿Otra vez caíste en
la trampa de él?
Pero en este momento sucedió algo que nunca
voy a olvidar.
Tom Snaker se agachó y levantó algo del
suelo. Era una enorme babosa, de esas de mal olor, que abundaban en la isla. La
revoleó y la tiró derechito en la cara de la Aurea.
Se oyó un "iiiií" frenético y la
bella Auera de pronto se convirtió en una raptora, muy conocida. Era la Dinita.
Se quitó la babosa y se puso a correr hasta el lago para lavarse. Pero pronto
la vimos correr de vuelta... y detrás de ella, con grandes pasos la Tenaza.
Nosotros corrimos como pudimos, yo
agarrando a mi mujer por la mano y Yakit, agarrando a los dos, ayudándonos a
correr. Pero en realidad, no estábamos en peligro. La Tenaza quería a la
Dinita, confundiéndola con Socorro, ya que tenía muy mala vista. Yo, en mi
fuero interno, deseaba que la agarrara... Pero no la agarró. En el último
momento saltó entre la maleza, desapareciendo de la vista de todos.
...Y desde entonces vivimos en relativa
paz. Yakit nos visitó en el tercer día, diciendo que era hora para ir cerca de
la guarida de Tiri, si queríamos tener cría.