***   JUEGOS CON LA EVOLUCION   ***

 

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   - Quiero hacerles un anuncio importante, resultado de mis investigaciones - dijo ampulosamente nuestro profesor de biocibernética, llamado Horst Frossel - he descubierto que el Sol tiene efectos mutágenos.

   - Chocolate por la noticia - fue la respuesta en coro y el profesor lanzó una mirada asesina.

   - ¿Ustedes creen saberlo todo tan sólo por suposición? ¿0 sus informaciones proceden de algún librito de ciencia-ficción?

   En este momento recién nos percatamos de la presencia de un personaje insólito.  Era el nuevo alumno, a quien lo conocíamos como Tono, nombre de pila.  Vaya uno a saber, cómo se llamaba realmente.  Llegó en la mitad del año, como “paracaidista”, admitido a regañadientes por el profesor Frossel, pero nosotros lo aceptamos gustosamente.  Tono era larguirucho, con una nariz impresionante que emergía de su rostro flaco y huesudo, como el pico de un tucán.  Sus pequeños ojos, de un gris indefinido y sus cabellos desvaídos, escasos le daban un aire desvalido.  No tardamos mucho, no obstante, en descubrir que de tonto y desvalido no tenía nada.

   Era él quien se levantó y miró derechito en la cara enrojecida del profesor.

   - “Herr Profesor” – comenzó - los efectos mutágenos del Sol central del Sistema se conocen desde hace siglos.  Sólo que en los últimos años este efecto se aceleró.

   - Usted pretende darme lecciones de mi propia materia - bramó el profesor, pero Tono seguía imperturbable.

   - Lo puedo demostrar con elementos vivientes y si el Herr Profesor quiere verlo con sus propios ojos, que se digne a visitarme en mi casa, donde tengo mi modesto y pequeño laboratorio.

   Como se sabe, “Herr” significa “señor” en alemán y la alusión de Tono era no solamente al origen del Profesor Frossel, sino a su naturaleza autoritaria también.

   - ¿No serás vos el elemento, Tono? - rió una de las alumnas, la hermosa Daisy, quien era para Tono la manzana deseada y, por supuesto, prohibida.  El novio de Daisy medía 190 centímetros y era además físico-culturista.

   - ¡Nosotros también queremos ir! - nos alborotamos todos y el Profesor se dejó ablandar por la curiosidad.  Fijamos la cita para el otro día y cada uno de nosotros iba a su casa con los más extraños presentimientos.

   Habiéndonos dado Tono su dirección, cada uno de nosotros fue por propios medios hasta la casa de él.  Grande fue nuestra sorpresa - éramos siete y con el Profe ocho personas - cuando nos encontramos frente a un verdadero palacio, sito en el suburbio más elegante de la ciudad.

   - ¡No me digan que nuestro Tono vive aquí!

   - Será el casero...

   - Cállate la boca y toca timbre; yo no llego. - rezongó Daisy, pero la gran puerta se abrió de par en par y nuestro amiguito Tono ya nos estaba esperando allí.

   Sin comentarios lo seguimos, atravesando enormes recintos, bajando al final al subsuelo donde, según Tono, estaba su “modesto y pequeño” laboratorio.  Por supuesto que era enorme, con un instrumental increíble.  Había aparatos ultramodernos que deleitaban a nuestro profesor; también había aparatos totalmente desconocidos, que me llamaron poderosamente la atención.

   - ¿Dónde está el objeto?

   Tono esbozó una sonrisa que lo hizo más feo aún de lo que era habitualmente.

   - ¿Realmente quieren verlo?

   - ¡Déjate de pavadas! ¿dónde está?

   - Aquí.

   Los ocho dirigimos nuestra atónita mirada a una columna de luz, que provenía de una fuente invisible, desde el techo del laboratorio.

   - Pongan atención. Este es un acelerador de mutación, pero no solamente actúa hacia adelante, sino también hacia ATRAS.

   - ¿Cómo “hacia atrás”?

   - Pues produce mutaciones; por ejemplo, hace en de un minuto, lo que nuestro Sol hace durante varios siglos.  Pero no es esto lo más interesante.  Esta columna de fuerza puede ser invertida, produciendo mutaciones al revés, o sea: puede volver el objeto mutado a su estado y forma original.

   - ¡Esto no puede ser! - bramó el Profesor.

   - Pues bien; ¡observen!

   Tono dio un paso hacia la columna y se colocó dentro del ancho haz de luz, para nuestro horror.

   Muy pronto el horror que sentimos se tornó en admiración.  Tono comenzó a “mutar” al revés. Su gran nariz ganchuda iba encogiéndose para transformarse en una hermosa nariz recta; sus pequeños ojos se agrandaron y tomaron un brillo de color azul intenso, y su boca sin forma se convirtió en una boca hermosa, varonil, de rojo carmesí.  Su cráneo también cambió de forma y se cubrió de cabellos color oro, ensortijados; su estatura creció, se ensancharon sus hombros.  Su camisa, la que siempre llevaba muy holgada, como dos números más, se llenó prácticamente con su embellecida humanidad.  Daisy lanzó un grito de admiración.

   - ¿Qué es lo que está pasando?  - preguntó el profesor Frossel, luchando para no desmayarse.

   Una voz desconocida, bien timbrada se oyó desde la columna de luz, donde el Dios Vikingo, en lo que Tono se ha convertido, habló:

   - Esto era yo antes de la mutación.  Me he sometido al aparato, que acelera la mutación; el medidor indica 3000 años solamente. Al verme convertido en lo que ustedes me conocían, me desesperé.  Pasé noches amargas estudiando como invertir el proceso para recuperar mi físico; por cierto, tuve que cuidarme mucho para no retroceder demasiado.

   Salió de la columna de luz y recién pudimos apreciar su belleza.  Daisy ya comenzó con sus famosas caídas de ojos, pero Tono no pareció darse cuenta de ello.  Contemplaba orgullosamente su aparato y se miró en el espejo con gran satisfacción.

    El profesor Frossel lentamente recuperó su serenidad.

   - Fantástico... ¡Fantástico, muchacho! Si no lo veo, jamás lo creo.  Pero dime... ¿Qué habría pasado en el caso de retroceder demasiado?

   - A lo mejor habría mutado hasta el pitecántropus... ¡0 hasta el mono!

   Yo siempre era contrario a la teoría de Darwin, a pesar de parecerme bastante a un joven gorila, según mi novia.

   De pronto el Profesor tuvo una idea.

   - Y.. ¿Si alguien se sometiera a la prueba?...

   - ¿Qué prueba?

   - A una mutación acelerada hacia atrás en el tiempo.

   - ¡No diga estupideces, Profe! - grité yo, olvidando los principios del respeto y de la buena educación, pero el Profe ni me oyó.

   - ¿Nadie se ofrece como voluntario?

   - ¡Nooool - fue el coro general.

   - Pues bien - el profesor sacó pecho, suspirando profundamente - Si nadie quiere probarlo, lo haré yo.

   - Me gusta - dije con sarcasmo - así saldremos de la duda de una vez por todas respecto a Darwin.

   Tono también se asustó. Apreciaba mucho al profesor.

   - ¡No lo haga, Herr Profesor! ¿No le es suficiente mi ejemplo?

   - No, hijo.  Yo quiero saber de qué hemos mutado nosotros para obtener nuestra forma actual.

   Con un paso decidido entró en la columna de luz.

   Tono quiso apagar el aparato cuyo panel estaba en la pared, pero los controles no le obedecieron.  ¿Por qué causa?  Jamás lo sabremos, pero el resultado se iba produciendo ante nuestros atónitos ojos.

   El cuerpo voluminoso del Profe iba encogiéndose; su nariz iba achatándose, sus hombros se volvieron más caídos. Su piel, ¡dioses! Tono, al accionar el aparato, en vez de apagarlo, debe haberlo acelerado... El profesor Horst Frossel iba convirtiéndose en algo... en algo nada humano... Ya no podía enderezarse, sus extremidades se acortaron y su cuerpo se alargó... Y delante de nuestra vista el profesor se convirtió en un gran lagarto monitor, muy parecido a los de las islas Galápagos.

   ¿No les dije yo que Darwin se equivocó?????