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HOLOGREA ****
Lex
Bradford y Albert Rahn han sido condiscípulos en el secundario. No se podría
afirmar que simpatizaran mucho: Lex era un muchacho divertido, perseguidor de
cuantas polleras podía avistar en el horizonte y era, además, muy mal estudiante.
Albert Rahn era taciturno, ligeramente irónico y muy estudioso. Terminó el
secundario con notas brillantes, ingresando después en la Facultad de Ciencias
Exactas. Lex, en cambio, dejó de estudiar, debiendo unas cuantas materias que
jamás pensó dar. Se dedicó a los
negocios y le fue muy bien.
Transcurrieron diez años desde su
separación. Lex ya poseía una cadena de supermercados, cinco playas de
estacionamiento y varias concesionarias de automotores. Era millonario. Su
aspecto cambió mucho; engordó ligeramente, pero su discreta pancita la
disimulaba hábilmente con trajes muy bien cortados. A Lex le encantaba vestirse
bien, tratarse bien, los buenos perfumes, la buena comida. Se amaba mucho.
En una tarde otoñal, después de una
larga reunión con sus directores, se le antojó un paseo. Como cuando era
estudiante... Vivía en la misma ciudad. Se encaminó, pues, hacia el parque
principal y dio una vuelta. “La vida
es hermosa, - pensó - pero a la vez es una porquería. No hay nada interesante
en realidad". Lex no era adicto a la lectura, ni a los espectáculos. Si le
quedaba tiempo para mirar televisión, unos pocos programas frívolos ya
satisfacían su apetito cultural.
De pronto sintió sed y tuvo deseos de
entrar en un barcito donde, en su época de estudiante, solían reunirse después
de la clase. Entró y pidió una gaseosa. Al sorberla se percató de la presencia
de una persona delgada algo enjuta y vagamente familiar.
- ¡No puede ser! - exclamó de pronto
alegremente - ¡Tú eres Albert! ¡Albert Rahn!
Le tendió la mano que el otro aceptó con una sonrisa ácida. En su rostro
alargado se veían huellas de privaciones y noches sin dormir. Vestía un gabán
bastante raído y su camisa clamaba por una plancha, aunque estaba limpia.
- ¡Lex! ¡Viejo sinvergüenza! ¡Veo que
te fue muy bien!
- ¡Cuánto me alegro, Al! Por fin
encuentro uno de la antigua división. ¿Qué es de tu vida? ¿A qué te dedicas?
Albert Rahn hizo una mueca despectiva.
- Soy físico. Un físico hambriento.
Hambriento de
veras.
Lex hizo una señal al mozo, pero
Albert Rahn detuvo su mano.
- No, amigo, tanto como para eso, no.
Mi "hambre" es la de la investigación. Y eso es un poco caro.
Investigar significa no trabajar en nada que aporte dinero, sino trabajar en
algo que a uno lo "traga". Para que después las personas como tú
disfruten los resultados.
- ¿Como yo? Pero viejo, yo realmente
no sé de qué disfruto. Tengo dinero como para tirarlo por la ventana. Puedo
comprar lo que se me dé la gana. Pero todo me parece estúpidamente aburrido.
- ¿Y las chicas, tu pasión? Recuerdo
que varias veces afirmaste que si triunfabas en la vida, tendrías un harén.
- Pues... fijate, viejo amigo Al: no
tengo harén. Primero me gustaban esas morenas, las mestizas mórbidas,
voluptuosas; me aburrí pronto de su melosa sensualidad. Después... Me gustaban
las suecas; bajo la fría apariencia me empalagaban con su amor fogoso. No sé...
Creo que no existe la mujer que yo busco.
Albert Rahn apoyó sus codos en la
mesa para estudiar mejor a su amigo. En sus ojos de zorro bailoteaba una
extraña luz.
- No me digas. ¿Y cómo tiene que ser
la mujer que buscas?
- Pues... verás, es algo que no
existe y punto. No te la puedo describir.
- Inténtalo por lo menos.
- Es... bueno, yo no tengo
un vocabulario tan... tan poético, pero diría que tiene que ser algo... algo
delicada, algo que apenas sea tangible. Una de esas rubias muy rubias, ¿viste?
Esas de piel muy, muy blanca y con la pelusa invisible en las piernas y... y...
con cejas y pestañas también rubias y ojos celestes, transparentes casi. ¿No
ves que es algo que no existe? Pero yo la sueño, la imagino. Una mujer, de piel
sedosa y con una voz delicada y que hable poco... 0 casi nunca... Ves, el
misterio de las rubias calladas. Eso es lo que me enloquecería. - Albert Rahn
contempló durante largo rato a su amigo.
- ¿Y si yo te dijese... que esa mujer
de tus sueños existe?
- ¿Dónde?
- Muy bien, Lex. Siempre me gustó en ti ese gran sentido práctico.
Se me figura qué es lo que te convirtió en un triunfador en los negocios. "¿Dónde?", vas directamente al
grano. Pues sí, existe. La conozco. Está viajando hacia aquí. Dentro de una
semana o tal vez diez días llega. Si realmente quieres conocerla, sólo tienes
que decírmelo.
- Pero Al, viejo amigo, ¡ni me lo
preguntes! ¡Claro que quiero conocerla!
- Muy bien. Aquí tienes mi tarjeta, mi número de teléfono. Dentro de
diez días llámame.
Se despidieron como dos hermanos. Lex
fue a su casa cantando.
Los diez días transcurrieron para Lex
como cuando era niño y esperaba a Santa Claus. En el décimo día se hizo la cita
en el hall de un lujoso hotel, también propiedad del mismo Lex. Albert Rahn no
se hizo esperar mucho. Detrás de él caminaba una figura deslumbrante, no
solamente para el atónito Lex, sino para todos los allí presentes. La mujer era
algo más que hermosa. Alta, espigada, de perfectas proporciones, con una cara
de muñeca de porcelana. Su tez se parecía, precisamente, a esas porcelanas
opalescentes y sus cabellos eran blancos, pero no de tipo ceniza, sino de un
blanco luminoso, dándole un toque irreal. Sus cejas y sus pestañas eran apenas
un poco más oscuras que su pelo. Caminaba erguida, pero con una gracia
indescriptible.
Lex se sentía ahogar.
- Siéntate - dijo Albert
Rahn - yo tengo una cita. Ustedes tendrán mucho de qué hablar. Adiós.
Se dio vuelta y se fue. Lex Bradford
ni le dijo "gracias". No tenía voz.
- Señor - oyó una voz bellísima y
acariciante - ¿se siente mal?
- Nnnnnooo... No. Hhm. Este... No,
no. Me siento bien. Muy bien. No me digas "señor". Mi nombre es Lex.
Lex Bradford.
- Sí, Lex.
- ¡Encanto! Tienes una voz... Pero...
¿Cómo te llamas?
- Mi nombre es Hologrea.
- ¿Holo... Hologrea? ¿Qué nombre es
ése?
- Mi nombre. Soy griega. Mi nombre
completo es: Hologrea Androis. ¿Le gusta mi nombre, Lex Bradford?
- Me enloquece - dijo con
voz ronca Lex.
Una hora después le pidió que se
casara con él. Pero antes de que Hologrea hubiese podido responder, apareció la
figura enjuta de Albert Rahn.
- ¿Por qué no te vas al diablo?
- No seas ingrato, Lex. Hologrea
tiene mucho que hacer aún. Recién llegó. Me la llevo para enseñarle algunas
cosas importantes.
- ¿Cómo que "me la llevo"?
¿Es tuya acaso?
- Oye, Lex. Está bien. Ella es mi
invitada. Vive en el mismo hotel que yo.
- ¿Pero tú vives en un hotel?
- Pues sí. En mi departamento no hay
lugar para dormir. Allí instalé mi laboratorio.
Los días transcurrían para Lex
Bradford entre una inmensa felicidad y también una intensa tortura. Hologrea
resultó la más encantadora criatura... Dulce, atenta, jamás molesta, nada
exigente y muy apasionada cuando Lex la deseaba. Pero cuando se hablaba de
matrimonio, Hologrea contestaba con evasivas.
Un día - ya llevaban tres meses de
apasionadas relaciones - Lex, más loco que nunca, le imploró que confesará el
porqué de su negativa y Hologrea mostró señales de ceder.
- ¡No me amas! - rugió Lex como
siempre. Hologrea entonces comenzó a llorar inesperadamente. Lex se quedó
helado... Nunca antes había visto lágrimas en los ojos de ella.
- Claro que te amo. - dijo quejosa y su voz le parecía a Lex más
enloquecedora que nunca - Pero no puedo casarme, ni contigo, ni con nadie...
Yo... Yo soy propiedad de alguien.
- ¿No estarás casada?!
- No... No. Es... un misterio. No
puedo revelarlo. Para tenerme... para tenerme deberías... comprarme.
"¡Dios! - pensó Lex - ¡La niña
está envuelta en algo relacionado con la mafia!"
- Dime lo que vales y yo mañana mismo enviaré la suma adonde quieras.
- No... Amor mío... Eso no puede ser.
- ¡Sí que puede ser! ¡Dime cuánto es!
- No... No me atrevo... Es
mi precio... Son... doscientos mil dólares...
Lex tragó, pero al rato sonreía.
- ¡Bah! Mañana mismo... ¿Cómo lo
quiere ese desgraciado, quienquiera que fuese, en billetes o en oro? ¿Cómo?
- En billetes... Billetes chicos. Ay,
cuánto me avergüenzo...
- ¡Nada de vergüenza, amor mío! ¡Por
fin voy a tenerte toda para mí!
En la ceremonia religiosa Albert Rahn
fue testigo por parte de Hologrea. Lex no pudo conseguir a nadie, ya que
Hologrea quería que la boda se celebrase en absoluta intimidad, sin fiesta, sin
amigos.
"Es una criatura tan tímida como
una libélula" - pensó Lex - Albert Rahn los felicitó y dijo:
- El amor es causa de muchas ruinas
económicas.
Hologrea por fin era su mujer.
Y desde ese día comenzó su tortura.
Sus horas eran embellecidas por la presencia de su mujer, excepto de noche.
Especialmente después de hacer el amor. Allí se poblaban de pesadillas. Siempre
eran las mismas imágenes: Hologrea, la hermosa Hologrea, su piel blanca,
transparente, sedosa, pero sin cara.
Una mañana, Lex, al abrazar a su
mujer, sintió algo muy extraño. Tenía la sensación de que sus dedos se hundían
en la carne de ella, como en algo sin sustancia. Era una sensación momentánea.
Al repetir la caricia la sensación se fue y sus dedos se deslizaban de nuevo
sobre su piel satinada.
Tenía que contárselo a alguien. Pensó
en Albert Rahn. Quiso visitarlo en su laboratorio, pero Albert lo citó en el
hall del hotel."Hay mucho desorden en mi laboratorio", alegó, y al
presentarse en el hall, Lex notó a su amigo muy demacrado.
- ¿Qué te ocurre, Al?
- Pues nada. Estoy cansado. Tengo un
proyecto formidable, pero a nadie le interesa. Nadie quiere solventar ningún
proyecto científico... Pero dejemos mis problemas. ¿Qué es lo que te ocurre?
¿Hay problemas con tu mujer?
- No, con ella no. Es algo conmigo.
Al relatarle su experiencia tan
extraña notó en el rostro de su amigo una expresión sardónica.
- ¿No me entiendes?
- A ti, sí. Pero no importa. Trata de
no comer tanto y tendrás menos pesadillas.
Se despidieron casi enojados. En la
memoria de Lex golpeteaba una frase: "A ti sí". Entonces, ¿a quién
no?
Al llegar a su lujoso departamento
Hologrea lo esperaba con una cena opípara. La mesa primorosamente arreglada,
las velas doradas y ella toda plateada, vestida como con la luz de la Luna.
Lex se sintió feliz, intentó disipar
sus malos recuerdos y se durmió con Hologrea en sus brazos, como siempre.
Pero esa noche tuvo la más horrible de sus pesadillas.
Vio a Hologrea en su hermosa e
incomparable desnudez, como a una diosa descendida del Olimpo... Pero el rostro
era... ¡¡¡el de Albert Rahn!!!
Al otro día se vistió y lo primero
que hizo fue marcar el número de un conocido sicoanalista.
Durante la sesión se resistía mucho a
entrar en detalles. Sentía como si profanara su propia intimidad, hablando de
ella a un extraño. Pero cuando mencionó lo peor, que la cara de su amigo
sustituía a la de Hologrea, el analista dio un salto.
- Pero, amigo mío. ¡Aquí
está su gran problema!
- ¿Dónde? - dijo Lex con expresión
estúpida.
- ¡Aquí, amigo mío, precisamente
aquí! Usted sufre porque en su inconsciente se alberga su otro Yo, que es mitad
hombre y mitad mujer...
- ¿Mitad... queé? ¿Mitad mujer?!!!
- Bueno, diría yo, bisexual, o más
exactamente usted tiene o ha tenido fantasías con otros hombres en su juventud.
Sus prejuicios no le han permitido asumir este deseo y su ego consciente lo
negó. Pero su inconsciente lo retuvo y ahora pugna por salir.
- No entiendo una sola
palabra de esto, pero sospecho que es un insulto de grueso calibre.
- Pero, amigo mío... Somos seres
humanos, podemos hablar, debemos hablar claro de nuestros...
Lex no escuchó el fin de la frase. Se
levantó y se fue indignado, mascullando una maldición. "Ese médico está
completamente chiflado.
Al llegar a casa encontró a Hologrea
llorando.
- ¿Qué te ocurre, mi amor?
En vez de contestar le entregó una
carta ya bastante mojada por sus lágrimas. Las letras medio diluidas brillaban
ante sus ojos. La misteriosa mafia a quien había "comprado" a
Hologrea le pedía otra suma. Esta vez un millón de dólares. En caso contrario
Hologrea iba a morir.
- ¡Un millón de dólares! Hasta para
él era mucho. Justo ahora, cuando la mayor parte de su dinero lo había
invertido en un canal de televisión privado, esos de circuito cerrado, que
pasan películas bastante subidas de tono. ¡Un millón de dólares! Justo lo que
costó el canal, la estación. Tardaría bastante en reunirlo, o en todo caso,
podría vender uno de sus hoteles... De alguna manera se iba a arreglar.
Contempló a Hologrea quien parecía
una estatua de dolor. Se acercó a ella para abrazarla. La apretó contra su
pecho fuertemente... Y sintió - ¡oh, dioses! - que sus brazos apretaban algo
sólo semisólido, como si abrazara a una mujer de niebla. Con un alarido de
terror abrió sus brazos. Hologrea lo miró atónita. Y, de pronto, se echó a su
cuello, llorando. Lex, con miedo, la acarició. Esta vez sintió el brazo de una
mujer de carne y hueso, sí. ¡Era, pues, una alucinación! Sus nervios debían
estar destrozados... Sentía ganas de estrangular al analista.
Se apresuró a conseguir la suma de
dinero. Un amigo sudamericano que hacía tiempo deseaba comprar un hotel en la
costa del mar, lo llamó por teléfono. Una hora después el dinero estaba en su
casa.
- ¿Adónde enviamos el dinero? -
preguntó a su mujer. La carta nada decía al respecto.
- Al departamento de
Albert Rahn - dijo Hologrea con voz trémula - así me lo ordenaron por teléfono.
- ¿De Albert Rahn? El pobre. El también está involucrado.
Comprendo.
Lex recordó que Albert le presentó a
Hologrea. Debían estar involucrados en algo terrible. Por eso Albert tenía esa
expresión, esa cara demacrada la última vez. Marcó su número, pero nadie
contestaba.
- Hologrea, ¿dónde puede estar Albert
a esta hora? - al mirar a su mujer, Lex soltó un grito. Hologrea se puso pálida;
muy pálida... Su rostro pareció esfumarse. Su cuerpo se volvió transparente,
¡como si fuera un fantasma!
- ¡Hologrea! ¿Qué te ocurre?
- Me siento débil - su voz también se
oyó desde lejos, pero de pronto volvió a ser lo de siempre: hermosa, radiante y
nada transparente.
Lex se levantó. Agarró el maletín que
contenía el dinero. Salió disparando del departamento. Al llegar a la casa de
Albert Rahn comenzó a golpear furiosamente la puerta. Albert no tardó en
aparecer.
- ¿Por qué no contestó tu teléfono?
- Estaba ocupado... ¿Trajiste el
dinero?
- ¡Lo traje. ¿Qué vamos a
hacer ahora?
- Te lo diré. Dejaremos el maletín
aquí, en el hall, en la mesa. "Ellos" ya lo encontrarán. Nosotros nos
vamos a ir.
- ¿A dónde? - preguntó Lex.
- Tú, a tu casa. Yo, a cualquier
parte del mundo. Espera, voy a apagar ciertos aparatos del laboratorio.
Lex lo vio entrar en una amplia
habitación, completamente llena de aparatos. Entre el laberinto de instrumentos
Albert se acercó a una máquina que se parecía a las computadoras que se podían
ver en las películas de ciencia ficción. Albert apagó luces y finalmente puso
en marcha una pequeña consola que parecía un reloj.
- ¿Qué es eso? - preguntó.
- No te lo puedo explicar.
Es un aparato de tiempo.
- ¿Explota?
- No, amigo. Mejor dicho, sí. Pero de
una forma muy distinta. No te hagas problema por ello, Ah, eso sí. Toma esta
carta. Tendrás que prometerme que sólo la abrirás de aquí a dos horas.
Lex ya estaba acostumbrado a que
Albert hablara del tiempo como si fuera espacio.
- Te lo prometo.
- Adiós, Lex. Que te diviertas.
Lex vio otra vez la misma expresión
en su rostro. La misma que él veía en sus pesadillas. En el hermoso cuerpo de
Hologrea esa cara sardónica, como si fuera el mismo diablo.
Se despidieron. Lex corrió hasta su
casa, deseoso de abrazar a su mujer. Hologrea lo esperaba en el dormitorio. Lex
se acercó a ella para abrazarla.
Y entonces ocurrió algo que Lex jamás
podrá olvidar, ni en su vida ni en el más allá.
Al abrazarla, sus brazos se hundieron
en la nada. Hologrea se hizo transparente y desapareció, se esfumó.
Repentinamente algo cayó a los pies de Lex. Lo levantó y lo examinó. Era un
diminuto aparato de un material extraño, con pequeñas lucecitas en su costado.
Era circular y apenas más grande que un botón.
Lex se desmayó. Cuando su mucamo -
horas después - lo reanimó, Lex recordó la carta de Albert Rahn. El sobre
estaba aún en su bolsillo. Rasgó el sobre y sacó la carta.
"Querido amigo - decía Albert
con letras precisas e inconfundibles - siempre despreciaste la ciencia. La vida
te dio todo con lo que yo podría haber creado maravillas: dinero, poder,
suerte. Jamás leíste un libro entero. Tampoco me han dado ayuda tus semejantes,
que están en posiciones desde donde, con una sola palabra, podrían haberme
facilitado fondos para mis experimentos. Pero yo me arreglé solo. Gracias por
tu generosa contribución a la ciencia. Con el dinero que me diste por Hologrea
podré hacer cosas más interesantes aún.
Hologrea no te mintió nunca. Ella
pertenecía a alguien: a mí. La he creado yo. Si te hubieras interesado tan sólo
superficialmente por la ciencia y por la electrónica moderna, su nombre te
habría dado la clave. Hologrea viene de HOLOGRAMA, la imagen tridimensional, la
que yo he perfeccionado, haciéndola no solamente visible sino también no
transparente y tangible. Y si alguna vez hubieras aprendido las lecciones de
griego, sabrías que Androis viene de ANDROIDE... Eso lo entenderás, ya que las
series de ciencia ficción baratas siempre te gustaron. Espero que te hayas
divertido bastante con ella. Si algún día quieres reanudar tu feliz matrimonio,
necesito otro millón de dólares más, ya que mantener su tacto-imagen cuesta muy
caro. En mi dormitorio, adonde no entraste nunca, guardo el generador que ocupa
toda la habitación. Hologrea es una mujer muy hambrienta... de kilovatios.
Cuando tus manos se hundían en su carne, yo estaba en bancarrota y el
combustible que movía el tremendo generador en el sótano se terminaba. Te
parecerá poco romántico que Hologrea, la hermosa y etérea Hologrea, se nutra de
dos motores turbo-diesel de 500 caballos. La proyección hiperespacial consume
mucha energía. Espero que pronto pueda independizarse de esa energía,
utilizando otra que sea gratis; entonces tendrás de nuevo a tu Hologrea, para
toda tu vida. Perdóname por quitártela; será por un tiempo indefinido. Adiós.
Tu amigo Albert Rahn."