Ocurrió con Mario que su novia lo
abandonó, y su mejor amigo ha sido la causa; ella se enamoró de él. Por esta
razón Mario llegó a odiar el mundo, las mujeres y, sobre todo, a las
computadoras, especialmente a una graficadora que poseía Germán, su amigo. Elsa
era fanática de estos aparatos, a los que Mario no sabía manejar.
Decidió pues abandonar a este falso y
odioso mundo moderno y aceptó la invitación más insólita: ir a pasar sus
vacaciones en una isla casi desierta, en la compañía de un viejo marinero
jubilado, quien manejaba el faro de la isla. Este señor era el padre de otro
amigo, a quien Mario apreciaba mucho; solo que su estado de ánimo no era como
para buscar consuelo contando su pena a cualquier amigo. La palabra
"amistad" también tenía para él sabor a traición.
"Quiero
ir a un lugar donde nadie me dirige la palabra" -dijo a sus padres al
despedirse. La isla se prestaba para ello.
Al
llegar a la isla, constató con satisfacción que, fuera del viejo guardián del
faro, nadie vivía allí. Una vez por mes venía un barco pesquero, trayendo
víveres y demás elementos necesarios para el guardián. Respecto al agua, éste
poseía un aparato para hacer potable el agua de mar. No habiendo agua dulce en
la pequeña isla, tenían que contentarse con eso. Mario se sentía satisfecho con
la comida y con su pequeña habitación, contigua a la del guardián. Este era un
hombre de muy pocas palabras. No le hizo pregunta alguna, no indagó el porqué
del aislamiento de él. Solo preguntó algunas cosas sobre su hijo que estudiaba
medicina. Mario le contó todo lo que pudo y el viejo, fumando su pipa, lo
escuchaba con satisfacción, pero sin mayor curiosidad. Parecía que el tiempo no
existía para él.
Mario
se adaptó muy pronto a esa extraña vida en la isla; se sentía como suspendido
en el tiempo. Hacía largas caminatas cada mañana, estudiando un poco el vuelo
de los cormoranes y escuchando los gritos de las gaviotas. Lo que más le
fascinaba: las noches en la isla. Era capaz de contemplar durante largas horas
las luces del faro; ese extraño y fascinante juego de luces y sombras cuando
había niebla. A veces fantaseaba con la idea de que el faro vivía, y sus luces
se movían por su propia voluntad y no por las manos del viejo guardián.
Al pasar dos semanas en la isla, comenzó a sentir
una curiosa nostalgia; no por el mundo que dejó, sino por algo indefinido, que
nacía muy dentro de su ser. A veces se sorprendía por su propia impaciencia al
esperar la noche; le parecía que el faro, cuando encendía sus luces, cobraba
vida. Le encantaba su propia fantasía, pero llegó el día cuando comenzó a
sentirse solo, aunque no quería admitirlo.
Así sucedió que en un atardecer
hermosísimo, que estalló sus colores sobre el mar, el joven vio una silueta
caminando en la orilla. Esforzó sus ojos, pero la imagen aparecía y
desaparecía; era muy vaga, como un bosquejo hecho con un lápiz muy blando y
apenas visible. Mario, no obstante, se dio cuenta de que era una mujer.
¿Cómo podía vivir una mujer en esa isla
inhóspita, que parecía estar hecha para espíritus amargados? ¿Cómo y dónde?
Fuera de la torre del faro, no había otro edificio en la isla. O tal vez ¿sería
una recién llegada, parienta del viejo guardián?
Al llegar la noche, Mario no se quedó
esta vez afuera. Aceptó la invitación del guardián para cenar juntos.
-
Dígame, don José - encaró con cierto miedo después de haber engullido el
pescado frito - ¿quién llegó hoy a la isla?
- Nadie, hijo - contestó el viejo
realmente extrañado - ¿quién llegaría aquí sin que yo lo sepa?
Mario no se atrevió a seguir la
conversación y curiosamente el viejo tampoco indagó el porqué de su pregunta.
Pero al terminar la cena, antes de llenar su pipa con ese tabaco maloliente,
dio una palmada en el brazo de Mario.
-
Hijo, no te conviene estar tanto tiempo afuera.
Mario se quedó sorprendido, pero optó
por desear buenas noches y se encaminó hacia su habitación.
Esperó
hasta que el viejo se haya dormido y salió entonces, sigilosamente, afuera.
Allí, en la penumbra, divisó otra vez la
figura femenina; se puso a correr hacia ella, pero al llegar donde la creía
estar, ya no vio nada. Sin embargo habría jurado que ahora, aunque por
momentos, podía distinguir hasta sus facciones.
Al otro día salió de nuevo, a pesar de
las palabras de don José. Se sentó en su lugar de costumbre: sobre una gran
roca erosionada por las olas durante la marea... Y sus esperanzas no eran en
vano.
Allí, desde el faro, pareció venir
alguien; una figura femenina; con sus pasos ligeros parecía volar. Mario se
levantó y fue corriendo hacia ella. A unos metros de distancia ella se detuvo y
Mario pudo contemplar la mujer más hermosa que ha visto jamás.
Era una esbelta figura, casi etérea,
pero sus cabellos eran como una corona de fuego: sus ojos, de color amarillo
casi anaranjado; su boca muy roja y su naricita pequeña. Sus manos, extendidas
hacia Mario, parecían también de aire, tan ligeros, tan transparentes.
-
¿Quien eres? - pregunto Mario con voz temblorosa.
- Yo
soy Lucía - dijo con su voz cantarina, pero de extraño timbre, voz y susurro
juntos, estremecedores.
- ¿De dónde vienes?
- Yo vivo aquí.
Mario la miró estupefacto.
- Pero... ¿Dónde?
- Allí - señaló ella hacia el faro -
allí.
- ¿Eres acaso pariente del don José? ¿Su
hija?
- Algo así - dijo ella con una risa
contenida.
- Y...
¿Cómo que no te he visto hasta ahora?
- Siempre me viste.
- ¿Dónde?
La joven se rió, pero no contestó. Extendió
sus manos hacia las de Mario; éste las tomó y tuvo la sensación de que aquellas
pequeñas manos eran muy calientes, mucho más que una mano humana. Las apretó
contra su pecho y miró en los ojos de ella, pero pronto tuvo que girar la
cabeza. Los ojos de la muchacha emanaban una luz potente, enceguecedora.
"Estoy mal" - pensó Mario. -
"Tengo alucinaciones. Esta chica me quitó el juicio. Es demasiado hermosa
para ser real."
Pero la joven parecía bastante real;
retiró sus manos y comenzó a correr, invitando a Mario para que la alcanzara.
Este entró en el juego; corría detrás de ella sin poder alcanzarla.
- ¡Lucía! Lucía! - gritó, pero ella no
quiso detenerse; corría hacia el faro y Mario sonrió para sus adentros.
"Muy bien, mi gacelita, te alcanzaré allí y se develará el misterio.
Cenaremos juntos con don José".
Mas su sorpresa fue muy grande cuando llegó
al faro. La joven no estaba allí. "Tal vez se escondió" pensó Mario,
pero por más que la buscaba con la mirada, no la veía en ninguna parte. Entró
pues en la torre, donde el viejo guardián ya lo esperó con la comida. Con gran
sorpresa vio Mario que había solo dos platos y no tres.
- ¿Y la joven? ¿No comerá con nosotros?-
arriesgó la pregunta.
El viejo lo miró extrañado.
-
¿Qué joven?
- La de la isla. La que vive aquí.¿Dónde
se escondía que yo recién la conocí hoy?
El viejo le miró en los ojos durante
largo rato.
- Hijo... Aquí no hay ninguna mujer. No
podrían sobrevivir en la isla mujeres.
- Pero... Entonces ¿a quién vi yo? ¿Con
quién hablé? Dijo que se llama Lucía.
El viejo sonrió. Era la primera vez que
Mario lo vio sonreír.
- Lindo nombre.
- ¿Es todo su comentario?
Don José no pareció haberlo escuchado.
Seguía hablando como para sí mismo.
- Lindo nombre... Le queda muy bien. Es
así, así es ella. Lucía. No se me ocurrió. Lucía...
"Este hombre está chiflado"
-pensó Mario, pero comenzó a dudar también de su propia cordura.
-
¡Usted la conoce!
- Sí hijo -contestó el viejo con una
extraña lentitud - la conozco. Pero no es una mujer.
Mario salió furioso. Necesitaba aire
fresco para ordenar sus pensamientos. Buscó su roca preferida en la costa desde
donde contemplaba siempre el faro. Y de pronto la vio; la joven estaba allí y
extendía sus manos hacia él.
-
¡Lucía!¡Te amo! ¡No te vayas! ¡No te escondas! ¡Ven conmigo!
- No
puedo - oyó su voz tan extraña que en este momento no le pareció humana - no
puedo.
- ¿Por qué no? ¿Por qué? Te llevaré
conmigo, te casarás conmigo; te llevaré de esta isla inhóspita donde debes
vivir escondida.
La joven se rió.
- Yo no vivo escondida. Vivo aquí. Pertenezco
aquí...
De pronto se dio vuelta y comenzó a
correr hacia el faro. Y Mario vio, vio algo que tal vez no ha sido contemplado
por ningún ser humano.
La
joven, al acercarse al faro, se elevó en el aire. Voló hasta la cúspide, donde
el viejo guardián acababa de encender los grandes faros. Su figura humana
comenzó a diluirse; se convirtió en un esbozo, una sombra apenas visible, que
pronto se tornó luminosa. Por un momento retomó la figura de una esbelta mujer,
con los brazos extendidos para un abrazo amoroso; mas el abrazo no era para
Mario. Desde lo alto un haz de luz, contra
todas las leyes de la física, se curvó hacia ella y la absorbió. Mario cayó de
rodillas y comenzó a llorar.
Nunca supo cuánto tiempo permaneció
allí, llorando de rabia, mientras el viejo guardián ponía su mano sobre los
hombros con un gesto protector.
- Yo te dije que no pasees tanto afuera.
- murmuró, masticando su pipa - La soledad no hace bien a nadie. Ni a este
faro, cuya luz quería compañía... Deja de llorar ahora y ven conmigo. Hoy, por
castigo, apagaré el faro y prenderemos una vela adentro.