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EXTRAÑO VIAJE ****
Este relato lo recogí de una señora, que vive en Banfleld, donde yo también
vivía en los años setenta. No era mi paciente ni vino a consultarme. Simplemente
quiso hablar conmigo a solas, pidiéndome que la escuchara atentamente.
Se trataba de una mujer de unos cincuenta años o más,
enjuta, con arrugas prematuras en su pequeño rostro. Toda ella parecía una
miniatura, pero una miniatura pedante y ordenada; su manera de sentarse con
lentitud, su hablar perfectamente coherente me hacía pensar en cualquier cosa,
menos en un desequilibrio mental.
- Sé que le parezco una persona normal. - dijo, como si
leyera en mis pensamientos - Lo he sido siempre, y tal vez un poco más realista
también que otras. Me reía de las fantasías de mis sobrinas y le adelanto que
no soy aficionada a la ciencia ficción. No se enoje conmigo por eso; sé que
usted escribe cuentos así y por esta razón vine a verla.
Noté en sus ojos una extraña expresión, mezcla de miedo y de
fastidio; pero no dirigido hacia mi persona sino a algo indefinido y lejano. Le
pedí ansiosamente que me contara su experiencia.
"Hace unos días tenía que visitar a unos parientes por
un asunto de herencia familiar. Desde mi niñez no tengo trato con ellos: su
dirección era la calle Arenales, a la altura tres mil. Tenía anotado el
número... Tomé pues un taxi en Constitución. Al caminar unas cuadras, ya que el
taxi me dejó a la altura del dos mil setecientos, me sentía confundida. Sabía
que iba en la dirección correcta, pero a cada paso tuve que parar por la
admiración. Me fascinaban las casas, casi todas de una planta, con unos
jardincitos y puertas de hierro viejo primorosamente labrado. No sabía que en
el corazón de Buenos Aires podían existir casas así. Bajo mis pies noté un
pavimento casi nuevo; hecho de piedras hexagonales, ¿o eran pentagonales?, no
me acuerdo bien. No había nadie en la calle, escuché una voz humana:
"¡Aguateeerooo!" y vi un carro con grandes barriles de agua, tirado
por dos caballos. Un hombre viejo y una muchacha joven conducían el carro,
haciendo sonar el cencerro. Me encantó la escena, que parecía sacada de un
cuadro del siglo pasado... Y que pronto fue completado por dos transeúntes....
que estaban ataviados de acuerdo con la moda del siglo pasado.
"Seguí mi camino azorada y pronto me encontré ante la
casa buscada, donde pude leer el número en la fachada; eran números de bronce,
cuidadosamente pulidos, relucían bajo el sol radiante.
"Con mano trémula tomé la aldaba de bronce, también
reluciente y toqué la puerta. Poco después, no sé cuánto tiempo después, se
abrió la puerta; pudieron haber pasado minutos, pero también horas; mi mente
parecía estar suspendida en el tiempo. Vi que en la puerta apareció una joven
mujer, vestida de faldas amplias y largas; su pelo largo adornaba su cabeza
como una corona de doble trenza. Su rostro inmaculado no mostraba señales de
maquillaje alguno. Me preguntó qué deseaba.
- ¿Aquí vive la familia Arteaga? - pregunté. Ella me
contempló algo extrañada:
- ¿Arteaga?... Sí, sí. Eusebio Arteaga. No los conozco aún,
pero la semana entrante vendrán a vivir aquí.
- Yo busco al señor Carlos Arteaga y señora, cuyo nombre es
Adelina Pérez.
La mujer me miró muy extrañada y dijo que no conocía a tales
personas. Sólo conocía a don Eusebio y a su señora... Pero dijo un nombre
totalmente desconocido para mí. Y fue entonces cuando me sentí muy lúcida, sí,
una lucidez súbita, enroscada en la vara punzante del terror. Eusebio Arteaga
era el tatarabuelo de Carlos Arteaga, a quien yo buscaba... Y que, según la
descripción que me habían dado, esta casa tendría que ser de varios pisos, ya
que la dirección es en el piso quinto. Me di vuelta; no recuerdo con qué
palabras me despedí. Eché a caminar de vuelta y de repente me sentí
aterrorizada; sí, sentí algo que jamás había sentido, un terror diferente,
escalofriante, que sacudía todas mis entrañas, hasta el más recóndito rincón de
mi alma. Me di cuenta de que yo no estaba en el siglo veinte. Que por algún
error dimensional, cósmico, o quién sabe de qué tipo había retrocedido al siglo
pasado, irremisiblemente. Vi alrededor de mí las casas, los jardines, el
aguatero, vi hombres con galera y muchachas con miriñaques, agitando sus
abanicos; vi unos carros tirados por caballos cansados y un sol poniéndose con
ráfagas anaranjadas y rojas. Sentí más terror aún al pensar que pronto se
oscurecería y yo me quedaría desamparada, perdida en los recovecos del Tiempo,
sin encontrar jamás el camino a mi casa, a mi siglo. Corrí desesperada, no sé
cuántas cuadras... Y de pronto, en una esquina vi algo: la esperanza, la cuerda
salvadora, un taxi en la calle que cruzaba Arenales. Una voz interior, absurda,
ilógica, me dijo que había que cambiar la dirección. Di pues una vuelta de
noventa grados y me encontré frente al taxi que frenó con un chirrido
desagradable, sonido que me pareció más hermoso que la quinta sinfonía de
Beethoven.
- ¿Qué le pasa, señora? - me pregunto el chofer. Yo no pude
hablar, sólo le indicaba que me llevara lejos, lejos, lo más pronto posible. Al
acomodarme en el coche, vi que era mediodía, el sol estaba sobre nuestras
cabezas, cosa que era bastante lógico, ya que salí de mi casa bien temprano.
"Creo que nunca volveré a la calle Arenales, aunque no
creo que la experiencia se repita. Pero tenía que contarla a alguien que no me
tomara por loca. Y sé que usted no lo hará".
De mi parte, confieso que me quedé muy impresionada por el
relato tan extraño de esta también extraña mujer. Pero no estoy segura de que
me gustaría pasear por la calle Arenales buscando direcciones antiguas ... ¿A
ustedes sí?