****   EL ENCUENTRO   ****


     Daniel no era ningún soñador; tampoco era neurótico, ni miedoso. Sus amigos solían odiarlo un poco por su estabilidad emocional. "A ese tipo no lo altera nada", era el comentario general sobre su persona. El creía en lo que podía tocar. Había estudiado para contador público; terminó su carrera contra viento y marea, o sea contra la protesta de su padre, que era médico. Por suerte para Daniel, su padre murió antes de que él empezara a ejercer como contador.
   Todos esos detalles son importantes para nuestra historia, ya que a Daniel le ocurrió algo muy distinto de lo que ocurre generalmente con las personas como él, o sea: con personas como él, no suele ocurrir nada...
    Daniel tenía la costumbre de ir a tomar un café a una confitería porteña, muy moderna, llena de colores. A las cinco de la tarde, puntual como la muerte, Daniel aparecía con sus exigencias: un cortado, dos medialunas, y el diario.
    En una tarde de otoño, con luces ambarinas, Daniel posó sus ojos sobre algo que realmente desentonaba con la decoración moderna de la confitería. Era un espejo antiguo, empotrado en una pared donde también se notaba un detalle curioso. Un trozo se había saltado del machimbrado reluciente, dejando ver la pared desnuda. Esa pared parecía muy vieja.
    - En realidad, es un edificio antiguo; - comentó el mozo al traer el café - tiene por lo menos setenta años o más. Sus paredes son de sesenta. El espejo estaba allí, no lo tocamos. Es hermoso, ¿no es cierto?
    Vaya si lo era. Daniel lo contemplaba pensando lo que el espejo podría valer. De pronto, algo le llamó la atención.
    En el espejo vio el reflejo de una mujer. Era de una belleza indefinible, etérea, con una carita ovalada, pálida, como las heroínas de Edgar Allan Poe. Con unos ojos enormes, oscuros, sombreados por pestañas aterciopeladas. Su boca era pequeña y sus cabellos recogidos, de color castaño rojizo, desaparecían bajo un sombrero curioso.
    De pronto, Daniel se percató de un detalle más: la mujer estaba vestida como en otra época, con pollera larga, ostentando una cinturita fina, dejando adivinar un corsé malsano debajo de su chalequito de terciopelo.
   Lo más desconcertante era para Daniel lo que rodeaba a la figura de la mujer. En el espejo se reflejaba una calle - ¡Dios! - de otra época, sí: pasaba gente vestida a la usanza de principios de siglo. De pronto aparecía un carruaje y un auto viejísimo para Daniel, pero, no obstante el modelo, reluciente. La gente se aglomeraba a contemplar el artefacto, pero la misteriosa mujer seguía mirando hacia adentro. Daniel sintió erizarse sus cabellos, ¡La mujer lo miraba a él!
    Quiso gritar, llamar al mozo, pero no pudo emitir sonido alguno. Giró la cabeza para buscarlo. Al volverse hacia el espejo, la imagen de la mujer ya no estaba. El espejo seguía reflejando la puerta giratoria de la confitería, obedeciendo a las leyes conocidas de la física.
    Daniel se levantó y se acercó al espejo; no pudo ver nada más. Salió de la confitería, fue a su casa y se encerró en el dormitorio, tratando de ordenar sus pensamientos.
    "¿Estoy mal? Si no tengo ningún problema. Mi sueldo me alcanza, duermo lo suficiente, no tengo vicios, no fumo ni bebo. ¿Qué me está pasando?".
    Al otro día cometió varios errores en el trabajo, incurriendo en la ira de los dioses, ya que se trataba de un jefe muy difícil, de cuya simpatía Daniel no gozaba. Pero esta vez no le importó. No podía pensar en otra cosa. A las cinco en punto estaba otra vez en la confitería, esperando, mirando fijamente el espejo.
   La imagen apareció en seguida, la misma mujer, la misma escena. Sólo que esta vez ella estaba vestida de rosa, con voladitos, llevando un sombrero también de color rosa con una ancha cinta de raso. Le quedaba a las mil maravillas, según Daniel. En su corazón sintió algo que jamás había llegado a sentir por ninguna mujer.
    La escena duró unos cinco minutos, pero bastó para enloquecerlo, encadenándolo, en adelante, a la confitería. Ya no podía pensar en otra cosa más que en esos cinco minutos diarios, de intenso placer y de misterio.
    Al cabo de un mes esa experiencia estaba a punto de enloquecerlo. La mujer del espejo aparecía en cada ocasión con distintos vestidos y diferentes expresiones: una vez llegó a sonreír, cosa que sacó a Daniel de sus casillas. Era como saborear un dulce, el néctar de los dioses, pero jamás poder degustarlo del todo. Sus noches se envenenaban con el recuerdo de ella, y sus días se habían convertido en una tortura.
   Su íntimo amigo Luís se dio cuenta finalmente de que a Daniel algo le sucedía, algo totalmente inusitado en él. Daniel no quiso confiar a nadie su experiencia, temiendo que lo tomaran por loco. Algo así ocurrió, pues su amigo lo arrastró a un psicoanalista. Pero Daniel se encerró también allí, como una ostra.
   El veredicto del psicoanalista era que Daniel estaba listo para una inmediata internación por esquizofrénico peligroso. Los insultos de Daniel fueron de calibre grueso. El motivo fue la curiosidad excesiva del médico por su vida amorosa; Daniel, en vez de confiarle su experiencia, lo mandó al diablo.
    - Así no puedes seguir - lo increpó de una vez por todas su amigo.
    Los lunes la confitería estaba cerrada. Era el día de la tortura para Daniel. En un lunes así, Luís lo agarró por el brazo.
    - Vístete y te llevo inmediatamente afuera.
    - No voy.
    - Vas a ir. No vamos al fin del mundo. En San Isidro vive mi prima. Hoy cumple años y lo festejamos en la casa de nuestra bisabuelita. Es una barra fenómena, te vas a alegrar.
    Daniel se dejó arrastrar. Algo se aflojó en su interior. Era como rendirse, dejarse arrastrar por la fatalidad.
    Llegaron a una mansión impresionante situada en las Lomas de San Isidro. Entre árboles añosos se levantaba un verdadero castillo, un tanto abandonado, pero no por eso menos hermoso.
    El torbellino de la fiesta en la gran sala principal, las luces, la gente joven y ruidosa, confundieron más aún a Daniel. Se sentía mareado, con ganas de llorar. Luís lo hizo sentar en un viejo pero hermoso sillón, en un rincón apartado.
    - Te presento a mi bisabuela - dijo y Daniel vio ante sí a una diminuta anciana con cabellos de plata, etérea, casi transparente. Antaño debió haber sido una belleza impresionante, algo así como esas estatuas de porcelana; ahora ya era el reflejo de su antigua belleza, sin perder, no obstante, su encanto.
    Daniel sintió una corriente de simpatía, inexplicable. A él no le habían gustado jamás las personas de edad. Tenía miedo de la vejez.
   La anciana se sentó a su lado y Luís se dejó arrastrar por una rubia de ojos verdes.
    - Algo le está pasando, hijo - habló la anciana con una voz muy agradable. No era esa característica voz cascada de las viejas; era como un murmullo de aguas viejas pero acogedoras.
    - Tengo una pena de amor - gimió Daniel.
    -¿Es muy grande? - inquirió ella.
    - Es un amor imposible.
    - Ay, hijo mío, - suspiró la anciana - yo también tuve un amor imposible en mi lejana juventud. ¿Has estudiado paleontología? Pues mi juventud debe haber transcurrido en la era triásica, tan lejana me parece. Yo sí tuve un amor imposible. Me enamoré de una imagen.
    "Se habrá enamorado de un político de la época", pensó Daniel con su malicia, que antes de su aventura lo hacía odioso ante sus compañeros.
    - Sí, de una imagen... Verás, a mí me gustaba mucho pasear por el centro; en aquella época, hace sesenta y seis años, Buenos Aires era muy diferente. No había tanto ruido... Acostumbraba pararme siempre ante el escaparate de cierta confitería, contemplando mi hermosa imagen de joven, en un espejo que estaba empotrado en la pared, dentro de la confitería. El espejo justo daba hacia la calle: me podía ver entera. Pues en una oportunidad noté que en el espejo se reflejaba la imagen de un hombre joven, con ojos indiferentes. Alrededor de él el mundo era también muy extraño: luces de colores, vehículos corriendo en la calle, gente vestida de manera descarada... Mujeres con falditas dejando ver sus rodillas. No te rías: era la época de hoy, pero yo la veía en el ayer, en el pasado; yo contemplaba un futuro, hoy presente trivial, en aquel entonces el futuro misterioso. Y me enamoré del joven sentado que un día me vio, ¡sí que me vio! Su rostro se transformó, era la ansiedad personificada, el amor, el deseo, qué sé yo... ¡En mi cabecita romántica había tantos pajaritos! Al final, una vez que hube confesado mi secreto al párroco, éste me mandó a viajar por Europa. Allí conocí al joven que fue después mi marido. Y te digo que nada tenía que ver con la imagen del espejo.
    Daniel se levantó como movido por un resorte.
    - Señora..., ¿se acuerda del rostro de aquel joven?
    - Y... m'hijo, mi memoria falla mucho últimamente... Creo que era morocho, de ojos castaños, más o menos como vos. Yo ya tengo ochenta y cuatro años... Sí, se te parecía, ¿eh?, a lo mejor eras vos. Bueno, no le hagas caso a una vieja, ve a divertirte.
    Se levantó y se fue con pasos de bailarina y Daniel se quedó allí, con una expresión de estupidez.
    oooooooooooo
    En la confitería, José, el mozo, estaba protestando.
    - El jefe está chiflado. Quiere que haga retirar ese hermoso espejo. ¡Habráse visto semejante estupidez! Dice que ve en él raros reflejos, imágenes del pasado, qué sé yo. Para mí que teme volver a ver a su esposa difunta, a la que siempre le lleva flores al cementerio, para que no se le ocurra volver. Y ahora que me acuerdo: ¿dónde se ha quedado ese joven antipático que venía siempre a las cinco en punto? Ya son casi las seis y no aparece...