*** EL ORIENTAL ***
Juan Pérez - el nombre no importa, lo llamaremos así por llamarlo, pero
no era ese su nombre.
Juan Pérez, muchacho corriente, tal vez más ambicioso que otros, tal vez
demasiado ansioso, tuvo una vez una idea.
Era de esas ideas repentinas y bastante originales, siendo Juan Pérez un
muchacho de todos los días, empleado él, sin ninguna capacitación que no sea
escribir expedientes y tomar café; pues este muchacho un día decidió estudiar digitopuntura. No crean ustedes que era idea propia. Un
día, al encaminarse hacia su departamentito solitario, cercano a su lugar de
trabajo, cayó delante de sus pies (quién sabe de dónde) una hoja de papel
amarillo, una de esas hojas de propaganda.
Juan la levantó y leyó las 13 letras, simples, sin ninguna ilustración,
de esa sola palabra: "DIGITOPUNTURA".
Le llamó la atención por una razón trivial: su novia, con quien hacía
poco acababa de romper relaciones por sentirla insulsa y notarla fea, poco
antes de la ruptura le regaló un libro sobre digitopuntura,
recomendándole un tratamiento para sus nervios.
Juan lo tomó mal, no admitió que era nervioso. Pero el libro quedó allí.
Al llegar a casa, Juan buscó el libro y leyó algo. Se enteró de que se
trataba de un curioso tratamiento oriental que se basaba en apretar ciertos
puntos del cuerpo humano para aliviarlo, de manera parecida a la acupuntura.
Distraídamente leyó el papel que encontró en la calle y descubrió que no
se trataba de tratamiento, sino de un curso para aprender esa técnica. Estaba
también la dirección: una calle que, de acuerdo a la descripción, debía quedar
bastante cerca de su casa, pero que él jamás la oyó nombrar. Eso en sí no era
ningún milagro, siendo él muy distraído y bastante poco atento respecto al mundo
que lo rodeaba. Todo le pareció demasiado aburrido. Decidió pues buscar la
calle y presentarse para el curso. Lo
que más le gustó de la aventura, fue que los cursos allí ofrecidos eran
individuales. Así no tenía que compartir
las clases con ningún fastidioso. Sin mayores dificultades encontró la calle y
la casa. Al contemplar la fachada, se
sorprendió un poco: el estilo era para él totalmente diferente de todos los
estilos hasta ahora conocidos. ¿O tal
vez recién se le ocurrió mirar una casa desde ese punto de vista...?
Tocó la aldaba que representaba la cola escamosa de un dragón. La casa no tenía timbre. La puerta se abrió sola y Juan entró en una
penumbra casi agradable, aspirando un perfume también exquisito y
peculiar. Subió unas escaleras cubiertas
por mullidas alfombras cuyo color no le era posible distinguir en la
penumbra. Llegó a otra puerta tallada
que también tenía una aldaba: una figura desconocida, con dos ojos de rubí. No era posible saber si era animal o rostro
humano.
Por fin se abrió esa puerta también - sin que Juan tocara con la aldaba
- y apareció, en medio de una habitación alfombrada, pero muy sencillamente
decorada, la figura de un hombre. No era posible precisar su edad; podía tener
treinta años, como setenta. Su rostro de
rasgos orientales era inmóvil, con una sonrisa estereotipada y los ojos
achinados. Su vestimenta era una simple
túnica blanca, ribeteada con alguna cinta metálica que parecía tener luz
propia. En el medio de la habitación se veía un sofá, y allí yacía una hermosa
mujer totalmente desnuda. Pero al acercarse Juan, vio que se trataba de un
maniquí.
-
Bienvenido, hijo - oyó Juan una voz impersonal, pero agradable.
-
Veo que decidió estudiar ese arte milenario.
-
Así es - balbuceó Juan - Lo que no sé es
si soy apto o no.
-
No tema; la digitopuntura es sencilla, cualquiera
puede aprenderla.
Comenzó la clase con toda naturalidad.
El oriental - así bautizó en sus adentros Juan a su maestro - le
explicaba lentamente los puntos claves valiéndose del cuerpo del maniquí. A
Juan le pareció todo muy sencillo y claro.
Al terminar la primera clase, Juan preguntó por los honorarios, pero el
maestro sonrió y lo despidió. Juan pensó que al terminar las clases, se
enteraría del precio, cosa que lo angustió un poco.
Pero
pronto se disiparon sus temores. Dos
veces por semana iba a las clases que cada día le agradaban más. No es que su maestro le hubiera agradado:
Juan siempre le temía un poco. Las clases eran totalmente impersonales, se
limitaban a explicaciones sobre el tema.
La primera pregunta de índole personal se pronunció recién después de
tres meses de enseñanza, por la boca del maestro.
Ocurrió que Juan se atrevió a preguntarle, si él estaba o no satisfecho
con su alumno... Y fue entonces cuando el maestro habló así:
-
Hijo mío, estoy muy satisfecho con usted.
Diría que ya aprendió todo lo que necesita para practicar. Pero me gustaría hacerle una pregunta: ¿Está
usted satisfecho con su existencia?
Juan se sintió tan sorprendido que se le atragantaron las palabras. El maestro continuó imperturbable:
-
Creo que usted, como la mayoría de sus congéneres, vive una existencia opaca y
vegetativa. Si se animara a confesar sus ambiciones, estaría dispuesto a
enseñarle algo más.
Juan se mostraba más que dispuesto, y así comenzaron unas curiosas
enseñanzas respecto al cuerpo humano.
El maestro le enseñó los "puntos clave" en el cráneo y rostro,
por donde, según su teoría, se podía establecer un "contacto directo"
con la persona, dominándola totalmente.
Juan lo escuchó algo incrédulo, pero tenla demasiado respeto al
"oriental" como para dudar de sus palabras abiertamente.
En la misma semana decidió comenzar a ejercer, aunque en forma privada,
invitando a un amigo quien se quejaba de constantes jaquecas. Logro aliviarlo y el amigo se quedó muy
agradecido. Por la tarde Juan comentó su
hazaña a su maestro.
- Es natural, hijo; ya
está perfectamente capacitado para trabajar como un digitopunturista. Faltan tres clases más y usted está para
comenzar su carrera.
Al terminar las tres clases, Juan preguntó
por el pago, pero el "oriental" no aceptó nada.
Con el mismo rostro de siempre, imperturbable, inmóvil, manifestó su
gran satisfacción por los adelantos de Juan y se despidió de él con una extraña
frase:
-
Haga uso de sus conocimientos, hijo, pero cuídese de que sus propios
conocimientos hagan uso de usted.
Juan no entendió y ni le preocupó la frase. Volvió a su casa con pasos de baile y comenzó
a trazar planes para su nueva vida.
Otro día recibió por correo una pequeña encomienda. Al abrirla, vio que se trataba de una pequeña
plaqueta, cuya forma era la fachada de la casa del oriental. Medía unos
Una vez transformado su pequeño departamento en consultorio, Juan
comenzó a publicitarse y no tardó en tener una profusa clientela. Volvió también el amigo aliviado de
jaquecas. Juan de pronto recordó que
este amigo le debía hace tiempo una notable suma de dinero.
Durante el tratamiento pensó ensayar sus "poderes", aprendidos
en las últimas clases del "oriental".
Tocó los puntos correspondientes de su amigo y pronto sintió la
"conexión" con él. ¡Qué maravilla!
Podía ver, sentir, oír lo que su amigo sentía, oía, y a la vez, influir
en sus deseos. Con un impulso fuerte
exigió que le devolviese su dinero. Al
terminar la práctica, el hombre se sentó en el sofá.
-
Juan, debo decirte algo: mañana te enviaré el dinero que me prestaste.
-
No hay apuro - dijo Juan con sonrisa de conejo...
Al otro día recibió la suma y supo que su amigo empeñó su reloj de oro
para pagarle.
La próxima clienta de Juan era una hermosa joven. Padecía de dolores del nervio trigémino,
neuralgias de origen desconocido. Juan pronto la alivió. La joven pagó el doble, agradecida. Juan quedó impactado por su hermosura.
"¿Y si la inclinara hacia mí?"
Al otro día, al presentarse la joven, Juan hizo los pases
correspondientes. El resultado no se
hizo esperar. Para ese día hubo que
suspender los demás enfermos. La joven
se quedó en los brazos de Juan hasta la madrugada. El problema era que, al despertarse los dos,
después de hacer el amor, a la joven la esperaban dos personas furiosas en la
puerta: su novio y su padre. Juan tuvo
que apelar a su máxima capacidad de persuasión para evitar la paliza.
Nunca más vio a la joven, pero durante mucho tiempo no pudo dormir por
sus llamadas telefónicas. Se asustó
bastante de sus propios poderes y decidió utilizarlos en otra forma.
Un día llegó a su consultorio su antiguo jefe. Los ojos de Juan
brillaban con una luz maligna.
El hombre siempre lo despreció y jamás le dio oportunidad en su
empresa. Juan, a su vez, también lo
despreciaba. Pero los grandes dolores de
cabeza hicieron olvidar antagonismos anteriores al jefe. Allí estaba en el sofá, esperando los dedos
milagrosos de su ex empleado.
Juan no tardó en disipar los dolores.
El hombre suspiró aliviado. Y fue
en aquel entonces cuando Juan hizo el "pase" conector,
"metiéndose" en el cerebro de su jefe.
Lo que allí vio y experimentó, lo llenó primero de indignación; después
despertó en él la codicia.
El jefe estaba mezclado en un asunto turbio de tráfico de
estupefacientes. Acababa de cobrar una
suma exorbitante. Juan lo indujo a hablar. Y el hombre habló, manifestando sus deseos de
compartir con alguien sus ganancias, a cambio de protección. Y esa persona, por supuesto, tenía que ser
Juan.
Se proponía ocultar su dinero en la casa de Juan, inclusive. Y Juan lo aceptó. No pensó en el riesgo que corría. Se sentía demasiado poderoso con su extraña
facultad.
Pasó así una semana; Juan puso su parte en plazo fijo, y la que
correspondía a su jefe, la guardaba en una caja de zapatos. Y comenzó a recibir llamadas telefónicas
amenazantes.
Algo parecido a una alarma, aunque de sonido débil, sonó en el
subconsciente de Juan. Hasta pensó en ir
a visitar a su maestro y pedirle consejo, pero le daba vergüenza. Recordaba sus palabras: "Cuídese de que
sus propios conocimientos hagan uso de usted". Cayó en un estado depresivo
y deseaba la compañía de una mujer, cualquiera, una voz cálida, una caricia.
Salió para dar una vuelta. En una esquina vio doblar a esa muchacha que
despertó en él una mezcla de deseo y curiosidad. Se puso a seguirla. Y grande fue su sorpresa cuando la vio
encaminarse hacia su propio departamento. Juan la alcanzó en la puerta.
-
¿Me busca a mí? - le preguntó. La
muchacha lo miró amenazante. Tenía unos
ojos hermosos, verdes y grandes y un rostro pálido; facciones agradables, pero
una expresión dura y desafiante. Del
bolsillo de su gabán sacó una pistola y la apretó contra el estómago de Juan.
-
Suba conmigo - dijo con voz ronca - y no haga ruido.
Subieron juntos. La muchacha, teniendo siempre la pistola hacia Juan, se
sentó en el sofá.
-
Devuélvame mi dinero - dijo. - Ese dinero que su jefe le dio.
Juan le entregó la caja de zapatos.
-
Lléveselo. A mí no me importa ese
dinero. No se de dónde proviene. Le hago un favor a un ex jefe, eso es todo.
¿Por qué dice usted que es suyo?
-
Porque soy su hija - dijo la muchacha y de pronto comenzó a llorar. Tiró la pistola al suelo; ésta se rompió en
dos. ¡Era de chocolate!
Juan se sentó al lado de la muchacha y comenzó a acariciarle el
rostro. De pronto apoyó su pulgar sobre
la frente, en un determinado punto. La
muchacha lo miró y su mirada se trasformó, en su hermoso rostro Juan vio
ternura y entrega.
Así se inició una relación apasionada, que al cabo de dos semanas
comenzó a pesar a Juan demasiado. La chica era tan celosa que no lo dejaba casi
nunca solo. Las llamadas amenazantes
continuaban; las noches de Juan transcurrían entre hacer el amor y tener
pánico.
Así no podía seguir durante mucho tiempo. Tenía que hacer algo. Amanda
- así se llamaba la chica - exigía que Juan se casara con ella. Su padre el ex jefe, se oponía a las
relaciones. Por un curioso instinto
nunca más se sometió al tratamiento, por más que le dolía la cabeza. Juan no pudo inducirle nada más. Pero lo que deseaba con toda su alma era
invertir el proceso en Amanda. Lograr que ella le devolviera el dinero y... que
no lo amara más. Pero parece que sus
poderes sólo servían para inducir y no anular.
Al intentarlo varias veces, con el pretexto de "aliviar
tensiones" en la muchacha, sin resultado para lograr sus propósitos, Juan
decidió volver a ver a su maestro.
Al llegar la noche, cerró su consultorio y aprovechó que Amanda tenía
que visitar a su madre. Se encaminó solo
hacia la calle del maestro. Dobló la
esquina, recorrió la avenida para buscar la callecita lateral. Pero... NO
"Imposible" se decía desesperado. Durante meses había recorrido el mismo
camino, dos veces por semana. Aún con
los ojos cerrados podía llegar. Pero la
calle, esa calle con la extraña casa, no estaba en ninguna parte.
Juan sintió que iba a volverse loco.
Entró a un bar, pidió un café y abordó al
mozo.
-
Dígame, la calle "Tres Ruedas", ¿dónde queda?
El mozo abrió sus ojos, consternado.
-
¿Calle "Tres Ruedas"? Jamás he
oído tal nombre en la zona.
-
¡No sea tonto! La he visitado durante
meses... Pero no la encuentro. Estoy
confundido.
-
Si la ha visitado tantas veces, ¿cómo es que no la encuentra ahora? ¡Oiga, don,
a esta hora no debería beber tanto!
Juan salió mareado y siguió buscando la calle. "Tres Ruedas"... Entró en una
librería que estaba a punto de cerrar; pidió un mapa. Se puso a buscarla desesperadamente. Pero no la encontró.
Volvió a su departamento y buscó la plaqueta que recibió de su
maestro. El objeto brillaba bajo la luz
del fluorescente, como si tuviera propia incandescencia. Juan notó que su color también cambiaba
constantemente, desde el turquesa hasta el violeta y también había destellos de
un color que, para Juan, era desconocido.
Buscó una lupa fuerte y lo examinó mejor. Uno de sus lados representaba
la fachada de la casa del oriental, hasta los últimos detalles. En el otro lado
Juan descubrió algo que le hizo erizar los pelos.
Era un rostro, un rostro perfectamente cincelado, que nada tenía de
humano. Unos ojos grandes y la boca reptiliana, las escamas hexagonales que cubrían un rostro
verde-azul. La doble cresta de un rojo
extraño y los ojos luminosos. ¡Era aquel
pequeño objeto, una verdadera obra de arte, microscópica!
Pero lo que le hizo erizar los pelos a Juan, no era ese rostro extraño,
sino las tres ruedas encima de la cabeza, incrustadas, de diminutas piedritas,
que podían ser esmeraldas y rubíes, alternando el verde-rojo bajo la luz de la
lámpara. Al mirarlos mejor, Juan vio que
eran tres platillos voladores, perfectamente representados, con la hilera de
aberturas, como mirándolo desde arriba.
Al lado de ellas estaban representados los mismos tres platillos, pero
corno mirándolos al costado; Juan vio que eran achatados, idénticos a esas
fotografías que una vez vio en un documental.
Y al lado de estos dibujos estaba la máscara, que representaba el rostro
impasible del "oriental".
Pero Juan no tuvo mucho tiempo para meditar sobre el fenómeno. Oyó
golpes fuertes en la puerta y gritos mezclados que llegaron a su cerebro
embotado como a través de la niebla. Oyó los gritos de Amanda y palabras
amenazadoras, donde oyó su nombre varias veces.
Y
tuvo entonces la idea, la salvadora, la que hasta ahora no se le ocurrió. Elevó
sus manos hacia su propia frente y tocó los puntos conocidos con sus propios dedos.
La puerta se derribó justo en este momento. Los miembros de la banda
traficante, Amanda y el ex jefe encontraron a Juan, sentado en el sillón,
mirando hacia
Estaba muerto. Y la extraña
plaqueta brillaba en su regazo, con siniestra luz.