*** LAS CROCOITAS ***
Aquel día gris y lluvioso Albert Rahn caminaba por las calles con la solapa levantada y el
rostro sombrío, con expresión de querer matar a medio mundo. No tenía un centavo en el bolsillo; tenía
hambre y sed. Su sed podía ser saciada
en una de las fuentes del parque que atravesaba, pero el hambre ya era otro
problema.
A
pesar de su genio de inventor, Albert Rahn a menudo se hallaba en situaciones semejantes. Estaba escrito que
la suerte fuera siempre su enemiga.
Recordaba con gran fastidio varias de sus
tentativas para vender sus inventos. El
asunto de Hologrea, la mujer proyectada en tres
dimensiones; los caminos hiperespaciales para
resolver el tránsito y muchos otros más, donde, como por arte de magia, él se
quedaba al final sin un centavo y encima con problemas.
Algo tenía que hacer, ya que su situación le resultaba
insoportable. Agata,
su mujer, estaba trabajando de modelo para pintores y de vez en cuando aparecía
con dudosas sumas de dinero. Albert Rahn no quería analizar demasiado la cuestión. En materia de amores prefería la actitud del
avestruz, aunque bien sabemos que el ave mencionada jamás mete su cabeza en la
arena. Pero Albert
Rahn sí lo hacía, claro está, figuradamente.
¿Cómo diablos conseguir algo que con el tiempo se convirtiera en fuente
de ganancias?
En sus pensamientos apuntaba también la negra hierba de la
venganza. Sí, debería ser algo muy
fructífero, pero que también sirviera para vengarse de esa humanidad tan
indiferente a su genio.
¡Demostrar sus capacidades y tener dominio sobre ellos! Tal era el objetivo. O inventar algo para el
consumo, que fuera apetecible a todos y los embromara al final en forma masiva.
O directamente los destruyera. Una bomba, un gas letal, o cualquier cosa.
De pronto se dio cuenta que estaba ante la puerta de su propio
departamento. Abrió fastidiado y
encontró a Agata sentada en el suelo, observando algo
atentamente. Miró y vio unos guijarros
de color rojo-grisáceo y a su esposa fascinada.
-
¿Qué es esa porquería?
-
No es porquería, Albert. Fíjate de cerca.
Albert Rahn se arrodilló para ver
de cerca. Eran curiosos guijarros de
forma indefinida, como trocitos de granito gris. Pero ostentaban vetas rojas, puntitos y
manchas de un rojo muy vivo.
Agata se levantó y cerró las persianas. Albert Rahn vio entonces que las vetas y manchas eran
fosforescentes. Tenían luz propia y, en
vez de emular las lamparitas "LED", de luz regular, éstas aumentaban
y disminuían su potencia.
-¿Qué es esto?
-
Son crocoitas - contestó Agata
con voz despreocupada, como si se tratara de un fenómeno de todos los
días. Albert
frunció el ceño.
-
Las crocoitas no son así. Las crocoitas son
de color rojo amarillento; son de cromato de plomo o plomo rojo. Se trata de cristales monoclínicos, de
excelente exfoliación.
-
No me interesan tus explicaciones científicas - chilló Agata
- No se trata de crocoitas conocidas en
Albert Rahn sintió que la última
gota iba a desbordar la copa de su paciencia.
¡Hambre!
¡Eso era lo que él sentía! Un
hambre vesánico, insoportable. No había
comido desde hacía 24 horas.
Agata, mujer intuitiva al fin, sin decir nada se levantó y
le alcanzó una hamburguesa. Albert la devoró
prácticamente de un bocado. Una vez que
hubo deglutido el emparedado, pudo detenerse con más atención en los curiosos
minerales.
-
¿De dónde los sacaste?
Agata se contoneó, como una gata mimosa.
-
Me los regaló Arfi, el muchacho para quien estoy
posando. Es un pintor muy original. Joven, con el cabello siempre revuelto, muy
movedizo y esbelto, como una serpiente.
-
No me interesa él. ¡Me interesa de dónde sacó ese mineral!
-
Pues no lo sé. Lo único que me explicó
es que posee una especie de radiactividad, por supuesto no dañina, y que tienen
la particularidad de aumentar el hambre.
¡Plum! Una lamparita
peligrosa se encendió en la fértil mente de Albert Rahn. ¡Allí había
algo que le serviría para vengarse de la indiferente humanidad! Todavía no sabía cómo, pero estaba seguro de
algo: que no tardaría en saberlo.
-
Se reproducen fácilmente - seguía Agata con aire de
indiferencia, por supuesto fingida - sólo necesitan un poco de sangre. Por supuesto, hay un secreto. Tiene que ser sangre del amo; y así le
obedecerán.
-
¿Cómo que lo obedecerán? No querrás
decir con eso que se trata de seres vivientes?
-
¡Por supuesto que sí! Arfi me lo explicó... Aunque es un supersecreto. Pero te lo diré igual ya que nadie me lo
creería. ¡Son de otro planeta! No te rías, Albert.
Pero Albert Rahn
reía sólo pata sus adentros y no de incredulidad. Ya tenía elaborado un plan diabólico.
-
¿Cómo dijiste que es ese pintor? Me
gustaría conocerlo. Agata
alzó sus hombros.
-
Por mí... Aquí está la dirección.
Albert, sin darle siguiera un beso de despedida, se fue
corriendo. Y Agata
se quedó con el extraño mineral y una sonrisa aún más extraña en sus hermosos
labios.
La buhardilla del pintor llamado Arfi era un
lugar acogedor, aunque con ese característico desorden que acompaña a los
pintores. Albert
Rahn se sintió muy nervioso, a pesar de que el
desorden también reinaba en su laboratorio.
Pero éste era algo diferente por los objetos extraños que había
desparramados por doquier, objetos que para Rahn eran
totalmente desconocidos.
El pintor era afable y alegre; una figura bastante extraña. Un muchacho
de edad indefinida con un cuerpo ondulante, y una cintura por demás
estrecha. Llevaba alrededor cinturón muy
extraño, cilíndrico, que parecía un caño goma, cubierto de verdes escamas. ¡Vaya gusto para vestirse! Su rostro también era un enigma, ya que
llevaba gafas oscuras y grandes.
-
Tengo conjuntivitis - se disculpó, mientras ofrecía a Rahn
una silla de cinco patas. Albert lo miró con curiosidad y vio que la silla
representaba un extraño animalito con cuatro patas y una larga cola.
-
Usted vino por las crocoitas, ¿no es cierto? -
preguntó amablemente, cosa que facilitó todo a Rahn,
ya que no tendría que entrar en engorrosas explicaciones - Agata
dice que son de otro planeta.
-
Así es. Yo las traje de mi planeta, pues yo tampoco soy de aquí.
Todo esto lo dijo con tanta naturalidad y desenfado, que sonaba a
broma. Pero Albert
Rahn se dio cuenta pronto de que no lo era.
-
Como verá señor Rahn, ¿así es su gracia? Yo fui a la constelación Cisne, de la
estrella que usted conoce por Deneb, o mejor dicho cuya estrella se llama
así. Allí encontré las crocoitas en un asteroide. Soy oriundo de Alfa Centauri, de aquí nomás, de su sistema solar vecino. Pero también soy muy aventurero y he oído que
en el sistema Deneb hay minerales muy valiosos.
Yo soy comerciante de minerales, entre muchas otras cosas. Y también pinto. ¿Quiere ver el retrato de Agata?
Albert se acercó al lienzo - si es que lo era - y contempló
largo tiempo el retrato.
Era la fiel expresión de Agata, pero ella misma era un ser escamoso con larga cola,
estaba encaramada a un árbol y ostentaba una hermosa doble cresta de color
verde esmeralda a lo largo de su espalda.
Los ojos eran rojos, con un siniestro brillo, igual que las crocoitas, su boca semiabierta estaba lista para morder.
-
Qué belleza de mujer. - exclamaba Arfi todo exaltado
- ¡Qué salvaje, qué auténtica! ¡Si fuera
de mi raza, me enamoraría de ella!
Albert Rahn sintió un leve
escalofrío, pero no lo demostró.
Curiosamente, no sentía celos.
-
Me alegro que le guste. Pero preferiría
ahora hablar de negocios. ¿Por cuánto me
vendería las crocoitas? En este momento no tengo dinero. Pero puedo darle un pagaré.
-
No, amigo. El pagaré no se puede
comer. Págueme con neumáticos viejos.
-¿Quééé?
-
Así, como lo oye. Para nosotros es
alimenticio. Agata
me contó que usted tiene acceso a un depósito de neumáticos. Pero eso le mande un puñado de crocoitas. Pensé que
íbamos a hacer negocio. En este planeta
es muy difícil comer bien sin llamar la atención. Para nosotros la goma y el plástico son como
para ustedes el chocolate.
Albert Rahn se quedó
perplejo. Si, tenía acceso a un depósito
de neumáticos viejos; un amigo, que se fue a Canadá, se lo había dejado. Hacía rato que quería vender los neumáticos,
pero nadie quería comprarlos.
Se hizo el negocio y Albert se fue con una
bolsita de croitas.
El mismo día Arfi pudo hacerse un banquete con
los suculentos neumáticos.
Alberto Rahn colocó su tesoro en una caja de
zapatos. Sacó de su maletín una aguja;
se pinchó un dedo y dejó chorrear su sangre sobre el extraño mineral. Se oyó un curioso zumbido, como si un montón
de moscas estuvieran allí, la incandescencia aumentó, pero nada raro ocurrió. Albert llenó sus
bolsillos de crocoitas y se fue.
La compañía Smith y Johnson, empresa de computadores hacía dos meses echó a Albert Rahn por alterar la
programación de Alex, una computadora de mal carácter que Albert
odiaba.
Rahn entró sigilosamente en la oficina del director. No había nadie, era mediodía, todo el mundo
estaba comiendo. Cuando pensó en esto Albert, dejo
escapar un suspiro.
Depositó una carta sobre la mesa del director. Y las crocoitas
fueron a parar, por supuesto, a uno de los cajones del escritorio.
Al cabo de una hora el director general de la firma Smith
y Johnson estaba leyendo la siguiente carta.
"Estimado Director. La
sensación de hambre insoportable que todos ustedes comenzarán a sentir desde
este momento cesará únicamente si usted deposita a mi nombre un millón de
dólares. Si mis inventos no le
interesaron, sufra mi justa venganza. Albert Rahn".
El director apretó su estómago.
Comenzaba a sentir el efecto de las crocoitas
escondidas, y el personal de la otra oficina también. El área de acción o efecto de las extrañas
criaturas se extendía a un área de unos cien metros. A la hora cundió el pánico; todo el mundo se
agolpaba en la salida para ir a comer a cualquier lado.
Lo malo era que al intentar saciar el
hambre, ésta crecía más y más; como si cada uno de ellos comiera en vano, ya
que el alimento, apenas engullido, se convertía en una sustancia incorpórea o
una energía desconocida, absorbido por supuesto, por las crocoitas.
Otro día Albert Rahn
fue llamado a negociar, pero no acudió. Su mensaje fue implacable: quería el
millón de dólares.
Al final el director accedió. Albert Rahn tendrá su millón: pero debería liberarlos del hambre,
que viniera a retirar su aparato infernal, ya que el director estaba convencido
de que se trataba de otro invento diabólico del científico loco.
La equivocación de Albert esta vez fue no
escuchar a su mujer. Agata
estaba desesperada.
-
¡No se te ocurra creer en la palabra de ellos!
Debes acudir cuando los dólares estén ya en el banco, a tu nombre! - dijo a su marido.
Pero Albert ávido por ver un millón de dólares
en su maleta fue a la cita.
Estaba, sí, la maleta llena de dólares; pero no el director. No había nadie en la empresa y sobre la mesa
por lo menos cincuenta criaturas. ¡Por todos los dioses!
Se trataba de "críos” alfacentaurianos, de una altura de medio metro, todos
verdes, con crestas y cubiertos de escamas; sus ojos eran rojos y luminosos,
cambiaban constantemente la intensidad de su luz, igual que las crocoitas. Al abrir sus boquitas, aparecían unos dientes de
cocodrilo y rodeaban a Rahn con alegres
graznidos. Uno de ellos se puso a
devorar alegremente el contenido de la maleta.
Y el millón de dólares fue a parar a unos estómagos cuyo resplandor
azulado hacía acordar a los hornos atómicos de la fábrica. Uno de ellos comenzó a olisquear
sospechosamente a Rahn. Este al final estalló en un grito de miedo y
emprendió la retirada.
El único comentario de Agata, no obstante,
enfureció a Albert Rahn de
tal manera, que rompió todo su laboratorio en un ataque de ira.
El comentario fue:
-
Las crocoitas habían bebido tu sangre; por lo tanto
te habrían obedecido. Tan sólo tendrías
que haberles gritado: "¡dejen ese dinero!" Pero te perdió el miedo.
¡En fin! Ya encontraremos otra cosa, Albert, no te aflijas querido.
Nadie puede negar que Agata fuera una mujer
comprensiva.