***   LA CRIATURA DEL   ***

RESPLANDOR AZULADO

 

   El señor Victor Flagherty y su señora Nora, llevaban diez años de casados; años más o, menos apacibles.  No tuvieron hijos.

   La señora tenía ciertas tendencias místicas, cosa que molestaba al señor Flagherty, que era bastante materialista y enemigo de toda imaginación excesiva.

   Ella estaba últimamente muy nerviosa, hasta con señales de neurastenia.  Entonces recurrió al sicoanalista, que le recomendó tener un hijo; pero su médico de cabecera le diagnosticó una falla de la naturaleza que le impedía tenerlo.

   Después de mucho cavilar, decidió adoptar una criatura.

   En el momento de escogerlo, el señor Flagherty se contagió del entusiasmo de su mujer; es que el elegido era un varoncito rubio, de ojos tan celestes que se volvían azulados, de facciones perfectas, como para ganar un concurso de bebés.  Nora mostró su regocijo y aprobación, y su marido se apresuró a finalizar los trámites de adopción.

   Después del "molesto papeleo", según Nora, lograron llevarlo a la casa. El bebé tenía tres meses, sonreía con dulzura, era regordete y rebosaba de salud.  Ella esperaba convocar una reunión familiar para presentarlo.

   La mujer no se cansaba de observarlo, acostado en su cunita. Lo veía de una belleza extrema, hasta "sobrenatural".  Y también afirmaba que, rodeando el cuerpito del bebé, había un halo azulado, como una nubecita ligeramente luminosa.  Por supuesto que el señor Flagherty no notaba nada y se burlaba de la fantasiosa Nora.

   Durante la reunión familiar reinó gran alegría.  Los esposos, la madre de Nora, su hermano; y el sicoanalista Alec Turner y el médico John Eggert, invitados por el señor Flagherty que carecía de parientes, festejaban el acontecimiento.

   Los dos profesionales eran amigos de Flagherty.  Alec era un hombre joven, alto y flaco, de rostro huesudo pero agradable y grandes ojos castaños que traspasaban al interlocutor. John, en cambio, era un hombrecito regordete, de cara redonda como la Luna llena, y ojillos movedizos y hundidos que recordaban a los topos, siempre escrutando todo alrededor. Esos ojos escrutadores se posaban de vez en cuando en la tierna escena que representaba Nora acunando al bebé sonriente, dando pataditas y moviendo sus manitos.

   - ¿No es adorable? - dijo la feliz mamá - Es tan sano, tan lindo... siento como si fuera algo más, más que un bebé. ¿No ves ese precioso resplandor azulado a su alrededor?

   - Nora, por favor, creerán que estás loca - afirmó su marido, tratando inútilmente de hacerla callar. John Eggert contempló otra vez al niño, y dijo pensativo:

   - Pero... a mí también me parece verlo por momentos.

   - ¡Lo único que faltaba! No te dejes influenciar por las fantasías de Nora, ella terminará viendo alas en la criatura - se exaltó Flagherty.

   - Alec, eres sicoanalista, tu opinión será muy importante. ¿Tú, que dices?

   Alec se levantó del sillón, dejando su vaso de whisky en la mesa y sentenció:

   - Es obvio que dentro de unos días todos nosotros veremos claramente ese halo azul alrededor del niño.  Nora se dio cuenta antes, porque siempre ha tenido una emisión síquica poderosa.

   - ¿Lo dices en serio, o te estás burlando como siempre? - preguntó Nora.

   - ¿Ya le dieron un nombre? - respondió Alec, eludiendo la pregunta.

   - En los papeles figura un nombre que le dio su madre, pero nosotros le agregamos otro: Richard.  Así se llamaba mi padre.

   En el rostro del sicoanalista se notó una expresión de disgusto, mezclada con curiosidad.  Era evidente que deseaba conocer el nombre original.  Venció su natural discreción, y aunque se sintió molesto por hacerlo, repitió la pregunta:

   - El nombre original, ¿cuál es?

   - Ah, ese nombre es tan extraño.  La madre debe haber tenido más imaginación que yo.  El bebé traía una medallita de oro colgada de una cadena muy rara.  En esa medalla está grabado: Drake.

   - ¿Por qué es extraño?  Muchas ilustres familias lo llevan como apellido - refutó Alec.

   - Claro que sí - rió el señor Flagherty-, como por ejemplo, Sir Francis Drake, el pirata.

   - Me gusta mucho ese nombre - dijo inesperadamente John, el médico - Le queda muy bien a este niño.

   Y en medio de tal discusión, la reunión se dio por terminada. Victor Flagherty se enfadó con su amigo, se enojó con Nora, y se fue a dormir sin siquiera besar al bebé.

   Al cerrar la puerta tras el último invitado, la mamá de Nora atinó a susurrar:

   - Tu marido tiene razón. ¿Cómo se puede llamar a una criatura rubia, de ojos celestes, tan angelical, con el nombre de Drake?  Si "Drake" significa "dragón".

   Transcurrieron dos años sin mayores problemas.  La discusión de aquella reunión ya había sido olvidada y los Flagherty seguían manteniendo la amistad con John Eggert y Alec Turner.  Este último visitaba casi a diario la casa de los Flagherty.  Pero no lo hacía por cariño al niño; hasta le sentía cierto recelo cuando se quedaban a solas.  Muchas veces intentó en vano descifrar las razones, esos móviles secretos de tal aversión.  Como sicoanalista creía que podría saber qué ocurría en su interior, pero no pudo descifrarlo, por lo menos por sus propias deducciones.

   Rick - así llamaban al niño - era muy adicto a él.  Su entretenimiento favorito era trepar en las largas piernas de Alec.

   Alec notaba día a día la precocidad de la criatura.  Caminaba y hablaba bastante bien y se subía con facilidad a los muebles.  Si hasta trepó a un árbol del jardín.  Parecía entender demasiadas cosas para su edad.

   En una ocasión Nora le pidió que lo cuidara mientras ella iba al dentista. Rick brincaba de alegría por quedarse a solas con Alec.  Este, resignado, se dispuso a leer el diario sentado en el living, dejando a Rick jugar a su gusto.

   De repente se produjo un chisporroteo en la lámpara de pie, y se apagaron todas las luces. Hasta la estrella multicolor de Nora (a ella le gustaban los juegos de luces de colores, y esa estrella giraba, llena de color y luz.  A Alec le parecía de mal gusto, pero respetaba el alma de niña de Nora y su adoración por todo lo que brillaba e irisaba).  Habían saltado los fusibles.

   - Lo que faltaba - maldijo por lo bajo Alec - pronto entraremos en el crepúsculo y estaremos en una oscuridad total.

   El no era capaz de reparar ningún aparato eléctrico.  Temía toda manifestación de electricidad, hasta los relámpagos.

   Concentró su atención en Rick, que había dejado su trencito eléctrico, también inmóvil.

   - ¡Malos! - dijo el niño - ¡papi malo!, ¡mami mala!  Rick siempre dice que quiere juguetes con batería.  El nene le explica, pero no entienden ¡mami tonta!

   Rick siempre hablaba de sí mismo en tercera persona, y estas palabras erizaron los escasos pelos de Alec.  Comprendió, había comprendido que esa criatura de dos años sabía qué era una batería. ¿Sería cierto? Lo hizo sentar sobre sus rodillas y le preguntó:

   - Rick, ¿para qué quieres esa batería?

   - Rick quiere energía propia.  Rick no quiere meter enchufe en agujero de la pared - contestó.

- ¿Por qué no? - continuó Alec, cada vez más sorprendido.

   - Porque no.  En la pared hay energía y no hay energía.  Ahora no hay.  Enchufé y trencito de Rick no andan.  Mami tonta, papi malo.  Rick está enojado.

   Y entonces, en esa penumbra que los rodeaba, Alec vio con toda claridad el resplandor azulado.  Parecía que tenía una "corona" de alta tensión.

   Rick lo miraba con una expresión curiosa, pero de pronto esa expresión fue cubierta por una sombra densa, que ocultó totalmente el rostro del niño.  Asustado, Alec lo depositó en el piso.

   - Voy a ver si puedo arreglar los fusibles, - dijo ansioso, pero Rick lo tomó de las piernas.

   - No vayas, tío Alec.  Rick buscará nuevos fusibles.  Están en la caja de herramientas de papi malo.

   - Pero... ¿conoces cómo son los fusibles?

   - Rick no es tonto.  Rick sabe cambiar fusibles. - y se encaminó hacia la puerta.

   La sala ya estaba en total penumbra, pero desde la calle un letrero luminoso proporcionaba un rayo de luz.  Y entonces Alec vio...

   Volvió a mirar la figura que cruzaba la puerta.  Se frotó los ojos... los volvió a frotar… lo que veía era real.

   La cabecita rubia y el cuerpo regordete de Rick se convirtieron ahora en una criatura terrible.  Alec no podía dejar de observarlo buscando una explicación.

   Rick se había convertido en una mezcla de lagarto y gato agazapado de movimientos ondulantes y sinuosos y cuatro patas con afiladas garras.

   Pensó que esas garras eran de un reptil, pero no... eran retractiles como las de los felinos.  Era de color verde grisáceo, igual que su cresta doble; ¡y estaba recubierto de finas escamas brillantes erizadas!

   El cuerpo de esa criatura terminaba en una larga cola serpenteante, y al volverse, Alec vio su rostro y comprendió al fin esa desconfianza, esa misteriosa aversión que sentía por Rick.

   La criatura contemplaba a Alec con dos grandes ojos rojos que emanaban gran energía.  Tenía una naricita algo aplastada y una boca... ¡dioses!, una boca semiabierta y ancha que dejaba ver unos dientes largos y filosos.  Todo él irradiaba un brillo incandescente, como si adentro suyo ardieran un montón de brasas encendidas.  Abrió aún más la boca y Alec pudo observar el intenso resplandor azulado que salía de ella.  El azul era mucho mas fuerte que el halo que había rodeado a la criatura cuando todavía conservaba la forma humana. ¡El halo provenía de su interior!

   Alec sintió que sus piernas se inmovilizaban.  Quería huir pero no se animaba, esa cosa estaba parada en el marco de la puerta y lo miraba como si fuera un rico bocado.  De pronto, abrió la puerta y desapareció...

   Unos minutos después, las luces se encendieron y apareció Rick con sus rulos dorados y los ojos azules, el niño de siempre que le sonreía.

   “Eso es, fue un sueño, un mal sueño”  pensó Alec, pasando sus manos por la frente.

   - Rick cambió fusibles - escuchó la vocecita conocida.- Rick devolvió flujo de electricidad al trencito.  Rick es más vivo que Alec tonto y papi malo.

   Alec se arrodilló para observarlo mejor, pero no vio nada raro. Tampoco lo rodeaba el halo azul.

   "Debe ser mi imaginación, estoy contagiado de tantas películas y lecturas de ciencia ficción", pensó.  Y de pronto le pareció que la sonrisa de Rick lo aterrorizaba más.

- ¿De qué te ríes así? - le preguntó temeroso

   - De Alec tonto.  Alec tonto piensa cosas tontas.

   - ¿Cómo sabes lo que estoy pensando?

   - Rick ve lo que Alec piensa.  Rick sabe mucho lo que Alec tonto no sabe.  Alec tonto también es malo y mentiroso.  Me llama Rick, pero piensa en mi otro hombre.  Me llama Rick y piensa Drake.  Alec malo.

   Era un razonamiento lógico.  Alec trató de tranquilizarse y recordó la escena de unos días atrás, cuando con Nora y Rick, fueron a una librería para comprar un libro sobre la educación de niños precoces.  Rick comenzó a lloriquear, alegando tener hambre.

   Curiosamente, él siempre tenía hambre, aún después de una copiosa comida.  Cada vez lloraba más fuerte, y Alec se fastidió y lo retó:

   - ¡Cállate, Drake! - siempre empleaban su nombre original cuando lo retaban.

   - ¡Tengo hambre! - dijo también ahora, sacando a Alec de su meditación.  Esto era muy natural en el niño, pero nada tranquilizador para Alec... Esas palabras le recordaron la aparición de unos minutos atrás, con una expresión ávida, sí, como de hambre... un hambre universal, como si deseara devorar todo... tal vez para transformarlo en alguna misteriosa energía, esa que emanaba de sus entrañas...

   - Rick, abrí la boca.

   El niño abrió su boquita con obediencia y mostró la hilera de dientecitos regulares y blanquísimos, como una hilera de perlas.  Su lengua era rosada, era la boca de un niño de dos años bien cuidado y bien alimentado.

   "Debo estar al borde de la locura" pensó Alec, decidiendo consultar a un colega lo más pronto posible.

   Sonó el timbre y Rick corrió contento, hacia la puerta.

   - ¡Qué bien, qué bien!  Volvieron mami tonta y papi malo.  Rick está feliz.

   Y saltó sobre Nora para cubrirla de besos.

   Alec tuvo el instinto de apartarlo de la mujer, pero no lo hizo. Quería gritarle a Nora para que no se dejara besar por la criatura, pero de sus labios sólo surgieron palabras incomprensibles... ¿qué razón le daría?

 

   Si bien Alec había pensado en consultar con un colega sicoanalista, decidió más bien visitar a su amigo László Várady,  un físico húngaro.

   Várady dictaba clases en la Universidad local.  Serio y cerrado en sí mismo, era famoso por su mente investigadora.  Alec debía convencerse que lo que vio sólo era una alucinación.  Por eso pospuso el psicoanálisis; primero debía asegurarse de que tal cosa estaba reñida con todas las leyes de la física, y Várady era un genio en la materia.

   El investigador y científico escuchó su relato con atención, sin ninguna expresión, sin ningún comentario. Sólo pidió conocer personalmente a Rick.

   Eso era fácil porque el profesor era su amigo y los Flagherty lo sabían.  Lo llevarían con cualquier pretexto.  En realidad Lászó Várady era bien recibido en todas partes; tocaba el piano, el violín, la flauta dulce...

   Decidieron que irían a visitar a los Flagherty el domingo siguiente, y que el profesor llevaría alguno de los instrumentos, para tocar música.

   Los Flagherty simpatizaron inmediatamente con el joven físico, apuesto y alto, de cabellos oscuros y ojos grises, con las facciones levemente orientales.  Rick se mostró fascinado por el violín y la flauta, y más aún por el acento extraño del visitante, que hablaba con una corrección gramatical perfecta, como si fuera una computadora impersonal, pero cortés.

   Después de la cena, el físico sugirió tocar música.  Nora lo miraba fascinada, como atraída, Víctor Flagherty se mostraba interesado y celoso.  Comenzó a tocar una fantasía húngara, posiblemente de Brahms, mientras Alec observaba detenidamente a Rick.

   El niño lo contemplaba con la boca abierta, dejando ver sus dientes perfectos y su lengua rosada.

   - Parece un gatito de angora, ¿no es amoroso? - Ese comentario de Nora alertó a Alec: un gatito.

   La música terminó y Rick se puso a lloriquear para que continuara.

   - ¿Te gusta tanto la música, Rick?

   El niño pareció no escuchar a su padre.  Miraba fijamente al físico, y éste lo miraba igual.

   Alec trató de adivinar qué pensaba su amigo, pero László Várady nunca demostraba sus sentimientos y sensaciones.  Sólo contemplaba al niño con la mirada fría y observadora de un científico, sin ninguna emoción.

   - ¡Rick quiere escuchar ñiñiñi! - insistió el niño.

   Y entonces Victor Flagherty dijo unas palabras que lamentaría largamente:

   - Yo también tocaba el violín cuando era joven - expresó con orgullo, alargando la mano para recibir el instrumento.

   Alec vio una mueca en el rostro de Rick nada propia de un niño de dos años... y antes de poder decir nada surgió la sombra, la misma sombra que lo transformara lentamente en ese ser escamoso de su alucinación.  Papá Flagherty había cometido el crimen de tocar el violín.  Las primeras notas le salieron torturadas, como la voz lastimera de un perro cuando su amo lo castiga.

   Alec nada pudo hacer, no pudo detener a esa criatura escamosa, y Víctor Flagherty lanzó un grito.

   Rick o lo que fuera le había saltado como un puma y lo mordió.  Sí, le mordió el brazo con todas sus fuerzas.

   Pero Alec se dio cuenta de que sólo él había visto esa transformación.

Los padres justificaban al niño que clavó sus dientecitos en el brazo del padre, balbuceando:

   - Papi malo hizo ñiñiñi muy feo.

   Alec volvió la vista a László Várady, pero en su rostro sólo encontró calma.  No había visto la transformación... entonces él estaba loco...

   László Várady, con su serenidad oriental se acercó a Flagherty y le examinó el brazo.

   Todos se acercaron y vieron la herida.  Del brazo de Víctor Flagherty faltaba un pedazo de carne.  Parecía haber sido hecho por unos colmillos o pinzas, que arrancaron piel y carne, dejando una herida de dos o más centímetros cuadrados.  En el aire flotaba un olor que hacía recordar el ozono.

   - Es un mordisco de reptil o algo parecido - dijo Várady - Hay que hacer una curación inmediata.  Permítame desinfectar la herida, señor Flagherty.  Y con manos diestras apretó el brazo para detener la hemorragia.

   - Estuve en la guerra - siguió el físico -, y allí aprendí primeros auxilios. No se mueva. Por favor, Alec, ¡apártate del niño!

   Entonces me di cuenta que no estaba loco, él había visto lo mismo que yo.  Necesitaba hablar a solas con mi amigo...

   Mientras, en un rincón de la sala Rick continuaba gimoteando:

   - Papi malo hizo ñiñiñi feo, ¡quiero ñiñíñi lindo!

   Nora le dio un caramelo para que se calmara, aunque siguió con el lloriqueo.

   Víctor Flagherty estaba aterrorizado: 

   - ¿Quién me mordió?

   - Nadie lo mordió - contestó el físico. - Cuando el niño le saltó encima, lo lastimó con la tapa del trencito.  Fíjese, todavía lo tiene en la mano. El filo le abrió la herida... - mintió László Várady

   - Pero... usted dijo antes que parecía un mordisco de reptil...

   - Y... ¡uno dice cada cosa!  Aquí no hay ningún reptil.  Cálmese - continuó László.  De pronto, se dio vuelta hacia el niño, fijó sus fríos ojos en él, y le ordenó con voz tajante:

   - ¡Cállate!

   Rick dejó de gimotear, bajó la cabeza y comenzó a rascar la alfombra con sus uñas.  Después levantó su mirada hacia László Várady, y Alec hubiera jurado que en ella había complicidad y sumisión.

 

   De regreso, cuando por fin se quedaron solos en el auto, Alec preguntó febrilmente:

    - ¿Qué viste? ¿Cuánto viste?

    - Lo mismo que tú - respondió el físico - y no me sorprende.

   - ¿Por qué no te sorprende? ¿Cuál es la razón?

   - Pues... verás... tú eres sicoanalista, y cuentas con recursos especiales.  Me has descrito algo tan vivamente, que la imagen se grabó en mi mente con una intensidad extraordinaria. Pero eso no prueba nada; pude haber caído bajo la misma influencia, pude imaginarlo, también pudo haber sido una alucinación... pudo no haber sido.

   Esta última frase hizo estremecer a Alec.

   - ¡Tú crees... !

   - No creo nada.  Yo busco evidencia.  Soy un físico, un investigador.  No niego ni afirmo nada.

   - Y... ¿cómo piensas hallar alguna evidencia?

   - Mira Alec, se trata de algo totalmente anticonvencional, algo inconcebible: una imagen traspasada de tu mente a la mía... Esto significa que tienen que ser idénticas en todo; si hay un solo detalle que falta en una de las dos versiones, entonces ya podemos sospechar que lo que vimos fue real.  Aunque no forzosamente.  Tu mente pudo haber fabricado detalles de acuerdo a tu propia imaginación.  Yo creo que los dos vemos lo que el niño proyecta de su mente.  Puede ser que sea un superdotado y capaz de hipnotizarnos, para que percibamos lo que él quiere que veamos...

   El físico miró con un aire extraño a Alec, y le respondió:

   - ¿Y... ¿si es al revés? ¿Y si Rick, con sus bucles rubios, con sus cachetes rosados, con toda su belleza, es la imagen que él quiere que veamos? ¿Y si en realidad, Rick es como lo viste en ese instante, si esa es su verdadera forma?

   - Eso... eso no puede ser.

   - ¿Por qué no? ¿Y qué me dices del mordisco?  Yo pude engañar a Flagherty, pero nosotros vimos el mordisco, vimos cuando el niño lo mordió, y en ese momento no tenía nada en sus manos.

   - Es terrible.  Pero es posible... El puede ejercer sobre nuestra mente ese efecto.  Pero no, no puede ser ¿de dónde habrá venido una criatura así?

   - "En la casa de mi Padre muchas moradas hay". Son palabras de Jesús, -  dijo el físico.

   - Te refieres a que Rick podría ser una criatura de otro planeta.

   Lászlo Várady soltó una risa franca, y dijo:

   - ¡Cómo nos dejamos llevar por nuestra imaginación! Tú, sicoanalista, un negador de fenómenos, ¡casi llega a creer esa teoría!... Claro que es imaginación.  Imágenes de tu mente, de la mía... El chico es demasiado inteligente, y nosotros leemos demasiada ciencia-ficción.

   - Tú también. - inquirió no sin ironía Alec.

   - Pues sí, me entretengo con ellas.  Pero vayamos a casa, te conviene calmarte, si no, no podrás dormir.

   - No László, todavía no.  Hay algo que dijiste antes que quiero probar. Por favor, describe la criatura de tu imagen, y la compararemos con la mía.

   - Bueno, está bien... tenía una cresta doble y el cuerpo cubierto de pequeñas escamas brillantes verde-azuladas.  Creo que cada escama era diferente, por eso parecía iridiscente.  Su cola serpenteaba, y terminaba en un tirabuzón gracioso, de color azul intenso.

   - ¡La cola en tirabuzón! - Alec repitió asombrado -, ése es un detalle que yo no vi.

   - Muy bien, ya hay uno.  Pero no olvides que soy mejor observador y más detallista que tú. Su cara me pareció graciosa, con la sonrisa ancha, los ojos rojos, y en la boca ese resplandor... tiene un horno atómico en vez de estómago… con razón siempre tiene hambre.

   - ¿Y qué más? - insistió Alec.

   - Pues... el rayo, ese rayo...

   - ¿Qué rayo?, yo no vi ningún rayo.

   - Pero Alec, no me digas que... ¿por qué crees que te grité para que te apartes de él?  Al arrancarlo del brazo de Flagherty, la criatura abrió la boca y lanzó un rayo láser hacia su padre; suerte que erró la puntería.  Algo se quemó por ese rayo, ¿no sentiste un fuerte olor a quemado, y de ozono?

   - Yo creo que sí... no, no lo vi.

   László Várady tomó por los hombros a su amigo, lo miró seriamente y le dijo:

   - Si es así, Alec, entonces... déjame a mí.

   - ¿Qué vas a hacer?

   El físico no contestó.  Habían llegado a la casa de Alec.

   - Anda, acuéstate, y trata de descansar - le dijo.

   Alec se despidió, entró a su casa, y pensó que quería estar en cualquier otra parte de la Tierra.

 

   László Várady era un erudito en varias ramas de la ciencia. Al tener que elegir qué carrera quería seguir, había dudado mucho: amaba la medicina y la física. Optó por la física y su vida transcurrió entre experimentos y fórmulas matemáticas, pero en el fondo de su ser, seguía encendida la llamita por conocer profundamente el cuerpo y todo el ser humano.

   Para él, el ser humano continuaba siendo el mayor misterio de la naturaleza, tan complicado y, sin embargo, se desarrollaba de unas simples células.  El cuerpo humano como vehículo de la inteligencia... y de esto último László Várady no tenía duda alguna.

   Ninguna computadora por más sofisticado que sea su programa, es capaz de tener iniciativa... sólo los humanos, todavía grandes ignorantes, la tienen.  Era evidente que la computadora es sólo una máquina, y el ser humano es una máquina con un conductor.

   A veces el físico fantaseaba con la posibilidad de proveer a una computadora de un ente conductor, un "ego", un alma, o como lo quisiéramos llamar; algo así como un ser invisible que utilice los conocimientos programados y acumulados en ella... claro está que tal cosa era irrealizable, al menos por ahora; pero la idea no dejaba de fascinar al físico.

   A veces también pensaba que el cerebro humano era bastante precario y muy vulnerable; seguramente existían mil maneras de interferir en su funcionamiento.  Tal vez algunas maneras conocidas por la medicina, como las intervenciones quirúrgicas, o la psiquiatría mediante drogas, o sueños, o hipnotismo... se podría bloquear total o parcialmente, cambiando la personalidad de su dueño... y pensó en otras posibilidades todavía nada conocidas.  Seres de otros mundos podrían poseer conocimientos así. ¿Seres de otros mundos?  Pues sí, el gran científico se atrevía a pensar en ello.  El no tenía prejuicios, era un investigador; tampoco temía al ridículo.

   Además, junto a compañeros y alumnos de la Universidad, había presenciado las cabriolas de tres platos voladores, durante una calurosa noche de verano. Junto a esos testigos divisó claramente esos objetos redondos y muy visibles, que ostentaban un halo luminoso, entre anaranjado y azulado.

   ¿Azulado? Y de pronto recordó.

   - Todos vieron la misma aparición de los platos voladores, pero cada un vio detalles diferentes. El profesor de química afirmó que el halo era violeta-azulado, la otra profesora sólo percibió un azul intenso, unos de los alumnos dijo que era verde-azulado.  El coincidió con otro alumno y comentó que el halo era anaranjado, con bordes azulados.  Sin embargo, un color los unía, el azul figuraba en todas las versiones... podría ser que el resplandor azulado fuera propio e inalterable en la naturaleza de ellos.

   - "¿Ellos?"

   László Várady no se permitía esa particularidad humana de impresionarse por una idea propia.  Se daba cuenta de que existía una analogía entre los platos voladores y la transformación de Rick, pero antes de aceptar por completo la idea, resolvió elaborar un plan.

   Debía existir un medio, un procedimiento, que impidiese la influencia emocional, que posiblemente era la causa de las diferentes versiones de sus compañeros.  También debía existir algo que impidiese interferencia alguna en el cerebro humano, un aislante, un protector... un filtro.

   ¿De qué podría valerse un ser de otro planeta para lograr una visión distinta de su verdadera forma?... Obviamente se vale de la hipnosis, pensó el físico.  Y recordó algo que le llamó mucho la atención.

   En una ocasión, una amiga original, y amante de todo lo "fuera de serie", lo invitó a una "sesión de hipnosis".  Fue muy interesante.  Allí había un "mago" que, con grandes discos de diferentes colores, producía unos curiosos efectos luminosos, y que permitieron que László Várady se sintiera como transportado a otro mundo, olvidándose de sus problemas actuales, de su patria perdida, de la tesis que tenía que presentar al otro día; y hasta se olvidó de su nombre.

   Al despertar, o mejor dicho, al ser despertado de ese estado tan agradable, se sintió muy molesto consigo mismo, y también un poco atemorizado.

   El siempre pensó que era invulnerable a la hipnosis; ya se había prestado para ello, pero nunca pudo ser hipnotizado.  Y lo que famosos psicoanalistas no consiguieron, unos frívolos con un jueguito de luces y colores, lo hicieron.

   - Tal vez ellos se valen del mismo truco.  Ellos, ¿quiénes?

   Esa pregunta absurda a Rick: "¿De dónde has venido?", ya no le pareció tan absurda.

   Y los colores... Rick adoraba los colores.  Alec le contó que Nora le compraba siempre lápices y crayones de colores, juguetes multicolores; y recordó el adorno preferido de Nora: esa estrella luminosa que giraba, despidiendo miles de colores diferentes ¡si producía el mismo efecto de los discos luminosos, en aquella sesión de hipnosis!

   ¡Colores!  Siempre el ser humano se ha deleitado con ellos: el rojo de rubí, el amarillo del girasol, el verde de los prados, el mar azulado... Es lo más profundo y a la vez lo más accesible para el hombre.  Si hasta su lenguaje está lleno de imágenes y metáforas respecto a los colores.

   ¿Sería su punto débil? ¿Sería la rendija donde se filtra la inteligencia extraterrestre? ¿Y con qué fines? ¿Cuáles propósitos?

   Y de pronto, el físico tuvo la idea: si se trataba de colores, habría que filtrarlos, habría que quitar a la criatura su arma: ¡los colores!

   El era un buen fotógrafo.  Tenía varios filtros que usaba para sus fotos microscópicas.  Debía buscarlos.

   - Un filtro, sí.  Un filtro que sólo deje pasar el azul.

   Su memoria era excelente, y Várady recordó nítidamente el halo azul, y también el azul intenso de la boca de Rick.

   Bajó al laboratorio, encendió las luces y abrió una gaveta... Allí estaba el espectroscopio, hacía mucho que no lo usaba.  Buscó con él el mismo azul de Rick.

   El color de 4370 Angström le pareció exacto.

   El resto sería fácil: buscar un vidrio adecuado y teñirlo.

   Y allí estaban intactos sus frascos de pintura.  El las utilizaba para fotos en colores, y el revelado y procedimiento químico no eran ningún secreto para él.

   László Várady conocía muchas ciencias y muchos trucos, sería un digno adversario de "ellos".

   Esperó que la placa se secara, la recortó y la colocó en un armazón viejo: ya tenía su lente "mágica".

   A través de esa lente vería a Rick como era en realidad; no podría proyectarle su apariencia ficticia de niño dulce y rubio.  De lo contrario debía dudar de la cordura de Alec y de la suya.

   Al otro día llamó a los Flagherty por teléfono, para anunciarles que iría de visita. Nora atendió y su alegría podría haber puesto más celoso aún al señor Flagherty.  El no simpatizaba mucho con el físico, y no le gustaba nada ver cómo su mujer se rendía ante sus encantos.

   Pero Flagherty se había ausentado por dos días por razones de trabajo, y Nora y el niño quedaron al cuidado de algunos miembros de la familia, junto con Alec, por supuesto.

   Se reunieron en el amplio living de los Flagherty a las cinco de la tarde.  Alec llegó acompañado por el doctor John Eggert quien enseguida alegó un fuerte dolor de cabeza y decidió partir.

   Alec se sintió extrañado y le preguntó:

   - Pero... si deseabas venir, ¿por qué te vas ahora?

   - No lo sé bien, Alec... Algo ocurrirá esta tarde en algún lugar, y pueden precisarme.  Vuelvo al hospital.

   Casi dijo "algo ocurrirá aquí y no quiero presenciarlo".  John Eggert siempre había sido muy intuitivo.

   László Várady resaltó su presencia portando la flauta dulce.  Todos esperaban la reacción de Rick, pero el niño permaneció silencioso, y para no ver al físico-músico, desvió la cabecita hacia otra dirección.

   - Hola Rick.  Hola señora Flagherty - dijo con su acostumbrado tono impersonal - Quiero pedirle un favor. ¿Me permitiría quedarme a solas con Rick unos momentos? 

   Antes de que Nora terminara de asentir, Rick se levantó del suelo y alargó sus brazos, como protestando.

   - ¿Puede quedarse tío Alec? - dijo con vocecita implorante.

   - No me vas a decir que tienes miedo - dijo Várady con una ironía que sólo guardaba para los adultos - ¡Tú no puedes tener miedo a nadie!

   Y con gesto parsimonioso se puso los lentes filtradores.

   Vio la horrible criatura con los ojos centellantes y la boca abierta; su cola "crestada" se movía constantemente.  László Várady descubrió nuevos detalles: la criatura poseía bigotes finos y metálicos, y su nariz - o más bien hocico - era semejante a la de un felino.  Parecía un gato escamado, mezclado con un reptil, y tenía fuego en sus entrañas...

   - Si yo no tengo miedo - continuó el físico - tú tampoco debes tenerlo.

   Nora Flagherty salió discretamente de la sala, pero Alec se quedó y cerró la puerta.  Estaba temblando de la cabeza a los pies.

   - Toma Alec.  Hice un lente filtrador para ti también.  No te asustes - casi le ordena el físico.

   Alec se puso el lente y lo vio. Juntando valor a duras penas, atinó a preguntarle:

   - ¿De dónde vienes?

   - Qué te importa - contestó con una voz silbante, muy diferente a la dulce del niño.

   - Me importa a mí - dijo Várady, tranquilo.

   - Vengo de un mundo de verdad, no como éste - fue la respuesta -.  Un mundo de verdad pero que se desmorona por falta de alimento.  Este es un mundo de juguete, pero hay mucha comida.

   - ¿Y qué clase de comida necesitan tú y tu gente?

   - Cualquier cosa

   - No entiendo, ¿cómo cualquier cosa?

   - Pues, cualquier materia orgánica.

   - Quiere decir que en tu menú también figuramos nosotros - afirmó Várady.  La criatura abrió su terrible boca y dejó salir unas ráfagas azules impresionantes.  Se echó a reír. ¡Diosesl ¡Qué risa aquella!

   - Claro que figuran en nuestro menú, y son sabrosos.  Pero comerlos nos está prohibido por ahora.  No debemos llamar la atención hasta que nuestro plan se haya cumplido.

   - ¿De qué plan hablas?

   - No diré una palabra más ¿Piensan delatarme?

   - No, "Drake", no pensamos delatarte. ¿No podremos ser tus amigos? - dijo Várady

   Pero el físico inteligente se había olvidado un detalle - ¿o no lo sabría? - se había olvidado de las dotes telepáticas de la criatura.

   - No, tú quieres convertirte en mi amigo para descubrir la manera de deshacerte de mí - contestó seguro.

   - Pero, ¿seguirás haciéndote pasar por hijo de los Flagherty? 

   - Sí, ellos me quieren de verdad.  Además papi es muy sabroso.

   Alec creyó desmayar, pero arriesgó una última pregunta:

   - ¿Y si te delatamos?

   - Puedo concentrar el resplandor azulado y..

   El físico entendió enseguida y se levantó, dispuesto a irse.

   - No pienso delatarte - concluyó.

   Llamó a Nora, y al entrar ésta, Rick se le acercó cariñosamente y frotó su naricita contra su brazo.

   - Mami, ¡qué rico hueles! - le dijo.

   - Qué amoroso, le encanta mi nuevo perfume - dijo Nora, embelesada.

   Alec cerró los ojos y musitó:

   - Creo que debemos irnos, señora.  A lo mejor Rick quiere dormir.

   - Rick no quiere dormir - lloriqueo el niño - Rick quiere oír música de tío László.

   Várady tomó la flauta y comenzó a tocar una melodía muy hermosa, mientras Rick lo escuchaba con ojos dilatados.

   Alec todavía conservaba la lente especial.  No quería mirar al niño, pero algo superior lo impulsaba a hacerlo.  Volvió la vista y observó a la criatura con las escamas erizadas, esplendorosas, con las orejitas paradas, y los bigotes hacia adelante, como los tienen los gatos, cuando están a gusto.

   - A Rick le gusta mucho el tututuú!

   Y nadie comprendió la sonrisa irónica de László Várady.  Al terminar la ejecución, Nora se deshacía en elogios.

   - ¡Ay, qué bien toca, qué bien! ¿Qué era? ¿También era una melodía húngara?

   - ¿No lo conoce Nora? - se extrañó un poco el físico.

   - ¿Una fantasía de Chopin? - arriesgó Alec.

   Rick se encaramó en la silla y los miró seriamente; bajó la cabeza rubia y afirmó:

   - Es de la "Flauta Mágica", de Mozart.

   László Várady lo miró fijo:

   - Si contestas así, echarás a perder el plan - lo increpó con voz imperante, como si fuera un maestro de invasores.

   Alec todavía con los lentes puestos, vio al dragoncito furioso y asustado a la vez.  Sus orejas se echaron para atrás y su boca despidió un finísimo rayo ¡menos mal que nadie estaba en su línea!  Pero la estrella giratoria, ese adorno favorito de Nora, se partió en mil pedazos.

   - Ay, ¿qué pasó? ¿No te lastimaste? - corrió Nora y lo examinó detenidamente.

   - Es posible que fuera de un plástico malo, y se reventó. ¿No te asustaste, mi cielo?

   El niño se dejó acariciar, pero sin quitar la vista a Várady.

   - Y también será mejor que no destruyas elementos útiles - continuó el físico - Sé que para ti los juegos de colores son muy importantes ¿no es cierto?

   Y entonces se dio cuenta de algo increíble. Lógico: sus palabras no habían sido oídas por los demás.  László Várady jamás había pronunciado tales palabras.  Simplemente las PENSO, y esto fue suficiente para que la criatura las entendiera.  De la misma forma le llegó la respuesta:

   - Eres listo, pero no intentes delatarme. Jamás podré ser tu amigo, somos muy diferentes.  Apártate de mí.

   Por supuesto que Alec no pudo escuchar esta conversación telepática y, consternado y confundido, se dirigió a Nora:

   - ¿Rick conoce la "Flauta Mágica" de Mozart?

   - Pues... el niño se pasa horas y horas escuchando música.  Tiene una memoria prodigiosa, y es capaz de retener todo en su mente, todo lo que le gusta.

   Alec quiso volver a interrogar al niño, pero éste ya no estaba allí.  Había salido corriendo al jardín.

   De regreso, Alec y László caminaban en silencio.  A una distancia prudencial de la casa de los Flagherty, László habló por fin:

   - Ya está.  Hasta aquí ya no llegan las ondas telepáticas a mi mente. Podemos hablar sin peligro.

   - Pero ¿qué dices? - exclamó asustado Alec.

   - Bueno... no sé qué decir.  No podemos hacer nada.  No podemos contarle a los Flagherty.

   - A lo mejor, la criatura se encariña con ellos de veras  - dijo el iluso Alec.

   - Y podrá devorarlos con mayor gusto todavía, cuando el momento llegue...

   - Todo esto es inverosímil, László.  No puede ser verdad...

 

   Se acercaron a un parque donde resplandecía el sol, las parejas de enamorados paseaban, y se escuchaban las risas de los niños, dando vueltas y vueltas en una calesita.

   - Vamos a distraernos - continuó Alec - sentémonos en uno de los bancos y tratemos de olvidar a los Flagherty, a Rick.  Al fin de cuentas, ¿qué tenemos que ver?

   - Vamos - contestó Várady sin mucho entusiasmo, y bordeando un sendero de flores multicolores.

   - Pongámonos los lentes filtradores para ver por un instante el mundo sin colores...

   Se colocaron los lentes y observaron atentamente:

   Donde quiera que volvieran la vista había flores.  Por supuesto que sólo era visible para ellos el color azul, y el cielo resplandecía en un azul intenso... Una joven con un cochecito pasó junto a ellos.  No pudieron impedir mirar al bebé. 

   Atónitos, vieron que el bebé irradiaba un intenso resplandor azulado que traspasaba las paredes del cochecito.  Su boca estaba abierta y su carita era escamosa y de color azul-grisácea.  Sus ojos eran rojos, pero de un rojo diferente, nunca visto por seres humanos; era un rojo más allá del espectro conocido, que el filtro dejaba pasar...

   Y donde quiera que hubiera niños pequeños, veían el resplandor azulado, crestas falcadas, caritas escamosas, orejas de gato, manos con uñas retráctales que agarraban el brazo, las polleras de las mamás, o el mismo cochecito.

   Y las mamás miraban sonriendo a sus criaturas, embelesadas, como toda madre contempla a su pequeño, con la más infinita ternura...