**** EL CAZADOR ****


     Estábamos festejando el cumpleaños de Elisa. Se reunió una vieja barra de amigos: Esteban, el médico; Julio, escritor y periodista; Amanda, experta en informática y, por supuesto, Rubén, esposo de Elisa. Este era abogado, muy bueno por cierto, tal es así que sus amigos lo llamaban amablemente "El Rapiña"... Ganador de muchos juicios, defensor de cualquiera que estaba dispuesto a pagarlo... No obstante estas hermosas cualidades, Rubén era simpático, por lo menos con sus amistades. Solo que... tenía una pasión: la caza, especialmente la caza mayor. Su principal objetivo eran los pumas... Elisa, su mujer, detestaba tal diversión; jamás acompañaba a su esposo en sus cacerías.
    Entre copas y bocaditos sabrosos Esteban soltó una pregunta, así en el aire, una pregunta que no tenía conexión alguna con los temas que se desarrollaban allí, por cierto frívolos, como los amores de algunas actrices, las aventuras de la linda vecina, etc. Esteban respiró hondo y dijo:
    - ¿Qué piensan ustedes? ¿Los animales tienen alma o no?
    Julio, el escritor, se adhirió:
    - De veras, qué interesante; ¿tienen los animales un espíritu, un alma?
    La pregunta flotaba en el aire y llegó hasta la conciencia de Rubén.
    - ¡Claro que no lo tienen! - dijo con voz firme.
    - ¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?
    De alguna forma se quebró la alegría en el grupo; nos quedamos muy pensativos y cada uno de nosotros buscó un pretexto para irse. Nos despedimos amablemente de Elisa y un tanto fríamente de Rubén, deseándole mala suerte para su cacería, ya que al otro día iba a viajar a Neuquén para cazar pumas.
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    Pasaron tres semanas cuando Rubén me llamó por teléfono.
    - Lily, tienes que venir con tu hermano Luís. Tengo algo que consultarte.
    Cuando llegamos a su departamento, estaba solo; Elisa viajó a Punta del Este. Rubén tenía una cara como si hubiera tenido una cita con el diablo.
    - ¿Qué te sucede?
    Durante un tiempo parecía buscar las palabras que al final le salieron como gemidos.
    - Pues... Fui a Neuquén, se acordarán, para cazar. Desde hace tiempo perseguía un enorme puma macho... Quería matarlo, ya que en el año anterior maté a su compañera.
    - Vergüenza debería darte - mascullé yo, pero él no pareció escucharme. Continuaba su relato, como un sonámbulo.
    - Lo en la tercera madrugada, en el mismo matorral donde maté la hembra. Allí estaba, como esperándome. Apunté y tiré... Escuché un bufido y un ruido sordo como cuando cae un bulto pesado...Miré y el puma ya no estaba. Corrimos con mi ayudante y con el perro para recoger el cuerpo... Pero nunca lo hallamos. El perro, excelente cazador, es un dogo de mal carácter, husmeaba en vano. El puma no estaba y sus huellas tampoco.
    - Seguramente no le diste - dijo mi hermano Luís.
    - Esto es imposible. Lo escuché caer, bufar... No es la primera vez que lo hago. Pero no encontramos ni el menor rastro. Volvimos a casa... Elisa justo se fue, ni tuve tiempo de contárselo. Me quedé en casa, solo, pensando constantemente en ese enigma. Si no le di, ¿dónde estaban sus rastros? Porqué el perro tampoco los pudo hallar. Me acosté, hacía calor, bajé las persianas, solamente a medias, para tener aire. Y entonces sucedió...
    Se notaba que a Rubén le costaba seguir su relato. Hizo una pausa, secándose la frente.
    - Sucedió que... no estaba dormido, no fue un sueño. Oí moverse la persiana, como si alguien, desde abajo, intentara subirla... Y lo vi... ¡Allí estaba!
    - ¿Qué cosa?
    - ¡El puma! ¡Estaba allí! En mi departamento de tercer piso... Trataba de entrar, moviendo la persiana con su morro... Oí su respiración; soltó un sordo maullido y abrió su boca... Quise gritar, pero no pude... Creo que me desmayé o me quedé aturdido... Cuando me despabilé, el puma ya no estaba.
    - Estabas muy cansado y tal vez impresionado - arriesgué yo, exponiéndome a un ataque de ira de Rubén, pero él ni me oyó.
    - Salí de mi dormitorio - continuó - y comencé a gritar, pero nadie me oyó. Tomé un vaso de agua... Intenté acostarme en el living, tratando de tranquilizarme. Pero yo no estaba dormido...Ni impresionado. Lo vi. ¡Lo vi!
    - Perdóname, Rubén - dije yo con energía - no pudiste haberlo visto. Es tu imaginación, tu conciencia, que se está despertando.
    - ¿Eso es lo que piensas? Pues escucha el resto. Tratando de dormir, como te dije, en el living, no tardé en escuchar los mismos ruidos; venía de mi dormitorio. Me levanté y sigilosamente fui a buscar mi rifle... Y allí lo vi otra vez, tratando de entrar por la ventana. Pude distinguir en su pecho una herida sangrante...Quise tirar, pero el rifle estaba descargado, posible obra de Elisa antes de viajar. El puma estaba en posición de saltar...Y yo, indefenso, curiosamente no sentí miedo. En vez de miedo sentí... un enorme dolor, un... algo así como un arrepentimiento, qué sé yo... Recordaba la frase de Esteban: "¿los animales tienen alma?" De pronto el puma desapareció, se desvaneció en el aire, como si nunca hubiera existido...
    - Y debe ser así; todo esto es obra de tu imaginación.
    - ¿Ah sí? - Rubén se levantó y me arrastró hacia la ventana. - Pues ¡mira esto!
    Y lo que vimos, jamás lo olvidaremos...  Jamás.
    En el marco de la ventana estaban las grandes huellas del puma; el dibujo de sus patas sangrientas, inconfundibles, auténticas... Huella de patas del gran gato, hechas con su propia sangre.