*** EL CALIDOSCOPIO ***
Hermoso
juguete de nuestra infancia, perfeccionado en nuestro presente ultramoderno. ¿A
quién no le despierta nostalgias por un mundo irreal, de colores siempre
cambiantes, siempre simétricos?
Por esa razón decidí
regalarle uno a Melitta, mi sobrinita de diez añitos florecientes, y grande fue
mi sorpresa cuando ella lo rechazó, diciendo:
- Gracias, tiíto. Tenelo vos, que te gusta tanto.
Yo tengo otro y, la verdad, la verdad es que es mucho más... más
perfecto que éste. No quiero despreciar
tu regalo, pero es así.
Me quedé muy sorprendido. ¿Uno más
perfecto?
- ¿Quién te lo regaló?
- Eso no te lo digo. Es un secreto. Es uno
de los supersecretos que jamás revelaré.
Me causó gracia, ya que a Melitta le
encantaba secretear así. Se imaginaba,
creo yo, una "espía internacional" en capullo, o algo parecido.
- ¿Ni me lo vas a mostrar?
- Si quieres verlo, sí. Pero después no te
quejes.
Comenzó a intrigarme la cuestión. Melitta se levantó de su silla y me arrastró
al altillo, donde tenía escondidos sus tesoros. Me hizo sentar en un baúl con
candados, que parecía haber pertenecido al pirata Morgan y abrió otro, ya no
tan piratesco sino más bien sencillo, de color plateado. Metió la manita y
pronto apareció en ella un objeto tubular, también plateado, cuyo borde, no
obstante, no era circular sino pentagonal incrustado en el borde circular
exterior. Era bastante grande; Melitta
apenas podía sostenerlo. ¿Quién le habrá regalado semejante monstruosidad?
- Aquí está.¿Quiere "bichar"
adentro?
- No se dice bichar... - pero al mirar
dentro del pentágono, me quedé sin aliento.
Había allí un verdadero mundo, sí, un mundo
aparte, extraño, con profundidades inmedibles, y si seguía mirando más y más
profundidades descubría. Los trozos de vidrio transparentes y multicolores - ¿O
eran otro material? - se combinaban de diferente forma en cada movimiento, como
suele suceder en todo calidoscopio, pero aquí había algo más. Había un extraño
juego de luces y sombras, también simétricas, como si el alba, la noche, y el
mediodía jugaran allí un curioso escondite continuo, alternándose. De pronto parecía un paisaje multiplicado, y
algo que no llegaba a comprender; el visor era de forma pentagonal, pero dentro
la pantalla - si así se podía llamar lo que yo estaba contemplando - parecía
ser octogonal, o no sé qué tipo de prisma era. Al mover yo apenas el artefacto,
las imágenes cambiaban con demasiada rapidez, y a mí me parecía que no obedecían
a los movimientos de mi mano. Resolví
así mantenerlo inmóvil y pude convencerme que así era. Las imágenes cambiaban
aunque con más lentitud, mostrando las figuras más inverosímiles que podía yo
haber visto jamás. Parecían imágenes de un mundo con otros parámetros, otros
conceptos sobre geometría, movimientos y proporciones.
- ¿Me quieres explicar qué es esto?
Melitta agarró el calidoscopio de un tirón.
- Ya lo viste y ahora dámelo. Es mío. Nadie
sabe nada de esto.
No me quedó otro remedio que irme y meditar
sobre la tecnología moderna y sobre su vertiginoso desarrollo en materia de
juguetes. Vaya uno a saber, de qué
truco óptico, se valió su constructor. Y como tenía mucho trabajo en aquellos
días en mi oficina de patentes, pronto olvidé el calidoscopio de Melitta.
Sucedió que precisamente en aquellos días
tuve que revisar una curiosa patente sobre "proyecciones
multidimensionales" donde el inventor trataba de construir un artefacto
cuya finalidad nadie podía comprender, menos yo. La patente había sido
rechazada como tal y el joven inventor se fue bastante disgustado. Los
principios del artefacto eran directamente incomprensibles, tanto por su
terminología como por su finalidad.
Al pensar con un poco de disgusto en el
asunto(hubiera querido ayudar al joven que era realmente simpático), pensé otra
vez en el calidoscopio de Melitta, y no sé por qué deseé fervientemente que
este joven le echara un vistazo. Pero
las circunstancias obraron como una fatalidad; pronto mi mente se enfocó hacia
otro problema mucho más cercano.
Ocurrió que Melitta otra vez me tomó de
confidente, contándome que su mamá quería casarse de nuevo, después de la
muerte de su papá. Melitta no había
llegado a conocer a su padre; éste había muerto en un extraño accidente de
aviación. Me sentí mal al escuchar la noticia; sucede que John, el padre de
Melitta, jamás fue encontrado y su muerte no estaba verificada. Podía estar
vivo en alguna parte. Pero ya habían transcurrido 9 años. La mamá de Melitta,
mi hermana, tenía derecho a formar un nuevo hogar.
Melitta también necesitaba un padre
permanente, no un tío como yo, aunque por mi parte traté de cumplir ese papel
lo mejor que pude; participé en sus cumpleaños, la llevé por primera vez a la
escuela, la asistí en sus enfermedades y escuchaba sus confidencias. Melitta
sólo se sinceraba conmigo. No tenía amigas y con su madre se comportaba con una
extraña cortesía pero sin demostrarle sus sentimientos.
- Mira tío – comenzaba - se trata de un
hombre odioso y si mamá se casa con él, habrá problemas.
Al escuchar eso de "habrá problemas'
sentí un curioso golpe en el estómago. La entonación no era propia de una niña
de 10 años.
- Trata de hablar con mamá, tío - me dijo
con expresión muy seria.
Con muy malos presentimientos me presenté
aquella tarde en la casa de mi hermana. La encontré muy hermosa con un vestido
nuevo, muy seductor. Había soltado sus hermosos cabellos rubios y sus ojos
brillaban de alegría. Junto a ella estaba el galán, un joven muy apuesto, que a
mí no me pareció antipático en absoluto.
Su cara me resultaba levemente familiar.
- Soy Arnold Springer, ingeniero en
electrónica. - me dio la mano y en ese instante avisté a Melitta en un rincón,
vestida de pantalones y con el cabello recogido. Sus ojos nos miraban con
fingida indiferencia.
- Me alegro – dije yo - espero que haga
feliz a Diana.
- Es toda mi intención. - dijo Arnold
- Sólo tenemos un pequeño
inconveniente: la niña.
El "pequeño inconveniente" apareció
de pronto y se acercó con pasos lentos y firmes.
- Es cierto - dijo mirando de frente Arnold
- tú a mí no me gustas. Eso es todo.
En el rostro de Arnold noté un "tick”
nervioso.
- Las niñas de tu edad no deben hablar así.
- Las niñas de mi edad son otras niñas,
pero yo soy yo y hablo así. Te ruego que te vayas y dejes en paz a mamá.
- ¡Melitta! ¡Cómo te atreves! - exclamó mi
hermana, pero la niña dio media vuelta y desapareció por la puerta del living.
- Ya cambiará,- sonrió Arnold, pero frunció
las cejas. - y si no cambia, tampoco importa; ya crecerá y comprenderá.
- Jamás comprenderá - me oí decir, para mi
gran sorpresa. ¿Por qué dije esto? ¿Quién me indujo a que lo dijera?
La reunión fue muy corta. Diana y Arnold
decidieron ir al cine y yo decidí quedarme con Melitta. Antes tuve que llamar a
mi oficina para que no me esperaran. Al encaminarme hacia la salita donde
estaba el teléfono, oí la voz de Melitta que se dirigía a Arnold.
- ¿Por qué no te vas de esta casa? Deja en
paz a mamá. Así nos despediremos en paz, como amigos.
- No me odies, Melitta. La
próxima vez me quedaré contigo y así nos conoceremos mejor.
- No me interesa conocerte. Sé como eres.
¡Eres de los que pegan a las mujeres!
Tomas licor y le pegarás a mamá y a mí.
Vete mientras puedas.
¿Qué significaba eso de "vete mientras
puedas”? Arnold no contestó. Felizmente
apareció Diana, mi hermana y se fueron al cine. Me quedé a solas con Melitta.
- Ahora me vas a contar de dónde sacaste
eso de que Arnold le pega a las mujeres.
Melitta me miró fijo.
- De su cabeza. Cuando por primera vez
sentí eso, llamé por teléfono a Carolina.
- ¿Quién es Carolina?
- La vecinita. Su mamá conocía a este
Arnold. Quería ser el papá de Carolina, pero les pegó a las dos. Me lo
contaron.
- ¿Por qué no se lo contaste a mamá?
- Sí que se lo conté, pero mamá casi me
pega a mí. Dijo que era una chismosa y una mentirosa.
Opté por aceptar el peor papel. Al otro día
invité a mi hermana a tomar un café para contarle la conversación con Melitta.
- Es una niña mentirosa y mala. Inventó
esta historia porque odia a Arnold.
- Es fácil averiguar si miente o no, ¿por
qué no le preguntamos a la mamá de Carolina?
- Pero querido, no existe ninguna Carolina
en la vecindad. Nuestro vecino es un viejo solterón. El que vive arriba es otro
viejito, que se dedica a sus peces de colores.
No hay ninguna niña en el edificio.
Me quedé muy desconcertado. Conocía bien
los defectos de Melitta, pero no la conocía como mentirosa. Sólo podía pensar
que una de las dos mentía. Decidí pues indagar por mi cuenta en el edificio. Mi
hermana tenía razón. No existía ninguna señora con una hija llamada Carolina.
Encontré a Melitta muy cambiada cuando
llegué al departamento. Ya estaba por
preguntarle algo, pero opté por callarme.
Estaba conversando animadamente con Arnold. Me quedé muy sorprendido,
pero después pensé que Melitta al fin y al cabo era una niña con grandes dotes
histriónicas, se había cansado de su papel de "mala" y había resuelto
transar.
- Al final nos hicimos amigos – dijo Arnold
sonriendo.
No sé por qué me sentí muy incómodo durante
la cena. Melitta, miraba a Arnold con una expresión enigmática; Diana parecía
feliz por el cambio de su hija. Pero de pronto ésta dijo algo que a todos les
causó alegría, menos a mí.
- Papá Arnold – dijo - ya que hicimos las
paces, ¿te puedo pedir algo?
- ¡Lo que quieras!
- Regálame una foto tuya. Quiero tenerla en
mi dormitorio, para hacerme la idea de que... serás mi papá postizo.
- ¡Encantado, mi reina! - dijo Arnold y le
dio un beso. Y fue en ese momento
cuando sentí un escalofrío.
Al otro día mis tareas me absorbieron, pude
hablar de nuevo con el joven inventor, quien resultó un personaje fascinante.
Hablamos de todo, pero yo, no sé cómo ni
por qué, le hablé de todo menos del extraño calidoscopio de Melitta.
Tal vez si lo hubiera hecho, no habría
ocurrido lo que ocurrió después.
Durante tres días no pude ver a mi hermana.
Al cuarto día recibí su llamada telefónica. Estaba llorando.
- ¡Arnold desapareció! ¡Hace tres días que
no sé nada de él! Llamé a su casa y allí me dijo la casera que no había vuelto
por allí. Su cama está intacta. ¡Habría que dar parte a la policía!
Corrí hasta la casa de mi hermana y
comenzamos la búsqueda. Llamamos a
cuanta persona conocida podía ayudarnos.
Arnold había olvidado su libreta de direcciones en la casa de mi
hermana, una verdadera suerte, así pudimos llamar a todos los que allí
figuraban. En una página descubrí una dirección y un nombre: Sra. Aldriss, con una dirección de otra ciudad, y
una anotación debajo. "Cumpleaños
de Carolina, comprarle regalo”.
- ¡Carolina!
Así que Carolina y su madre existían. Pero
no en la vecindad, sino en otra ciudad. ¿Habrá tenido Melitta acceso a esta
libreta?
Muy pronto dejó de interesarme el asunto.
Pero también recordé algo, con este amigo mío el del invento hablamos
precisamente sobre las curiosas desapariciones cerca del Triángulo de las
Bermudas. Donde el avión piloteado por John desapareciera, el padre de Melitta.
- ¿Habló Arnold de algún viaje?
- ¡No, nada! El viaje lo planeábamos para
después de la boda -lloró Diana.
En ese momento apareció Melitta en la
habitación. Se acercó a su madre y le acarició el pelo.
- No llores, mamá. No perdiste gran cosa.
- ¡Cállate! ¡Ahora puedes sentirte feliz!
¡Juraría que tú le dijiste algo para que se vaya!
- No, mamá. No le dije nada. Hice.
Diana no la oyó, seguía llorando. Pero a mí se me erizaron los pelos. Agarré
la mano de Melitta y la arrastré al altillo.
Melitta se dejó llevar.
- ¿Así que quieres saber dónde está Arnold?
Me alargó el calidoscopio. Y miré adentro.
Allí estaba Arnoid, dentro del calidoscopio
multiplicado por mil en forma perfectamente simétrica, fragmentado y con los
miembros mezclados, formando las más inverosímiles combinaciones. Estaba inmóvil, sólo su expresión era
indescriptible, reflejaba el horror cósmico más impresionante que haya visto en
rostro humano. Daba la sensación de
vivir y comprender todo, aunque estaba petrificado, atrapado en el
tiempo-espacio, en algún lugar del no-tiempo, en una espantosa eternidad de
no-existencia.
- Ya puedo revelarte, quien me dio el
calidoscopio.
- ¿Quién?
- Mi papá. Fíjate, aquí está.
Otra vez miré en el calidoscopio y allí vi
a John sonriendo, también fragmentado, partido en mil pedazos, pero feliz y
sonriente, como quien está muy satisfecho con su hijita y con su travesura.