LA BICHA

 

 

 

   La nave llegó a la Tierra justo en el momento cuando la Tierra "se ponía" en el horizonte. Sobre el gran platódromo de la ciudad lunar Selenea se extendía un cielo negro, recamado de estrellas fulgurantes.

   Después de la Gran Epidemia de diez años atrás era la primera nave con permiso de alunizaje a Selenea. Durante estos años poco o nada se sabía de esta colonia lunar.

   Tom Snaker, el capitán de la expedición: un hombre  alto, esbelto, con rasgos mongoloides, era un hombre a toda prueba para cualquier empresa espacial. La elección de la Junta cayó sobre él por dos poderosas razones. Una era su conocida eficacia y sangre fría; la otra, su carácter "inbancable" según los miembros de la Junta, ya que Tom Snaker poseía un humor negro y una capacidad increíble de encontrar el "talón de Aquiles" a cualquiera. (Un hombre así mejor que se aleje de la Junta, donde cada uno de los miembros tenía algo que esconder.)

   La expedición ha sido organizada precisamente para averiguar lo que pudo haber pasado con un miembro de esa Junta, un tal Dug MacCormack, o el "cacique Dug", como solían llamarlo. Este apodo o ganó, no por su hombría, sino por su gran afición a las mujeres; jamás dejó, según las referencias de conocidos, escapar mujer alguna de buena apariencia. Su capacidad de seducción se limitaba a hacer flamear billetes y como vivía en una época en la que éste era el mejor argumento, podía tener todo un harén, por supuesto con mujeres alternadas. Poco antes de estallar la Gran Epidemia, conocida por una terrible sigla: la de SIDA, el "cacique" Dug, temeroso del contagio, pidió ser trasladado a la Luna, ya que él vislumbraba mucho antes este peligro. Dug era, además, en gran experto de cultivos hidropónicos, y a un hombre así necesitaban mucho allí. Las tres ciudades: Selenea, Dianea y Hecatea, principales estadías de la Luna, llegaron a ser su reino, ya que muy pocas personas deseaban vivir allí. Hecatea era la planta científica, construida en el lado "oculto" de la Luna, donde estaban las fábricas, los talleres reparadores de los robots y de las instalaciones lunares. Tom Snaker trabajó allí durante su juventud, siendo él uno de los fundadores de la planta, pero cuando la Epidemia estalló, lo requerían en la Tierra. Por esta razón aceptó ahora capitanear la misión; ardía por saber todo lo que pudo ocurrir allí, sin personal humano, todos robots programados para autorepararse. Tampoco se sabía a ciencia cierta que en Hecatea hayan quedado o no algunos humanos también. Durante los 10 años transcurridos no ha llegado desde allí ninguna otra señal que no sean la de los androides, que cada mes "se reportaban" por radio. Estas transmisiones pasaban a través de la estación principal de Selenea, donde residía Dug; la Junta estaba alarmada por esta razón, ya que jamás recibía recado o mensaje de parte de él. ¿Se habrá muerto? ¿O estará enfermo? Se sabía que allí oficiaban androides médicos y varias computadoras muy bien programadas para sintomatología y tratamiento. No obstante, el último reporte robótico despertó en los miembros de la Junta mucha curiosidad. Al enviar la pregunta desde la Tierra: "¿Cómo se encuentran todos?" la contestación fue: "Sin mayores novedades, humanos y no humanos."

   Esto significaba pues que HABIA humanos; el reporte hablaba, además, en plural. La curiosidad de la Junta llegó al máximo cuando Tutu Mac Intosh, el presidente, hijo de un irlandés y una hermosa zulú, antaño amigo inseparable de Dug, organizó la expedición. "Deben haber sido demasiado inseparables" mascullaba Tom Snaker con su semi-sonrisa irritante.

   Al llegar pues a Selenea con una tripulación de cuatro personas, Tom Snaker decidió investigar todo a fondo y llevar un informe completo a Tutu MacIntosh. Los miembros de la tripulación no se quedaba atrás respecto a la compleja personalidad de Tom. Un irlandés alto, fuerte y peleador al máximo, Tim Callahan; un argentino de origen araucano, de mediana estatura, fuerte como un toro, con manos de acero, famoso por sus "golpes secos". Su nombre era Ramón Curá; su apellido significa "piedra". Un húngaro, llamado Attila Erôs, (el apellido significa "fuerte" en húngaro) y finalmente un japonés, que jamás podía faltar de las expediciones de Tom Snaker. Este japonés era el más viejo de todos, Hideo Takamura; experto en todas las artes marciales conocidas. Tom Snaker era su mejor alumno. Un grupo así podía adolecer de cualquier falla, pero una cosa era segura: que no conocía el miedo.

   El platódromo de Selenea se iluminó de pronto. Aparecieron las señales de bienvenida en la torre de control. En el suelo se abrió una gran puerta con una rampa, por donde la tripulación con Tom Snaker podía bajar y entrar así en el subsuelo de la ciudad lunar, protegida por un enorme complejo de campanas transparentes, guardianes de la atmósfera interior.

   Los habitáculos de los supuestos seres vivientes se encontraban muy debajo de la superficie lunar, asimismo los jardines hidropónicos y los laboratorios.  La superficie, aunque cubierta, era tan solo para estadías cortas y para las estaciones de radio locales. A través de las gruesas paredes de un material parecido al vidrio, pero mucho más resistente, se veía el desolado pero fascinante paisaje lunar con sus fuertes contrastes de luz y sombra.

   Al bajar por un largo pasadizo, se presentó un androide más o menos de forma humana; su rostro era apenas un esbozo o caricatura de una cara humana: su constructor debe haber tenido o mucho apuro o mucha pereza al diseñarlo. Su comportamiento también evocaba a un programador muy distraído, con sus movimientos cansinos y voz estridente al saludarlos.

   Tom Snaker lo contempló un rato de reojo.

   - Tú, ¿qué clase de basura eres?

   El androide les dio una verdadera sorpresa: reconoció a Tom Snaker.  Se inclinó ante él con cómica reverencia.

   - Feliz estadía, amo Snaker, mi creador.

   Tom Snaker soltó una carcajada. ¡Era cierto!  El viejo robot provenía de Hecatea, la ciudad "oscura", donde él trabajó durante años, diseñó androides. Este era un modelo tipo "annunaki", nombre que Tom le dio, en honor a la leyenda sumeria, ya que le encantaba hurgar en la historia antigua de la Tierra.  La tripulación se tranquilizó y siguió al robot hasta una puerta blindada, donde este emitió un sonido. La puerta no mostró señales de abrirse; el androide repitió varias veces la melodía sin éxito.

   - Tu voz ya no sirve, amigo - se rió Tom Snaker y comenzó a tararear la misma melodía.  Tenía una voz muy agradable, ni barítono, ni tenor.  La puerta lentamente comenzó a abrirse.  "A este viejo armatoste tendré que ajustarlo un poco" masculló entre dientes, según su costumbre.  Se encontraban en una inmensa habitación, agradablemente iluminada con luces de colores de arcoiris. Al final de la sala vislumbraron una especie de trono, rodeado de sofás circulares, acolchados, al estilo romano.  En el trono estaba sentada una figura gorda, de cabellos amarillo-rojizos, y de rostro rubicundo, donde los dos ojos azules-acuosos brillaban entre las mil arrugas que los circundaban.  Con todo esto hacía juego una boca de pez, de labios gruesos y una nariz que hacía acordar a la de un cerdito muy simpático.  El personaje se encontraba rodeado de hermosas figuras femeninas, de los más diversos tipos raciales de la vieja Tierra.  Una de ellas, una hermosa rubia cimbreante se acercó a Tom Snaker, para darle la bienvenida.

   - Que sea agradable su estadía aquí, en el recinto de nuestro amo Dug. Su voz sonaba de alguna forma muy extraña, aunque agradable, como si no saliera de su boca, sino de cualquier otra parte. Se adhirió una hermosa morena, pero en cuyo rostro se veían unas extrañas manchas rosadas, como si se hubiera maquillado apuradamente. Tim Callajan la pellizcó en el muslo, pero pronto retiró la mano con un grito de dolor. Recibió una descarga eléctrica bastante fuerte.

   - ¡Jojojojoajaja! - se oyó la carcajada del "cacique Dug" desde su trono, ya que era él el personaje, el objeto de la expedición.  Estaba sano y salvo, aunque bastante envejecido y muy gordo.

   Tom Snaker era enemigo de todo protocolo, pero ahora creyó que la ocasión merecía un saludo. Alargó su mano hacia la de Dug y la estrechó con una sonrisa.

   - Me alegro que te encuentres vivo y bien.

   - Más me alegro yo - dijo Dug levantándose y los abrazó a los cinco uno por uno, por más que éstos intentaran a evitarlo - Perdona por la descarga, amigo; Carmencita tiene una fuga y no puedo comunicarme con los mecánicos robots de Hecatea hace mucho tiempo. Aquí todas ellas tienen ya alguna falla: a Lucy se le escapa la voz, Betty a veces renguea y Daisy, cuando me besa, a veces se me queda pegada y me cuesta despegar sus labios de los míos.

   - Así que éstas son para todo uso - dijo Tom Snaker con su sonrisa sardónica, la que tanto odiaban en la Tierra los miembros de la famosa Junta. 

   - De esto me acuerdo que Tutu te manda efusivos saludos.

   Esta frase hizo sonrojar un poco a Dug, pero no se enojó. 

   - ¿Así que ésta es tu gente? ¿No hay humanos aquí?

   El rostro alegre de Dug se oscureció.

   - Sí, hay una.

   - ¿"Una"? ¿Es mujer?

   - Sí, es hembra, sí.

   - ¿Podríamos verla? - preguntó ansioso Tlm Callahan, que era el más "necesitado" siempre en materia de mujeres.

   - Nnno... No. No pueden verla. Es la Bicha. Nadie puede verla. Solo yo, pero cada vez que tengo que verla, me enfermo.

   - ¿Es una niña deformada? - pregunto Attila Erös, el húngaro, quien era el médico de la tripulación.

   - No, noo ... Nononon... Mejor dicho sí.. Puede ser.  Es horrible.  Horrible, horrible, horrible. Hasta su voz me enferma.  Pero tengo mis deberes con ella.  Su madre me la envió, cuando estalló la Epidemia.  Ella había ido a una misión muy peligrosa, en aquella expedición a Titán. Creo que murieron todos, o no sé qué pasó, jamás recibí noticias después de la última. -

   - ¿Cuál última?

   - Y.. Un años después. Aquella expedición cayó en manos de los gatos espaciales...

   Se quedaron callados, ya que todos conocían el significado. De pronto los cinco, casi simultáneamente, dirigieron la mirada hacia una de las mujeres de Dug.  Esta no era humanoide, sino la réplica de una "gata espacial", temible raza devoradora de todo orgánico que se encuentra en su camino.  Claro que esta figurita era tan solo una máquina, pero estaba muy bien hecha. Cubierta de escamas verdes, con su hermosa doble cresta en la espalda, y sus ojos fulgurantes, era una réplica perfecta. Tom Snaker soltó la carcajada.

   - ¡A ésta la hice yo!¡Por todos los diablos, la construí en mi último año en Hecatea!

   El rostro de Dug recuperó la expresión risueña.

   - No sé por qué la conservo. Me gusta. Se comporta muy bien, es la más servicial, claro que no para lo que son las demás.  Pero su mecanismo es excelente, y si se trata de pelear, es magnífica. Hasta sopla fuego!

   Tom Snaker la contempló un rato. La gata-robot sostuvo su mirada y permanecía inmóvil. Había algo realmente siniestro en su mera presencia. No parecía reconocer a su creador, como el androide que los recibió.  Pero desde este instante no quitaba su mirada de Tom Snaker.

   - Hablemos pues de la hembra humana, de la que llamas Bicha. ¿Cómo se llama en realidad? 

   - No... No lo sé; olvidé su nombre. Lo tengo en sus identificaciones. Además... No puedo pronunciarlo tampoco. Tuve que olvidar su nombre.

   Tom Snaker recién se dio el lujo de observar a Dug en toda su humanidad. Vestía una túnica romana, de un material sintético, de color manteca; calzaba sandalias livianas, de las que sobresalían los dedos regordetes de sus pies.  En su cuello pendía, por una gruesa cadena de oro, un hermoso cristal Labrador, transparente e iridiscente, reproduciendo el espectro de colores. Parecía un cristal en bruto, solo perforado, ejemplar hermoso, que podría haber sido objeto de envidia de cualquier museo de Ciencias Naturales.  El tamaño del cristal era como el puño de un bebé.  Desentonaba bastante con la cara y vestimenta estrafalaria de Dug; parecía tener un significado muy importante para él. No se habló más en este día de la "Bicha"; todos fueron invitados a comer.

   Había de todo; los jardines hidropónicos funcionaban muy bien.

Hideo Takamura pudo satisfacer su apetito, comiendo su "sashimi", o sea tiras de pescado crudo con la pasta de la raíz wabasi y con shoyu. Había en los estanques subterráneos - mejor dicho, sublunares - todo tipo de peces comestibles.

   Tom Snaker era un vegetariano inveterado, solo comió fruta y algunas verduras.

   El húngaro Attila y también Tim Callahan extrañaban la carne, que sí faltaba del menú.

   La tripulación fue conducida a sus aposentos, cada uno a una habitación bastante cómoda. Dug los acompañó.

   -¿No quieren a algunas de las chicas como compañía?

   Tim Callahan titubeó un poco, pero Tom Snaker lo miró fijo, con sus siniestros ojos verdes, que eran casi tan oblicuos como los del japonés. Tom era hijo de padres mongoles, y su apellido era traducción de su nombre mongol, ya que al inscribirse en la Escuela de Astronáutica tenía que elegir un apellido más fácil. Su verdadero nombre: Kundah, "Serpiente", ha sido transformado en "Snaker".

   Sus compañeros, en secreto, decían que "Snaker" más bien significa "encantador de serpientes", ya que su mirada era capaz de atemorizar hasta a un gato espacial.

   La noche transcurrió bastante tranquila, pero ni Tim Callahan ni Tom Snaker pudieron dormir bien. Tim Callahan por razones obvias y Tom Snaker por la "Bicha".

   ¿Qué clase de misterio sería esto? La criatura debe ser una mutante, o deformada por radiaciones... Dug habló de su madre, quien ha formado parte de la expedición a Titán. Por lo tanto, era humana. ¿Habrá tenido esta mujer amores con un hombre de raza extraterrestre? ¿Con un marciano, tal vez?...

   Había muchas conjeturas y nada encajaba. ¿Por qué Dug no podía mencionar su nombre?

   Tom Snaker, sin poder dormir, decidió dar un paseo por los pasadizos. El robot que los cuidaba era precisamente su "creación"; no le impedía el paso. Tom deseaba subir a la superficie para contemplar un poco el paisaje      lunar; algo lo llamaba hacia arriba, no sabía            qué. Al llegar arriba, paseaba a lo largo de las grandes salas de recreo, quedándose fascinado por el paisaje. Oscuridad y estrellas  de tremenda luz; alguno que otro meteorito, que solo era visible al impactar en el suelo lunar. No habiendo atmósfera era afuera, la caída del meteorito no fricciona con el aire.  No se incendia, cae simplemente, dejando agujeros impresionantes en el suelo lunar, o simplemente se hunde en la arena.

   De pronto - ¿era una alucinación? - escuchó un canto, una hermosísima voz femenina, un canto lleno de dulzura y nostalgia.  Una dulce melodía oriental vagamente conocida, evocando su infancia en la lejana Mongolia, de las estepas.  Como si cantara el viento, pero con voz de mujer, buscando un eco, un corazón, un ser en quién reflejarse.

   ¿De dónde venía esa voz?

   Tom Snaker trataba de orientarse siguiéndola. Sólo se dio cuenta cuando se encontró ante puerta blindada y la voz cesó. Tom Snaker volvió a su habitación , intentando dormirse, pero sin éxito.

   Al otro día, después de contar su aventura a la tripulación, decidió desentrañar el misterio. Si Dug no podía ver la criatura, ellos sí podían verla; no iban a tener miedo de una mujer, por más desfigurada que fuese. También podía suceder que Dug simulaba y que en secreto tenía una hermosa amante escondida, protegida de esta manera. Solo que al ver la expresión del rostro de Dug cuando otra vez se habló de la "Dicha", hizo dudar a Tom de su conjetura. ¡Ese arco, ese horror, era imposible de simular.

   - Anoche - dijo Tom en el almuerzo - escuché una hermosa voz de mujer. Tienes grabaciones muy buenas, Dug.

   Dug se puso pálido, como un muerto.

   - ¿Dónde escucharte eso?

   - Sucede que fui a dar un paseo arriba.  Al mirar afuera el paisaje, la escuché.

   Dug se levantó de la mesa, tambaleante. La androide llamada Betty intentaba sostenerlo, pero él casi cayó al suelo.

   - Ven, Mordisca, ¡sostenme! - gimió - y la mujer-gato se le acercó para sostenerlo. 'Vaya gusto" pensó Tim Callahan, quien tenía pánico de los gatos espaciales.

   En este momento apareció un androide cuyo rostro parecía estar sin terminar de ensamblar. Le faltaba un ojo, no tenía nariz, porque no había repuesto.

   - Noticias de la Tierra. Acaba de alunizar la nave "Wendigo". La tripulación pide permiso para entrar.

   Dug abrió los ojos como le era posible.

   - ¡Vaya que me convertí en un hombre muy solicitado! ¿Qué le picó allí a todo el mundo?

   - Es que la noticia de que sigues vivo ya llegó a la Tierra, amigo Dug. - dijo Tom sonriendo - Tendrás una sorpresa muy agradable. La tripulación del Wendigo son todas mujeres. ¡Y muy guapas, por cierto!

   Dug parecía estar en el cielo. ¡Mujeres! ¡Mujeres verdaderas de carne y hueso!¡Hace 20 años que no ha visto ninguna!

   - ¡Pronto, prepárenles las mejores habitaciones!¡La mejor comida! ¿Cuántas son? ¡Ay, qué emoción dioses! Mordisca, cuida a los demás que se porten bien. Voy a arreglarme un poco. Je, je, je...Un poco, un poco, me voy a poner mi traje de comandante... ¡que me queda tan bien!

   - No es posible, no cabe en el traje - habló por primera vez la gata-robot llamada Mordisca. Tom Snaker estaba tentado de la risa otra vez. La voz, aquella voz era también programada por él mismo, imitando la manera siseante de hablar de las gatas espaciales. ¡Él las conocía muy bien!

   Dug se retiró a sus habitaciones y Tom hizo una señal con su ojo izquierdo a sus hombres. Éstos iban en pos de él. Comenzaron a subir y llegaron hasta aquella puerta en donde la otra noche la canción se había detenido.  Tom manipuló en la puerta un rato, sin éxito. Y de pronto tuvo una idea: comenzó a tararear la misma melodía que había escuchado la noche anterior. La puerta comenzó a abrirse lentamente, dejando a los cinco sin aliento, incluyendo a Tom Snaker.

   Veían una habitación bellísima, adornada con alfombras orientales y cortinas hiladas de oro y plata. El suelo, cubierto con una piel sintética, de color violeta; por doquier estaban desparramadas grandes almohadones y en un rincón había un arpa dorada. Y en el medio de la habitación esta la criatura más bella que hayan visto los ojos de Tom Snaker jamás.

   Parecía la mezcla de japonesa y de una raza nórdica, con las más bellas proporciones en lo que respecta a un cuerpo femenino. Su cabello llegaba hasta sus delicados muslos; era negro, espeso y brillante, con un curioso reflejo dorado. Sin embargo, sus grandes ojos oblicuos no tenían el epicanto cerrado; su pequeña y graciosa nariz, sus labios perfectos y su cutis dorado la hacían parecer a una estatua oriental. Había algo no humano en ella. Tom Snaker recordó a la antigua raza marciana, humanoides altos de piel dorada, y los reflejos del lejano Sol en sus ojos.  El padre de esa criatura ha sido, posiblemente, un representante de esta antigua raza.

   - ¿Quién eres? - atinó a preguntar Tom Snaker.

   La joven sonrió.

   - Yo soy la Bicha.

   - ¡No es posible!

   - Sí, lo es - comenzó a hablar en su voz cantarina y los invitó a sentarse. También lo hizo ella y los cinco se sentaron a su alrededor.

   - Les debo una explicación. Pobrecito Dug, no tiene la culpa. Antes de nacer yo, él perseguía a muerte a mi madre, ya que perseguía a todas las mujeres... Donde él estaba, ninguna mujer estaba a salvo. Pero creo que a quien realmente amó, era mi madre. Estaba desconsolado. Pero mi madre estaba casada y no le correspondía su pasión. Cuando yo nací, para salvarme de la epidemia, no tuvo otra salida que mandarme a la Luna. Junto a mí le envió un cristal Labrador, imponiéndole que lo llevara siempre, ya que tal cristal lo protegía de la terrible enfermedad.  Por eso, Dug jamás se lo quita, ni al bañarse. Yo me divierto mucho cuando se baña; ¡es tan cómico!

   - ¿Dónde lo ves bañarse?

   - En esta pantalla - la joven descorrió una cortina y allí tenía un monitor escondido - desde aquí puedo ver todo lo que ocurre en Selenea.  Mordisca me ayuda a mantener esto en secreto.

   - ¿Mordisca? ¿La gata-robot?

   - ¿Robot? ¿Ella?... - dijo pensativa - Puede ser. Jamás se me ocurrió que es un robot.

   Tom Snaker y su tripulación eran hombres a toda prueba, pero sintieron erizarse todos sus pelos. ¡Esta hermosa niña desconoce el peligro totalmente!

   - Pobre Dug - continuó su relato - no sabía que el cristal era un engaño. El cristal... ejerce un efecto hipnótico sobre él para que ME VEA HORRIBLE. Por eso me llama "La Bicha". Así me ve.

   - ¿Cómo te ve en realidad?

   - Pues, exactamente no lo sé, pero debe ser una visión espantosa.

   Excelente protección, pensó Tom Snaker. Ni a él se le habría ocurrido. Se sabía que la mezcla terrestre-marciano-antiguo era muy hermosa, pero muy rara. De estos amores casi nunca había descendencia. He aquí un ejemplar, como para voltear al hombre más indiferente.

   - ¿Cómo es tu verdadero nombre y por qué Dug no se atreve a pronunciarlo?

   - Mi nombre es Iridia y si Dug lo pronuncia, Mordisca le sopla fuego en la cara.

   Tom Snaker comenzó a sentirse muy mal. Él no recordaba haber programado a tal "Mordisca" para esta actitud.

   - ¿Tienes conexión con los mecánicos de Hecatea?

   - Solo intercambio mensajes con ellos cuando necesito consejos técnicos. Yo estudié programar, pero mi especialidad es el canto. De técnica no entiendo mucho. De eso se encarga precisamente Mordisca.

   - ¿Y a Mordisca quién la programó? ¿Tu madre?

   - Mi madre fue una famosa programadora, pero jamás estuvo en la Luna.

   Un silencio pesado cayó sobre los cinco astronautas . Una pregunta muy desagradable flotaba en el aire: ¿quién programó a Mordisca?...

   De afuera se oyó el zumbido de las puertas; llegaron las tripulantes del Wendigo. Tenían que irse y dejar a Iridia.

   - Volveremos por ti, Iridia, si así lo quieres.

   Ella hizo un gracioso mohín, sonrió a Tom Snaker y los  despidió. Al llegar a la sala de recepciones, juntos como  un pelotón en el infierno, encontraron una escena indescriptible. Allí estaban cuatro de las astronautas en sus coquetos uniformes blancos y Dug en el suelo, desmayado. En su rostro se veía la misma expresión de horror, como cuando hablaba de la "Bicha".

   - ¿Qué pasó?

   La androide Dasy sostenía la cabeza de Dug y Betty ponía paños húmedos en su frente. De pronto, Dug comenzó a gemir:

   - Horrible... horrible... Pobre Tierra... Las mujeres... Váyanse, llévenselas... Pobres criaturas... No las puedo mirar... Noooo...

   Y volvió a desmayarse. Tom Snaker saludó con la mano a las astronautas del Wendigo.

   - NO sabemos lo que pasa - dijo la capitana, una hermosa rubia de ojos celestes - Al entrar nosotras, comenzó a gritar, dar vueltas, y se desplomó. Bastante desagradable todo esto ¿Valía la pena esta expedición? - pero al contempla la figura de Tom Snaker pareció pensar lo contrario.

   Tom Snaker esta vez no se fijó en ella, ni en nadie. Se acercó a Dug y con un movimiento rápido sacó de su cuello la cadena con el cristal labrador.

   - Busco un voluntario para la prueba - ofrecía el cristal. Tim Callahan fue el primero en alargar la mano.

   - Póntela.

   Tim obedeció. Y al instante, comenzó a gritar, como un desaforado:

   - ¡Socorro! ¡Sáquenlas de aquí! ¡Tienen lepra, tienen la Epidemia! ¡El SIDA acelerado! ¡Son horribles!

   Antes de que se desmayara, Hideo Takamura le quitó el cristal y se lo puso. Su rostro pétreo cambió y se quitó el cristal lo más pronto posible. El próximo fue Ramón Curá; éste comenzó a llorar y se tapó los ojos. El húngaro fue el que mejor se portó; era médico. Lo que vio, prefirió no comentar.

   Las astronautas comenzaron a sentirse muy molestas.  Pero Tom Snaker comenzó a explicarles el fenómeno.

   - El cristal produce tremendas alucinaciones. Parece que su efecto sobre el hombre es que vea horrible a cualquier mujer. No lo tomen mal. Por favor.

   En este momento sucedió lo que era inevitable. Dug volvió en sí, pero sin el cristal labrador.  Y casi simultáneamente apareció en la perta, con todo su esplendor, Iridia.  Iridia, la "Bicha".

   Dug se sentó en el suelo y contempló.

   - ¿Quién es esa belleza?

   En este instante Tom Snaker, con cara de padre bueno, le colocó de nuevo en el cuello el cristal labrador.

   Dug volvió a ver la horrible Bicha, un ser tentaculado de muchos ojos, babeando y siseando, cantando en voz horripilante. Y sucedió esta vez el horror dio lugar a la furia. Se dio cuenta del engaño de los 20 años; de que vivía protegiendo la más hermosa criatura de la Tierra, sin tener acceso a ella.  Y así fue que gritó su nombre, con todo el odio de su alma:

   - ¡IIRIDIA!!!

   Era la última palabra que salió de su boca. Mordisca, la "gata-robot", soltó una llamarada de su boca y lo fulminó en el acto.

 

   Un funeral en la Luna es muy sencillo; el cadáver envuelto en una cápsula se coloca en uno de los cráteres, dejándolo caer desde el mini-platillo.  Así fue el final de Dug, el "cacique".

   Tom Snaker puso en otro mini-platillo a todos los androides y se encaminó hacia Hecatea.  Tenía que investigar al final, quiénes habitaban la ciudad situada en el lado "oculto" de la Luna. Fue con su viejo maestro Hideo Takamura, dejando su escasa tripulación en la compañía agradable de las astronautas del Wendigo.

   Al llegar a Hecatea encontró los mecánicos-robots en bastante buen estado. Casi todos lo reconocían y le dieron acceso a la computadora principal, donde tenía almacenadas todos los programas.  Al buscar la programación de Mordisca, encontró todos los datos; pero fuera de lo que él le haya escrito en su cerebro de silicio, no había huellas de ningún otro trabajo de ningún programador.

   Se guardó muy bien los comentarios, ya que la tal Mordisca también estaba con él, entre los demás androides. Hideo Takamura se retiró a su habitación para meditar, invitando a Tom consigo.

   - Hijo mío. Vamos a hacer un ejercicio mental, el que hace mucho tiempo no hacemos: el bloqueo de pensamientos.

   Tom comprendió... Hizo los ejercicios, intentando borrar los recuerdos de la programación respecto a Mordisca, mientras estaban en Hekatea.

   Así lograron escapar de allí en la misma noche con el platillo, dejando los androides allí.

   Ocurre que la raza de los gatos espaciales es excelente telépata.

   Iridia iba a ser transferida a la Tierra ya libre de la Epidemia. Tom Snaker se despidió de ella, bastante impresionado.

   - ¿Puedo pedirle algo, capitán? - dijo ella al despedirse.

   - ¿Qué quiere pedirme? La complaceré si puedo.

   - ¿Me permitiría llevar conmigo a Mordisca?  Me siento perdida sin ella.

   Los ojos verdes de Tom Snaker se oscurecieron.

  - Mucho me temo que con este pedido no puedo complacerla. Mordisca quedó en Hekatea.

  - Pero... - Iridia miró extrañada - ¡Si hace media hora me sirvió el almuerzo!

   Tom no dijo nada; casi empujando a India hacia la nave y lo más pronto posible ordenó la partida