*** BETA 1,
ESPOSA ULTIMO MODELO ***
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Nuestro amigo Axel tenía un gran problema: su mujer. Hijo de padres
alemanes, educado en un medio de orden, limpieza y obligaciones, se casó con
una temperamental puertorriqueña, llamada Mara. El matrimonio resultó un campo
de batalla, diversión para los vecinos, tortura para Axel. Que si era o no
tortura para Mara, no se podía saber; ella parecía disfrutar las reyertas
diarias.
Axel era sumamente ordenado. Era Ingeniero electrónico, pero con fuertes
inclinaciones hacia los trabajos del campo. Le encantaba la botánica, la
zoología. Eso si: era netamente materialista. Creía en lo que podía tocar.
Hablarle de fenómenos extraños de parapsicología significaba provocarle esa
sonrisa despectiva y antipática... que tanto enfurecía a Mara.
Mara era hermosa; de larga cabellera negra, con un par de ojos oscuros,
como diamantes negros; su boca era sensual y roja, como una fruta recién
mordida. Su cuerpo de bailarina, sus movimientos llenos de gracia enloquecían a
todos los vecinos, envidiando rabiosamente a Axel. Pero nadie envidiaba las
discusiones. Mara tenía la costumbre de armar escenas de celos, gritar,
insultar y tirar los platos al suelo.
Un día Mara salió para hacer las compras diarias y no volvió más. Horas
después, Axel la volvió a ver muerta. Un coche la atropelló. Murio
instantáneamente, sin sufrir.
Axel sintió un gran alivio. Ni intentó fingir tristeza. Nadie lo vio
llorar, ni emitir comentario alguno. Mara no tenía parientes en la Argentina;
Axel tenía sus padres en el Sur. Todo fue maravillosamente rápido. Un día
después del funeral Axel ya estaba acomodándose en la casa, tirando todo lo que
le recordaba a su esposa.
- ¡Qué bien, ahora tengo toda la casa para mí! Nadie me grita. Nadie me
molestará en mis lecturas. Viviré como a mí me gusta vivir.
No obstante, al pasar unas semanas, Axel comenzó a sentirse
terriblemente solo. Extrañaba la presencia femenina. Hasta llegó a extrañar las
peleas... Pero no tanto como para buscar una nueva esposa.
Un día recibió por correo un montón de avisos, de diversas firmas. Los
estuvo mirando durante un rato distraídamente, cuando uno de ellos le llamó la
atención. Era el folleto de una empresa cibernética:
"FABRICAMOS ROBOTS SEGUN SU PEDIDO Y SUS EXIGENCIAS"
Abajo rezaba el subtítulo:
"¿Está usted muy solo? Encargue una esposa-robot. Anotando todo lo que
usted desea de una mujer. ¿Está usted sola? Le construiremos el marido perfecto
y trabajador. No más soledad, no más desavenencias. Usted puede construir su felicidad".
Eso era directamente para Axel. Llamar por teléfono. Concertar una cita
y encargarla era cuestión de minutos. Axel era un hombre muy decidido.
Entregó sus exigencias: que sea una mujer hermosa, de voz
agradable, ordenada, culta, que sepa cantar,
y sobre todo, que sepa cocinar. Hasta llevó recetas alemanas para programarla,
esas recetas de los riquísimos strudels y guisos de verduras. Tenía que ser una
mujer perfecta, agradable, discreta, todo lo contrario de lo que era Mara. El
exterior... sí, podía ser un tipo meridional, como era ella.
Al cabo de un mes, llegó el encargado de la empresa, acompañado por una
hermosa mujer.
- Vengo a entregarle su pedido - dijo el encargado y colocó la mano de
la mujer en las de Alex. La mujer abrió unos ojos enormes, preciosos, de color
caramelo.
Su carita era ovalada, de cutis aterciopelado, con un ligero tinte mate;
la boca, digna de una estatua griega. Lo más gracioso en su rostro era su
naricita respingada que hacía acordar a Axel la nariz de Mara. Pero no le
desagradó el detalle.
Axel pagó gustosamente; el encargado se fue. Se quedaron a solas.
- ¿Cómo te llamas?
- Tu debes darme nombre.
- Te llamare Marianne.
- Gracias. ¿Como te llamas tú?
- Me llamo Axel. Ya nos conocemos. También me gustas mucho.
Así arrancó el matrimonio, si así se lo podía llamar.
Pasaron los días y las noches, y Axel se sentía feliz. Tenía la mujer
ideal. Cocinaba a las mil maravillas. Hablaba sólo cuando Axel le preguntaba.
Podía emitir opiniones sensatas y dar consejos. Sabía jugar ajedrez. Y durante
la noche resultó una mujer muy apasionada.
Esto le alteraba algo su concentración en los deliquios amorosos porque
le traía recuerdos; sin embargo, trataba de superarlos a favor de la armonía
con Marianne.
Así pasaron unos perfectos meses en armonía. Pero un día Axel notó un
pequeño detalle.
Marianne olvidó poner los vasos de agua en la mesa al servir la comida.
- Falta algo, querida - apuntaba Axel. Ella se levantó
displicentemente para traer los vasos. En su hermoso rostro notó un curioso
mohín.
¿Qué habrá pasado? ¿Una pequeña falla en la programación?
Al otro día se repitió el error de Marianne.
Esto de los errores repetidos de Marianne, que no podían ocurrir según
suponía, por su origen de alta tecnología, le volvió a traer recuerdos de su
difunta Mara. ¡Qué raro, ella también se olvidaba de colocar los vasos! Y
decidió interrogarla:
- ¿Qué te pasa, querida? Otra vez faltan los vasos.
- ¡Y, bueno! Una puede cometer errores, ¿no?
La contestación era sorprendente. Errar es humano; una mujer-robot no
debía cometer errores. Y menos un modelo Beta 1, lo que era Marianne. El modelo
Beta 1, según la compañía, era de primera calidad y el más caro.
Axel llamó en secreto a la compañía. Por algo inexplicable no quería que
Marianne se enterara de su llamada.
Pronto llegó el service con el pretexto de un "examen de
rutina". Y verificó lo siguiente: el modelo Beta 1, de serie 3.335.678 C.,
llamada Marianne por su dueño, no tenía falla alguna en su mecanismo.
Axel se quedó muy pensativo durante todo el día. Marianne sirvió esta
vez los vasos, pero se olvidó, en cambio, del vino.
- Falta el vino, querida - dijo Axel.
- Ah, el vino. Podrías haberlo puesto tú en la mesa, ¿no te parece? -
fue la respuesta sorprendente. Esta inesperada respuesta de Marianne colmó la
paciencia y la sorpresa de Axel; decidió ir personalmente a la compañía para
hablar muy seriamente con el programador.
Para nada le sirvió hablar con él. El programador le explicó que el
modelo Beta 1 era muy sensible y que pudo haber recibido ciertas radiaciones o
alguna interferencia por un rayo cósmico. Y que tales fenómenos eran
inevitables todavía. Que ellos estaban constantemente perfeccionando la serie.
Que Axel tenga paciencia.
Y Axel tuvo paciencia, pero cada día se sintió más desconcertado que
antes.
Así pasó un año y algo más. Un día, al levantarse Axel, encontró a
Marianne con una expresión muy extraña.
- ¿Qué te pasa, querida?
- Me siento muy mal.
Axel se quedó estupefacto. ¿Cómo podía sentirse mal o bien un robot?
- ¿Es que no sabes - dijo Marianne - que hoy es el aniversario de
nuestra unión? ¿Y que tú lo olvidaste? ¿Que no has sido capaz de comprarme un
ramo de flores?
A cada frase elevaba más el tono. Axel se sintió realmente aterrorizado.
Estas frases, "en crescendo", eran las mismas que Mara, su
difunta esposa, solía decir en los aniversarios, curiosamente olvidados. Axel,
a pesar de ser un meticuloso que anotaba todo para recordar, jamás anotó tal
aniversario, que era una fecha abominable para el.
- Lo que falta - dijo con voz áspera Axel - es que te quedaras
embarazada.
- Esto no es posible, como bien lo sabes. Y tu jamás querías hijos, ¿te
acuerdas?
- ¿Esto cómo lo sabes?
- Lo recuerdo. ¿Acaso no te lo he pedido tantas voces?
Axel sintió un escalofrío.
- ¿Tú? ¿Tú me lo has pedido?
- Pues sí, desde que nos casamos. Desde que me conociste en mi otro
cuerpo.
- ¿Tu otro cuerpo?
- Pues sí, cuando me llamabas Mara. Después de sentirte tan feliz cuando
perdí aquel cuerpo proteico, en el fondo de tu frío corazón me extrañabas. Por
eso he vuelto. Este cuerpo me gusta más que el otro. No siento dolor; no soy
vulnerable. Y soy fuerte. Si me haces enojar, con mis dos dedos puedo triturar
los tuyos o arrancarte la oreja. 0 romperte la nariz. 0...
- ¡Basta! - gritó Axel desesperado - No sigas. Tendría que haberme dado
cuenta desde el principio. Cuando te olvidaste de los vasos. Por favor, Mara...
- Llámame Marianne. Me gusta más. Y no trates de cambiarme. Lentamente
seré como soy. Voy a cambiar esa estúpida prisionera programación que ata mis
emociones.
- ¡Por favor, no lo hagas!
- ¿Por qué no? A mí me gusta como soy. Y si a ti no te gusta, aguantátelas.
Con eso dio un portazo y se encerró en su habitación, dejando a Axel
sumido en la más negra desesperación.
"¿Que voy a hacer? ¿Llamar a la compañía? Se reirían de mí. Pero
tengo que hablar con el programador. Tengo que pedirle ayuda".
Al otro día Axel fue a hablar con el programador, exponiéndole su caso.
Este lo miró extrañado; lo escuchó con mucha atención y paciencia. Al terminar
Axel, el hombre comenzó a hacerle preguntas sobre su estado de ánimo, que si
últimamente se sentía o no muy fatigado, etc. Al final le dio la dirección de
un sicoanalista.
Axel se fue anonadado... Tenía que tomar una determinación. ¡Tenía que
tomarla!
Al otro día, cuando Marianne-Mara fue a hacer sus compras para la casa,
Axel coloco la bomba de plástico debajo de la cama matrimonial. Luego dejó una
nota en la mesa del comedor, diciendo en ella a su amada esposa que un asunto
de negocio le exigía viajar inmediatamente.
La explosión resulto espectacular. La casa se derrumbó casi totalmente.
Al volver Axel con el rostro compungido, todos los vecinos estaban allí para
consolarlo.
Su expresión no era fingida. La pregunta que golpeteaba en su cabeza era
si había sido o no ese acto, un auténtico asesinato...
Por lo pronto había que ser muy prudente. El espíritu de Mara estaba
libre otra vez, listo para ocupar cualquier máquina bien programada. Será pues
prudente evitar las máquinas. Todas, absolutamente todas.
Así fue que Axel se retiró al campo, cerca de Los Andes, para vivir en
la compañía de un cóndor y de un perro ovejero.
El comentario de todos era: "pobre hombre, tanto amó a su esposa
que el dolor lo enloqueció".