**** EL ÁRBOL
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Hoy es 12 de septiembre del año 1981. Salí a mi jardín para ver los brotes: las
glicinas están en flor y los rosales parecen grandes canastas de flores. Encontré
en el cantero un rosal de increíble hermosura, rosas de un rojo carmesí nunca
visto.
En el mismo cantero me llamó la atención algo inusitado.
Había un arbolito que ayer no estaba. ¿Quién habrá hecho la travesura? Un
arbolito que desconozco, cosa rara, ya que estudié botánica y soy doctor en
Ciencias Naturales. El arbolito mide unos diez centímetros, pero su forma y sus
proporciones son los de un árbol grande, semejante a los árboles enanos que
cultivan en Japón. Al pasar mis dedos sobre sus ramitas y al tocar suavemente
sus hojas escamosas, sentí una extraña sensación, como si tocara una superficie
cálida y sedosa. Voy a buscar en mis libros ese espécimen.
2 de septiembre. No encuentro el nombre del árbol, sólo algo
semejante, que son las plantitas que conocemos como "violeta de los Alpes". Por lo menos su textura es similar. Desde ayer
el arbolito creció notablemente.
3 de septiembre. El arbolito ejerce sobre mí una curiosa
fascinación. Hoy el día es un poco seco y hay mucho viento. Le llevé agua
abundante, ya que ese tipo de planta pide mucho riego. No obstante, me pareció
- ¡qué absurdo! - que el agua no le gustó. Estoy volviéndome viejo al pensar
cosas así, pero juraría que emanaba algo parecido al disgusto o a la
insatisfacción.
Es de noche. Estoy contemplando el jardín desde la ventana.
Justo puedo ver el arbolito. Desde la mañana hasta la noche parece haber
crecido unos centímetros. No puedo quitar los ojos de esa planta. Es como si
pidiera algo. Pero... ¿qué me está pasando? Estoy muy solo, por eso pienso esas
barbaridades. Por la falta de compañía humana adjudico personalidad y
sentimientos humanos a una planta cualquiera. Desde que murió Susie, mi mujer, vivo solo. Pero nunca me sentí demasiado
mal por eso. La soledad nunca me desagradó; me permite pensar, estudiar y
descansar. Bastantes problemas tuve yo con mis alumnos antes de jubilarme.
Mejor que me vaya a dormir; es tarde. El arbolito sigue allí, y yo con la
absurda sensación de que algo le falta.
4 de septiembre. Hoy ocurrió algo realmente extraño. Es la
época en que los gorriones empollan sus críos. A menudo caen los pichones del
nido por culpa de la madre descuidada. Hoy cayó un pajarito al lado del árbol.
Yo lo vi desde la ventana. Estaba escribiendo mi
tesis sobre la imposibilidad de mundos habitados (mi opinión es muy combatida
por la juventud, que cree a pie juntillas en la existencia de seres
extraterrestres. ¡Qué delirantes!). Pero vuelvo al relato: cuando terminé mi
tesis, fui al jardín para buscar el pichón y enterrarlo. Me da mucha pena ver
esos pichones cubiertos por las moscas... Pero no encontré ninguno al lado del
arbolito. Me extrañó mucho el asunto, ya que lo vi
caer con mis propios ojos y dar las últimas boqueadas, allí, cerca de esa
curiosa planta. Pero no estaba. Lo que también me llamó la atención fue que ¡el
arbolito medía el doble que ayer! Ya tenía su tronco más duro; al tocarlo no
tenía esa contextura sedosa y aterciopelada. Era más áspera y me causó la misma
sensación que cuando acaricio a una lagartija. Sus hojas eran de un color verde
intenso, con ligera irisación roja. Me pareció más desconocida que nunca. Debe
haber sido una planta tropical, cuya semilla, por una curiosa casualidad, vino
a parar a mi jardín. Pero... ¿qué planta tropical podía yo desconocer, siendo
especialista en ellas?
Me fui a dormir con una sensación de desagrado. Estoy
envejeciendo. Mi memoria falla. No puede ser que yo haya olvidado la existencia
de esa especie. Voy a tomar un tónico para la memoria.
7 de septiembre. Estuve en cama durante tres días; no sé qué
me pasa. Tuve que llamar a la vecina para que me mandara una enfermera. Mi ama
de llaves está de vacaciones; estoy solo. Hoy me levanté y mi primer impulso
fue salir al jardín. Me encontré frente a un árbol del tamaño de un hombre,
frondoso, con el tronco verde-gris; ¿cómo llegó aquí ese árbol?... Ah... De
pronto se hizo luz en mi memoria: ¡el arbolito! Creció tanto durante estos tres
días que casi no lo reconocí. Toqué su tronco; la corteza era ahora escamosa,
áspera y despedía un curioso olor parecido a ozono fuerte. Las hojas eran
grandes y hermosas. Todo el árbol daba la impresión de ser algo sinuoso,
ondulante, movedizo sin moverse. Al estar a su lado sentía algo así como una
ansiedad o algo parecido, no sé. Me costó dejarlo; me sentía fascinado. Me
cuesta mucho caminar. Tengo que llamar al médico.
15 de septiembre. Otra vez caí en cama. El médico me visitó
todos los días. Perdí el conocimiento varias veces y en mi delirio imaginaba
que el árbol tenía sed y hambre. Grité a la enfermera que le llevara al árbol
algo de comer.
16 de septiembre. El árbol hace sombra sobre mi ventana; ¡es
hermosísimo! Mide aproximadamente tres metros. Su corona se extiende como
queriendo abrazar la casa. Estoy sentado junto a la ventana. Oscurece en el
jardín; el sol se ha puesto. No obstante, algo resplandece entre las hojas del
árbol. No sé qué es. Algo incandescente como si fueran los restos del sol
poniente. No puedo dejar de mirarlo.
17 de septiembre, madrugada. El jardín está a oscuras, pero
yo tengo que levantarme y mirar. No puedo resistirlo. El árbol está allí. Tiene
centenares de ojos incandescentes. Estos ojos están en todas partes pero si
observo mejor, noto que cada hoja tiene un ojo o, mejor dicho, cada hoja es un
ojo... Creo que me estoy volviendo loco. El árbol me llama. Escucho su llamado
aquí, dentro de mi cabeza, como un toque telepático. Vuelvo a mi cama y me
encierro.
18 de septiembre. Hoy llamé al director del Instituto de
Ciencias Naturales para que venga a ver ese curioso árbol y que me aclare el
misterio, pero no lo encontré en casa. Se fue con su crucero a pasear a lo
largo de las costas de Florida para buscar materiales. Estoy realmente solo.
Pero mejor así. Voy a fotografiar el árbol a la puesta del sol para registrar
ese curioso fenómeno luminiscente de las hojas. Hoy me siento mejor.
19 de septiembre. ¡Horror de los horrores! ¿Estoy
volviéndome loco o estoy presenciando algo que nadie presenció? ¡El árbol se
movió, sí, se movió cuando no había ni una leve brisa en el jardín! Y lo que es
peor: cuando me acerqué se movió hacia mí, extendiendo una de sus ramas
escamosas. No, no estoy sufriendo ninguna alucinación. Hice una prueba
abominable. El vecino tiene un perro al que odio: con sus ladridos no me deja
dormir. Llamé al perro con un trozo de carne; el animal se acercó. Lo agarré y
lo acerqué al árbol... ¡Dios mío! Las ramas se extendieron y las hojas
brillaron intensamente. Se intensificó también el extraño olor a ozono y nitróxido. Lo que vi fue un
revuelo de patas y oí un espantoso aullar... Y después el silencio... El perro
ha desaparecido. ¡El árbol lo absorbió!
20 de septiembre. Tendría que irme de aquí, pero no puedo.
Al querer atravesar el umbral del jardín para salir a la calle, mis piernas no
me obedecen. El árbol creció hasta sobrepasar la casa. ¿Por qué los vecinos no
se interesan por ese fenómeno? Terminaré este diario y lo enviaré a mi primo
que es funcionario del Instituto Investigador de Fenómenos Extraños... Envolveré
este libro en una hoja de papel de diario y se lo daré al lechero para que lo
lleve al correo. Que Dios se apiade de mi alma.
21 de septiembre. El árbol me llama constantemente... Es
como un canto de amor, un amor letal, que invita a un abrazo final. No sé
cuánto tiempo resistiré... Es de noche y veo las hojas incandescentes... Es
como si el árbol tomara la curiosa y sinuosa forma de un ser escamoso, de
largos brazos y de serpenteante cola; las hojas se transforman en crestas a lo
largo de una espalda reptiliana... No obstante tengo
la sensación de que es un enorme gato hambriento, o algo parecido a la mezcla
de gato y un reptil... no puedo resistir su fascinación. Voy a abrir la puerta.
No quiero abrirla y sé que lo voy a hacer. Por favor, al leer mi relato vengan
a ver, a investigar. No sé qué encontrarán. Adiós... adiós querido primo, de
quien siempre me he reído; ha llegado la hora en que tú te reirás de
mí..."
Después de haber leído el diario, firmado por Anselme
Fransen, eminente naturalista y profesor
universitario jubilado, el funcionario John Fransen, primo del mencionado, miembro del Instituto
Investigador de Fenómenos Extraños, hizo una visita de investigación a la casa
de su primo. Lo que encontró allí lo desilusionó mucho. Del mencionado árbol
viviente, ni rastros, pero tampoco encontró rastros del profesor. Después de
examinar todo y de buscar huellas, al escarbar en el cantero de las rosas vio
una mancha en la tierra, chamuscada, como si alguien hubiera hecho allí una
hoguera. El aparato Geiger se enloqueció; la
radioactividad era intensa. Eso pudo haber obedecido a muchas otras causas, por
supuesto; el profesor utilizaba a menudo materiales radioactivos. La cámara
fotográfica estaba allí, tirada, pero no tenía película. Sólo un objeto
desconcertó mucho al ilustre investigador John Fransen: un objeto a causa del cual muchas noches no pudo
dormir.
En el cantero de las rosas, en medio de la mancha
radioactiva, encontró una plaqueta semifundida, pero
claramente reconocible como la plaqueta antirrábica de un perro.