***   AMOR IMPOSIBLE   ***

 

 

 

    Cuando me enteré de que mi amigo de la infancia, Rex Patterson se encontraba aquí en la Argentina, inmediatamente averigüé su paradero y fui a visitarlo.  Se hospedaba en la estancia de otro amigo mío, compinche de los dos en la infancia, época en que Rex había compartido con nosotros cada verano. Su madre era argentina y sus padres estaban separados.  Durante el invierno vivía y estudiaba en California, pero los veranos los pasaba en la Argentina, salvándose así del invierno que él odiaba.  Sus estudios los hacía con maestros particulares y así no estaba atado a ningún ciclo escolar.  Podía de este modo viajar con su padre, millonario él, que se permitía el lujo de montar expediciones a los lugares más inverosímiles del planeta.

   Estaba, pues, otra vez aquí, en la Argentina.  No muy lejos del centro (a unos 150 km.) estaba la estancia de mi otro amigo y yo llegué una mañana hermosísima, con una extraña luminosidad en el cielo, para estrechar la mano de Rex.

   Me recibió con gran alegría, pero en sus ojos azules me pareció ver una expresión rara.  Era una mezcla de tristeza, resignación y misterio.

   Me invitó a su cuarto (mi otro amigo no estaba en casa) y me hizo sentar.  Al mirar yo bien, tratando de acostumbrar mi vista a la penumbra, descubrí una sombra negra que se contoneaba suavemente.  De pronto aparecieron dos ojos verdes, luminiscentes y escuché como un ronroneo.

   Era una pantera. Una hermosa pantera negra, que se restregaba contra las piernas de mi amigo Rex, quien le acariciaba la cabeza.

   -¡Vaya mascota que tienes!

   Rex bajó la cabeza y no contestó.  Con un gesto de la mano me invitó a sentarme.

   - ¿Me vas a contar de una vez por todas lo que te pasa?

   - ¿Por qué ha de pasarme algo? - preguntó sonriendo.

   - Es que te conozco.  Esa mirada tuya no es normal.  Algo te ha pasado, ¿no es cierto?

   - Así es.

   Se acomodó en el mullido sillón y la pantera se acurrucó a sus pies, como un perro fiel.  Confieso que a mí se me erizaron los pelos cada vez que me dirigía una mirada.

   Mi amigo comenzó a narrar su historia.

   - Ocurrió que mi padre escuchó un comentario sobre un científico del Africa Central.  Este se dedicaba a no sé qué rareza en el campo de la genética.  Y como ya conoces a mi padre, médico frustrado, éste es un tema que siempre lo fascinó.  Yo alegué el problema de su edad; ya no era tan joven como para exponerse a un viaje así, pero mis protestas sólo lograron entusiasmarlo más.

   “Emprendimos pues el viaje y llegamos relativamente sin problemas al campamento del doctor Snaker, un individuo muy extraño, sin edad, con ciertos rasgos mongoles, y ojos tan verdes como... pues, como esta pantera.  Recibió con relativa cordialidad a mi padre, pero pronto nos dimos cuenta de que su trato era igual con todo el mundo. Aunque no es de él de quien quiero hablarte, sino de Maia.  Cuando la vi, sentí algo muy extraño.  Allí, parada en la puerta del laboratorio, un laboratorio edificado en el corazón de la selva africana estaba Maia, la mujer más bella que he visto en mi vida. Respecto a sus características raciales, mi padre, tan entendido en la materia, no pudo especificar, a qué tribu, o a qué raza pertenecía. Tenía mucho de las nativas de las Islas Vírgenes, pero también algo de las bellezas de Mongolia, a la vez que su delicada piel mate, casi blanca, evocaba una raza aria. El dr.  Snaker le dirigía de vez en cuando una mirada llena de satisfacción.

   - Es lo mejor que tengo. - decía con orgullo. Felizmente, mi padre y Snaker no tardaron en enfrascarse en largas conversaciones sobre genética y biología, desapareciendo en el fondo del edificio y dejándome a solas con la fascinante criatura. Esta tenía los ojos verdes y el pelo negro y sedoso, los labios rojos y carnosos, de una forma tan hermosa que el deseo de besarlos era para mí casi incontenible. Ella, con un mohín gracioso me señaló el camino hacia mi habitación y con una dulzura no exenta de ansiedad sonrió al despedirse, mostrando una hilera de hermosísimos dientes.

   Al despertarme al día siguiente ya no tenía otro pensamiento que no fuese Maia.  No me resultó difícil convencerla de mis sentimientos. Parece que también yo le gustaba y así, a espaldas de mi padre y del dr. Snaker se tejió el romance más hermoso de mi vida... Aunque más tarde supe que el dr. Snaker no era del todo ajeno, simplemente me dejaba divertirme.

   Así transcurrieron dos semanas y yo me sentía más que feliz. Jamás había pensado en casarme, pero esta vez sentía que si Maia no llegaba a ser mi esposa, no podría soportarlo. Al pedirle que se casara conmigo, ella sonrió misteriosamente y no dijo nada.  Pensé que se trataba de una criatura muy tímida, pero sus caricias lo desmentían. Resolví entonces hablar con el dr. Snaker, antes de hablar con mi padre. Ocurre que éste me había elegido para esposa a una insulsa inglesa color leche cuajada, a quien yo no soportaba.

   El dr. Snaker me recibió en su despacho. Yo quería hablar, pero él lo hizo antes.

   - Quieres casarte con Maia.

   - Así es - dije yo con voz temblorosa - y quiero saber quienes son sus padres, donde están, para pedirles que me la den en matrimonio.

   - Maia no tiene padres.

   - Entonces ¿A quién tengo que pedirla?

   - A mí.

   Así de simple. El dr. Snaker se destacaba por ser parco y preciso. No le gustaba malgastar palabras, ni tiempo.

   - Pues, se la pido entonces en matrimonio. 

   - En matrimonio yo no te la puedo dar. Aquí no pueden casarse. Te la doy simplemente.  Puedes llevártela.

   Yo no salía de mi asombro. "Puedes llevártela”. ¿Quién era pues Maia para él? ¿Su hija? ¿Su esclava?

   - Respecto a tu padre - continuó el dr., contestando a una pregunta que no había formulado, - yo hablaré con él. No temas. No pondrá ningún obstáculo.

   Se levantó, señalando que la conversación había terminado. Yo me fui anonadado a buscar a Maia. Esta vez iba a sonsacarle la verdad; sí, ella era la más indicada para darme explicaciones.

   Maia me esperaba en el jardín, bajo unas plantas increíbles que tampoco había visto en ningún lugar de la tierra. Estaba más hermosa que nunca. La tomé en mis brazos y miré profundamente en sus ojos.

   - Maia ¿Me amas?

   - Si Te amo, más que a nadie.

   - Está bien. Quiero casarme contigo y te llevaré conmigo a mi país.

   - Será como quieras.  Sabes que yo iré adonde tú vayas.

   - Pero antes debes contestarme algunas preguntas. ¿Dónde has nacido?

   - Aquí.

   - ¿Dónde "aquí'?

   - En esta selva.

   - ¿Dónde están tus padres?

   - No los conocí. El dr. Snaker me recogió.

   Eso era posible. Los padres podían ser unos nativos, tal vez devorados por las fieras, posiblemente mestizos... No me importaba. El dr. Snaker figuraría como "padre adoptivo” en el casamiento.

   Me sentía feliz y cuando mi padre apareció en el almuerzo, no me llamó la atención su rostro sonriente y algo misterioso. Era, así lo recordé después, como quien está contemplando un formidable chasco a punto de estallar.

   Tres días después partimos hacia Estados Unidos, llevándonos a Maia con sus escasas pertenencias.  En la despedida el dr. Snaker entregó a Maia unos documentos y a mí un hermosísimo collar, recamado en piedras preciosas.  Era una verdadera obra de arte, hasta mi padre lo admiraba. No parecía arte de nativos, sino obra de las expertas manos de un artista.

   - ¿Qué es esto?

   - Tu regalo de bodas para Maia.  Tendrás que colocárselo y no sacárselo jamás del cuello.

   Pensé en una costumbre nativa o superstición, pero el dr. Snaker otra vez leyó mi pensamiento.

   - No es lo que piensas sino un elemento de seguridad. Aquí está la cadena para engancharla al collar.

   - ¿Engancharla?

   - Sí, hijo.  Como verás, Mala tendrá que acostumbrarse a su nueva vida. Y tú, a ella.

   Coloqué el collar en el hermoso cuello de Maia. Ella no protestó. Enganché la cadena dorada y entré en el juego, conduciendo a Maia, como si se tratara de... Pero mejor que no me adelante a los sucesos.

   Nos despedirnos del dr. Snaker y de su gente, tomando después el barco que nos transportaría por el río hasta la ciudad más cercana. Mi padre, la primera noche pidió que me quedará a solas con él.

   Dejé a Maia en su cama durmiendo y me senté al lado de mi padre, esperando el sermón, o la tormenta. No podía creer que él olvidara tan fácilmente sus planes de casarme con miss Mabel, la "leche cuajada".  Pero mi padre seguía sonriendo, casi como cuando un estudiante sonríe turbado ante un profesor severo.  ¡Parecía tener miedo de hablarme!

   No obstante, después de carraspear cuatro o cinco veces, comenzó.

   - ¿Te acuerdas, hijo, de aquella novela de H.G. Wells: "La isla del dr. Moreau"?

   - Por supuesto que sí.

   - ¿Pues recuerdas que se trataba de un sabio medio chiflado que transformaba los animales mediante dolorosas operaciones? Pues existe ahora otro método, indoloro, mediante una dieta determinada e inyecciones y... Pues bien, este tratamiento permite que un animal se transforme en un hermoso ser humano.

   - ¡Eso no es posible!

   - Desgraciadamente lo es.

   - ¡No quiero escuchar ni una palabra más!

   Me fui indignado. Ya sabía yo que mi padre iba a arruinar mi felicidad de alguna manera. Pero él me seguía gritando:

   - Lo que quiero decirte es que el tratamiento... Escucha ¡loco! Que el tratamiento no es duradero, que...

   El resto no lo escuché, me tapé los oídos. Me encerré en mi camarote y me tapé la cabeza con la almohada.

   Aquí se detuvo mi amigo Rex y suspiró profundamente. Durante un tiempo se quedó callado.

   - ¿Y qué pasé después? - pregunté yo ansioso - ¿Qué fue de Maia? ¿Dónde está?

   - Aquí - dijo Rex y acarició la cabeza de la hermosa pantera.  Y recién entonces descubrí que llevaba un collar hermosísimo, recamado en piedras preciosas, de donde pendía enganchada una cadena de oro.