****   ACA Y ALLA   ****


     Cuando un niño de seis años indaga con respecto a cómo nace un bebé, los padres suelen abochornarse bastante, y en muy contados casos dan contestaciones adecuadas. Así le pasó a nuestro amigo José al escuchar la clásica pregunta de la boca de Danielito, su hijo: "Y, ¿cómo nacen los bebés, papá?".
    José sacó coraje y fuerza de no se sabe dónde y comenzó a explicarle con bastante coherencia el proceso reproductivo del "Homo Sapiens", o sea, del ser humano, tratando de utilizar un lenguaje que a él le parecía muy "científico". José era bastante entendido en este lenguaje con sus dos años de medicina y cuatro de computación. Grande fue, no obstante, su sorpresa, cuando Danielito lo interrumpió justito en lo más delicado de la explicación.
    - Todo esto ya lo sé, papá. - dijo entre disgustado e impaciente.- Lo que yo quiero saber es: ¿cómo hace el espíritu para meterse en su nuevo cuerpo y cuándo lo hace?
    Por cierto que José no estaba preparado para contestar preguntas metafísicas de un niño de seis años. Se agarró la cabeza.
    - ¿De dónde sacaste eso?
    - Es que... No recuerdo, papá. Yo, ¿en qué momento me metí en mi cuerpo?
    Para José era suficiente; ya llevaba en ese día varios disgustos y todavía uno mayor: una computadora muy sofisticada, recién estrenada, cuyo funcionamiento le parecía más enigmático que una tablilla con caracteres de chino antiguo... ¡Y ahora Danielito con sus preguntas!
    - Mirá, hijo, no puedo contestar a tu pregunta por ahora, porque tampoco lo sé yo. Pero te prometo averiguarlo, ¿está bien?
    Salida bastante ingeniosa y también honesta, que honraba a nuestro amigo José, pero distaba de satisfacer a Danielito. José se despidió de él y de su esposa Ana, y se fue de nuevo rumbo a su trabajo.
    Al entrar en su despacho, se encontró frente a frente con la nueva computadora, que, a pesar de su forma absolutamente convencional, con su consola y su monitor de impecable blancura, le pareció un verdadero monstruo.
    Evidentemente, lo era. Tenía un sistema y un soft totalmente novedoso.
    José la encendió y comenzó a formularle preguntas. Y de pronto, casi sin querer, se sorprendió tecleando la misma frase de Danielito: "¿Cómo hace el espíritu para meterse en el cuerpo y cuándo lo hace?".
    Para su consternación, pudo leer la respuesta en la pantalla:
    "El espíritu está allí y está acá; está lejos y también está cerca".
    "Esto no tiene sentido"- pensó José y tecleó de nuevo. Pero obtuvo la misma respuesta.
    Pensó un rato y decidió tender una trampa a la máquina. Tecleó otra vez la pregunta, pero redactada de modo diferente.
    "¿Cómo elige el espíritu el momento de adherirse a la materia?".
    La máquina no tardó en contestarle: "Lo elige de acuerdo a su necesidad".
    José se sintió avergonzado por su simpleza. Se dio cuenta de que, al preguntar algo obvio, sólo pudo obtener una respuesta obvia. Tenía que encontrar la mejor manera de preguntar, para obtener una información concreta.
    Tecleó sus datos: nombre, fecha de nacimiento, profesión, estado civil, estudios. Y después formuló la pregunta:
    - ¿Cómo y cuándo hice yo mi acoplamiento a mi cuerpo?
    - Respuesta a "cómo": lo has hecho convencionalmente. Respuesta a "cuándo": no es computable. No hay "cuándo" sino "cuándos" en el espacio-tiempo diversificado.
    ¿Espacio-tiempo diversificado? ¿Varios tiempos y espacios a la vez? ¿Varios cuerpos a la vez comandados por el mismo espíritu? ¿Vidas así paralelas en los recovecos insondables del Tiempo? Sí, una vez escuchó esta teoría pero no la comprendía. ¿Cómo pudo figurar esa teoría en la memoria de la máquina?
    De pronto José fue despertado bruscamente de su ensimismamiento por una voz femenina.
    - Ingeniero, ¿quiere dejar en paz a Gathanotoa?
    Era la doctora Emilia Nessi, hermosa criatura rubia, eterno objeto de los celos de Ana, esposa de José, y no del todo infundados.
    - ¿Qué ...? ¿Qué? ¿Cómo se llama este monstruo?
    - Y bien, su nombre es de un "monstruo" mítico, una deidad cósmica, Gathanotoa, a quien nadie pudo contemplar de frente; igual que la cabeza de la Medusa, convertía a sus mirones en piedra. Veo que usted está petrificado.
    - Lo estoy. ¿Quién puso este soft a esta cosa?
    - No lo sé. Recibimos la máquina de una forma inusitada; vino un señor muy apuesto, diciendo que su compañía nos la mandaba como regalo. ¿Sabe una cosa, José? Era un tipo muy bien plantado, juraría que lo conozco de algún lado.
    - ¿Dónde está?
    Emilia hizo un mohín de duda.
    - Hmm... creo que todavía se encuentra en la planta. ¿Quiere que lo llame?
    - Pues sí, llámelo.
    Unos tecleos, y la respuesta: sí, está en la planta. Y José se apresuró para ir a verlo, sin despedirse de Emilia, que ya era mucho decir.
    Al llegar, en la pequeña oficina contigua al depósito de máquinas, se vio frente a frente con un joven muy apuesto, rubio, alto, de ojos celestes y de mirada picaresca. Le extendió su mano a José, pero primero levantó su palma al aire.
    José no entendió el gesto.
    - ¡Perdón! - su voz era terriblemente familiar, también su rostro y su mirada. Le apretó la mano.
    - Me olvidé que aquí hay que dar la mano también.
   ¿De dónde venía, que no conocía la costumbre ancestral de dar la mano?
    - ¡Perdón! Mi nombre es Daniel, represento a la firma EA, tercera sección de la planta lunar. He traído la máquina de regalo, pero temo que me equivoqué de firma o... de lugar.
    - De tiempo - balbuceó José - todavía no tenemos planta lunar. Es un sueño de la humanidad. Pero ya comprendo. "El espíritu está acá y está allá; está lejos y también cerca".
   - ¡Oh, dioses! ¡Usted, señor, conoce nuestra Ecuación Cósmica!
    - No, no la conozco. Acabo de aprender de Gathanotoa. Pero ahora lo comprendo.
    El joven miró fijamente el rostro y las manos de José.
    - Lo que no sé... Yo, ¿de dónde lo conozco a usted?
    - Es posible que me conozca muy bien. Y también es muy posible que comparta su vida conmigo, pero un tanto desfasado en un recoveco del Tiempo-Espacio. Yo tengo un hijo que se llama Daniel.
    - Y yo tengo un padre que se llama como usted: José. Vive en Dianea, en la Ciudad comercial de la Luna.
    Se dieron la mano y se despidieron. José salió corriendo y al entrar a su casa lo primero que hizo fue buscar a su hijo. Por suerte, lo encontró muy entretenido, despachurrando un contestador telefónico; se sentía feliz en medio de pequeñas piezas desparramadas en el suelo. Y no comprendió por qué su papá lo apretaba contra su pecho en vez de darle un chirlo por el contestador.
    Y tal vez, en otro recoveco del Tiempo-Espacio, un joven apuesto llamado Daniel buscó desesperadamente a su padre José, en Dianea, la luminosa ciudad lunar, empujando de su lado a una bella mujer-robot de cabellos rubios, para echarse en sus brazos.