Un gran cambio ocurrió en la vida de
José. Su existencia gris, que se deslizaba entre aventuritas y partidos de
fútbol, trabajos ocasionales y penurias, de pronto se convirtió en una vida
elegante, sin mayores preocupaciones. Su tía Amalia, por quien jamás sintió un
gran cariño, le dejó toda su fortuna. Acometida por una enfermedad repentina,
hizo un testamento a favor de ese descarriado sobrino, ya que no tenía nadie en
el vasto mundo. Era viuda; vivía sola en una hermosa casa en Acasusso, rodeada
de árboles, plantados por ella misma. Dejó la casa, su cuenta bancaria y sus
cinco departamentos a José, justito cuando éste iba a ser echado de su pensión
por falta de pago.
Al
ocupar la mansión de su tía, se sentía rey. Ya no le faltaba dinero; las chicas
que hasta ahora ni lo miraban, hacían lo imposible para buscar sus favores. Eso
halagaba mucho a su vanidad; para hacerse más deseable aún, decidió comprar un
coche último modelo, imponente y caro.
Al
traer el coche a casa, se dio cuenta de que la misma no tenía garaje; la tía
Amalia no manejaba y no le gustaba andar mucho fuera de su casa. Había que
construir, pues, un garaje. José salió al jardín para buscar el lugar adecuado.
No
tardó en encontrarlo: justito en la entrada había un gran espacio, pero... En
el medio estaba el árbol, un hermoso abeto que, según el vecino, podía tener
ochenta años.
- Lo único que me faltaba- refunfuñó
José - es el mejor lugar para un garaje. No quiero construir un garaje lejos de
la casa.
El abeto se mecía bajo el viento, bellísimo,
con sus ramas verdes, dando un curioso susurro, como si hablara.
José
se metió en la casa, dejando el coche en el medio del parque. Después de pensar
un rato, llamó por teléfono a un amigo arquitecto para cabildear al respecto.
Al cabo de una hora el amigo, movido por la curiosidad, llegó para visitarlo.
Recorrió el gran parque, embelesado, pero cuando vio el abeto, se quedó
pensativo.
- Es cierto, José. Este sería el lugar
ideal, pero... ¿Cómo ibas a sacar un árbol así?
- Supongo que con un hacha - respondió José
con sorna - no soy un sentimental. Hay suficientes árboles en el parque.
- Pero ninguno como éste.
- Puede ser. A mí no me impresiona.
Se despidieron con cierta frialdad y
José se fue a dormir. Se estiraba gozosamente en la inmensa cama, contemplando
el jardín. De pronto, sintió una oleada de disgusto: al mirar por la ventana
justito se veía el abeto. Tal vez la misma tía Amalia la plantó allí, siendo
jovencita aún.
- ¡Maldición! - masculló José y se dio
vuelta para no verlo. Podía tapar sus ojos, pero no su nariz; sentía el aroma
agradable del abeto, que se le antojaba odioso. No sabía qué hacer... Pensó
levantarse y tomar algo para poder dormir...Pero al sentarse en la cama comenzó
a sentir algo curioso: algo así, como el niño, quien rechaza por capricho a
algo deseado. El aroma comenzó a gustarle; al constatarlo se sintió furioso
consigo mismo. "No voy a ponerme sentimental justito ahora" pensó,
pero no pudo conciliar el sueño. Optó pues por levantarse y salir al jardín.
Grande fue su sorpresa al ver una figura
femenina, bañada por la luz de la LUNA, al lado del abeto. Era una figura
delgada, casi etérea, una joven envuelta en un vestido de gasa o alguna tela
semitransparente, toda verde, toda luminosa.
José
se acercó a ella. Quiso preguntarle quién era, pero la sorpresa le quitó la
voz. La joven no parecía notar su presencia; daba vueltas y vueltas alrededor
de sí, bailando bajo la luz plateada.
- ¿Quién eres? - José no reconoció su propia
voz, ronca y apagada.
Ella se quedó inmóvil, mirando a José de
frente. Sus ojos, sus cabellos, su ropa, su piel eran verdosas y plateadas.
- ¿Quién
eres?- repitió José ya con energía, tomándola del brazo, pero la soltó
inmediatamente. Sus manos parecían tocar algo apenas tangible, sedoso, irreal.
- No me hagas daño- dijo casi gimiendo -
no me hagas daño...
Se
dio vuelta y se alejó corriendo, con pasos livianos; parecía volar.
José entró corriendo en la casa, con el
corazón en la boca, buscando un vaso de whisky. Se metió después en la cama, y
se durmió con la frazada en su cabeza.
Al otro día se levantó con un mal humor, pensando
que todo ha sido un sueño o más bien una pesadilla.
Le
agarró más rabia aún contra el abeto que, según él, intentaba obsesionarlo o
intimidarlo.
Rabioso,
marcó un número; dentro de una hora ya estaban los dos hombres con las hachas y
demás utensilios para talar el abeto.
Al
primer golpe de hacha asestado al árbol a José pareció escuchar un gemido, un
gemido muy familiar, que parecía un llanto de mujer.
Bajó
al jardín y gritó:"¡Paren, paren!";los dos hombres bajaron sus hachas
y lo miraron intrigados. José se secó su frente bañada en sudor y dijo:
"No me hagan caso, sigan". Uno de ellos levantó su hacha, pero no
llegó a dar el golpe; José cayó desmayado.
Tuvieron
que llamar al vecino para socorrerlo. Lo levantaron y lo acostaron en el sofá
del living; el vecino llamó un médico. Los dos hombres se retiraron, llevando
sus hachas. En el parque se levantó un viento repentino, insidioso, sacudiendo
la corona de los árboles.
Llegó
el médico y José volvió en sí. Le recetó un tranquilizante que José tiró por la
ventana, tan pronto como el médico se haya ido. El vecino se retiró también. José se levantó y salió al jardín.
Se acercó al abeto para ver la huella del hachazo en el tronco.
Lo
que vio, lo estremeció hasta la médula de sus huesos: comenzó a gritar como un
desaforado. A sus gritos acudieron los vecinos.
- ¿Qué es lo que le pasa, joven? Y José
habló, entrecortado, gritando, sollozando.
- ¿No lo ven? ¿Acaso no lo ven? ¡El
árbol sangra! ¿No ven el río de sangre que fluye de su tronco? ¿No lo ven?
Se agacharon para mirar, pero solo vieron la
huella del hacha en tronco, herida vegetal, traspasando la áspera corteza.
Tuvieron
que llevarlo con camisa de fuerza. El médico diagnosticó locura repentina por
causas desconocidas. Y José jamás recuperó su cordura.
Cuando el albacea hizo el inventario de
los objetos que estaban en la mansión, encontró un viejo álbum de fotografías.
Entre distraído y curioso comenzó a ojearlo. Había allí fotos muy viejas, de
personas ya hace tiempo muertas; pero de pronto le llamó la atención una foto
curiosa.
La foto representaba a una joven
hermosa, etérea, ataviada con un vestido de gasa verde; su rostro, sus ojos
también verdes, emanaban una curiosa juventud, como si la imagen tuviera vida.
El albacea miró la inscripción: "Amalia". Tal vez era la foto de la
tía Amalia en un baile de disfraz... Cerró el álbum sintiendo una curiosa
ráfaga de miedo. Miró afuera. El abeto seguía allí, meciéndose en el viento.