***   EL QUE QUERIA CREER   ***

 

 

   En los años setenta nos visitaba con cierta frecuencia un paciente, de unos cuarenta años, muy interesado en todo lo relacionado con el Más Allá. Con todo su ferviente interés era, aparentemente, un verdadero descreído, discutiendo todos los fenómenos extrasensoriales. Pronto me di cuenta de que él, en realidad, buscaba una evidencia, un fenómeno con pruebas irrefutables para poder creer.

   Desconocía sus motivos, a pesar de mis muchos sondeos psicológicos; el hombre no soltaba prenda. Hermético, siempre con la misma sonrisa, indagaba esgrimiendo argumentos en contra. No obstante, algo me llamaba poderosamente la atención: que su sonrisa no era despectiva, ni irónica. Era como si discutiera consigo mismo constantemente.

   Un día llegó a mi consultorio muy cambiado. Ya no sonreía, ni hablaba con tranquilidad. Pidió estar conmigo a solas y comenzó a contar.

   "Usted habrá notado que yo siempre traía argumentos en contra de todos los fenómenos... Afirmaba que todo ruido, aparición o sensación tiene siempre explicación física. Pero...  Algo ocurrió conmigo y esta vez no encuentro la explicación".

   Su rostro denotaba una profunda angustia y yo le pedí que continuara.

   "Años atrás tenía yo una noviecita, llamada Marta. Una chica del barrio, buenísima, de carita agradable, dulce y fiel. En el principio creí amarla, pero no tardé en aburrirme de ella. Deseaba algo diferente, más emocionante, una mujer de mundo, que sé yo... Un día, para desembarazarme de ella, alegué un viaje al extranjero, mintiendo que iba a volver por ella. Me despedí pues, y llevé conmigo su imagen patética, sus grandes ojos llenos de lágrimas y su carita dolida... Fui a vivir a otro barrio, me dejé llevar por la vorágine de la vida, estudié, terminé mi carrera de abogado, viajé al extranjero... Así pasaron muchos años. Conocí muchas mujeres que me emocionaron y me hastiaron, secándome el corazón. Así llegué a conocer a Esmeralda, una "vedette" de tercera categoría, y me enamoré de ella como un adolescente. Ella hacía conmigo lo que quería; me sacaba mi último centavo, me engañaba con cualquiera, pero cuando me sonreía, yo perdía todas mis fuerzas... Era de esos amores asesinos, que envenenan a uno y le quitan la razón. Mis amigos siempre me alertaban contra ella, pero yo no escuchaba razones... Un día Esmeralda me anunció que estaba embarazada. Yo dudaba de mi paternidad, pero ella juró que yo era el padre... Pidió dinero para abortar la criatura, y yo me horroricé. Aunque no sea mía, yo no iba a contribuir a matar a un bebé... Le dije mi opinión y entonces ella rompió a llorar desesperadamente, pidiendo que me casara con ella; que ella iba a dejar su vida disipada para convertirse en una buena madre y esposa. ¿Qué más quería yo? Le dije que sí, y que se cuidara mucho y que se preparara para el casamiento. Hasta fijamos la fecha y festejamos con champaña... Fui después a mi casa, cuando... Cuando ocurrió..."

   -¿Qué fue lo que ocurrió? - pregunté yo ansiosa.

   "Ocurrió lo inexplicable... Lo que no pude explicarme con mis argumentos sofisticados... Ocurrió que... al entrar en mi departamento, me vi frente a una mujer. Ella estaba parada en el umbral de mi dormitorio. ¿Cómo pudo entrar? No pude ver su cara. Mis manos buscaban el interruptor para prender la lámpara, pero no pude encontrarlo; me invadió un temor extraño que me paralizó.

   "No te equivoques, Alberto" - escuché una voz vagamente familiar - "Ella no está embarazada".

   Quise hablar, gritar, pero no pude; ante mis atónitos ojos la figura femenina se desvaneció en el aire.

   De pronto se hizo la luz, no en la habitación, sino en mi memoria.

  ¡Era Marta! Mi primera noviecita, la chica del barrio, a quien yo abandoné con tanta crueldad. La misma voz dulce y agradable, la misma figura delicada... ¡Marta! Me invadió una gran ternura. ¿Cómo pude olvidarla así, cuando, en realidad, nunca la olvidé? Ella era la novia de mi parte buena, la que se atrofió, convirtiéndose en este muchacho fatuo e inútil que soy actualmente. Despertó en mí de pronto todo el amor que sentía por Marta cuando la conocí. Me olvidé de Esmeralda, de su supuesto embarazo, de todo. ¿Donde estará Marta ahora? Este fenómeno debe haber sido una proyección telepática... ¡Tenía que hallarla, hablar con ella personalmente!

   "Salí de mi departamento y tomé un taxi para ir al viejo barrio, donde vivía Marta, donde antes vivía yo. Después de casi una hora de viaje llegué a la vieja casona tan conocida...Toqué el timbre varias veces, pero nadie acudió.

   Pasé la noche caminando alrededor de la casa y cuando salió el sol, toqué otra vez el timbre, desesperadamente. Un hombre muy viejo pasó a mi lado, contemplando mis esfuerzos vanos.

  "¿A quién busca, joven?"

   "A la familia Alvarez; a Martita Alvarez" - dije yo con el corazón en la garganta.

   "La familia Alvarez hace años se mudó de aquí. Cuando Martita murió, los padres querían ir a otro lugar."

   No sé cuánto tiempo me quedé allí. Creo que lloré o grité, no sé. La gente del barrio comenzó a acercárseme. "Pobre joven" – decían -  "es el novio de Martita que volvió de Europa."

   Por supuesto que otro al día me enteré de muchas cosas: que Esmeralda no estaba embarazada; era una treta para casarse conmigo. Y que yo jamás amé a otra mujer que no fuera Marta.

   Y comprendí también que Marta volvió del Más Allá para salvarme el alma."